No es pintura.
Es un accidente del cuerpo atrapado en un marco.
Francis Bacon no pinta hombres: los hace estallar.
Los cuerpos que aparecen aquí no están deformados, están desobedeciendo.
Han dejado de respetar la anatomía, ese catecismo para tranquilizar a los vivos.
La carne se repliega porque ya no cree en el rostro.
La boca se abre no para hablar sino porque el grito no cabe en la cabeza.
No hay psicología: hay nervios expuestos, hay huesos que recuerdan haber sido animales.
Estos cuerpos están solos, encerrados en círculos, en cubos, en jaulas sin barrotes.
Pero no están presos:
están obligados a existir.
Y eso es peor.
Aquí el hombre ya no se sostiene en su nombre.
Se desliza.
Se derrite.
Se multiplica en espasmos.
Bacon ha entendido lo que los teatros, los museos y los hospitales se niegan a aceptar:
que el cuerpo no quiere representar nada,
que el cuerpo quiere pasar,
quiere atravesar la forma como una enfermedad atraviesa la sangre.
Esto no es horror.
El horror todavía cree en el espectador.
Esto es más grave:
es verdad física.
La figura no está siendo vista:
está siendo tocada por una fuerza que no tiene lenguaje.
Y quien mire estas pinturas con la idea de comprenderlas, que se retire.
Aquí no hay símbolos.
Hay impactos.
Aquí no se entra con los ojos sino con el sistema nervioso.
Bacon ha arrancado la piel social del hombre
y debajo no ha encontrado alma,
ha encontrado carne que sufre por existir demasiado.
Eso es todo.
Y es suficiente para destruir un siglo entero de mentiras.