Tuesday, September 8, 2026

Jacobo Fijman: vida, poesía y extrañeza

 

 

 




 

 

Jacobo Fijman ocupa un lugar singular en la literatura argentina del siglo XX. Su vida estuvo marcada por la migración, la pobreza, la música, la escritura, la experiencia religiosa y las internaciones psiquiátricas. Su obra, sin embargo, no puede explicarse únicamente a partir de esas circunstancias. Reducir su poesía a la biografía del poeta significaría dejar de lado aquello que la vuelve especialmente valiosa: su capacidad para transformar experiencias personales en una exploración del lenguaje, de la percepción y de la espiritualidad.

Fijman nació el 25 de enero de 1898 en Orhei, Besarabia, una región que entonces pertenecía al Imperio ruso y que actualmente forma parte de la República de Moldavia. En 1904 emigró con su familia a la Argentina. Durante su infancia y juventud vivió en distintos lugares del país antes de establecerse en Buenos Aires. Allí se interesó por la música y aprendió a tocar el violín. También realizó diversos trabajos y desarrolló una existencia caracterizada por los desplazamientos y la inestabilidad (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, s. f.; Cárcano, 2014).

Durante la década de 1920, Fijman comenzó a relacionarse con los círculos de la vanguardia porteña. Entró en contacto con escritores y artistas vinculados con la revista Martín Fierro, entre ellos Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo y Leopoldo Marechal. Su participación en este ambiente resulta significativa porque permite situarlo dentro de uno de los momentos de renovación más importantes de la literatura argentina. Sin embargo, Fijman nunca encajó completamente en las categorías de la vanguardia. Compartió con ella la voluntad de romper con las formas tradicionales, pero desarrolló una poesía mucho más concentrada en la experiencia interior, la percepción y la búsqueda espiritual (Cárcano, 2014).

 

 

Molino rojo: la percepción desatada 

 

En 1926 apareció Molino rojo, su primer libro de poemas. La obra produjo una ruptura con los modos convencionales de representar la realidad. Fijman utiliza asociaciones inesperadas, imágenes fragmentadas, colores, sonidos y desplazamientos entre diferentes sentidos. El resultado es una poesía en la que los objetos cotidianos adquieren nuevas relaciones y el mundo parece organizarse de acuerdo con una lógica distinta.

La importancia de Molino rojo no reside únicamente en su carácter innovador. El libro plantea una pregunta fundamental para toda la obra posterior de Fijman: ¿qué ocurre cuando la percepción deja de obedecer las estructuras habituales? En sus poemas, la realidad no desaparece, sino que cambia de configuración. Las cosas continúan siendo reconocibles, pero aparecen sometidas a una nueva intensidad. La Biblioteca Nacional Mariano Moreno ha destacado la importancia de Molino rojo dentro de la renovación literaria argentina de la década de 1920 (Biblioteca Nacional Mariano Moreno, 2026).

En “Canto del cisne”, Fijman sitúa al poeta ante un camino asociado con la soledad y la altura. La expresión “el camino más alto y más desierto” concentra una contradicción decisiva: ascender significa también alejarse. La elevación espiritual no conduce a una comunidad confortable, sino a un territorio en el que el sujeto queda expuesto.

La palabra “demencia” aparece en este contexto no solamente como referencia a una condición clínica, sino como una posibilidad extrema de percepción. El poeta parece buscar una zona en la que el mundo pueda ser visto sin las convenciones que normalmente lo mantienen estable.

La poesía adquiere así una función física. No explica un estado interior: lo produce.

El poema puede entenderse como una rebelión contra el lenguaje domesticado. La palabra deja de ser un instrumento destinado a ordenar la experiencia y se convierte en una fuerza que la altera. El camino no se describe; se atraviesa. El desierto no funciona como simple paisaje; se convierte en condición de la voz.

En “Cópula”, esa soledad se transforma en expansión. El cuerpo entra en contacto con el paisaje y los sentidos comienzan a confundirse. El poema contiene una de las imágenes más significativas de Molino rojo: “¡Todas las aguas del silencio rompimos en la danza!” (Fijman, 1926/2005).

Aquí el cuerpo deja de ser un objeto observado y se convierte en centro de la experiencia. La danza no es solamente movimiento: es una forma de conocimiento. El sujeto intenta reunirse con el mundo mediante el tacto, el sonido, el color y el ritmo.

Cussen (2013) ha señalado la importancia de la sinestesia y del dinamismo en la poesía de Fijman. Los sentidos dejan de actuar por separado: el sonido puede adquirir color, el movimiento puede convertirse en música y el paisaje puede adquirir una dimensión corporal.

“Cópula” puede leerse como una tentativa de devolverle al cuerpo una fuerza anterior a las divisiones racionales. El lenguaje no quiere representar el deseo: quiere producirlo como movimiento. El poema no funciona como una ventana abierta sobre una escena, sino como una superficie que vibra.

El mundo parece recuperar, por un instante, un solo cuerpo.

  

Hecho de estampas: el mundo convertido en signo 

 

En 1929 Fijman publicó Hecho de estampas. Con este libro adquirió mayor importancia la dimensión religiosa de su poesía. Las imágenes comenzaron a relacionarse con una búsqueda espiritual más definida. En 1930 Fijman recibió el bautismo católico. Su conversión no fue un episodio secundario de su biografía, sino un acontecimiento que tuvo consecuencias visibles en su obra posterior.

En “Poema II”, el paisaje aparece sometido a una transformación constante. Mares, puertos, campanas, cielos, árboles y pájaros forman un universo que ya no puede ser explicado mediante las reglas de la representación realista. Hacia el final aparece la imagen de los “corderos desfigurados” que reflejan estrellas en sus ojos (Fijman, 1929/2005).

La imagen contiene una tensión esencial de la poesía de Fijman: lo sagrado aparece, pero no lo hace bajo una forma estable. El cordero —una figura tradicionalmente asociada con Cristo y el sacrificio— está desfigurado. La revelación no llega limpia. Llega transformada.

En este momento el mundo empieza a funcionar como un sistema de signos. Las cosas parecen decir algo que no puede formularse directamente.

El cordero ya no es únicamente un animal.

La estrella ya no es únicamente una estrella.

La imagen se convierte en lenguaje.

Pero es un lenguaje anterior a la explicación.

Podría afirmarse que Fijman obliga a la palabra a comportarse como una visión. El lector recibe primero el impacto de la imagen y solamente después intenta reconstruir su sentido. El poema no entrega una interpretación preparada. Coloca al lector frente a una aparición.

“Poema VII” profundiza esta transformación. La noche adquiere una presencia casi material y la aparición de la luz modifica progresivamente el espacio. La oscuridad deja de ser simple ausencia de claridad y se convierte en una condición necesaria para la revelación.

La luz no funciona solamente como símbolo religioso. Penetra la experiencia corporal. La iluminación es una fuerza que atraviesa al sujeto.

La poesía mística de Fijman no describe una idea acerca de Dios. Intenta representar la transformación que produce la experiencia de lo divino.

El cuerpo recibe.

El cuerpo cambia.

El cuerpo se convierte en espacio de revelación.

Esta característica aproxima la poesía de Fijman a una concepción del lenguaje como acontecimiento. Artaud rechazaba un arte puramente intelectual porque buscaba recuperar una fuerza capaz de afectar físicamente al espectador. En Fijman, la palabra poética persigue algo semejante: que la imagen llegue al lector antes que la explicación.

La poesía se convierte entonces en una ceremonia de tránsito.

La oscuridad no desaparece de inmediato.

Es atravesada.

La luz no cancela la noche.

La transforma.

  

Estrella de la mañana: la visión 

 

En 1931 apareció Estrella de la mañana, su último libro de poesía publicado en vida. La obra profundiza la dimensión religiosa que ya había aparecido en Hecho de estampas. Cristo, la luz, la revelación y las imágenes bíblicas ocupan un lugar central. Sin embargo, no se trata de una poesía religiosa convencional. La experiencia mística conserva el carácter intenso y visionario de sus primeros textos. La dimensión espiritual se presenta como una transformación de la percepción y como una búsqueda de conocimiento (Cussen, 2013; Cárcano, 2026).

En “Poema I”, la repetición de la palabra “desnudo” produce una progresiva eliminación de las capas que separan al sujeto del mundo (Fijman, 1931/2005). Los ojos, la carne, la tierra, el cielo, el día y la noche aparecen sometidos a un mismo proceso de despojamiento.

La palabra no agrega información.

Insiste.

Y al insistir cambia de naturaleza.

La repetición convierte el lenguaje en acción. Una palabra pronunciada una vez pertenece todavía al discurso; repetida hasta el límite, comienza a adquirir una dimensión ritual.

