Karl Kraus hizo de la palabra un lugar donde la historia podía ser examinada a escala mínima. Su materia no fue la lengua considerada como sistema abstracto, sino esa sustancia movediza que pasa de una boca a otra, de una conversación a un periódico, de un periódico a una multitud y de una multitud a una época. En sus manos, una frase podía dejar de ser una simple unidad de comunicación para convertirse en indicio. El tono de una noticia, la elección de un adjetivo, la comodidad de una fórmula o la insistencia de un cliché podían revelar mucho más que la intención inmediata de quien los utilizaba. Kraus escuchaba esas pequeñas alteraciones del lenguaje porque sabía que una sociedad deja parte de su fisonomía en las palabras que repite.
En 1899 fundó en Viena Die Fackel (La Antorcha), revista que continuó publicándose bajo su dirección hasta 1936. La edición digital de la Academia Austriaca de Ciencias permite consultar actualmente el conjunto de la publicación: 37 volúmenes, 415 fascículos y 922 números, con 22.586 páginas y más de seis millones de formas léxicas. El corpus puede consultarse mediante búsqueda electrónica y ofrece simultáneamente reproducciones facsimilares y textos digitalizados (Austrian Academy of Sciences, 2007).
La extensión de ese archivo modifica la manera de comprender el proyecto de Kraus. No fue una reacción ocasional ante determinados periodistas ni una sucesión de ataques contra personajes de la vida pública vienesa. Fue una práctica prolongada de atención. Durante décadas, Kraus permaneció cerca del lugar donde la sociedad convertía los acontecimientos en discurso. Allí encontró algo que la lectura apresurada suele perder: las palabras no llegan vacías a quienes las reciben. Llevan consigo decisiones anteriores, prejuicios, intereses, hábitos de pensamiento y formas de jerarquizar la realidad.
Su escritura comienza precisamente cuando esa carga deja de ser invisible.
Una noticia puede presentar una interpretación como si fuera una simple constatación. Una expresión burocrática puede reducir una experiencia humana a un procedimiento. Una palabra solemne puede conferir dignidad a una acción cuya naturaleza resultaría mucho menos honorable si se la nombrara de otro modo. Una fórmula repetida durante suficiente tiempo adquiere una familiaridad que termina protegiéndola de la reflexión. Kraus introduce una interrupción en ese proceso. Toma la expresión habitual y la vuelve extraña. La obliga a comparecer ante el lector.
En Pro domo et mundo, Kraus condensa esa operación en una sentencia que conserva intacta su capacidad de herir: “Keinen Gedanken haben und ihn ausdrücken können — das macht den Journalisten” (“No tener ningún pensamiento y poder expresarlo: eso es lo que hace al periodista”) (Kraus, 1909). La frase no necesita una teoría sobre el periodismo; le basta con desmontar la autoridad que la forma verbal suele conceder al pensamiento. La posibilidad de expresarse aparece separada de la posibilidad de pensar. El lenguaje puede funcionar, incluso con brillantez, cuando aquello que debería darle contenido ya no está presente.
Hay en este procedimiento una intensidad casi microscópica. Kraus puede detenerse ante una palabra que, en otro contexto, parecería insignificante. La separa de la corriente que la transporta. La coloca junto a otra. Observa qué sucede. Una expresión comienza entonces a adquirir relieve. Lo que parecía una elección casual revela una determinada manera de ordenar la experiencia.
La sátira nace muchas veces en ese instante.
No necesita inventar un personaje grotesco. El lenguaje ya contiene la deformación. No necesita fabricar una contradicción. Puede encontrarla en dos frases pronunciadas con pocos minutos de diferencia. No necesita explicar largamente la pobreza de un argumento cuando basta con reproducirlo con exactitud y colocarlo bajo una luz distinta.
Kraus comprendió que una de las formas más eficaces de crítica consiste en permitir que una persona quede expuesta por las palabras que eligió. La cita se transforma entonces en una pieza de evidencia. La repetición puede convertirse en ironía. El montaje de dos expresiones puede producir un juicio que el escritor nunca formula explícitamente.
La frase deja de ser un instrumento dócil.
Comienza a devolver el golpe.
Esta concepción de la escritura adquiere una dimensión mucho mayor durante la Primera Guerra Mundial. Kraus se encuentra ante una sociedad inundada por discursos, comunicados, titulares, declaraciones oficiales, rumores y comentarios. La guerra no sólo reorganiza territorios y cuerpos; reorganiza también el vocabulario con el que los acontecimientos son recibidos. Cada jornada produce una nueva cantidad de palabras destinadas a explicar, justificar, celebrar, ocultar o simplificar aquello que está sucediendo.
Kraus recoge esa materia.
La observa multiplicarse.
Y descubre que la guerra posee una vida verbal propia.
De ese trabajo surge Die letzten Tage der Menschheit (Los últimos días de la humanidad), cuya composición está estrechamente vinculada con los materiales que Kraus había ido reuniendo y publicando. La edición completa en inglés aparecida en Yale University Press en 2023 señala que la obra construye un collage textual mediante citas de llamamientos militares, discursos políticos, editoriales periodísticos, respuestas del público y otros documentos, combinándolos con invención satírica y poesía (Kraus, 2023).
