Monday, September 21, 2026

La materia y la mirada en la obra de Joel-Peter Witkin

 


 

 

 La carne como altar. La muerte como materia viva. El cuerpo como blasfemia sagrada. La fotografía como cicatriz. El grotesco como revelación.

En Joel-Peter Witkin, estas cinco expresiones no funcionan como etiquetas ni como puertas separadas, sino como corrientes que se mezclan dentro de una misma imagen. La fotografía se vuelve cuerpo, el cuerpo se vuelve símbolo, el símbolo se vuelve materia y la materia vuelve a abrirse hacia la muerte. Nada permanece fijo. Una cabeza puede ser retrato, reliquia, fragmento, máscara o presencia; un cadáver puede aparecer como resto humano, figura teatral y memoria religiosa; una deformidad puede abandonar el territorio de la anomalía para ocupar el centro de una composición cuidadosamente construida.

 


 

 

La imagen witkiniana no solicita una clasificación tranquila. Se presenta como una zona de fricción donde belleza y repulsión, vida y muerte, erotismo y sacrificio, religión y profanación, historia del arte y carne contemporánea adquieren formas simultáneas. Allí comienza su violencia: no en la exhibición de aquello que suele ocultarse, sino en la imposibilidad de contemplarlo desde una sola posición.

 

 


 

 

Mirar a Witkin significa entrar en un espacio donde el cuerpo ya no es únicamente cuerpo y donde la fotografía ya no es únicamente fotografía. Todo se transforma en otra cosa sin dejar de ser lo que era. La carne conserva su carne; el cadáver conserva su muerte; la imagen conserva su condición fotográfica. Pero sobre cada elemento se deposita una segunda existencia, como si la cámara hubiera descubierto que toda materia contiene una vida secreta y que toda belleza lleva consigo la posibilidad de su propia descomposición.

 


 

 

 

La obra de Witkin se sitúa precisamente en ese territorio móvil. Eugenia Parry (2007) observa que sus tableaux encuentran belleza en cuerpos deformados, marcados, inusuales e incluso muertos, al tiempo que reelaboran tradiciones procedentes de artistas como Bosch, Goya y Velázquez. Su fotografía convierte así la historia del arte, el cuerpo y la muerte en materiales de una misma construcción visual.

Es en ese territorio —móvil, contradictorio, ceremonial— donde la obra de Joel-Peter Witkin encuentra su fuerza.

 

 

El nacimiento de una mirada 

Joel-Peter Witkin nació en Brooklyn, Nueva York, en 1939. Su formación y su trayectoria artística se desarrollaron entre la fotografía, la escultura y una intensa relación con la tradición visual occidental. Estudió en Cooper Union, donde obtuvo su BFA en 1974, y posteriormente realizó estudios de posgrado en la Universidad de Nuevo México, donde obtuvo un MFA en 1986 (Kerkez, 2012).

 


 

 

 

Desde muy joven, Witkin comenzó a fotografiar. Una experiencia de infancia que posteriormente adquiriría una dimensión fundamental en su relato autobiográfico fue el accidente automovilístico en el que presenció la decapitación de una niña. Este episodio ha sido relacionado repetidamente con la presencia posterior de cabezas separadas, fragmentos corporales y cuerpos vulnerables en su producción. Sin embargo, convertirlo en una explicación total de su obra reduciría la complejidad de una práctica que también se nutre de la religión, la historia del arte, la literatura, el teatro y la escultura (Faccioli, 2007; Parry, 2007).

La dimensión religiosa de su imaginario tampoco es secundaria. En la exposición dedicada a Witkin por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en 1988, su producción fue presentada en relación con referencias judeocristianas, alegorías infernales, el totemismo, los sacrificios animales, el teatro antiguo y la tradición de la historia del arte. La exposición reunió setenta y tres fotografías realizadas entre 1975 y 1987, y para ella Witkin produjo Las Meninas (Autorretrato según Velázquez) (1987) (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 1988).

 


 

 

 

Su experiencia como fotógrafo de combate durante la Guerra de Vietnam constituye asimismo un elemento importante de su biografía. El propio recorrido institucional de su obra ha señalado este trabajo junto con otros episodios biográficos como parte del contexto que contribuyó a configurar su lenguaje fotográfico (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 1988).

En 2012, durante una conferencia en la Universidad de Nuevo México, Witkin fue presentado como un fotógrafo conocido por sus tableaux simbólicos, entendidos como versiones contemporáneas de la tradición medieval del memento mori. La misma institución señaló su formación en Cooper Union y la Universidad de Nuevo México, así como su participación en exposiciones internacionales (Kerkez, 2012).

 


 

 

 

La escultura resulta fundamental para comprender su fotografía. Witkin no parece pensar la cámara como una máquina que simplemente registra lo que existe. Construye escenas. Distribuye cuerpos, máscaras, animales, objetos, telas y símbolos. Después fotografía esa construcción y continúa interviniendo sobre el negativo y la impresión.

La fotografía, entonces, no es para Witkin una ventana.

Es una superficie que puede ser arañada.

 

 

El cuerpo contra la tiranía de lo normal 

Aquí comienza el verdadero teatro.

Los cuerpos de Witkin pertenecen a una genealogía visual en la que la diferencia física, la deformidad, la mutilación y la alteridad han sido convertidas históricamente en espectáculo. Pero su operación artística introduce esas figuras en escenarios cuidadosamente compuestos, donde dejan de ser meros objetos de observación para adquirir una presencia casi ceremonial.

 


 

 

 

Parry (2007) destaca precisamente la presencia de cuerpos deformados, marcados, inusuales y muertos dentro de la obra de Witkin. Faccioli (2007), por su parte, señala la representación de figuras que incluyen personas con enanismo, personas trans e intersexuales y cuerpos físicamente diferentes, vinculándolas con la particular visión estética del fotógrafo.

 


 

 

 

Pero hay una pregunta que no debe ser expulsada del análisis: ¿qué sucede cuando una persona convertida históricamente en “anormal” entra en el museo como imagen artística?

La respuesta no es sencilla.

La obra puede ser leída como una recuperación de cuerpos expulsados de los modelos dominantes de belleza y, simultáneamente, como una puesta en escena que hace visible el poder de la mirada artística sobre esos cuerpos. Esa tensión forma parte de la experiencia de Witkin y evita que su obra pueda reducirse a una simple celebración de la diferencia.

El fotógrafo no presenta los cuerpos como documentos neutrales. Los incorpora a una dramaturgia.

El cuerpo que la mirada cotidiana intenta clasificar aparece entonces como protagonista.

La anomalía se vuelve iconografía.

La diferencia se vuelve composición.

Y la composición vuelve a interrogar la diferencia.

 

 

La fotografía como cicatriz 

La fotografía tradicional pretende conservar. Witkin parece querer demostrar que conservar también significa transformar.

