Wednesday, July 29, 2026
'Disoluta', poemario de Yadira Moreno Ramírez
The Ashtray Still Warm: On Yadira Moreno's 'Disoluta'
There are books that ask to be understood and others that ask only to survive the night. Disoluta belongs to the second kind. One imagines it forgotten on the table of a bar after closing time, beside a lipstick-stained glass and an ashtray full of cigarettes smoked by people who swore they would never return to each other. By dawn the cleaning crew would mistake it for another abandoned object. They would be wrong. It would be the only thing in the room still awake.
Yadira Moreno does not write as though poetry were a temple. She writes as though language had spent the night in jail for disturbing the peace. Her poems arrive with bruises. They smell of cheap perfume, philosophy, stale beer, and rain on concrete. That mixture should not work, yet it does, because she understands that every genuine lyric is born where dignity has already failed.
The title, Disoluta, is less a confession than an accusation. Society has always been eager to invent names for women who refuse to become monuments. Moreno accepts the insult, polishes it, and places it at the entrance of the book like a stray dog daring respectable visitors to step inside. The word ceases to be a verdict and becomes a passport.
Her poems seem populated by objects that have outlived their owners. Empty bottles remember better than lovers. Motel rooms become small chapels where desire performs its brief liturgies. A cracked mirror tells the truth more faithfully than a family portrait. The city itself behaves like an exhausted animal, dragging its neon lights through the darkness without expecting redemption. Everything possesses a secret biography. Everything has been abandoned once already.
This is where Moreno's poetry acquires its peculiar authority. She does not separate the vulgar from the sacred. She knows they share the same apartment. The curse and the prayer often use identical grammar. One simply arrives five minutes earlier.
There is an old superstition that suffering automatically improves literature. Disoluta quietly disproves it. Pain alone produces only noise. Moreno's achievement lies elsewhere. She has given her wounds an imagination. Instead of describing misery, she allows misery to dream. That difference is enormous. It is the distance between testimony and poetry.
What remains especially striking is the book's refusal to sanitize experience. Contemporary literature sometimes fears offending the reader more than disappointing language. Moreno appears unconcerned with either possibility. She trusts the intelligence of the poem rather than the comfort of the audience. If a line sounds dangerous, she follows it. If an image becomes excessive, she asks whether life itself has ever respected moderation.
One senses beneath these pages the long companionship between philosophy and disappointment. Ideas are never displayed like academic trophies. They emerge naturally, the way smoke escapes from a cigarette forgotten between two fingers. The existential questions do not interrupt the narrative of desire; they are desire's inevitable aftertaste.
Perhaps the greatest surprise in Disoluta is its humor. Not the humor of jokes but of survival. The laughter that appears after catastrophe, when the only alternative is silence. Such laughter has always been among poetry's oldest forms of intelligence. It refuses despair the satisfaction of having the final word.
Moreno's imagery possesses an urban ferocity. Streets do not merely contain memory; they manufacture it. Love is neither idealized nor condemned. It is another neighborhood where everyone eventually gets lost. The body is treated as both witness and evidence, never merely ornament. Flesh thinks. Memory bleeds. Language limps home at sunrise carrying both.
Reading Disoluta resembles entering a room where every object has shifted a few inches during the night. Nothing supernatural has occurred. Yet nothing remains entirely trustworthy. The reader gradually discovers that reality itself has become slightly intoxicated. This is one of poetry's oldest miracles: not to invent another world but to reveal the strange habits of this one.
The lasting impression of the book is not scandal but tenderness concealed beneath abrasion. Like certain walls covered in graffiti, the apparent violence protects an unsuspected vulnerability. Remove the rough surface and one finds not innocence—that would be too simple—but persistence. The stubborn decision to continue speaking after language has repeatedly failed.
In the end, Disoluta reminds us that poetry is not an escape from ordinary life. It is ordinary life after all the disguises have gone home. The bottles remain. The beds remain. The insults remain. The heart, against every probability, remains as well.