La palabra “collage” resulta especialmente significativa porque en Kraus la acumulación no constituye un simple procedimiento formal. Las voces adquieren una nueva intensidad cuando son colocadas unas junto a otras. Un discurso que parecía solemne puede adquirir otra tonalidad al quedar inmediatamente seguido por una declaración trivial. Una fórmula patriótica puede revelar su violencia cuando aparece junto al resultado material de aquello que celebra. Un comentario aparentemente inocente puede adquirir una dimensión siniestra cuando el lector conoce el acontecimiento que lo rodea.
Kraus construye así una especie de acústica de la época. No ofrece una sola voz que domine la escena. Hace entrar muchas voces y permite que su proximidad produzca el sentido. El lector escucha una sociedad hablando sobre sí misma.
Y esa sociedad habla mientras se destruye.
La fuerza de Los últimos días de la humanidad reside en buena medida en esa coexistencia. La obra no necesita colocar una explicación moral encima de cada episodio. La acumulación de voces realiza una parte esencial del trabajo. Las palabras se enfrentan entre sí. Las declaraciones producen ecos involuntarios. Las expresiones públicas quedan expuestas por aquello que ocurre simultáneamente fuera de ellas.
La historia aparece entonces como una disputa por el nombre de las cosas.
Una retirada puede recibir un nombre triunfal.
Una muerte puede desaparecer dentro de una cifra.
Una decisión puede adquirir apariencia de necesidad.
Una violencia puede presentarse como deber.
La palabra no permanece después del acontecimiento para describirlo. Participa en la construcción de su significado desde el comienzo.
Éste es uno de los aspectos más profundos de Kraus: la lengua no constituye una capa superficial colocada sobre la realidad. Forma parte de la experiencia mediante la cual una comunidad reconoce aquello que le sucede.
Por eso la prensa ocupa un lugar tan importante en su obra. El periódico introduce velocidad en la circulación de las palabras. Una frase aparece, se reproduce, se transforma, vuelve a aparecer y finalmente adquiere una especie de anonimato. El origen se vuelve menos importante que la frecuencia. Lo repetido comienza a parecer evidente.
Kraus responde a esa velocidad mediante una escritura que obliga a detenerse.
Su procedimiento introduce demora.
Hace que una expresión permanezca delante del lector.
La repite de otra manera.
La corta.
La devuelve a su contexto.
La coloca junto a otra.
La somete a una segunda lectura.
En “Tagebuch” (“Diario”), publicado en Die Fackel en 1908, Kraus relata como elogio que un lector sólo hubiera llegado a apreciar sus textos en la segunda lectura. La observación adquiere importancia porque enfrenta dos velocidades de lectura: la recepción inmediata, satisfecha con la superficie, y aquella que necesita regresar al texto para descubrir cómo está construido (Kraus, 1908). La dificultad no aparece como un defecto que deba eliminarse, sino como una condición de la experiencia literaria.
Leer se convierte así en una actividad de resistencia a la automatización.
No se trata de rechazar toda comunicación rápida ni de imaginar una lengua completamente pura. Kraus sabía demasiado bien que él mismo dependía de los periódicos, de sus materiales y de su enorme capacidad de difusión. Su estrategia era más compleja: penetrar en ese sistema, apropiarse de sus residuos y reorganizarlos hasta producir una percepción diferente.
La crítica necesita aquello que critica.
Ésa es una de las tensiones más fértiles de su obra.
Die Fackel no permanece fuera de la esfera pública. Interviene en ella. Se alimenta de sus discursos para devolverlos transformados. El periódico proporciona la materia; la escritura modifica su temperatura.
De este modo, la obra de Kraus adquiere otra intensidad: la responsabilidad. Cuando una frase ha sido separada de su automatismo, alguien debe responder por ella. La palabra recupera autor, contexto y consecuencias. Ya no puede esconderse completamente detrás de la costumbre.
Esta preocupación alcanza una formulación especialmente incisiva en Untergang der Welt durch schwarze Magie (“La caída del mundo por medio de la magia negra”). Kraus comienza ese ensayo con una frase que altera inmediatamente la relación entre acontecimiento y representación: “Ich habe Erscheinungen vor dem, was ist” (“Tengo apariciones antes de lo que es”) (Kraus, 1912). Lo que debería venir después de la realidad aparece antes que ella. La noticia ya no espera a que algo ocurra para contarlo: puede instalarse anticipadamente entre el lector y aquello que sucede.
Pocas imágenes condensan mejor la crítica de Kraus a la prensa. En el mismo ensayo afirma: “Die Zeitung ruiniert alle Einbildungskraft” (“El periódico arruina toda imaginación”) (Kraus, 1912). La acusación no se dirige únicamente contra la falsedad. Señala una forma más sutil de empobrecimiento: recibir una experiencia ya procesada puede impedir que el lector construya una relación propia con aquello que todavía debería imaginar.