Su procedimiento material forma parte de esta concepción. La fotografía no termina en el momento de obturar la cámara. El negativo y la copia continúan siendo transformados mediante raspaduras, alteraciones químicas, blanqueamientos, virados y otras intervenciones. En una exposición de 1995, la Galería Fraenkel describió precisamente cómo Witkin comenzaba frecuentemente con dibujos y bocetos, construía escenas complejas y posteriormente intervenía los negativos, para después trabajar las copias mediante técnicas de tonificación y blanqueamiento (Fraenkel Gallery, 1995).

 


 

 

 

Esta transformación sobre la fotografía posee una dimensión conceptual.

La imagen ya no pretende ocultar su condición de objeto.

Se presenta como materia.

En otras palabras: Witkin no solamente fotografía cuerpos transformados; transforma la fotografía misma.

El arañazo se convierte en cicatriz. La superficie deteriorada parece envejecer junto con el cadáver que contiene. La imagen adquiere una temporalidad propia: no sólo representa la muerte, sino que parece estar muriendo.

La fotografía se transforma en un organismo visual.

Y como todo organismo, lleva sobre sí las marcas de su existencia.

 

 

El museo como templo profanado 

Witkin construye imágenes que recuerdan pinturas religiosas, bodegones, mitologías clásicas y composiciones históricas. El catálogo de la exposición del Reina Sofía de 1988 situó su producción en relación con la tradición artística occidental y señaló entre sus influencias el teatro antiguo, el totemismo y fotógrafos como Oscar Gustave Rejlander, Henry Peach Robinson, Julia Margaret Cameron y Diane Arbus (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 1988).

 


 

 

 

Esto permite comprender por qué sus fotografías poseen una teatralidad casi litúrgica.

Una figura yace. Otra observa. Una máscara oculta el rostro. Un animal ocupa un lugar ceremonial. Un fragmento anatómico adquiere la dignidad de una reliquia. Una composición recuerda una pintura conocida y, sin embargo, algo se ha desplazado.

Witkin no destruye la tradición.

La reanima mediante la transformación.

Su Las Meninas (Autorretrato según Velázquez) (1987) constituye un ejemplo especialmente significativo. La obra forma parte de la colección del Reina Sofía y fue concebida para la exposición de 1988. Su propia existencia demuestra la relación entre la fotografía de Witkin y la historia del arte: no se limita a citar a Velázquez, sino que construye una nueva escena a partir de una obra fundamental de la pintura española (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 1988).

Witkin parece preguntarle a la historia del arte:

¿Qué ocurre si introducimos el cadáver en el altar?

Y la historia del arte responde con silencio.

Algo semejante sucede con Studio of the Painter: Courbet, Paris 1990. La obra, conservada por el Princeton University Art Museum, fue realizada en 1990 y reelabora El taller del pintor de Gustave Courbet. El museo describe la escena como una construcción meticulosamente escenificada que retoma las tradiciones fotográficas victorianas del tableau y el fotomontaje (Princeton University Art Museum, 1990).

 


 

 

 

El propio archivo de Princeton conserva, además, materiales preparatorios de la obra, entre ellos un arreglo preliminar de la escena y fondos pintados. Esto resulta significativo: permite observar que la fotografía no surgió de un instante espontáneo, sino de un proceso de construcción visual deliberada (Princeton University Art Museum, 1990).

Witkin no entra en la historia del arte como un visitante.

Entra como un intruso.

Y altera el espacio.

 

 

La muerte como escenario 

La muerte atraviesa su obra, pero no aparece únicamente como acontecimiento. Se convierte en escenario, objeto, modelo y símbolo.

La tradición del memento mori resulta particularmente útil para comprender esta dimensión. La Universidad de Nuevo México describió en 2012 sus tableaux como versiones contemporáneas de esa tradición medieval, imágenes destinadas a recordar al espectador su propia mortalidad (Kerkez, 2012).

 


 

 

 

Pero Witkin lleva el memento mori hacia una zona más extrema.

No coloca simplemente una calavera junto a una vela.

Coloca la carne misma delante de nosotros.

La muerte deja de ser alegoría porque aparece corporalmente.

En Harms Way: Lust & Madness, Murder & Mayhem, Witkin (1994) reunió fotografías históricas vinculadas con escenas criminales, instituciones psiquiátricas, medicina y sexualidad. El proyecto muestra que su interés por la muerte y por los cuerpos vulnerables no se limita a producir imágenes nuevas: también incluye la apropiación y reorganización de archivos visuales que ya habían convertido esos cuerpos en documentos, diagnósticos, pruebas o espectáculos.

 


 

 

 

Aquí aparece una dimensión decisiva de su trabajo: la fotografía puede conservar la violencia incluso cuando pretende únicamente registrarla.

El archivo tiene cadáveres.

El museo tiene cadáveres.

La historia del arte tiene cadáveres.

La fotografía también.

Witkin los reúne.

 


 

Una estética de la crueldad 

 

La obra de Witkin puede leerse desde una estética de la crueldad, entendida como una concepción del arte que desconfía de la contemplación cómoda y busca devolver al cuerpo una intensidad anterior a las convenciones tranquilizadoras de la representación.

Algo semejante ocurre ante una fotografía de Witkin: la imagen parece querer atravesar el intelecto y llegar directamente al sistema nervioso.

La fotografía deja de decir:

“Mira esto”.

Y comienza a ordenar:

“Siente que estás mirando”.

Ésa es quizá la verdadera violencia de Witkin.

No consiste solamente en mostrar cadáveres, deformidades o fragmentos anatómicos. Consiste en devolverle al espectador la responsabilidad de su propia mirada.

La obra nos coloca ante una paradoja: buscamos al monstruo en la fotografía y terminamos encontrándolo en las categorías con las que intentamos organizarla.

 


 

 

 

Esta estética no debe entenderse como una filiación histórica directa con una teoría teatral determinada, sino como una herramienta crítica para aproximarse a la intensidad corporal de las imágenes de Witkin. Su obra concibe la fotografía como una experiencia capaz de romper la distancia confortable entre obra y espectador.

El cuerpo se convierte en lenguaje.

La imagen se convierte en escenario.

El espectador se convierte en participante.

Y la fotografía deja de ser una superficie pasiva.

 

La belleza después de la belleza 

Una de las características más desconcertantes de Witkin es que sus imágenes, aun cuando representan aquello que suele provocar rechazo, están construidas con una extraordinaria preocupación formal.

Hay simetrías, diagonales, texturas, contrastes, referencias pictóricas y una composición meticulosa. El horror no aparece como accidente visual.

Está organizado.

La exposición de 1995 de la Galería Fraenkel describía esta combinación entre lo aparentemente real y lo meticulosamente escenificado como uno de los mecanismos fundamentales de su fotografía. La misma fuente señalaba que Witkin utilizaba lo grotesco y lo extraño para examinar temas presentes a lo largo de la historia del arte, entre ellos la belleza, la fealdad y la mortalidad humana (Fraenkel Gallery, 1995).

 


 

 

 

Esto modifica profundamente nuestra experiencia.

El espectador puede sentirse atraído por la composición antes de comprender aquello que está viendo. La belleza funciona entonces como una especie de trampa perceptiva: conduce la mirada hacia la imagen y, una vez dentro, la obliga a encontrarse con aquello que esperaba evitar.