That may be the quiet miracle of Yadira Moreno's work. She finds lyricism not despite the ruins but because of them. She walks through the debris carrying no banner, only a notebook. By the time she leaves, the broken glass reflects stars that were invisible before she arrived.
Friday, July 24, 2026
Al Dr. Gabriel Alfredo Cortés Alcalá, Secretario de Salud del Estado de Guanajuato.
Al Dr. Gabriel Alfredo Cortés Alcalá,
Secretario de Salud del Estado de Guanajuato.
Señor Secretario:
No escribo para agradecer. El agradecimiento pertenece a la economía de los favores, y la vida no puede reducirse a una contabilidad.
Escribo porque el cuerpo, cuando ha sido sitiado por el desorden de la mente, conoce una verdad que los archivos desconocen: un día de espera puede ser un siglo; una ausencia de medicamento puede convertirse en una máquina que fabrica abismos; un sello olvidado puede pesar más que una piedra sobre el pecho.
La enfermedad mental no pide permiso. Irrumpe. Desgarra el sueño. Altera la respiración. Convierte el tiempo en una sustancia viscosa donde cada minuto parece querer devorar al siguiente. Quien no ha vivido esa fractura cree que el sufrimiento es una idea. Pero el sufrimiento no es una idea: es un órgano que late fuera de lugar.
Por eso, cuando una institución responde con rapidez, ocurre algo extraordinario. El Estado deja de ser un edificio y se convierte, por un instante, en una presencia. La administración abandona su máscara mineral y recuerda que fue creada para impedir que la vida sea triturada por la indiferencia.
Su respuesta a la solicitud de los medicamentos faltantes en el Centro de Atención Integral a la Salud Mental del Estado de Guanajuato produjo precisamente ese raro acontecimiento: la palabra se volvió acto.
Y un acto verdadero posee siempre un cuerpo.
Tuvo el cuerpo del doctor Medina, en Urgencias, cuya atención fue inmediata, precisa y generosa.
Tuvo el cuerpo del doctor Juárez, responsable de Calidad en el CAISAME, cuya compañía no fue la del funcionario que vigila un procedimiento, sino la del hombre que comprende que la dignidad también puede administrarse con una mirada, con una escucha y con una decisión. Fue él quien hizo posible la entrega del medicamento necesario, devolviendo al cuerpo aquello que el cuerpo reclamaba con la violencia del temblor.
Tuvo también el cuerpo del Subdirector del CAISAME, cuya intervención hizo que la institución no hablara con múltiples voces dispersas, sino con una sola voluntad orientada hacia la resolución del problema.
Eso merece ser dicho.
Vivimos rodeados de mecanismos que con demasiada frecuencia producen demora, distancia y olvido. Pero existen momentos en los que esos mismos mecanismos dejan de girar sobre sí mismos y permiten que aparezca lo único que justifica la existencia del servicio público: el encuentro entre una necesidad real y una respuesta real.
No hay heroísmo en ello.
Hay, más bien, el cumplimiento de una obligación que, cuando se realiza con humanidad, adquiere una grandeza casi insoportable porque nos recuerda cuán infrecuente se ha vuelto lo que debería ser cotidiano.
El cuerpo humano no es una cifra presupuestal. No es un expediente. No es un número de afiliación. Es un campo donde cada demora deja cicatrices invisibles.
Y la salud mental es quizá el lugar donde esas cicatrices hablan con mayor intensidad.
Por ello, esta carta no celebra un privilegio. Celebra que, por una vez, el aparato administrativo no devoró a la persona que acudió a él. Celebra que la decisión recorrió el camino completo hasta convertirse en presencia, medicamento y alivio.
Ojalá toda política pública pudiera medirse así: no por el volumen de sus discursos, sino por la cantidad de sufrimiento que logra impedir.
Porque allí donde un ser humano puede seguir respirando con un poco menos de miedo, allí comienza, verdaderamente, la civilización.