Aquí aparece una de las características más intensas de la poesía de Fijman: la voluntad de eliminar la distancia entre palabra y experiencia.

No se trata de explicar la desnudez.

Se trata de desnudar el lenguaje.

La poesía pierde progresivamente sus ornamentos y queda reducida a una serie de golpes verbales que buscan modificar la percepción.

La palabra repetida funciona casi como una percusión sobre el cuerpo. No comunica solamente; insiste, afecta y transforma. El poema se acerca a una ceremonia en la que el lector participa aunque no comprenda por completo aquello que está ocurriendo.

La visión no es una imagen contemplada desde lejos.

Es algo que sucede dentro del cuerpo.

En “Poema XXVI”, esa transformación alcanza una intensidad mayor. Aparecen ríos, fuego, agua, luz y corderos, pero las imágenes ya no obedecen a una representación naturalista. Las sustancias se mezclan y las categorías físicas pierden estabilidad. Una de las imágenes más poderosas presenta un “río oloroso de corderos” encendidos de luz y fuego (Fijman, 1931/2005).

El río deja de ser simplemente agua.

El cordero deja de ser solamente animal.

El fuego deja de ser solamente fuego.

Cada elemento invade al otro.

La imagen produce una realidad nueva.

Lindstrom (2016) ha relacionado este universo con el imaginario apocalíptico de la tradición bíblica. El río, los corderos, el fuego y la luz forman parte de una escenografía visionaria en la que los símbolos cristianos adquieren una configuración propia.

Pero Fijman no se limita a utilizar símbolos religiosos.

Los hace arder.

Los hace cambiar de estado.

Los introduce en una materia verbal donde ya no es posible separar completamente una cosa de otra.

Aquí la poesía alcanza una de sus formas más radicales. El lector no puede traducir inmediatamente la imagen a una proposición lógica. Tiene que permanecer dentro de ella.

Eso constituye una de las mayores fuerzas de Fijman.

La lógica discursiva se desarma.

Queda la intensidad.

Queda el choque de las imágenes.

Queda el cuerpo intentando soportar una realidad que ya no cabe en las categorías ordinarias.

 

La vida después de los libros 

 

La vida de Fijman estuvo marcada paralelamente por dificultades económicas, problemas de salud mental e internaciones. En 1942 fue internado en el Hospicio de las Mercedes, donde permaneció durante gran parte del resto de su vida. Murió en Buenos Aires el 1 de diciembre de 1970.

Esta parte de su biografía ha influido profundamente en la manera en que se ha interpretado su obra. Durante mucho tiempo predominó la imagen de Fijman como “el poeta loco”, el escritor marginal que terminó sus días en una institución psiquiátrica. Aunque este aspecto forma parte de su historia, utilizarlo como explicación de toda su producción resulta insuficiente.

La propia historia de la recepción de Fijman demuestra el problema. Cárcano (2014) estudia cómo la condición marginal del escritor influyó en la circulación editorial de su poesía y en su progresiva incorporación al canon literario. La figura biográfica terminó adquiriendo tanta fuerza que, en ocasiones, llegó a ocultar la complejidad de los poemas.

La Biblioteca Nacional Mariano Moreno también ha contribuido a recuperar la dimensión literaria de Fijman mediante la conservación de primeras ediciones de sus libros y otros materiales vinculados con su trayectoria. Entre estos documentos se encuentran dibujos y manuscritos realizados durante sus años de internación (Biblioteca Nacional Mariano Moreno, 2026).

La producción de Fijman, además, no terminó con Estrella de la mañana. Después de 1931 continuó escribiendo, aunque una parte importante de esos textos quedó dispersa. Algunos fueron entregados a amigos y conocidos; otros permanecieron inéditos durante décadas. Esta circunstancia ha obligado a los investigadores a reconstruir una obra que no quedó organizada por el propio autor en un conjunto definitivo.

Arancet Ruda (2020) denomina “obra fuera de libro” a este conjunto de textos dispersos. La expresión resulta útil porque permite comprender que la producción posterior de Fijman no constituye simplemente un apéndice de sus tres libros conocidos, sino un corpus complejo que incluye poemas, cuentos y otros materiales. Su recuperación ha permitido ampliar considerablemente la imagen tradicional del poeta.

La existencia de estos manuscritos permite observar también al Fijman de las décadas posteriores a Estrella de la mañana. El Archivo Histórico de la Universidad del Salvador conserva manuscritos del poeta correspondientes, entre otros períodos, a la década de 1960. Estos documentos muestran que Fijman continuó escribiendo durante sus años de internación y que su actividad literaria no desapareció con su aislamiento institucional (Universidad del Salvador, s. f.).

Otro elemento relevante es la relación entre la identidad cultural de Fijman y su escritura. Nacido en una familia judía de origen europeo y convertido posteriormente al catolicismo, el poeta estuvo atravesado por diferentes tradiciones culturales y religiosas. Algunos estudios recientes han propuesto considerar esta condición como una clave para interpretar determinados aspectos de su poesía (Arancet Ruda, 2021, 2025).

Su posición resulta, en este sentido, particularmente compleja: inmigrante en la Argentina, judío de nacimiento y posteriormente católico, vinculado con la vanguardia pero alejado de sus principales grupos, escritor reconocido por algunos contemporáneos y al mismo tiempo relegado por el circuito editorial. La condición fronteriza puede servir para describir buena parte de estas tensiones.

También resulta significativo que Fijman haya sido poeta, músico y artista plástico. Los documentos conservados por instituciones como la Universidad del Salvador demuestran que su actividad creativa no se limitó a los libros publicados. Durante las décadas posteriores continuó produciendo textos y dibujos que hoy permiten estudiar otros aspectos de su universo artístico (Universidad del Salvador, s. f.).

 

Una poesía que no acepta encierro

 

Por todo ello, Fijman resulta difícil de clasificar. Se lo ha considerado poeta de vanguardia, escritor marginal, poeta místico, autor visionario y figura vinculada con el surrealismo. Cada una de estas categorías permite observar una dimensión de su producción, pero ninguna resulta suficiente.

Su poesía ocupa un espacio intermedio entre la experiencia cotidiana y la búsqueda de una realidad trascendente. El lenguaje intenta modificar la percepción antes que ofrecer una descripción ordenada del mundo. En Molino rojo, esto se manifiesta mediante la fragmentación y las asociaciones sensoriales; en Hecho de estampas, mediante una búsqueda espiritual cada vez más intensa; y en Estrella de la mañana, mediante una poesía de carácter místico y visionario (Cussen, 2013).

Quizá esa continuidad sea uno de los rasgos más importantes de su obra. Aunque cambien los temas y las referencias, permanece el deseo de alcanzar una experiencia que desborde las formas habituales de conocimiento. La poesía funciona como instrumento de exploración.

Por eso Fijman no debería ser recordado únicamente como un escritor que padeció la exclusión o que pasó sus últimos años internado. Esa perspectiva convierte su vida en una anécdota y su poesía en una consecuencia de la enfermedad. Una lectura más atenta permite invertir la relación: su vida proporciona un contexto imprescindible, pero su obra posee una autonomía estética y conceptual que merece ser estudiada por sí misma.

Más de medio siglo después de su muerte, Fijman continúa ocupando un lugar particular en la literatura argentina. Sus poemas siguen siendo objeto de investigaciones académicas, reediciones y estudios sobre la mística, la vanguardia, la marginalidad, la identidad cultural y las relaciones entre literatura y percepción.

Su importancia no depende de la leyenda construida alrededor de su figura. Depende de una obra que todavía plantea problemas difíciles y que no se deja encerrar fácilmente en una categoría.

Jacobo Fijman escribió desde los márgenes de varias tradiciones y terminó convirtiendo esa posición fronteriza en una de las características esenciales de su poesía. Su obra invita a reconsiderar la relación entre lenguaje, experiencia y conocimiento.

En Molino rojo, el mundo se descompone en sensaciones.

En Hecho de estampas, esas sensaciones comienzan a adquirir el peso de signos.

En Estrella de la mañana, los signos se transforman en visión.

El recorrido no es una simple evolución literaria. Es una transformación de la manera de mirar.

Primero está el cuerpo.

Después, el signo.

Finalmente, la visión.

Y entre los tres permanece la palabra, sometida a una presión que la obliga a abandonar su función cotidiana.

Fijman no quiso que el lenguaje describiera una realidad ya conocida.

Quiso llevarlo hasta el lugar en que la realidad comienza nuevamente a ser desconocida.

Esa es la razón por la que sus poemas continúan produciendo extrañeza. No porque pertenezcan a un pasado literario peculiar, sino porque todavía cuestionan la manera en que miramos, nombramos y ordenamos el mundo.

La poesía de Fijman no ofrece una salida sencilla.

Abre una puerta.

Y detrás de esa puerta no hay una explicación.