Pero sería insuficiente hablar simplemente de “belleza y horror” como polos opuestos. En Witkin, ambos términos se contaminan hasta perder su separación inicial.

 

 


 

 

La belleza contiene la transformación.

La transformación contiene composición.

La composición contiene memoria.

La memoria contiene muerte.

Y la muerte vuelve a producir imagen.

Joel-Peter Witkin construye una fotografía donde la belleza no aparece limpia, sino cubierta de ceniza; donde el cuerpo no es ideal, sino vulnerable; donde la religión se mezcla con el deseo; donde el cadáver todavía puede convertirse en personaje; donde la tradición artística occidental es desmontada y vuelta a ensamblar como un altar después de una profanación.

Su obra puede situarse dentro de una tradición fotográfica que cuestiona la supuesta transparencia del medio. El catálogo de Joel-Peter Witkin: Forty Photographs, publicado por el San Francisco Museum of Modern Art en 1990, y la retrospectiva publicada por Scalo en 1995 muestran que esta producción ya había adquirido una dimensión crítica e institucional considerable durante las décadas de 1980 y 1990 (San Francisco Museum of Modern Art, 1990; Celant, 1995).

Sin embargo, la importancia de Witkin no reside solamente en su capacidad para provocar.

Su obra plantea una pregunta más profunda:

¿Qué sucede dentro de nosotros cuando miramos aquello que hemos aprendido a no mirar?

Sus imágenes abren una zona donde las categorías pierden estabilidad. La vida puede adoptar la forma de una reliquia. La muerte puede adquirir teatralidad. El cuerpo puede convertirse en escultura. El monstruo puede convertirse en icono. La transformación puede convertirse en composición. La fotografía puede convertirse en carne.

Por eso su obra puede entenderse como una experiencia destinada a sacudir la comodidad del espectador y devolver al cuerpo aquello que la representación convencional suele domesticar.

Frente a Witkin, la fotografía es materia, es escenario, es reliquia, es cicatriz.

Y nosotros, al mirar, no permanecemos intactos.

 

 

Referencias 

Celant, G. (1995). Witkin. Scalo.

Faccioli, D. (2007). Joel-Peter Witkin. Photology.

Fraenkel Gallery. (1995). Joel-Peter Witkin [Catálogo de exposición]. Fraenkel Gallery.

Kerkez, M. (2012, 5 de marzo). UNM Art Museum hosts lecture with photographer Joel Peter Witkin. University of New Mexico.

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. (1988). Joel-Peter Witkin [Catálogo de exposición]. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Parry, E. (2007). Joel-Peter Witkin. Phaidon Press.

Princeton University Art Museum. (1990). Studio of the Painter: Courbet, Paris 1990 [Fotografía de Joel-Peter Witkin].

San Francisco Museum of Modern Art. (1990). Joel-Peter Witkin: Forty Photographs [Catálogo de exposición]. San Francisco Museum of Modern Art.

Witkin, J.-P. (1994). Harms Way: Lust & Madness, Murder & Mayhem. Twin Palms Publishers.

 

Sunday, September 20, 2026

El orgullo de no haber engendrado

 

 


 

 

 

Hay una violencia anterior a todas las violencias.

Antes del golpe, antes de la guerra, antes del hambre, antes de que una criatura aprenda el nombre de aquello que la destruirá, está el gesto tranquilo de dos cuerpos que deciden —o simplemente dejan que ocurra— que otro cuerpo sea arrojado aquí.

Aquí.

A esta máquina de carne.

A este matadero con escuelas, hospitales, oficinas, iglesias, cárceles y televisores.

Aquí donde cada nacimiento es presentado como una celebración, mientras en alguna habitación alguien descubre por primera vez que respirar también significa comenzar a perderlo todo.

Se dice: un hijo es una esperanza.

Yo pregunto: ¿esperanza para quién?

El niño no ha pedido la esperanza. No ha pedido el mundo. No ha pedido el cuerpo que habrá de cargar. No ha pedido la enfermedad que algún día lo encontrará, ni el miedo que aprenderá a ocultar, ni la muerte que desde el principio ya está sentada dentro de él como un animal paciente.

Y, sin embargo, lo hacemos venir.

Lo hacemos venir y después inventamos justificaciones.

Le decimos que el mundo es hermoso.

Le enseñamos flores para que no mire los cadáveres.

Le damos juguetes para que no escuche los gritos.

Le enseñamos a sonreír para que pueda entrar sin resistencia en la maquinaria.

Y cuando finalmente comprende que la vida no era aquella promesa luminosa sino una sucesión de pérdidas, le exigimos gratitud.

Gratitud por haber sido arrojado al incendio.

Hay una obscenidad particular en llamar milagro a un nacimiento sin preguntarse qué significa condenar a alguien a morir.

No hablo de la muerte como una abstracción filosófica. Hablo del cuerpo. Del cuerpo que sangra. Del cuerpo que enferma. Del cuerpo que envejece. Del cuerpo que será tocado contra su voluntad, humillado, abandonado, mutilado por el tiempo, atravesado por dolores para los cuales no existe ninguna explicación suficientemente grande.

El cuerpo del niño.

El cuerpo que todavía no existe y que, precisamente por eso, no puede consentir.

Ese silencio debería bastarnos.

Pero los adultos odian los silencios que no pueden interpretar. Necesitan llenar el vacío con sus deseos.

Quieren prolongarse.

Quieren verse reflejados.

Quieren que alguien pronuncie su apellido cuando ellos ya sean polvo.

Quieren fabricar un pequeño heredero de sus ilusiones, de sus fracasos, de sus fotografías familiares.

Y llaman amor a esa necesidad de continuar.

Pero quizá el amor verdadero comienza donde termina la necesidad de poseer.

Quizá hay una forma de amor que consiste en no llamar a nadie.

No abrir la puerta.

No pronunciar el nombre de una criatura que todavía no existe.

No obligar a una conciencia futura a atravesar este corredor de cuchillos simplemente porque nosotros, por miedo a desaparecer, queremos escuchar pasos detrás de nosotros.

Yo no me reproduje.

Y no siento vergüenza.

No hay en mí el remordimiento que se espera de quien ha rechazado la ceremonia de perpetuación. No tengo que mirar fotografías de una descendencia inexistente y preguntarme qué clase de persona habría sido aquel niño. No tengo que imaginar su rostro mientras el mundo le enseña sus dientes.

Mi orgullo no consiste en haber producido algo.

Consiste precisamente en no haber producido una víctima.

Nadie me debe un descendiente.

Ninguna criatura me debe amor porque yo haya decidido traerla aquí.

Ningún hijo tendrá que agradecerme su existencia.

Ese es, para mí, un extraño triunfo de la conciencia: haber permitido que una vida posible permaneciera en la paz de lo posible.

No hice nacer a nadie para que pudiera morir.

No fabriqué un ser humano para que atravesara el espectáculo de la pérdida y luego, al final, me devolviera una fotografía de mi propio envejecimiento.

Mi negativa no fue una ausencia.

Fue un acto.