Reciba mi reconocimiento por haber hecho posible esa cadena de actos eficaces, y hágalo extensivo al doctor Medina, al doctor Juárez y al Subdirector del CAISAME, cuya calidad profesional y humana convirtió una instrucción en una experiencia concreta de cuidado.
La salud no empieza en los decretos.
Empieza cuando una institución recuerda que el cuerpo que llama a su puerta no es un trámite, sino el lugar donde se juega, a cada instante, la posibilidad misma de seguir existiendo.
Atentamente,
victor ponsal
Tuesday, July 21, 2026
El teatro de la salud mental en Guanajuato
Wednesday, July 15, 2026
Carlos Hernández (León, Guanajuato 1972— ), collagista
Tuesday, July 14, 2026
The Mouth That Refused the Sky
Thursday, July 2, 2026
Sobre la estupidez de usar WhatsApp bajo coacción
Tuesday, June 23, 2026
En el descenso a los infiernos
Thursday, June 18, 2026
La risa sobre las fosas o el teatro de la carroña
Tuesday, June 16, 2026
Las preparatorias patito de León, Guanajuato
Las escuelas de nivel medio superior que proliferan en casas habitación del centro de León, Guanajuato, parecen haber sido concebidas no para educar, sino para administrar una lenta agonía del pensamiento. Ocupan espacios que alguna vez albergaron una vida doméstica y los convierten en simulacros de escuela: corredores estrechos, habitaciones rebautizadas como aulas, patios donde la inteligencia bosteza bajo el peso de la rutina y la complacencia, cocheras convertidas en canchas o, si son techadas, en direcciones donde habitan "directores" sin licenciatura o con estudios en odontología o contaduría pública. Basura académica, en suma.
Allí no se enseña; se certifica. No se forma; se tramita. El conocimiento ha sido reemplazado por una burocracia del diploma. Cada escritorio parece un mostrador de oficina donde se sellan documentos para acreditar una competencia que jamás existió.
La mediocridad no aparece como un accidente sino como un principio organizador. Los profesores son reclutados con una ligereza alarmante, como si la enseñanza fuera un oficio menor que cualquiera pudiera desempeñar. Muchos llegan sin la formación intelectual necesaria, sin dominio de las disciplinas que imparten y, sobre todo, sin la convicción de que educar implica una responsabilidad pública. El resultado es una cadena de ignorancias que se reproduce a sí misma: quien apenas comprende transmite apenas comprensión.
Pero el problema no termina allí. Estas instituciones se convierten con frecuencia en refugio de estudiantes que buscan únicamente el certificado. No persiguen el conocimiento, sino el documento. No desean comprender un texto complejo, resolver un problema matemático o formular una explicación científica; desean atravesar el sistema con el mínimo esfuerzo posible. La lectura se reduce a una formalidad, las matemáticas a una molestia y las ciencias a un conjunto de palabras vacías que jamás llegan a convertirse en ideas.
Entonces surge una extraña representación educativa. Los alumnos fingen aprender. Los docentes fingen enseñar. Las autoridades fingen supervisar. Y al final todos reciben el premio de la simulación: un certificado que proclama competencias que rara vez pueden demostrarse.
Lo verdaderamente grave es que esta decadencia rebasa los muros de esas escuelas improvisadas. La democracia requiere ciudadanos capaces de leer críticamente, evaluar argumentos, distinguir evidencia de propaganda y comprender los problemas colectivos. Cuando una sociedad produce generaciones enteras incapaces de realizar esas tareas, debilita los fundamentos mismos de su vida pública.
De estas instituciones no egresan necesariamente ciudadanos preparados para participar en una deliberación democrática exigente. Con demasiada frecuencia egresan individuos acostumbrados a la apariencia antes que al conocimiento, al trámite antes que al mérito, al documento antes que a la capacidad. Son productos de una cultura donde la certificación sustituye a la educación y donde la forma devora el contenido.