Hay otra forma de percibir.

 

 

Referencias

 

Arancet Ruda, M. A. (2001). Jacobo Fijman: Una poética de las huellas. Corregidor. https://www.cervantesvirtual.com/portales/escrituras_fronterizas_literatura_argentina/bibliografia/

Arancet Ruda, M. A. (2020). Fijman, obra fuera de libro. En J. Maristany, M. Oliveto, D. Pellegrino, & N. Redondo (Eds.), Literaturas de la Argentina y sus fronteras: Tensiones, disensos y convergencias (Tomo II). Teseo. https://www.teseopress.com/literaturasdelaargentina2/chapter/fijman-obra-fuera-de-libro/

Arancet Ruda, M. A. (2021). Fijman inédito editado en España y en la Argentina. Gramma, 32(67). https://bicyt.conicet.gov.ar/fichas/produccion/11948114

Arancet Ruda, M. A. (2025). Judeidad como clave de interpretación en la poética de Jacobo Fijman. Confabulaciones. Revista de Literaturas de la Argentina, 7(14). https://ojs.filo.unt.edu.ar/index.php/confabulaciones/article/view/378

Biblioteca Nacional Mariano Moreno. (2026). 1926–2026: A 100 años del año decisivo de la literatura argentina. https://bn.gob.ar/micrositios/admin_assets/issues/files/f847d2cd13637e4f588a6c4db975d0.pdf

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. (s. f.). Jacobo Fijman. En Escrituras fronterizas de la literatura argentina. https://www.cervantesvirtual.com/portales/escrituras_fronterizas_literatura_argentina/biografias/

Cárcano, E. (2013). Hecho de estampas o la noche oscura de Jacobo Fijman. III Congreso Internacional Cuestiones Críticas, Universidad Nacional de Rosario. https://bicyt.conicet.gov.ar/fichas/produccion/9841569

Cárcano, E. (2014). El camino más desierto: El canon y las ediciones de la poesía de Jacobo Fijman. Gramma, 25(52), 97–123. https://ri.conicet.gov.ar/bitstream/handle/11336/102821/CONICET_Digital_Nro.3b17caf6-5d30-47ff-9a27-f27a821ba741_A.pdf

Cárcano, E. (2026). Converso, místico, visionario: Para una caracterización del sujeto del imaginario poético de Jacobo Fijman y de sus lecturas. Revista de Literaturas Modernas, 56(1), 33–57. https://revistas.uncu.edu.ar/ojs3/index.php/literaturasmodernas/article/view/9424

Cussen, F. (2013). Sinestesia y dinamismo en la poesía mística de Jacobo Fijman. Boletín de Filología, 48(2), 35–58. https://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0716-58112013000200002&script=sci_arttext

Fijman, J. (2005). Obra poética (2 vols.). Del Dock. (Obras originales publicadas en 1926, 1929 y 1931).

Lindstrom, N. (2016). Estrella de la mañana de Jacobo Fijman: Poesía y apocalipsis. Perífrasis. Revista de Literatura, Teoría y Crítica, 7(13), 55–67. https://biblat.unam.mx/hevila/PerifrasisRevistadeliteraturateoriacritica/2016/vol7/no13/4.pdf

Universidad del Salvador. (s. f.). Manuscritos de Jacobo Fijman. Archivo Histórico de la Universidad del Salvador. https://archivohistorico.usal.edu.ar/index.php/hbkn-xphm-wsgn

Biblioteca Nacional Mariano Moreno. (s. f.). Jacobo Fijman: Registro bibliográfico. Catálogo de la Biblioteca Nacional. https://catalogo.bn.gov.ar/F/MIHV3LBRAPKN5XJ792U8GXV77VBFVR9YTUX5DI28ATN1I8QDSC-08740?doc_number=001523316&func=direct&local_base=GENER

Open Library. (s. f.). Jacobo Fijman. https://openlibrary.org/authors/OL816895A/Fijman_Jacobo


Monday, August 31, 2026

Tony Duvert: la infancia contra el cuchillo del deseo

 

 


 

 

 

Hay escritores que escriben sobre el cuerpo. Tony Duvert quiso hacer algo más brutal: quiso convertir el cuerpo en una acusación.

No hay aquí una literatura que pueda ser encerrada tranquilamente entre dos paredes conceptuales. Duvert exige otras puertas, otras heridas, otras formas de nombrar su operación. Su obra puede entenderse como una escritura de la profanación, una poética de la insurrección, una anatomía de la transgresión, una máquina verbal contra la normalidad y un teatro negro del deseo.

Cinco posibilidades expresivas para una obra que se negó a aceptar que la literatura tuviera que comportarse como un ciudadano obediente.

Tony Duvert nació en 1945 y murió en 2008. Publicó Récidive en 1967, Portrait d'homme-couteau e Interdit de séjour en 1969, Le Voyageur en 1970 y Paysage de fantaisie en 1973, novela que recibió el Prix Médicis. En 1974 apareció Le Bon sexe illustré; en 1976, Journal d'un innocent; y en 1980, L'Enfant au masculin, quizá el texto donde su pensamiento sobre la sexualidad infantil alcanza su formulación ideológica más explícita (Duvert, 1967, 1973, 1974, 1976, 1980). La bibliografía de Éditions de Minuit confirma esta trayectoria y sitúa Journal d'un innocent entre las obras centrales de su producción.

Pero no es suficiente enumerar libros.

Hay que abrirlos.

Hay que meter las manos en ellos.

Y entonces aparece el problema.

 

 

I. El escritor que quiso romper la jaula y terminó acariciando los barrotes

 

Duvert pertenece a una época en la que la revolución sexual parecía haber encontrado una llave capaz de abrir todas las puertas. La familia, la moral religiosa, la heterosexualidad normativa, la educación represiva, la institución matrimonial y las formas burguesas de organizar el deseo fueron sometidas a una crítica radical.

Duvert llevó esa crítica hasta el extremo.

Pero el extremo no siempre es una liberación.

A veces es un abismo.

Su escritura quiso mostrar que aquello que la sociedad llamaba perversión podía ser el nombre impuesto a deseos que la moral dominante prefería no reconocer. En Le Bon sexe illustré, Duvert atacó las formas convencionales de educación sexual y la subordinación de la sexualidad a la reproducción, la familia y las instituciones (Duvert, 1974).

La operación era intelectualmente explosiva.

Pero dentro de ella había una carga que no podía desaparecer por decreto: la defensa de la sexualidad entre adultos y niños.

Aquí comienza la verdadera combustión de Duvert.

Porque una cosa es atacar una norma que regula relaciones entre adultos capaces de consentir; otra muy distinta es eliminar la protección de quienes todavía no poseen la autonomía necesaria para consentir una relación sexual con un adulto.

Duvert quiso borrar esa diferencia.

Y precisamente ahí su escritura se vuelve más peligrosa.

No porque haya transgredido una prohibición, sino porque convirtió la vulnerabilidad infantil en territorio de experimentación ideológica.

 

 

II. Diario de un inocente: el cuerpo convertido en confesión

 

En español, Diario de un inocente fue publicado por Pre-Textos en 2005, en traducción de Manuel Arranz. El volumen corresponde a Journal d'un innocent, publicado originalmente por Minuit en 1976 (Duvert, 1976/2005). El catálogo de Pre-Textos registra la edición española con 264 páginas y la traducción de Arranz; la bibliografía de Minuit confirma la edición francesa de 1976.

Este libro resulta indispensable para comprender el corpus porque Duvert abandona parcialmente la distancia de la ficción y construye una escritura de apariencia confesional. El diario permite que el cuerpo del autor, el cuerpo deseante y el cuerpo político se aproximen hasta confundirse.

No escribe:

esto sucede.

Escribe, en cambio:

esto soy.

Y ese desplazamiento cambia la temperatura del texto.

Diario de un inocente funciona como una especie de laboratorio autobiográfico donde la sexualidad se convierte en principio de interpretación del mundo. El libro no habla únicamente de homosexualidad: se extiende hacia la educación, la familia, la moral, la ley, la burguesía, la diferencia, la represión y las formas sociales de producir normalidad (Duvert, 1976/2005). La recepción editorial española subraya precisamente esa amplitud temática.

Pero el centro oscuro del diario está en otro sitio.

En la infancia.

Duvert no presenta la relación entre adulto y niño como una simple aberración individual. Intenta convertirla en un problema político y cultural. La sexualidad infantil aparece, en su argumentación, como algo que la sociedad adulta habría reprimido y confiscado.

Aquí la escritura realiza una maniobra peligrosa: transforma la crítica de la represión en una crítica de la prohibición misma.

Y una vez que toda prohibición es sospechosa, la prohibición de la sexualidad adulta con menores queda colocada en el mismo escenario que otras formas históricas de represión.