Un acto silencioso, casi invisible, pero dirigido contra la maquinaria más antigua: la orden de continuar.

Continuar, continuar, continuar.

Reproducirse como si la reproducción fuera una ley moral.

Como si el mundo tuviera derecho a recibir nuevos cuerpos.

Como si la existencia fuera una deuda que debiéramos imponer a otros.

Pero yo digo: no.

No hay obligación de llenar la tierra.

No hay obligación de fabricar testigos.

No hay obligación de entregar carne nueva a una historia que todavía no ha aprendido a dejar de devorar carne.

Y mientras los orgullosos anuncian sus nacimientos como victorias, yo reivindico mi pequeña derrota.

No vencí a la muerte.

No vencí al sufrimiento.

No salvé el mundo.

Hice algo mucho más modesto:

no añadí una vida al inventario de aquello que puede ser destruido.

Y quizá, en este mundo que confunde el ruido con la vida, exista una dignidad feroz en el silencio.

No engendrar.

No multiplicar.

No obedecer.

Dejar intacto el vacío.

Porque hay vacíos que no son carencias.

Hay vacíos que son misericordia.

 

 

 

 

Friday, September 18, 2026

El odio y la máscara de la causa


 


 

 

 

Hay momentos en que una sociedad se contempla en el espejo y descubre, no sin sorpresa, que las palabras que creía enterradas siguen respirando bajo las piedras. El pasado no vuelve: somos nosotros quienes, de pronto, volvemos a él. Eso ocurrió en Ciudad de México el pasado 11 de septiembre, cuando un grupo de manifestantes marchó por avenida Presidente Masaryk, en Polanco, y, en las inmediaciones de una sinagoga, profirió consignas contra los judíos y exhibió mensajes de boicot dirigidos contra negocios de propietarios judíos. La movilización fue presentada como una protesta de solidaridad con Palestina. Pero una cosa es denunciar las acciones de un Estado y otra, radicalmente distinta, convertir a los judíos en el objeto del odio.

La diferencia no es semántica. Es moral.

Protestar contra el gobierno de Israel, contra su política militar, contra la ocupación, contra determinadas decisiones de su ejército o contra cualquier otra política estatal pertenece al ámbito legítimo de la discusión política. Ningún Estado queda fuera de la crítica por el simple hecho de ser Estado. Pero llamar a expulsar a los judíos de México no constituye una crítica a Israel. Tampoco constituye una posición sobre Gaza. Es una generalización racial, religiosa y cultural: transformar a millones de individuos distintos entre sí en una sola figura imaginaria contra la cual descargar una hostilidad heredada.

El antisemitismo comienza precisamente allí donde la persona deja de ser persona y se convierte en ejemplar de una abstracción.

El judío de carne y hueso desaparece y en su lugar aparece el judío: una criatura imaginaria a la que se atribuyen intenciones, culpas, riquezas, conspiraciones o responsabilidades colectivas. El mecanismo es antiguo. Cambian las consignas, cambian las banderas, cambian las ideologías; permanece la necesidad de fabricar un enemigo absoluto.

Y quizá lo más inquietante de lo ocurrido en Masaryk no sea solamente el contenido de las consignas, sino el lugar y el momento elegidos.

Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, comenzó al anochecer del viernes 11 y se prolongó hasta el domingo 13 de septiembre. El 12 y el 13 fueron los dos días de la festividad. La protesta se produjo, por tanto, en el umbral de una celebración religiosa y frente a un espacio de culto. Esa coincidencia convierte el episodio en algo más que una manifestación política desafortunada: muestra cómo una causa internacional puede degradarse hasta convertirse en una agresión contra ciudadanos concretos precisamente por su pertenencia religiosa.

Hay aquí una paradoja que merece ser pensada.

Quienes dicen luchar contra la injusticia pueden reproducir una de sus formas más antiguas: la identificación de un grupo humano con una culpa colectiva. Se comienza diciendo que todos los judíos son responsables de las decisiones de Israel; mañana se podrá decir que todos los musulmanes son responsables de los actos de un grupo islamista, que todos los rusos son responsables de las decisiones del Kremlin o que todos los mexicanos son responsables de los crímenes cometidos por un gobierno mexicano. El razonamiento es idéntico: borrar la diferencia entre individuo, comunidad, Estado, gobierno y religión para producir un enemigo homogéneo.

La política se convierte entonces en superstición.

El Comité Central de la Comunidad Judía de México condenó la movilización y distinguió explícitamente entre la protesta contra las acciones de un gobierno y las expresiones dirigidas contra los judíos. La Conferencia del Episcopado Mexicano manifestó igualmente su rechazo y solidaridad con la comunidad judía. También el Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México condenó las expresiones de antisemitismo, discriminación e intolerancia registradas en Masaryk.

Estas reacciones importan porque recuerdan algo elemental: una sociedad democrática no se define solamente por permitir que sus ciudadanos marchen, protesten y griten. Se define también por la capacidad de distinguir entre la libertad y la humillación, entre la crítica y la persecución, entre la indignación política y el odio colectivo.

La libertad de expresión protege la protesta; no convierte una injuria en verdad.

Pero sería demasiado sencillo limitarse a condenar a quienes participaron en aquella marcha. El problema profundo es otro: ¿qué sucede cuando una causa justa se transforma en una religión política? Entonces desaparece la crítica y aparece la fe. Ya no se examinan los hechos: se dividen los seres humanos entre inocentes y culpables, víctimas y verdugos, buenos y malos. La complejidad resulta intolerable porque amenaza la pureza de la causa.

Toda ideología que necesita un enemigo absoluto termina pareciéndose a aquello que combate.

Por eso también debemos resistir otra tentación: utilizar el antisemitismo para impedir cualquier crítica a Israel. Eso sería tan intelectualmente deshonesto como utilizar la crítica a Israel para justificar el antisemitismo. Ambas operaciones nacen del mismo error: confundir categorías que deben permanecer separadas.

Un Estado no es un pueblo.

Un gobierno no es una religión.

Una política militar no es una identidad étnica.

Un ciudadano judío mexicano no es responsable de las decisiones del gobierno israelí, del mismo modo que un ciudadano mexicano no es responsable de cada acto cometido por el gobierno de México.

La democracia comienza allí donde aceptamos esas diferencias.

México ha construido buena parte de su identidad moderna alrededor de una idea particularmente poderosa: el país como espacio de encuentro. La historia mexicana está hecha de migraciones, exilios, mestizajes, comunidades extranjeras que encontraron aquí refugio y generaciones de hombres y mujeres que terminaron haciendo de este país su casa. La comunidad judía forma parte de esa historia mexicana y su presencia no es un accidente reciente. Instituciones, intelectuales, artistas, científicos, empresarios y ciudadanos judíos han participado durante décadas en la vida del país. La propia creación de proyectos destinados a conservar y estudiar la historia judía en México recuerda que esa presencia pertenece también a nuestra memoria colectiva.

Por eso el grito de «fuera judíos» no es solamente una agresión contra los judíos. Es una negación de México.

Porque México no es una sangre, una religión, una raza ni una ideología. México es, entre otras cosas, la posibilidad de que individuos diferentes puedan decir: ésta es también mi casa.