Y así, en el interior de casas con arquitectura propia de "nuevos ricos", transformadas en escuelas, se consuma una silenciosa mutilación del espíritu. hay gritos y escándalos. No hay incendios ni derrumbes visibles. Hay algo más inquietante: la normalización de la ignorancia. Cada generación que atraviesa esos pasillos sin haber aprendido a leer con profundidad, a razonar con rigor o a comprender el mundo que la rodea representa una pérdida para la comunidad entera.
La tragedia no consiste únicamente en que esas escuelas sean mediocres. La tragedia consiste en que han logrado convertir la mediocridad en costumbre, y la costumbre, con el tiempo, adquiere la apariencia de la verdad.
Monday, June 15, 2026
El Mundial de fútbol y México en crisis
Friday, June 12, 2026
La fiesta y la herida
The brutal opening of the World Cup in Mexico
Wednesday, June 10, 2026
The Country of Unfinished Shadows: The World Cup in a Terrorist State called Mexico
At dusk, the streets begin to resemble a deck of cards shuffled by a distracted god. A shoe lies abandoned near a bus stop. A dog sleeps beneath a mural whose colors are fading into the dust. Somewhere, a mother waits for a phone call that never comes.
Mexico, in the imagination of tourists preparing for the World Cup, is a postcard pinned to a refrigerator door: beaches glowing in the sun, mariachi music floating through plazas, children kicking soccer balls beneath church towers. Yet another Mexico walks behind that postcard like a shadow. It moves silently through cemeteries, police reports, anonymous graves, and the faces on missing-person posters that flutter from telephone poles.
The shadow country keeps its own calendar. It counts time by disappearances.
One hundred thousand vanished souls and more—numbers so large they become impossible to imagine. Each number was once a voice asking what was for dinner, a hand reaching for a child, a face reflected in a mirror before leaving home one last time. The statistics march across newspaper pages, but the dead and missing do not live in statistics. They live in empty chairs.
A visitor arriving for a month of soccer may see crowds celebrating in the streets. He may hear drums, songs, and fireworks. He may believe that joy is the whole story. But joy and terror often occupy neighboring houses. One window is lit for a birthday party while the next remains dark because someone never returned.
The cartels appear in the national imagination like creatures from a medieval bestiary. They are whispered about in restaurants and taxis. They haunt highways at night. Their presence is felt even when they remain unseen. Around them grows a forest of rumors, accusations, denials, and fears. Many citizens believe that powerful interests, political actors, criminal organizations, and institutions have become entangled in ways that are difficult to untangle. Trust becomes a rare currency.
The result is a peculiar kind of weather.
People learn to read danger as sailors read clouds. They avoid certain roads. They avoid certain questions. They lower their voices. They memorize routes home. Every ordinary action acquires a second meaning. Every unexpected knock at the door becomes a small thunderclap.
The World Cup promises celebration. Television cameras will search for smiling faces. Stadium lights will transform the night into an artificial day. The world will watch athletes perform miracles with a ball. Yet beyond the bright rectangle of the field lies a landscape where many families continue searching for loved ones who disappeared years ago.
A nation is never one thing. Mexico is not merely violence, just as it is not merely beauty. It contains both. It contains extraordinary kindness and extraordinary suffering. But anyone who arrives believing only in the postcard risks misunderstanding the country before them.
The greatest tragedy is not simply the brutality itself. It is the normalization of brutality. When horror becomes routine, when disappearance becomes a familiar word, when grief becomes part of the architecture of daily life, something precious is lost. A society begins to carry fear the way old houses carry dust.
At night, the missing return in dreams.
They stand at the edge of a soccer field after the crowd has gone home. The stadium is silent. The lights are off. The wind moves scraps of paper across the grass. They wait for someone to call their names.
No one does.
And the darkness, patient as history, continues to grow.