Ese es uno de los puntos donde la lógica de Duvert se rompe.

Porque no toda prohibición es equivalente.

Una norma puede proteger al poderoso.

Otra puede proteger al vulnerable.

Confundirlas es convertir la liberación en una trituradora.

 

 

III. La inocencia como campo de batalla

 

El título Diario de un inocente es particularmente perturbador porque la palabra «inocente» no funciona simplemente como descripción psicológica. Se convierte en una categoría de combate.

¿Quién es el inocente?

¿El niño?

¿El adulto que desea al niño?

¿El escritor que desafía la moral?

¿El individuo acusado por la sociedad?

La respuesta de Duvert es deliberadamente incómoda: intenta trasladar la acusación hacia las instituciones que producen la definición de inocencia y perversión (Duvert, 1976/2005).

Pero allí aparece una paradoja monstruosa.

Si el adulto se declara inocente porque la sociedad ha fabricado la categoría de perversión, ¿quién queda autorizado para hablar por el niño?

El adulto.

Otra vez el adulto.

Siempre el adulto.

La voz que pretende liberar al niño termina interpretándolo.

La mano que pretende arrancarlo de la prisión puede terminar colocándose sobre su boca.

La transgresión de Duvert alcanza aquí su punto máximo: no solamente quiere destruir el tabú; quiere destruir la estructura conceptual que permite considerar abusiva la sexualidad entre adulto y menor.

Ésa es la radicalidad de su posición.

Y también su límite ético fundamental.

 

 

IV. Paysage de fantaisie: el paisaje donde la infancia arde

 

En Paysage de fantaisie (1973), Duvert lleva la infancia al centro de una imaginación deliberadamente perturbadora. La novela recibió el Prix Médicis de ese año y fue publicada por Éditions de Minuit.

El propio proyecto de la novela subvierte la representación convencional de la infancia. Los niños aparecen separados de la imagen sentimental que la cultura adulta suele construir sobre ellos. No son pequeños ángeles destinados a confirmar la pureza del mundo.

Son cuerpos.

Son lenguaje.

Son deseo.

Son violencia.

Son juego.

Son mercancía.

Son víctimas.

Son también, dentro de la imaginación de Duvert, sujetos de una sexualidad que el adulto no debería apropiarse.

La novela coloca al lector frente a una infancia despojada de la protección estética que suele convertirla en símbolo de inocencia. Pero el problema consiste en que Duvert lleva ese desmontaje hasta una zona donde la crítica de la representación puede terminar sirviendo para borrar la vulnerabilidad real del niño.

La literatura puede destruir la imagen idealizada de la infancia.

No puede, por ello, destruir la necesidad de proteger a los niños.

Son dos operaciones diferentes.

Duvert quiso hacerlas coincidir.

 

 

V. El cuchillo de L'Enfant au masculin

 

Si Diario de un inocente convierte el cuerpo en confesión, L'Enfant au masculin (1980) convierte la confesión en programa.

Aquí ya no basta el escándalo narrativo.

Duvert argumenta.

La pedofilia deja de aparecer solamente como materia literaria o autobiográfica y se integra en una teoría de la liberación sexual. El autor establece una solidaridad entre la lucha homosexual y la reivindicación de la sexualidad entre adultos y menores, enfrentándolas a lo que identifica como una estructura social de dominación sexual (Duvert, 1980). La bibliografía de Minuit confirma la publicación de L'Enfant au masculin como ensayo en 1980.

Y aquí el escritor deja de jugar con el incendio.

Quiere organizarlo.

La diferencia es decisiva.

Una novela puede representar una transgresión sin necesariamente convertirla en doctrina. Un ensayo que pretende demostrar la legitimidad de esa transgresión realiza otra operación.

Duvert no se limita a describir el deseo pedófilo.

Lo defiende.

Lo politiza.

Lo inserta dentro de una genealogía de emancipaciones.

Y precisamente por eso su obra exige una lectura crítica más severa.

No basta con decir que fue «provocador».

Provocar es lanzar una piedra contra una ventana.

Duvert quiso demostrar que la ventana nunca debió existir.

 

 

VI. El cuerpo contra la moral

 

Hay algo profundamente cercano al teatro de la crueldad de Artaud en esta voluntad de Duvert de arrancar las palabras de sus lugares cómodos. El cuerpo no aparece como decoración. Es una zona de combate.

Pero la crueldad no garantiza la verdad.

Un escritor puede destruir una convención y equivocarse.

Puede desenmascarar una hipocresía y fabricar otra.

Puede denunciar la violencia institucional y no percibir la violencia que produce su propio discurso.

Eso ocurre con especial intensidad en Duvert.

Su crítica de la familia resulta poderosa porque muestra cómo las instituciones pueden administrar el deseo. Su crítica de la educación resulta provocadora porque señala cómo los adultos construyen discursos sobre la sexualidad infantil sin escuchar necesariamente a los niños. Su ataque a la moral burguesa conserva una fuerza corrosiva.

Pero cuando utiliza esa crítica para disminuir la asimetría fundamental entre adulto y menor, la operación cambia de signo.

El cuerpo infantil deja de ser solamente aquello que debe ser escuchado.

Se convierte en argumento.

Y un niño no puede ser convertido en argumento para la emancipación sexual de un adulto.

 

 

VII. La obscenidad como método y como trampa

 

Duvert comprendió el poder de la obscenidad.

La obscenidad no consiste únicamente en mostrar lo prohibido. Consiste en obligar al espectador a mirar aquello que su cultura le ha enseñado a expulsar.

Por eso su escritura posee una fuerza que no desaparece porque sus tesis resulten rechazables.

El problema de Duvert no es que su obra sea demasiado transgresora.

Es que algunas de sus transgresiones se sostienen sobre una desigualdad que el propio discurso pretende negar.

Su literatura queda atrapada en esa contradicción.

La crítica social sigue siendo visible.

La belleza formal sigue existiendo.

La violencia verbal sigue golpeando.

La imaginación sigue siendo feroz.

Pero el programa sexual de Duvert no puede separarse limpiamente de la defensa de la pedofilia.

Y tampoco puede utilizarse esa defensa para invalidar automáticamente toda su obra.

Hay que mantener ambas verdades en tensión.

Ésa es la lectura más difícil.

Y quizá también la más honesta.

 

 

VIII. La caída del rebelde

 

El destino posterior de Duvert posee una ironía casi trágica.

El escritor que quiso vivir fuera de las convenciones terminó aislado de manera extrema. Después de Un anneau d'argent à l'oreille (1982) y Abécédaire malveillant (1989), su producción narrativa disminuyó considerablemente. Murió en 2008, después de largos años de aislamiento.

El escándalo que había utilizado como combustible terminó convirtiéndose en una habitación.

Una habitación sin lectores.

Sin amigos.

Sin ruido.

Sin revolución.

Y quizá aquí aparece la última tragedia de Duvert: confundió durante demasiado tiempo el aislamiento con la libertad.

Pero la libertad no consiste en quedar fuera de todos los límites.

Consiste también en comprender qué límites protegen a alguien que posee menos poder que nosotros.

 

 

IX. El cadáver de la inocencia

 

Tony Duvert sigue siendo incómodo porque no permite una lectura higiénica.

No podemos convertirlo simplemente en un monstruo y cerrar el libro.

Tampoco podemos convertirlo en un mártir de la liberación sexual.

Ambas soluciones son demasiado fáciles.

Su obra exige algo peor: pensar.

Pensar incluso aquello que produce rechazo.

Pensar por qué una literatura puede ser formalmente poderosa mientras defiende una posición éticamente inadmisible.

Pensar cómo la crítica de la normalidad puede degenerar en la abolición de toda protección.

Pensar cómo el lenguaje puede convertirse en un instrumento de emancipación y, simultáneamente, en una máquina para racionalizar el deseo del poderoso.

Diario de un inocente ocupa aquí una posición decisiva porque muestra el momento en que la transgresión deja de ser únicamente una estrategia estética y se transforma en autobiografía, teoría y reivindicación. Paysage de fantaisie convierte la infancia en un territorio imaginario devastado; Le Bon sexe illustré ataca los dispositivos educativos de la sexualidad; L'Enfant au masculin intenta proporcionar una arquitectura política a aquello que los otros libros habían llevado al terreno de la ficción y la confesión (Duvert, 1973, 1974, 1976/2005, 1980).

Ese recorrido forma un corpus coherente en su radicalidad.

Y precisamente por eso resulta necesario leerlo sin indulgencia.

Duvert quiso destruir la moral que le parecía hipócrita.

Pero la moral no es únicamente una cárcel.

A veces es el nombre provisional que una sociedad da a la obligación de proteger al que no puede protegerse solo.