El odio siempre intenta reducir esa casa. Necesita menos habitantes, menos diferencias, menos memoria. Quiere convertir la pluralidad en sospecha.

Y aquí aparece la verdadera dimensión política del episodio de Masaryk. No se trata únicamente de lo que gritaron unas decenas de personas. Se trata de saber qué hacemos los demás cuando escuchamos ese grito.

El odio necesita público.

Necesita espectadores que bajen la mirada, ciudadanos que consideren que «no es para tanto», intelectuales que relativicen porque simpatizan con la causa que sirve de cobertura al prejuicio, militantes que callen porque condenar al agresor podría incomodar a los propios, y autoridades que confundan la tolerancia democrática con la indiferencia.

La historia nos ha enseñado que el lenguaje no es inocente. Una palabra repetida hasta convertirse en consigna puede preparar el terreno para una acción. Una comunidad convertida en abstracción puede dejar de ser percibida como comunidad. Y cuando una persona deja de ser vista como individuo, se vuelve mucho más fácil convertirla en objeto de desprecio.

Por eso el episodio merece ser pensado sin histeria, pero también sin complacencia.

No hay que exagerarlo para condenarlo.

No hace falta convertir a quienes participaron en monstruos para reconocer que determinadas consignas son monstruosas.

La defensa de Palestina no necesita del antisemitismo. La denuncia de las acciones del gobierno israelí no necesita el odio hacia los judíos. La solidaridad con las víctimas civiles de Gaza no se vuelve más legítima porque se insulte a una comunidad religiosa. Al contrario: cuando una causa universal comienza a excluir seres humanos por su origen o su religión, traiciona precisamente aquello que pretendía defender.

Quizá éste sea el verdadero peligro: que el odio consiga disfrazarse de justicia.

Porque el odio contemporáneo rara vez se presenta diciendo «soy odio». Prefiere vestirse con las palabras de la justicia, de la revolución, de la identidad, de la memoria o de la liberación. Se presenta como indignación moral y, precisamente por eso, resulta más difícil reconocerlo.

Pero hay una prueba sencilla.

Preguntémonos contra quién se dirige la acusación.

Si se dirige contra un gobierno, estamos ante una cuestión política.

Si se dirige contra una decisión concreta, estamos ante una discusión política.

Si se dirige contra una ideología, estamos ante una controversia intelectual.

Pero si se dirige contra una persona por ser judía, musulmana, cristiana, indígena, extranjera o cualquier otra cosa que no haya elegido como objeto de una política determinada, ya no estamos ante una crítica política.

Estamos ante el viejo fantasma de la tribu enemiga.

Y los fantasmas, cuando regresan, no regresan porque la historia los haya resucitado. Regresan porque nosotros les hemos abierto la puerta.

La lección de Masaryk debería ser sencilla: se puede defender Palestina sin odiar a los judíos; se puede criticar a Israel sin convertir a los israelíes en una categoría moral; se puede denunciar una guerra sin declarar culpable a una religión; se puede combatir una injusticia sin fabricar otra.

La dignidad humana no admite excepciones geográficas.

Si defendemos los derechos humanos únicamente cuando la víctima pertenece al grupo que nos simpatiza, no defendemos los derechos humanos: defendemos a los nuestros.

Y ése es precisamente el comienzo de toda barbarie.

 

 

 


Referencias

Conferencia del Episcopado Mexicano. (2026, 13 de septiembre). Iglesia católica mexicana condena marcha antisemita y se solidariza con la comunidad judía. Enlace Judío.

Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México. (2026, 13 de septiembre). Consejo Ciudadano condena expresiones antisemitas registradas en avenida Presidente Masaryk. Excélsior.

Comunidad Judía de México. (2026, 12 de septiembre). Comunidad judía mexicana condena marcha antisemita en Polanco. Enlace Judío.

Hebcal. (2026). Rosh Hashana 2026 / The Jewish New Year.

Infobae. (2026, 15 de septiembre). Crece el repudio por la marcha antisemita en CDMX.

Latinus. (2026, 12 de septiembre). Autoridades y miembros de la comunidad judía en México acusan expresiones antisemitas en marcha en Polanco durante sus celebraciones de Año Nuevo.

Tribuna Israelita. (2026, 10 de septiembre). The History Lab: un proyecto que revolucionará la historia de los judíos en México.

 

 

 

Saturday, September 12, 2026

La libertad ante el abismo: Jean Améry y la muerte voluntaria

 

 


 

Jean Améry (1912-1978), seudónimo de Hans Mayer, nació en Viena y fue un escritor y ensayista de origen judío. Tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, huyó a Bélgica, donde participó en la resistencia contra el nazismo. Fue detenido, torturado por la Gestapo y deportado a varios campos de concentración, entre ellos Auschwitz. Después de la guerra desarrolló una obra marcada por la memoria, la experiencia del sufrimiento y la dificultad de reconciliarse con un mundo que había permitido el exterminio. Entre sus libros más importantes se encuentran Más allá de la culpa y la expiación, Años de andanzas inútiles y Levantar la mano sobre uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria. En este último, publicado en español por Pre-Textos, reflexionó sobre el suicidio no como un simple problema médico o moral, sino como una cuestión extrema de libertad. Améry se suicidó en Salzburgo en 1978.

Jean Améry escribe desde un lugar en el que las palabras parecen haber llegado demasiado tarde. Después de Auschwitz, hablar de la muerte voluntaria no puede ser un ejercicio abstracto: el suicidio deja de ser únicamente un problema moral o psicológico y se convierte en una pregunta dirigida al corazón mismo de la libertad. ¿Puede el hombre disponer de su propia vida cuando el mundo ha dejado de ser para él una morada? ¿Es la muerte una derrota, una enfermedad, una cobardía, o puede ser, en determinadas circunstancias, el último acto mediante el cual una conciencia afirma su soberanía?

En Levantar la mano sobre uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria, publicado en español por Pre-Textos, Jean Améry se aproxima a esta frontera sin pretender abolir su oscuridad. No escribe para recomendar el suicidio ni para condenarlo. Tampoco pretende construir una teoría general de la muerte voluntaria. Su propósito es más inquietante: comprender desde dentro la experiencia de quien ha decidido que continuar viviendo ha dejado de ser una obligación que pueda reconocerse como propia.

La tesis central del libro podría formularse así: el suicidio no debe ser reducido a una enfermedad, a una simple perturbación psicológica ni a una falta moral, porque en él puede existir un acto radical de libertad mediante el cual el individuo reivindica su derecho a decidir sobre su propia existencia. Para Améry, quien se suicida no necesariamente ha perdido la razón; puede, por el contrario, estar ejerciendo una forma extrema de lucidez. La muerte voluntaria es el gesto por el cual el individuo dice que su vida le pertenece y que, llegado cierto límite, también puede pertenecerle la decisión de ponerle fin.