Saturday, May 30, 2026
El sombrero en el reino de las sombras
Thursday, May 28, 2026
Democracia y poder mediático en México: una reflexión crítica sobre el llamado presidencial contra TV Azteca
Thursday, May 21, 2026
El país de la herida abierta
México siempre ha conversado con sus fantasmas. Los antiguos dioses de piedra exigían sangre para mantener en movimiento al sol; los nuevos dioses, vestidos con trajes oscuros y escoltas blindadas, exigen obediencia, silencio y miedo. Cambian los nombres, cambian las ceremonias, pero permanece intacta la antigua liturgia del poder: dominar mediante el temor. Desde 2018, la nación parece haber descendido a un territorio ambiguo donde el Estado y el crimen ya no se enfrentan como enemigos visibles, sino que avanzan juntos como sombras que han aprendido a confundirse en la misma pared.
La consigna de “abrazos y no balazos” apareció como una promesa de reconciliación nacional. El lenguaje quiso sustituir a las armas; la compasión, a la guerra. Pero en México las palabras suelen terminar devoradas por la realidad. Mientras el discurso hablaba de pacificación, los caminos del país se llenaban de retenes invisibles, pueblos sometidos, territorios administrados por hombres sin rostro. La violencia dejó de ser únicamente una batalla entre criminales: se convirtió en una atmósfera, una forma cotidiana del miedo.
El mexicano aprendió otra vez a bajar la voz.
Hay países donde el Estado impone la ley. En México, vastas regiones parecen vivir bajo una soberanía fragmentada, repartida entre autoridades oficiales y poderes clandestinos. El narcotráfico ya no es únicamente una organización criminal; es una economía, una cultura del terror, una burocracia paralela. Cobra impuestos, decide candidaturas, administra silencios, financia campañas, premia fidelidades y castiga traiciones. Allí donde el gobierno se debilita, el cártel ocupa el vacío con una eficacia brutal.
La tragedia no consiste solamente en la expansión del crimen, sino en la sospecha creciente de que el poder político y el poder criminal han dejado de ser realidades separadas. La corrupción mexicana siempre fue una humedad subterránea, pero ahora muchos sienten que esa humedad ha podrido los cimientos mismos de la casa nacional. Las acusaciones sobre presuntos vínculos entre actores políticos y organizaciones criminales han dejado de parecer episodios excepcionales para convertirse, en la imaginación pública, en parte de la normalidad del sistema.
Las campañas electorales, que deberían ser celebraciones de la democracia, aparecen rodeadas por rumores persistentes de financiamiento ilícito, presiones territoriales y pactos invisibles. La sospecha erosiona la legitimidad como el salitre devora lentamente una estatua. No importa únicamente si las acusaciones se prueban o no en tribunales; importa que millones de ciudadanos perciban que el poder ya no les pertenece, que las decisiones fundamentales se toman en zonas oscuras donde confluyen dinero, miedo y ambición.
La brutalidad devino en paisaje.
Las desapariciones forzadas son quizá la metáfora más terrible de nuestro tiempo. En otros siglos, México enterraba a sus muertos; hoy busca a sus desaparecidos en desiertos, montañas y fosas clandestinas. Madres con palas sustituyen a las instituciones. La nación entera parece convertida en un inmenso camposanto sin lápidas. Cada cuerpo hallado en la tierra revela no sólo la ferocidad criminal, sino también la ausencia del Estado. Porque el horror verdadero no es únicamente el asesinato: es la indiferencia posterior.
El secuestro, la extorsión y el asesinato dejaron de ser noticias extraordinarias. Son parte del murmullo cotidiano. El comerciante paga para sobrevivir; el periodista calla para no morir; el ciudadano aprende rutas invisibles para evitar retenes criminales. La impunidad no es un error del sistema: es el sistema funcionando. El crimen prospera porque rara vez encuentra castigo, y cuando el castigo no existe, la ley se convierte en una ficción retórica.
Mientras tanto, desde Estados Unidos llegan acusaciones, investigaciones, solicitudes de extradición y expedientes judiciales contra personajes vinculados al poder político mexicano. Nombres de gobernadores, funcionarios y operadores aparecen en declaraciones protegidas, investigaciones federales y testimonios judiciales relacionados con organizaciones criminales. Las autoridades mexicanas responden con negaciones, denuncias de intervencionismo o afirmaciones de insuficiencia probatoria. La verdad queda atrapada entre dos narrativas opuestas: la de la inocencia proclamada desde el poder y la de las investigaciones construidas en tribunales extranjeros.