Y entonces el escritor aparece ante nosotros con su cuchillo.

Lo levanta contra la familia.

Contra la Iglesia.

Contra la escuela.

Contra la ley.

Contra la burguesía.

Contra la normalidad.

Contra el lenguaje.

Contra la infancia domesticada.

Y finalmente el cuchillo gira.

La hoja vuelve hacia él.

Porque la verdadera pregunta que Duvert no pudo resolver es ésta:

¿puede existir una liberación del deseo que no se convierta en liberación del poder para disponer del cuerpo ajeno?

Si la respuesta es no, entonces toda revolución sexual que ignore esa diferencia lleva dentro de sí una pequeña maquinaria de dominación.

El cuerpo del niño no es el último territorio que el adulto debe conquistar.

Es precisamente el territorio que el adulto debe aprender a no conquistar.

Ahí termina Duvert.

No en la censura.

No en la absolución.

No en la comodidad del juicio.

Termina en una herida.

Una herida que sigue abierta porque su escritura nos obliga a contemplar el instante exacto en que la rebelión contra la moral puede transformarse en rebelión contra la protección.

Y entonces la literatura deja de ser una puerta.

Es un cuchillo.

Pero un cuchillo no sabe quién merece ser herido.

Por eso hay que aprender a sostenerlo sin confundir la violencia de la forma con la verdad de aquello que la forma pretende defender.

 

 

X. El último aislamiento: Tony Duvert frente al silencio

 

Después de haber hecho del lenguaje un arma contra la normalidad, Tony Duvert terminó viviendo en un lugar donde ya casi nadie parecía escuchar el ruido de sus palabras.

Nacido en 1945, Duvert comenzó a publicar muy joven. Récidive, su primer libro, apareció cuando tenía apenas veintidós años. Desde entonces construyó una obra que encontró en las Éditions de Minuit a su principal casa editorial y que alcanzó uno de sus momentos de mayor reconocimiento con Paysage de fantaisie, ganador del Prix Médicis en 1973. Pero aquella trayectoria de provocación, reconocimiento y controversia fue seguida por un progresivo alejamiento de la vida literaria. Después de Un anneau d'argent à l'oreille (1982), su relación con el mundo editorial comenzó a debilitarse; en 1989 publicó Abécédaire malveillant, una última descarga de aforismos contra aquello que detestaba, y después prácticamente dejó de publicar (Pancrazi, citado en Cooper, 2023).

El silencio no llegó de golpe.

Según Michel Longuet, amigo y colaborador cercano, Duvert comenzó a retirarse después de la publicación de Un anneau d'argent à l'oreille. Primero disminuyeron los encuentros y las respuestas a las cartas; después vino el traslado a Tours y finalmente el aislamiento en un pequeño pueblo de Loir-et-Cher. Longuet describe ese proceso como un retiro gradual del mundo, acompañado por dificultades materiales y por una creciente renuncia a la escritura. Duvert incluso destruía sistemáticamente los textos que intentaba escribir, como si la literatura hubiese dejado de ser capaz de cumplir la función que él le había atribuido: intervenir sobre el mundo (Longuet, citado en Cooper, 2023).

Hay algo ferozmente paradójico en ello.

El hombre que había querido hacer de la escritura una bomba política terminó destruyendo sus propios manuscritos.

El escritor que había querido conquistar el lenguaje terminó renunciando a las palabras.

El provocador que había imaginado que una frase podía cambiar las costumbres terminó viviendo lejos de los centros donde las costumbres se discutían.

Longuet recuerda que Duvert había depositado una enorme fe en la capacidad de sus libros para producir un efecto social. Durante los años de la liberación sexual había percibido la posibilidad de que su propia posición encontrara un espacio en la transformación de las costumbres; pero el posterior rechazo social hacia la pedofilia hizo que aquella expectativa se derrumbara. Para Longuet, hubo entonces una especie de colapso: cuando Duvert dejó de creer que su escritura podía intervenir sobre la sociedad, la escritura misma perdió su razón de ser (Longuet, citado en Cooper, 2023).

No es necesario aceptar esta interpretación como explicación definitiva de su retiro. El propio testimonio reconoce que pudieron existir otras causas: dificultades económicas, desencanto, circunstancias personales y razones que permanecen desconocidas. Pero el dato permanece como una imagen brutal: Duvert, que había hecho de la provocación una forma de existencia, terminó escogiendo el silencio.

En sus últimos años vivió en Thoré-la-Rochette, en el Loir-et-Cher, en condiciones de aislamiento cada vez mayores. La imagen que queda de aquel período contrasta violentamente con el Duvert de los años setenta: el escritor que había recorrido París, frecuentado los círculos de Minuit y participado activamente en las batallas culturales de su tiempo aparece ahora retirado en el campo, casi sin comunicación con el exterior. Según Longuet, dejó incluso de responder a las cartas de su antiguo entorno editorial (Longuet, citado en Cooper, 2023).

El 20 de agosto de 2008 fue encontrado muerto en su casa. Tenía sesenta y tres años y, según la información reproducida por Dennis Cooper, llevaba aproximadamente un mes muerto cuando fue descubierto. Se abrió una investigación, pero todo apuntaba a una muerte por causas naturales (Pancrazi, citado en Cooper, 2023).

Un mes.

Treinta días.

Un cuerpo muerto en una casa silenciosa mientras afuera continuaba el mundo que aquel cuerpo había intentado insultar, destruir, transformar.

No hubo una escena final.

No hubo lectores alrededor de la cama.

No hubo la teatralidad de la muerte que habría correspondido al escritor de la provocación.

Hubo solamente un cuerpo que dejó de responder.

Y quizás ésta sea la imagen más terrible para cerrar la trayectoria de Duvert: el escritor que quiso convertir el deseo en una fuerza capaz de transformar el mundo terminó muriendo en un mundo que ya no respondía a su escritura.

No hay aquí una moraleja.

Hay una paradoja.

Duvert había querido que la literatura fuese una intervención sobre la realidad. Cuando dejó de creer en esa posibilidad, dejó de escribir. El silencio no fue entonces simplemente ausencia de palabras: fue la consecuencia extrema de una crisis de confianza en la propia función de la palabra (Longuet, citado en Cooper, 2023).

Y así, después de haber llevado la transgresión hasta sus zonas más oscuras, Duvert terminó enfrentándose a una última transgresión: la desaparición del escritor detrás de su propia obra.

El escándalo sobrevivió.

El hombre no.

La obra permaneció.

El autor se retiró de ella.

Y cuando finalmente lo encontraron, llevaba ya un mes muerto.

La última habitación de Tony Duvert no fue una novela.

Fue el silencio.

 

Referencias

Duvert, T. (1973). Paysage de fantaisie. Les Éditions de Minuit.

Duvert, T. (1974). Le bon sexe illustré. Les Éditions de Minuit.

Duvert, T. (1976). Journal d'un innocent. Les Éditions de Minuit.

Duvert, T. (1980). L'enfant au masculin. Les Éditions de Minuit.

Duvert, T. (2005). Diario de un inocente (M. Arranz, Trad.). Pre-Textos. (Trabajo original publicado en 1976).

Éditions de Minuit. (s. f.). Tony Duvert.

Prix Médicis. (1973). Tony Duvert, Paysage de fantaisie. Prix Médicis.

Puglia, E., & Peano, I. (2018). Tony Duvert: A political and theoretical overview. Whatever. A Transdisciplinary Journal of Queer Theories and Studies, 1(1), 183–197. https://doi.org/10.13131/2611-657X.whatever.v1i1.12

Spotlight on … Tony Duvert Atlantic Island (1978) 

 

 

Sunday, August 30, 2026

Unica Zürn: el cuerpo que escribe contra el mundo

 

 


 

 

 

Hay cuerpos que enferman y cuerpos que son declarados enfermos. Hay palabras que describen el mundo y palabras que lo desgarran. Unica Zürn pertenece a esa segunda especie: no escribió sobre la locura como quien contempla desde una ventana el incendio de una casa ajena; escribió desde el incendio, allí donde el lenguaje deja de ser instrumento y comienza a convertirse en carne.

Es preciso, por ello, acercarse a Zürn con una sospecha semejante a la que atraviesa la obra de Antonin Artaud: ¿y si aquello que llamamos enfermedad no fuera únicamente una alteración del individuo, sino también el nombre que una sociedad da a aquello que no puede soportar? Artaud convirtió esta pregunta en una acusación contra la psiquiatría y contra el orden social en Van Gogh, le suicidé de la société (1947). El Musée d'Orsay recuerda que Artaud rechazó la explicación clínica de Van Gogh y sostuvo que la sociedad había participado en su destrucción.