Pero esta libertad tiene un carácter paradójico. Es una libertad que se ejerce contra el futuro. Toda libertad ordinaria abre posibilidades: elegir es avanzar hacia algo. El suicida, en cambio, emplea su libertad para cerrar el horizonte de las elecciones. Su acto es irreversible y, precisamente por ello, posee una gravedad que ninguna otra decisión humana alcanza. Allí donde las demás elecciones modifican la vida, el suicidio decide sobre la posibilidad misma de seguir eligiendo.

Améry desconfía de quienes contemplan al suicida desde una posición de superioridad. La sociedad suele interpretar la muerte voluntaria mediante categorías que la protegen de su propia incomodidad: locura, cobardía, egoísmo, enfermedad. Nombrar así al suicida significa, muchas veces, devolverlo al territorio de lo incomprensible y dejar intacto el mundo de los vivos. Si está enfermo, no tenemos que escuchar su decisión; si está loco, no tenemos que tomar en serio sus razones; si es cobarde, podemos convertir su muerte en una falta. El diagnóstico puede funcionar como una forma de silencio.

Frente a esta tendencia, Améry devuelve al suicida su condición de sujeto. No quiere decir con ello que todo suicidio sea racional, ni que toda persona que se mata actúe con plena serenidad. Su argumento es más radical: la racionalidad no puede ser la única medida desde la cual juzgamos una decisión que pertenece a la esfera íntima de la existencia. Hay experiencias en las que la pregunta no es si la vida puede prolongarse, sino si esa prolongación conserva para quien la vive algún significado que pueda reconocer como suyo.

Aquí aparece una de las ideas más perturbadoras del libro: la vida no es simplemente un hecho biológico. Vivir es encontrarse situado en un mundo, vinculado con otros, proyectado hacia un mañana. Cuando esos vínculos se rompen o cuando el futuro se vuelve radicalmente ajeno, la existencia puede conservar su funcionamiento orgánico y, sin embargo, perder aquello que la hacía habitable. El cuerpo continúa; la persona, en cambio, experimenta una ruptura con el mundo.

Améry conocía demasiado bien la violencia con que un poder externo puede apropiarse de un cuerpo. Había sido torturado por los nazis y deportado a campos de concentración. Su pensamiento sobre el suicidio no puede separarse completamente de esa experiencia. En su obra, la libertad aparece siempre bajo la sombra de la violencia histórica. El individuo no es una conciencia flotante: tiene un cuerpo, una memoria, una historia. Y precisamente porque otros pueden ejercer poder sobre él, la posibilidad de disponer de sí mismo adquiere una dimensión terrible.

El suicidio aparece entonces como una suerte de última propiedad. El mundo puede haber arrebatado muchas cosas al individuo: su seguridad, su dignidad, su futuro, incluso la confianza elemental en los otros. Pero queda, al menos en la concepción de Améry, una frontera interior que nadie debería atravesar en su nombre: la decisión acerca de continuar o no existiendo.

Sin embargo, esta afirmación no tiene nada de triunfal. La libertad del suicida es una libertad desesperada. Es el poder de decir no cuando todas las demás posibilidades parecen agotadas. Por eso la muerte voluntaria es, en Améry, menos una celebración de la libertad que su figura extrema y trágica. La libertad llega aquí al punto en que se vuelve contra sí misma.

Hay en esto una paradoja profundamente humana. Queremos ser libres para vivir, pero quizá una libertad absoluta implicaría también poder negarnos a continuar. La sociedad acepta con relativa facilidad nuestra libertad para elegir profesión, pareja, residencia o creencias; retrocede, alarmada, cuando pretendemos aplicar esa misma soberanía a nuestra propia existencia. En ese límite se revela que nuestra idea de libertad nunca ha sido completamente absoluta: está rodeada por aquello que los demás consideran que debemos hacer con nuestra vida.

Améry obliga a mirar esa contradicción sin resolverla. No ofrece una doctrina que pueda tranquilizarnos. Su libro no dice que el suicidio sea bueno; tampoco permite concluir que sea siempre malo. Lo que hace es retirar algunas de las palabras con las que habitualmente clausuramos la conversación. Allí donde nosotros decimos enfermedad, él pregunta por la libertad. Allí donde decimos cobardía, pregunta por el sufrimiento. Allí donde decimos obligación de vivir, pregunta: ¿obligación para quién?

Esta desconfianza ante los juicios que simplifican la experiencia humana tiene un paralelo decisivo en la crítica que Améry dirigió a Hannah Arendt. La célebre fórmula de Arendt, la «banalidad del mal», nacida de su interpretación del juicio de Adolf Eichmann, le parecía peligrosa cuando se contemplaba desde la perspectiva de quienes habían padecido la violencia nazi. Améry rechazaba la idea de que la aparente normalidad del verdugo pudiera convertirse en una categoría capaz de oscurecer la realidad concreta del crimen. Para quien había conocido la tortura, Eichmann no podía ser reducido a la figura de un hombre burocráticamente mediocre atrapado en una maquinaria administrativa: detrás de esa normalidad estaba la destrucción efectiva de seres humanos. La crítica de Améry no consistía simplemente en negar que Eichmann pudiera parecer un hombre ordinario; consistía en señalar que esa descripción, si se convierte en explicación suficiente, corre el riesgo de separar al verdugo de sus víctimas y de transformar la experiencia del mal histórico en un problema casi abstracto de funcionamiento burocrático.

La diferencia entre Améry y Arendt toca así un punto esencial: la distancia entre observar el mal y haberlo sufrido en el propio cuerpo. Arendt quiso comprender cómo hombres aparentemente normales podían participar en crímenes monstruosos; Améry insistió en que la comprensión no debía pagarse con la pérdida de la realidad vivida por las víctimas. Desde Auschwitz, la filosofía no podía permitirse una neutralidad que borrara el sufrimiento. El mal no era para él una abstracción administrativa: tenía manos, instrumentos, cuerpos sometidos y una memoria que no podía ser sustituida por una fórmula. Su desacuerdo con Arendt revela, en el fondo, la misma exigencia que atraviesa Levantar la mano sobre uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria: mirar al individuo desde dentro, allí donde las categorías exteriores dejan de bastar.

Por eso Levantar la mano sobre uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria debe leerse menos como un tratado sobre la muerte que como una investigación sobre la libertad. Su verdadero tema no es el cadáver que vendrá, sino la conciencia que todavía vive y que se pregunta si puede seguir reconociendo como propia la vida que tiene delante.

Quizá ahí reside la provocación última de Améry. La sociedad quiere que pensemos que vivir es siempre un bien evidente y que quien renuncia a ello debe estar equivocado. Améry introduce una fisura en esa certeza. Nos recuerda que vivir no consiste únicamente en respirar y que una existencia humana no puede medirse exclusivamente por su duración. Hay una relación secreta entre vida, dignidad, memoria, futuro y libertad; cuando esa relación se rompe, la pregunta por la muerte aparece no como una abstracción, sino como una pregunta por el sentido mismo de ser dueño de uno mismo.

El libro no cierra esa pregunta. La deja abierta, como una marca.

Y acaso esa sea su mayor fidelidad a la experiencia humana: comprender que existen preguntas ante las cuales pensar no significa encontrar una respuesta, sino permanecer junto al abismo sin convertirlo demasiado pronto en una palabra tranquilizadora.