Pero el problema de México no es únicamente judicial: es moral.
Una sociedad puede sobrevivir a la pobreza; incluso puede resistir la violencia. Lo que destruye a una nación es acostumbrarse a ellas. Y México parece hallarse precisamente en ese umbral peligroso donde el horror comienza a normalizarse. El miedo ya no produce indignación permanente; produce cansancio. El ciudadano se repliega en la esfera privada, desconfiando de todos: de los policías, de los partidos, de los jueces, de la prensa, del vecino. El tejido social se rompe no con explosiones visibles, sino con pequeñas fracturas diarias de desconfianza.
Octavio Paz escribió que las sociedades terminan pareciéndose a las máscaras que usan. México ha usado demasiadas máscaras: la revolución, la democracia, el progreso, la transformación. Pero debajo de todas ellas persiste un rostro antiguo: el del poder que busca perpetuarse aun a costa de la verdad. El narcoEstado no nace únicamente cuando los criminales penetran al gobierno; nace cuando la sociedad deja de distinguir con claridad entre autoridad y crimen.
Entonces todo se vuelve niebla.
Y en la niebla, el ciudadano camina solo.
Sunday, March 29, 2026
Un modo de las consecuencias del fracaso de la educación en México
Monday, March 23, 2026
El laberinto de la beatitud intelectual
Supongamos que existe un instante en que la mente humana, privada de pasión y de miedo, se contempla a sí misma como quien contempla un mapa antiguo: cada línea, cada trazo, es simultáneamente verdad y misterio. Ese instante es la beatitud intelectual que Baruch Spinoza describe en la Ética, un estado que trasciende la efímera satisfacción de los sentidos y se instala en la geometría silenciosa del entendimiento. La beatitud, según Spinoza, no es un premio otorgado por los dioses ni un sentimiento pasajero: es el fruto de la confluencia de la razón y del amor hacia lo eterno.
Spinoza distingue tres géneros de conocimiento. El primero, la imaginación, nos ata a la apariencia; nos hace esclavos de la confusión y del error, y sin embargo, paradójicamente, nos permite sobrevivir. El segundo, la razón, nos libera parcialmente: establece relaciones necesarias, descubre conexiones entre las cosas, pero aún así se detiene ante la superficie del ser. Solo el tercero género, el conocimiento intuitivo, conduce al hombre a la plena comprensión de sí mismo y de la divinidad —o, como él la llama, la sustancia única—. Este conocimiento no necesita demostraciones ni cadenas lógicas: es un reconocimiento inmediato, un relámpago que ilumina el orden del universo y nos permite fundir nuestra conciencia con él.
Desde un punto de vista borgiano, el conocimiento intuitivo es el espejo en el que el tiempo se fragmenta y se reúne a la vez. Saber algo por intuición es acceder a un archivo secreto donde cada hecho, cada emoción, cada sombra de pensamiento, se guarda con exactitud infinita. El mundo, en su caótica multiplicidad, se revela como un libro ya escrito y leído simultáneamente. La beatitud intelectual, entonces, es la lectura que no puede terminarse, pues leer implica comprender, y comprender es participar de lo eterno.
Spinoza nos enseña que la felicidad no se encuentra en los eventos que nos afectan, sino en la relación necesaria que descubrimos entre nosotros y la sustancia del universo. Así, el hombre que alcanza la beatitud intelectual ya no es un ser temporal: es un punto en la geometría infinita, un vértice de eternidad que, por un instante, contempla el todo y sonríe con la certeza de quien ha descifrado un laberinto que nadie más verá jamás.
Quizá sea esta la ironía más sutil: cuanto más nos aproximamos a la claridad absoluta, menos necesitamos palabras, más sentimos que el universo entero es un espejo que refleja nuestro entendimiento, y que la divinidad y la razón, lejos de separarse, son simplemente nombres distintos de la misma luz y de la misma visibilidad.
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