MANIFIESTO PARA UN CINE QUE NO PIDE PERDÓN
El cine ha mentido.
Ha mentido con la cara limpia, con la narración correcta, con la moral colocada como una prótesis.
Ha mentido porque ha tenido miedo del cuerpo.
Balabanov no miente.
No porque diga la verdad, sino porque no sabe cómo ocultarla.
Sus películas no representan la violencia:
la expulsan.
Como un vómito necesario.
Como un espasmo que ocurre cuando el alma ya no puede sostener el orden.
Aquí no hay símbolos.
El símbolo es una comodidad.
Aquí hay hechos que no aceptan traducción.
Un hombre golpea.
Una mujer resiste hasta que deja de hacerlo.
Un país se pudre sin ceremonia.
Nada se subraya. Nada se salva.
Este cine no busca al espectador:
lo captura.
Lo deja sentado frente a una acción que no puede juzgar sin ensuciarse.
Balabanov ha comprendido que la crueldad no es un tema,
es una estructura.
Es la respiración misma de un mundo que ha sobrevivido a sus ideas.
No hay redención porque la redención es un lujo metafísico.
No hay héroes porque el heroísmo exige un futuro.
Y aquí el futuro ha sido cancelado.
Yo digo: este cine debe ser protegido de los intérpretes.
De los críticos.
De los moralistas que preguntan por qué cuando lo único que queda es qué.
Porque estas películas no quieren ser comprendidas.
Quieren ser soportadas.
Balabanov no filma para despertar conciencias,
filma para destruir la ilusión de que todavía dormimos.
Este es un cine sin anestesia.
Un cine que devuelve al cuerpo su derecho a temblar.
Un cine que no consuela, no educa, no explica.
Un cine que actúa.
Y todo arte que actúa
es ya un acto de crueldad.