Referencia bibliográfica:

Améry, Jean. Levantar la mano sobre uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria. Valencia: Pre-Textos, 1998. Traducción de Marisa Siguan Boehmer y Eduardo Aznar Anglés. La obra original, Hand an sich legen: Diskurs über den Freitod, fue publicada en alemán en 1976.

Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen, 1967. Traducción de Carlos Ribalta. La edición original, Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil, fue publicada en 1963.

 

Friday, September 11, 2026

La literatura sin lectores: anatomía de una pequeña sociedad de Narcisos





El presente examina  ciertas dinámicas del mundillo literario contemporáneo: la vanidad autoral, el exceso de autoestima, la formación de corrillos amistosos, la circulación de premios y reconocimientos, y la progresiva sustitución del lector por una comunidad endogámica de escritores, críticos, jurados, editores y cómplices. A partir de algunas nociones de Antonin Artaud y de aportaciones de la sociología de la cultura de Pierre Bourdieu, Pascale Casanova y Gisèle Sapiro, se propone interpretar el campo literario como un espacio donde la obra puede convertirse en pretexto para la fabricación de prestigio. El resultado es una paradoja particularmente obscena: una literatura que habla incesantemente de sí misma mientras pierde de vista a quien debería leerla. Este texto sostiene que la institucionalización de la literatura puede generar una economía simbólica en la que el reconocimiento mutuo sustituye a la experiencia estética y donde el premio termina funcionando como certificado de pertenencia a una tribu.


La literatura convertida en espejo

Hay un momento en que la literatura deja de ser una herida y comienza a ser un espejo.

Entonces el escritor ya no escribe para abrir una grieta en el mundo, sino para comprobar si su rostro ha quedado suficientemente favorecido en el reflejo. Mira la fotografía de la contraportada, examina la reseña, cuenta las entrevistas, calcula las invitaciones, vigila las listas, espera el premio. Y cuando finalmente recibe una medalla, un diploma o un cheque, se produce la gran revelación: no ha conquistado el lenguaje; ha conquistado a cinco personas que se reúnen periódicamente para decidir quién merece ser llamado escritor.

Aquí empieza la comedia.

Una comedia triste, además, porque nadie se ríe. Todos están demasiado ocupados admirándose.

El pequeño mundo literario puede llegar a funcionar como una sala cerrada donde los mismos nombres circulan con la puntualidad de los planetas alrededor de un sol moribundo. Un escritor presenta el libro de otro. El otro recomienda el libro de un tercero. El tercero forma parte del jurado que premia al primero. El primero, agradecido, escribe después una elogiosa nota sobre el cuarto. El cuarto invita al primero a un festival. El festival reúne al segundo, al tercero y al cuarto. Y todos, al finalizar la jornada, concluyen que la literatura goza de excelente salud.

¿Dónde está el lector?

No está.

O, si está, ocupa el lugar del cadáver al que nadie se atreve a mencionar durante el banquete.

 

La tribu de los reconocimientos 

Pierre Bourdieu (1993, 1996) mostró que el campo literario no es un territorio inocente, separado de las relaciones de poder, sino un espacio en el que circulan diversas formas de capital: económico, social, cultural y simbólico. El prestigio no aparece espontáneamente sobre la frente del escritor como una aureola metafísica; se produce mediante instituciones, relaciones, reconocimientos, consagraciones y mecanismos de legitimación.

La literatura, por tanto, puede adquirir una curiosa enfermedad: empezar a confundirse con las instituciones que la certifican.

El escritor aprende pronto que existen dos libros: el que escribe y el que conviene que los demás crean que ha escrito.

El primero contiene palabras.

El segundo contiene estrategia.

Y la estrategia es infinitamente más contagiosa.

El premio literario constituye uno de los mecanismos más eficaces de esta economía simbólica. En sí mismo, un premio no tiene por qué ser una perversión. Puede reconocer una obra extraordinaria y contribuir a que alcance nuevos lectores. El problema comienza cuando el premio deja de ser consecuencia del valor y se convierte en una de las principales fuentes mediante las cuales se fabrica ese valor.

Entonces ocurre algo monstruoso: el libro comienza a existir porque ha sido premiado, y no porque alguien lo haya leído.

El galardón se transforma en una especie de sacramento administrativo. El escritor se arrodilla ante el jurado; el jurado se arrodilla ante el prestigio; la editorial se arrodilla ante las ventas; los medios se arrodillan ante el nombre; y finalmente todos se levantan satisfechos porque nadie ha tenido que arrodillarse ante el texto.

El libro, mientras tanto, permanece cerrado.

 

El corrillo como institución estética 

Hay otra enfermedad, acaso más insidiosa: la amistad literaria convertida en sistema de circulación.

La amistad es una de las cosas más hermosas que existen. Pero hay amistades que dejan de ser afectos y se convierten en infraestructura.

Se reconocen, se promocionan, se entrevistan, se invitan, se reseñan, se premian.

No se leen.

O se leen con esa forma particular de lectura que consiste en buscar aquello que pueda ser utilizado después como elogio.

El amigo literario ya no es necesariamente quien se atreve a decirte que has escrito una página espantosa. Es quien encuentra en ella una virtud que pueda ser públicamente proclamada.

El elogio mutuo crea así una atmósfera de anestesia.

Y una literatura anestesiada es una literatura que ha dejado de sentir.

Artaud (1978) concebía el teatro como una fuerza capaz de violentar las comodidades del espectador, de arrancarlo de la posición pasiva en la que se limita a contemplar. Su rebelión no se dirigía únicamente contra determinadas convenciones teatrales: atacaba la idea misma de un arte domesticado, convertido en objeto de contemplación confortable. Aplicada al campo literario, esa intuición resulta devastadora.

Porque una literatura que jamás incomoda a su propio círculo termina pareciéndose demasiado a una reunión de accionistas.

Todos salen contentos.

Nadie ha sido transformado.

 

La autoestima como género literario 

Existe hoy una clase particular de escritor que parece haber publicado antes su autobiografía que su primer libro.

No necesita demostrar que escribe bien: necesita que todos sepan que sabe que escribe bien.

La autoestima ha dejado de ser una condición psicológica para convertirse en una estrategia editorial.

El escritor se presenta como acontecimiento.

Su libro, naturalmente, es la prueba documental de su propia importancia.

La modestia, que alguna vez pudo considerarse una virtud, ha sido reemplazada por una maquinaria de autopromoción en la que el autor debe convertirse simultáneamente en escritor, publicista, comentarista, gestor de relaciones públicas y sacerdote de su propio culto. El problema no consiste en que un escritor defienda su obra. El problema aparece cuando la defensa de la obra sustituye a la obra.

Y entonces el escritor comienza a hablar más de su literatura que lo que su literatura consigue decir.

Hay algo profundamente cómico en observar a un autor explicar durante cuarenta minutos la profundidad de una novela que el lector podría terminar abandonando en la página doce.

Pero la época exige explicaciones.

Hay que explicar el libro antes, durante y después del libro.