Leer a Zürn desde esa perspectiva no significa negar su sufrimiento ni sustituir una explicación médica por una romántica. Significa observar cómo su obra desorganiza la frontera entre enfermedad y creación, entre cuerpo y escritura, entre deseo y destrucción. En sus anagramas, dibujos automáticos y textos autobiográficos, el lenguaje no representa simplemente una realidad interior: la produce, la deforma y, a veces, la vuelve insoportablemente real (Rupprecht, 2003; Scholl, 1990).

Zürn nació en Berlín en 1916 y murió en París en 1970. Fue escritora, dibujante y participante del surrealismo de posguerra. Su figura ha quedado frecuentemente subordinada a dos hombres: Hans Bellmer, su compañero durante casi dos décadas, y Henri Michaux, el escritor cuya aparición en su vida coincidió con una transformación decisiva de su mundo imaginario. Sin embargo, reducirla a “la mujer de Bellmer” o a la amante de Michaux sería repetir precisamente el mecanismo de borramiento contra el cual su obra lucha (Plumer, 2016; Conley, 1996).

 

 

I. El cuerpo como anagrama

 

Un anagrama es una palabra que se desarma para volver a existir de otra manera. No destruye las letras: las libera de su primera obediencia. En Zürn, esta operación lingüística adquiere una dimensión corporal. Las palabras se comportan como miembros arrancados de una anatomía que busca una nueva articulación.

Su libro Hexentexte (Textos de brujas), publicado en 1954, estableció una de las bases de su trabajo posterior. Zürn convirtió el anagrama en método poético y visual, mientras Bellmer contribuyó a desarrollar una concepción del lenguaje estrechamente relacionada con la anatomía: el cuerpo podía desmontarse del mismo modo que una frase y volver a organizarse en combinaciones inesperadas (Zürn, 1954; Rupprecht, 2003).

Aquí aparece una de las grandes paradojas de Zürn. La fragmentación no equivale necesariamente a la desaparición. Una identidad rota puede convertirse en una identidad múltiple. Un cuerpo dividido puede adquirir otras formas. La palabra enferma puede revelar una estructura que la palabra normalizada ocultaba.

Sabine Scholl (1990) estudió precisamente la relación entre percepción, reproducción, error y lenguaje en Zürn, mientras Caroline Rupprecht (2003) ha mostrado que su escritura hace difícil separar autor, narradora y personaje. En El hombre jazmín, esa separación se vuelve deliberadamente inestable: el “yo” no permanece soberano, sino que se observa desde fuera, como si la conciencia hubiese sido expulsada de sí misma.

La escritura de Zürn no busca curar esa fractura. La explora.

  

 

II. Bellmer: dos cuerpos dentro de un mismo laberinto

 

En 1953 Zürn conoció a Hans Bellmer y poco después se trasladó con él a París. Bellmer, célebre por sus muñecas y por sus representaciones fragmentadas del cuerpo femenino, fue compañero, amante, colaborador e influencia artística fundamental. La relación fue también asimétrica y conflictiva, y durante mucho tiempo la recepción de Zürn quedó atrapada en la sombra de la obra de Bellmer.

Renée Riese Hubert (1994) dedica un capítulo de Magnifying Mirrors precisamente a “Self-Recognition and Anatomical Junctures: Unica Zürn and Hans Bellmer”, situando su relación dentro de una historia más amplia de las parejas artísticas surrealistas. La obra de Zürn, sin embargo, no debe entenderse como simple prolongación de la de Bellmer. Mientras Bellmer desmontaba el cuerpo femenino para producir una maquinaria erótica y perturbadora, Zürn utilizó la fragmentación para producir una identidad plural, inestable, verbal y visual (Hubert, 1994; Plumer, 2016).

La diferencia es fundamental.

Bellmer construye cuerpos como objetos que pueden ensamblarse. Zürn convierte el propio acto de ensamblar en una crisis de identidad.

Por eso la relación entre ambos no debe reducirse a la fórmula cómoda de “musa y artista”. Zürn dibuja. Zürn escribe. Zürn construye sus propios monstruos. Zürn transforma la influencia recibida en una gramática autónoma. Katharine Conley (1996) ha mostrado que la presencia de Zürn dentro del surrealismo obliga a revisar la imagen tradicional de la mujer como objeto automático de la mirada masculina.

El cuerpo de Zürn no quiere permanecer donde Bellmer lo coloca.

Quiere escaparse.

 

 

III. Michaux: el hombre del jazmín

 

En 1957 Zürn conoció a Henri Michaux. Este encuentro tuvo una importancia decisiva para su obra y para su experiencia de la realidad. En El hombre jazmín, Michaux aparece transfigurado como la encarnación real de una figura imaginaria procedente de la infancia: el “hombre del jazmín”.

La relación entre ambos estuvo vinculada también a la experimentación con mescalina. Michaux había convertido la experiencia psicotrópica en materia artística y epistemológica. Misérable Miracle (1956) no es simplemente un relato sobre drogas: es un intento de registrar mediante palabras y dibujos las alteraciones de la percepción y de la relación entre imagen e idea.

Para Zürn, Michaux parece atravesar esa frontera entre literatura y alucinación. El personaje imaginario encuentra un cuerpo real. La fantasía se vuelve biografía. La biografía se vuelve delirio. Y el delirio se convierte en literatura.

Carlos Rey (2010) observa que los nombres y las iniciales que aparecen en El hombre jazmín participan de una red anagramática que permite identificar al “hombre del jazmín” con Michaux. Atlas Press, por su parte, señala que el encuentro con Michaux constituye el punto de partida de la crisis que Zürn transforma posteriormente en materia literaria.

Michaux representa así algo más que un amor imposible: representa el instante en que la imagen sale del papel.

Y cuando la imagen sale del papel, comienza el peligro.

 

 

IV. La psiquiatría y la máquina de fabricar realidad

 

Zürn sufrió varias crisis psíquicas y pasó por distintas instituciones psiquiátricas, entre ellas Wittenau y Sainte-Anne. Fue diagnosticada en distintos momentos con categorías que hoy no deberían utilizarse sin una revisión histórica de los criterios médicos de entonces. La bibliografía contemporánea insiste en que su enfermedad no puede separarse mecánicamente de su producción artística (Marshall, 2000; Rupprecht, 2003; Broustra, 1999).

Aquí es donde Artaud resulta inevitable.

Artaud sabía que el manicomio podía convertirse en una fábrica de identidades: el enfermo recibe un nombre, el nombre recibe un diagnóstico, y el diagnóstico comienza a sustituir al individuo. En Van Gogh, el suicidado por la sociedad, el escritor invierte la acusación: no pregunta solamente qué enfermedad tenía Van Gogh, sino qué clase de sociedad necesitaba declararlo enfermo (Artaud, 1947).

Zürn plantea un problema paralelo.

Si sus dibujos nacen en medio de la crisis, ¿son síntomas o son obras? Si sus palabras describen una alucinación, ¿son documentos clínicos o literatura? Si la escritura reproduce una fractura mental, ¿debemos leerla como confesión o como construcción estética?

Rupprecht (2003) advierte justamente contra una lectura que reduzca El hombre jazmín a un documento patológico. Su tesis es más inquietante: Zürn construye deliberadamente una escritura en la que las fronteras entre realidad y representación dejan de ser estables.

No se trata, entonces, de decir que “la locura creó su arte”. Esa frase sería demasiado fácil. Se trata de comprender que Zürn hizo de la inestabilidad de la percepción una materia estética.

 

 

V. La ventana

 

Y llegamos a la ventana.

Una ventana parece una cosa inocente: vidrio, marco, luz. Pero en Zürn la ventana se convierte en una frontera entre dos regímenes de realidad. De un lado está el mundo; del otro, la imaginación. De un lado, el cuerpo encerrado; del otro, el espacio abierto. La ventana permite mirar y, precisamente por eso, permite imaginar el paso.

En Dark Spring (Dunkler Frühling), Zürn escribió sobre una joven cuya relación con el deseo, el aislamiento y la incomprensión desemboca en una muerte por caída desde una ventana. La coincidencia entre esa ficción y el final de la propia autora convierte retrospectivamente el texto en algo casi insoportable de leer. Estudios sobre la obra han destacado precisamente esa anticipación inquietante (Rupprecht, 2003; Caws & Ribas, 2009).

Pero hay que resistirse a una tentación: convertir Dark Spring en una profecía.

La literatura no predice necesariamente la vida. A veces la prepara simbólicamente. A veces la representa antes de que ocurra. A veces simplemente comparte con ella un mismo repertorio de obsesiones. En Zürn, la ventana pertenece a ese repertorio.

La ventana es el lugar donde el adentro se encuentra con el afuera.

Y el cuerpo de Zürn acabará atravesando esa frontera.