La prensa puede proporcionar demasiada realidad y, al mismo tiempo, dejar demasiado poco espacio para experimentarla.
Kraus escribe contra ese exceso.
El archivo de Die Fackel permite observar hoy la magnitud de esa operación. La edición académica digital de la Academia Austriaca de Ciencias ofrece el corpus completo en acceso abierto y permite recorrer sus páginas tanto como imágenes originales cuanto como texto digitalizado. Esa estructura hace posible localizar los textos, contrastar las transcripciones con los facsímiles y estudiar las recurrencias lingüísticas de una revista que atravesó casi cuatro décadas (Austrian Academy of Sciences, 2007).
La obra de Kraus puede leerse, por ello, como una enorme investigación sobre la memoria verbal de una sociedad.
Las palabras conservan rastros.
Incluso cuando quienes las utilizan han olvidado de dónde proceden, las palabras pueden conservar la huella de su historia.
Una expresión política recuerda otras expresiones.
Un cliché conserva una vieja jerarquía.
Una metáfora puede transportar una determinada concepción del mundo durante décadas.
El escritor escucha esos restos.
Los separa.
Los vuelve audibles.
Y al hacerlo consigue algo que supera la sátira inmediata: transforma la lengua en un instrumento de conocimiento histórico.
Kraus no es importante únicamente porque haya escrito contra la prensa de su tiempo. Tampoco porque haya construido una de las representaciones más singulares de la Primera Guerra Mundial. Su importancia reside en haber comprendido que una época puede estudiarse a través de sus formas de hablar, y que esas formas de hablar merecen una vigilancia tan rigurosa como sus instituciones.
La palabra cotidiana contiene historia.
El periódico contiene historia.
El chiste contiene historia.
El error gramatical puede contener historia.
La frase que nadie considera digna de atención puede revelar, precisamente por su falta de atención, la estructura mental de quienes la utilizan.
Kraus se instala ahí.
En lo aparentemente insignificante.
En el borde de la frase.
En la expresión que pasa inadvertida.
En la palabra que todo el mundo utiliza y nadie vuelve a examinar.
Su literatura comienza cuando esa palabra recupera su capacidad de incomodar.
Ésa es la extraña persistencia de su obra. Las tecnologías de comunicación han cambiado radicalmente desde la Viena de Kraus, pero permanece el problema que su escritura examinó con una intensidad excepcional: la facilidad con que una formulación puede circular hasta adquirir una autoridad que ya no depende de su verdad, sino de su repetición.
Kraus obliga a invertir el movimiento.
Primero escuchar.
Después leer.
Después volver a leer.
Después preguntar quién habla.
Después observar qué desaparece cuando se utiliza determinada palabra.
Después mirar aquello que la palabra había dejado fuera.
La crítica empieza ahí.
No en una doctrina.
En una atención.
Y quizá ésa sea la forma más duradera de la herencia de Kraus: no una respuesta que clausure el problema, sino una perturbación que permanece adherida a la lectura. Después de Die Fackel, una frase aparentemente inofensiva puede adquirir una historia que antes no se percibía. Un adjetivo puede empezar a parecer una decisión. Una noticia puede revelar el mecanismo de su montaje. Una palabra puede dejar de ser transparente.
Kraus no pide confianza en el escritor.
Pide desconfianza ante la facilidad.
Por eso el final de su obra no necesita una moraleja. Basta con devolver al lector aquello que parecía haber recibido ya elaborado: la frase.
Ahí está.
Todavía intacta.
Todavía circulando.
Pero ahora con una grieta.
Y quizá esa grieta sea la única parte del lenguaje que una época no consigue domesticar.
Referencias
Austrian Academy of Sciences. (2007). AAC-FACKEL: Die Fackel. Herausgeber: Karl Kraus, Wien 1899–1936. Austrian Academy Corpus. https://www.oeaw.ac.at/acdh/research/literary-studies/corpora/editions/aac-fackel
Kraus, K. (1908). Tagebuch. Die Fackel, 10(256), 28. Austrian Academy Corpus. https://www.oeaw.ac.at/acdh/research/literary-studies/corpora/editions/aac-fackel
Kraus, K. (1909). Pro domo et mundo. Die Fackel, 11(281–282), 29. Austrian Academy Corpus. https://www.oeaw.ac.at/acdh/research/literary-studies/corpora/editions/aac-fackel
Kraus, K. (1911). Pro domo et mundo. Die Fackel, 13(333), 1–13. Austrian Academy Corpus. https://www.oeaw.ac.at/acdh/research/literary-studies/corpora/editions/aac-fackel
Kraus, K. (1912). Untergang der Welt durch schwarze Magie. Die Fackel, 14(363–365), 1–20. Austrian Academy Corpus. https://www.oeaw.ac.at/acdh/research/literary-studies/corpora/editions/aac-fackel
Kraus, K. (2023). The last days of mankind: The complete text (F. Bridgham & E. Timms, Trans.). Yale University Press. https://yalebooks.yale.edu/book/9780300271171/the-last-days-of-mankind/