Hay que explicar la intención, el contexto, la poética, la genealogía, la influencia, la importancia histórica y hasta la necesidad moral de haber escrito aquello.

Al final, la literatura queda sepultada bajo su propio prospecto.

 

La endogamia del capital simbólico 

Pascale Casanova (2004) describió el espacio literario mundial como un campo desigual en el que las posiciones, las lenguas, las instituciones y los centros de legitimación determinan en buena medida la circulación de las obras. Desde esta perspectiva, la literatura nunca existe completamente al margen de las estructuras que deciden qué merece ser visible.

El problema se vuelve especialmente grave cuando esas estructuras comienzan a reproducirse a sí mismas.

Un grupo cerrado genera reconocimiento para sus integrantes. Ese reconocimiento aumenta su prestigio. El prestigio facilita su acceso a jurados, festivales, editoriales, suplementos y universidades. Dicho acceso produce nuevos reconocimientos. Y esos reconocimientos consolidan nuevamente al grupo.

La rueda gira.

Pero gira sobre sí misma.

No es necesario imaginar una conspiración. Las conspiraciones requieren demasiado trabajo y, por lo general, las estructuras sociales son mucho más eficaces cuando nadie las dirige conscientemente.

La endogamia puede producirse simplemente porque quienes ocupan posiciones de autoridad tienden a reconocer como valioso aquello que conocen, aquello que comparte sus códigos y aquello que pertenece a redes que ya consideran legítimas.

Así, el campo literario corre el riesgo de convertirse en una habitación cuyos habitantes han olvidado que existe una puerta.

Y fuera de la habitación está el público.

Ese animal extraño.

El lector.

 

El lector: ese intruso 

El lector tiene una característica imperdonable: no necesita pertenecer al gremio.

No sabe quién se peleó con quién en el festival de hace tres años.

No conoce las pequeñas guerras de las revistas culturales.

No sabe qué editorial desprecia a qué editorial.

No le interesa quién fue jurado de qué premio.

No conoce los pactos sentimentales del prestigio.

Y, peor aún, puede cerrar el libro.

Puede decir: no me gusta.

Puede no terminarlo.

Puede no comprar el siguiente.

Puede olvidar al autor.

El lector es, por ello, una criatura radicalmente peligrosa.

No está obligado a respetar el capital simbólico acumulado.

El escritor puede poseer premios, traducciones, fotografías, columnas, becas, cargos, prólogos y una colección completa de amigos ilustres. El lector puede mirar todo aquello y decir simplemente:

Me aburres.

He aquí el único jurado que no puede ser comprado con solemnidad.

La literatura debería recordar esto con mayor frecuencia.

Porque el lector no es el último eslabón de la cadena literaria. Es aquello que justifica que la cadena exista.

 

La literatura como cadáver maquillado 

Gisèle Sapiro (2014) ha mostrado cómo la sociología de la literatura permite comprender las condiciones sociales de producción, circulación y recepción de las obras. Esto obliga a abandonar la fantasía romántica de una literatura producida en un vacío espiritual. Los libros nacen en sociedades concretas, atraviesan instituciones concretas y son leídos —o ignorados— por personas concretas.

Precisamente por eso resulta tan inquietante observar cómo una parte del discurso literario puede quedar atrapada en su propio circuito de legitimación.

La literatura habla de literatura.

Los escritores hablan de escritores.

Los críticos hablan de escritores.

Los festivales invitan a escritores para hablar de escritores.

Los premios premian escritores.

Las revistas entrevistan escritores para que expliquen por qué escriben.

Y en algún lugar, posiblemente en un autobús, una mujer abre una novela y descubre que no le importa absolutamente nada de todo aquello.

Ese instante vale más que cien ceremonias.

Porque allí vuelve a aparecer la literatura.

No en el aplauso.

No en la fotografía.

No en el cóctel.

En la conciencia de alguien que está solo con unas páginas.

Ahí se decide todo.

 

Contra la literatura satisfecha de sí misma 

No se trata de demonizar los premios, los festivales, las editoriales, los críticos o las amistades entre escritores. Una cultura literaria necesita instituciones, conversación, crítica y reconocimiento. Sin ellas, las obras también pueden desaparecer.

El problema es otro: cuando los medios destinados a sostener la literatura comienzan a sustituirla.

Entonces el prestigio se convierte en finalidad.

El premio deja de señalar un libro y empieza a producir un escritor.

La amistad deja de ser una relación humana y se transforma en una red de reciprocidades.

La crítica deja de juzgar y comienza a administrar prestigios.

La promoción sustituye a la lectura.

Y el autor, finalmente, acaba convertido en gerente de una empresa cuyo único producto que ya nadie consume es la literatura.

Aquí es donde la violencia de Artaud resulta todavía pertinente.

Hace falta romper la comodidad.

No para destruir la literatura, sino para impedir que se convierta en una pieza decorativa de la vida cultural.

Hace falta recuperar el derecho a decir que un libro es malo.

Hace falta recuperar el derecho a no admirar a nadie.

Hace falta sospechar de los elogios automáticos.

Hace falta desconfiar de las fotografías donde todos sonríen.

Hace falta recordar que el escritor no es un santo y que el premio no es una revelación divina.

Y, sobre todo, hace falta devolverle al lector su condición de desconocido.

Porque acaso la literatura comienza justamente allí donde el escritor ya no puede controlar quién la lee ni qué hará el lector con ella.

El verdadero fracaso de un libro no es que no obtenga un premio.

Es que necesite un premio para parecer importante.

El verdadero fracaso de un escritor no es que nadie lo invite a un festival.

Es que ya no pueda imaginarse escribiendo cuando nadie lo está mirando.

Y la verdadera muerte de la literatura no llegará cuando dejen de publicarse libros.

Llegará cuando todos los libros sean publicados, premiados, reseñados, celebrados, fotografiados y mutuamente recomendados por personas que jamás se preguntaron si había alguien, fuera de aquella habitación, que necesitaba leerlos.

Entonces quedará una literatura impecablemente vestida.

Con todos sus premios sobre el pecho.

Con sus amigos alrededor.

Con sus críticos inclinados.

Con sus fotografías.

Con sus discursos.

Con su prestigio.

Y completamente muerta.

 

Referencias 

Artaud, A. (1978). El teatro y su doble (E. Alonso & F. Abelenda, Trads.). Edhasa. (Trabajo original publicado en 1938).

Bourdieu, P. (1993). The field of cultural production: Essays on art and literature (R. Johnson, Ed.). Columbia University Press.

Bourdieu, P. (1996). The rules of art: Genesis and structure of the literary field (S. Emanuel, Trans.). Stanford University Press.

Casanova, P. (2004). The world republic of letters (M. B. DeBevoise, Trans.). Harvard University Press.

Sapiro, G. (2014). The sociology of literature. Stanford University Press.

Sontag, S. (1966). Against interpretation and other essays. Farrar, Straus and Giroux.


 

 
Copyright 2009 Las mesetas del basilisco. Powered by Blogger Blogger Templates create by Deluxe Templates. WP by Masterplan