 

 

VI. La defenestración: el último anagrama

 

En octubre de 1970, durante un permiso de cinco días de la institución psiquiátrica en la que se encontraba, Unica Zürn murió por suicidio al precipitarse desde la ventana del apartamento parisino que compartía con Bellmer. Tenía cincuenta y cuatro años. Las fuentes biográficas sitúan esta muerte como el final de años de crisis, hospitalizaciones y producción artística.

La palabra defenestración resulta especialmente perturbadora en su caso porque no describe únicamente un mecanismo de muerte: nombra una frontera.

Zürn había escrito sobre ventanas antes de morir. Había imaginado cuerpos que caían. Había convertido la caída en una figura de deseo, de desesperación y de transformación. Finalmente, su propia biografía quedó superpuesta a esas imágenes.

Pero sería un error decir que Dark Spring “predijo” su suicidio o que su arte lo “causó”. Tal afirmación convertiría una vida compleja en una leyenda fatalista. Tampoco sería correcto afirmar que Bellmer o Michaux fueron, por sí solos, responsables de su muerte. La relación con Bellmer fue intensa y contradictoria; Michaux ocupó un lugar crucial en su imaginario y en El hombre jazmín. Pero una vida humana no puede comprimirse en una sola causa.

La muerte de Zürn exige una lectura más incómoda: la de una artista cuyo lenguaje había convertido durante años el cuerpo, la locura, la caída y la disolución del yo en materia estética, y que finalmente murió por suicidio. La coincidencia entre vida y obra no debe convertirse en espectáculo.

Debe convertirse en pregunta.

¿Qué ocurre cuando una imagen deja de ser metáfora?

¿Qué ocurre cuando el cuerpo ya no puede mantenerse separado de sus propias ficciones?

¿Qué ocurre cuando el mundo que rodea a una persona se vuelve tan insoportable que la única frontera visible parece ser una ventana?

No hay una respuesta literaria suficiente.

Y quizá esa insuficiencia sea precisamente lo que debemos conservar.

 

 

VII. Artaud frente a Zürn: la sociedad, el cuerpo y el grito

 

Artaud y Zürn nunca pudieron establecer una relación intelectual directa comparable a la que Zürn tuvo con Bellmer o Michaux. La conexión entre ellos es de otra naturaleza: histórica, estética y psiquiátrica.

Ambos escribieron desde el borde del discurso médico. Ambos desconfiaron —cada uno a su manera— de una razón que pretendía separar limpiamente la salud de la locura. Ambos hicieron del cuerpo una superficie de inscripción. Ambos comprendieron que el lenguaje puede ser una forma de violencia.

Incluso existe una coincidencia biográfica significativa: Gaston Ferdière, médico relacionado con el tratamiento psiquiátrico de Zürn, había tratado también a Artaud. Esa proximidad institucional no significa que sus experiencias fueran idénticas, pero sí revela el mismo universo psiquiátrico francés de mediados del siglo XX.

Artaud habría reconocido en Zürn una figura difícil de domesticar: alguien para quien la obra no se encuentra “fuera” del cuerpo, sino dentro de él, entre sus espasmos, sus deseos, sus delirios y sus palabras.

Sin embargo, hay una diferencia decisiva. Artaud convirtió su rebelión contra la sociedad en una guerra verbal abierta. Zürn hizo algo más secreto y quizá más terrible: construyó pequeños laberintos.

Un anagrama.

Un dibujo.

Un rostro que contiene otro rostro.

Un cuerpo que contiene otro cuerpo.

Una ventana.

Una caída.

La obra de Zürn no grita siempre. A veces susurra. Y precisamente por eso resulta tan difícil escapar de ella.

 

 

Conclusión

 

Unica Zürn no necesita ser convertida en santa de la locura ni en víctima perfecta del surrealismo. Tampoco necesita ser reducida a la compañera de Bellmer, a la amante de Michaux o a la mujer que terminó suicidándose desde una ventana.

Su importancia está en otro lugar.

Está en haber comprendido que una palabra puede comportarse como un cuerpo. Que un cuerpo puede convertirse en escritura. Que una identidad puede ser desarmada y reconstruida mediante letras. Que el dibujo automático puede producir no solamente monstruos, sino formas de conocimiento. Que la locura, cuando se convierte en objeto de representación, obliga a preguntarse dónde termina el documento y comienza la obra.

Bellmer le ofreció un lenguaje del cuerpo fragmentado. Michaux le ofreció —o encarnó para ella— la figura del hombre que parecía haber salido de su imaginación. La psiquiatría intentó nombrar aquello que le ocurría. Zürn hizo otra cosa: lo escribió.

Y después llegó la ventana.

Su muerte por defenestración no debe leerse como el desenlace romántico de una estética de la locura. Debe leerse como una tragedia real que coincide de manera perturbadora con imágenes que ya habitaban su literatura. La caída no convierte su obra en profecía; convierte nuestra lectura en una responsabilidad.

Porque después de Zürn ya no podemos mirar una ventana de la misma manera.

No como Artaud miraba el mundo —como una máquina enferma que debía ser acusada—, sino como un lugar donde las fronteras pueden volverse demasiado delgadas.

La obra de Zürn permanece precisamente allí: en ese borde.

Entre la palabra y la carne.

Entre el dibujo y el delirio.

Entre Bellmer y ella.

Entre Michaux y el hombre jazmín.

Entre el hospital y la página.

Entre la habitación y la ventana.

Y, sobre todo, entre aquello que todavía podemos comprender y aquello que, si pretendemos comprenderlo demasiado rápido, destruimos.

 

 

Referencias

 

Artaud, A. (1947). Van Gogh, le suicidé de la société. K éditeur.

Broustra, J. (1999). Unica Zürn: Les confidences de la folie (De “Sombre Printemps” à “L’Homme-Jasmin”). L’Information Psychiatrique, 75(2), 151–160.

Caws, M. A., & Ribas, J. (Eds.). (2009). Unica Zürn: Dark Spring. The Drawing Center.

Conley, K. (1996). Automatic woman: The representation of woman in surrealism. University of Nebraska Press.

Delavenne, P. (1986). Unica Zürn ou la folie à livre ouvert. Frénésie, 1, 57–73.

Ferdière, G. (1978). Les mauvaises fréquentations. Jean-Claude Simoën.

Hubert, R. R. (1994). Magnifying mirrors: Women, surrealism, and partnership. University of Nebraska Press.

Irigaray, L. (1985). Une lacune natale: Pour Unica Zürn. Le Nouveau Commerce, 62–63, 39–47.

Marshall, J. C. (2000). The semiotics of schizophrenia: Unica Zürn’s artistry and illness. Modern Language Studies, 30(2), 21–31.

Michaux, H. (1956). Misérable miracle. Éditions du Rocher.

Plumer, E. (2016). Unica Zürn: Art, writing and post-war surrealism. I. B. Tauris.

Rabain, J.-F. (1998). Sublimation et identifications croisées : les “jeux à deux” de Hans Bellmer et d’Unica Zürn. Revue Française de Psychanalyse, 62(4), 1247–1264.

Rey, C. (2010). Causalidad psíquica en un caso de locura: A propósito de Unica Zürn. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 30(3), 437–454.

Rupprecht, C. (2003). The violence of merging: Unica Zürn’s writing (on) the body. Studies in 20th & 21st Century Literature, 27(2), 371–395.

Rupprecht, C. (2006). Subject to delusions: Narcissism, modernism, gender. Northwestern University Press.

Scholl, S. (1990). Fehler, Fallen, Kunst: Zur Wahrnehmung und Re/Produktion bei Unica Zürn. A. Hain.

Zürn, U. (1954). Hexentexte: Zehn Zeichnungen und zehn Anagrammtexte. Galerie Springer.

Zürn, U. (2006). El hombre jazmín: Impresiones de una enfermedad mental (A. M. de la Fuente, Trad.). Siruela.

 

Friday, August 28, 2026

La misa donde asesinaron a la pintura

Segoviano, retrato expuesto en la presentación del libro sobre su vida 




Hay algo obsceno en una presentación de un libro sobre un pintor cuando se habla de todo menos de pintura.

Y hay algo todavía más obsceno cuando esa presentación ocurre dentro de un templo.

Hoy, pasadas las seis de la tarde, en el auditorio del templo de San Juan de Dios, en León, se presentó un libro sobre el pintor Segoviano. Estaban el doctor Mariano González Leal, una artista llamada Sáhara —cuyo apellido se me escapa y cuya disciplina artística tampoco quedó, al menos para mí, suficientemente clara— y el autor del libro, director del Archivo Histórico Municipal de León. Tres voces alrededor de un muerto. Tres discursos alrededor de una pintura ausente.

Se habló de la vida sentimental del pintor. De sus circunstancias. De sus datos biográficos. De esas pequeñas anécdotas que permiten reconstruir a un hombre pero que no explican jamás por qué una pintura consigue sobrevivir a quien la pintó.

La pintura, en cambio, permaneció callada.

Nadie pareció preguntarse qué ocurre dentro de un cuadro de Segoviano. Qué sucede con el color. Con la composición. Con la luz. Con el espacio. Con la materia. Con la mirada. Qué relación existe entre la forma y aquello que la forma intenta revelar. Nadie pareció dispuesto a cometer el crimen de mirar una pintura como pintura.

Se habló del pintor.

No se habló del artista.

Y ésta no es una diferencia académica. Es la diferencia entre abrir un cadáver para estudiar sus órganos y enfrentarse con una criatura que todavía respira.

Porque una obra de arte no es el acta de nacimiento de su autor, ni su expediente matrimonial, ni la suma de sus devociones, ni el catálogo de sus amistades, ni el santoral de sus afectos.

Una pintura no es una biografía con marco.

El pintor puede ser católico. Puede ser ateo. Puede creer en Dios o en el demonio. Puede pintar santos, vírgenes, mártires, Cristos y ángeles. Todo eso pertenece a la historia del hombre y, acaso, a la historia de las imágenes. Pero el problema comienza cuando esa información sustituye a la mirada.

Y aquí aparece la paradoja.

Un libro escrito por un católico sobre un pintor católico que realizó pintura hagiográfica católica en una ciudad profundamente católica terminó presentado dentro de un templo católico.

La operación es casi perfecta.

Demasiado perfecta.

El libro entra en la iglesia como si regresara a su lugar de origen. El pintor es devuelto a su comunidad de fe. La imagen religiosa vuelve al recinto religioso. La biografía se convierte en devoción y la presentación en una especie de ceremonia de reconocimiento.

Pero el arte no necesita que le pongan una sotana para existir.

Tampoco necesita un altar.

Necesita una mirada.

Eso fue precisamente lo que faltó.

La elección del lugar resulta particularmente reveladora. ¿Por qué presentar un libro sobre un pintor en el Archivo Histórico Municipal, institución donde se conserva la memoria documental de la ciudad, si se podía llevar el acontecimiento a un templo?

¿Por qué no enfrentar al pintor con la historia?

¿Por qué no enfrentar su obra con la crítica?

¿Por qué no obligarla a salir de la protección de la devoción y entrar en el territorio mucho más peligroso de la estética?

Quizá porque allí, entre documentos, archivos y memoria histórica, habría sido necesario hablar de pintura.

Y hablar de pintura es exponerse.

Es mucho más fácil hablar de la vida sentimental de un artista que enfrentarse a una pincelada.

Mucho más fácil enumerar fechas que explicar una forma.

Mucho más cómodo contar quién amó a quién que preguntar qué significa una determinada relación entre luz y sombra.

La biografía tranquiliza.

La obra perturba.

Y toda verdadera experiencia estética tiene algo de perturbación.

Juan García Ponce, al pensar el arte a partir de Heidegger, recuerda que el arte es la “contemplación creadora de la verdad en la obra”. No se trata, por tanto, de utilizar la obra como ilustración de una biografía, sino de permitir que la obra abra un espacio propio de verdad, un territorio en el que el artista deja de ser dueño de aquello que creó. Para García Ponce, además, la crítica nace precisamente de la experiencia de mirar y de dejar que la obra produzca sentido.

Pero allí la pintura pareció ser apenas una excusa.

Y cuando la pintura se convierte en excusa, el arte comienza a morir.

No muere con estrépito.

Muere de una manera mucho más miserable: entre aplausos, agradecimientos, reconocimientos, anécdotas y fotografías.

Muere mientras todos hablan de él.

Muere precisamente porque nadie lo mira.

Eso es lo verdaderamente siniestro de aquella presentación: no la religiosidad del pintor, no la elección de un templo, no siquiera la superficialidad de los discursos. Lo siniestro es que se presentó un libro sobre un pintor sin permitir que la pintura reclamara su lugar.

La obra quedó convertida en reliquia.

El artista, en personaje.

La religión, en contexto.

La historia, en inventario.

Y la crítica de arte, desaparecida.

Quizá ése sea el verdadero problema de Segoviano: que después de haber pasado su vida pintando santos, ahora corre el riesgo de convertirse él mismo en santo. Una figura protegida por la devoción, por la memoria local y por el afecto institucional, a salvo de esa violencia necesaria que toda obra debe soportar cuando se la somete a una mirada crítica.

Porque criticar una pintura no es faltarle al respeto al pintor.

Es respetar demasiado la pintura para dejarla morir de incienso.

El arte necesita ser profanado para volver a respirar.

Necesita que alguien entre en el templo, aparte las flores, apague los cirios, cierre por un instante los libros de vida y muerte y diga:

Ahora muéstrame el cuadro.

No me hables de quién amó el pintor.

No me hables de cuándo nació.

No me hables de sus devociones.

No me hables de sus santos.

Muéstrame qué hizo con la pintura.

Ahí comienza el arte.

Todo lo demás puede ser historia.

Pero la historia no pinta.

La pintura sí.

Y cuando nadie habla de ella, lo que queda no es una presentación de un libro de arte.

Es una misa por la muerte del arte.

Tuesday, August 25, 2026

Katia Nilo y el maravilloso arte de hacer carrera sin abandonar nunca el presupuesto cultural

Katia Nilo Fernández (Fotografía tomada de su perfil en X)

 

 

Hay funcionarios que ascienden por méritos, otros por experiencia y algunos, mucho más afortunados, por esa misteriosa virtud administrativa de estar siempre en el lugar correcto cuando aparece una vacante.

Katia Nilo Fernández parece pertenecer a esta última especie.

Su trayectoria dentro de la burocracia cultural guanajuatense podría estudiarse algún día como una de las bellas artes del desplazamiento administrativo: pasar de una oficina a otra, cambiar de escritorio, modificar el nombramiento y continuar navegando con admirable estabilidad por las aguas siempre tranquilas del presupuesto público cultural.

No es fácil.

Para hacerlo hay que poseer una cualidad que rara vez aparece en los currículos: la capacidad camaleónica de convertirse en especialista justo en aquello que la administración necesita que uno sea especialista.

Y así, de la producción artística se pasa a la dirección editorial.

Un salto extraordinario.

Porque producir arte y dirigir una editorial son, evidentemente, actividades idénticas. Ambas requieren una computadora, una agenda, reuniones y, sobre todo, mucha capacidad para elaborar presentaciones.

Lo demás —edición, lectura, dictaminación, corrección, diseño editorial, formación de catálogos, derechos de autor, distribución, comercialización, historia del libro, construcción de colecciones, relación con autores y conocimiento de la cadena editorial— son detalles que seguramente pueden resolverse mediante una buena mesa de trabajo.

Al menos eso parece sugerir la lógica de la Secretaría de Cultura.

En 2025, Nilo sustituyó a Mauricio Vázquez González al frente de la Dirección General Editorial y de Publicaciones, después de desempeñarse como directora general de Producción Artística. POPLab documentó entonces que escritores y editores cuestionaban que su perfil fuera adecuado para la responsabilidad editorial.

Pero la burocracia tiene una virtud maravillosa: no necesita que el mundo exterior considere que alguien está preparado; basta con que la estructura interna considere que puede ocupar el puesto.

Y si el resultado no convence, siempre queda la posibilidad de organizar otra reunión.

Ahí empieza la verdadera carrera literaria de Katia Nilo: no la carrera de una escritora, sino la carrera de una funcionaria alrededor de los escritores.

Porque mientras los autores producen libros, ella produce reuniones.

Mientras los escritores corrigen galeradas, ella corrige organigramas.

Mientras un editor piensa en un catálogo, ella piensa en un comité.

Mientras un poeta busca editorial, ella busca un marco jurídico.

Y mientras alguien pregunta cuándo se publicará el libro, aparece una respuesta administrativa de una belleza casi metafísica:

“Estamos trabajando en ello.”

El problema es que, después de un tiempo, “estar trabajando en ello” comienza a parecerse demasiado a no haber hecho nada.

Y aquí aparece el gran misterio de la nueva política editorial guanajuatense.

Se habla de profesionalización.

De innovación.

De democratización.

De distribución.

De internacionalización.

De plataformas digitales.

De residencias.

De intercambios.

De ferias.

De nuevas publicaciones.

De un Comité Editorial.

Todo suena magnífico.

El único elemento que se resiste a entrar en escena es el libro.

Porque para que exista un libro se necesita algo más incómodo que una política pública: dinero, trabajo y conocimiento editorial.

Y ahí la poesía administrativa se vuelve prosaica.

En septiembre de 2025, escritores reclamaban falta de claridad, planificación y participación en la política editorial, y advertían sobre una posible “tecnocratización” de la política cultural.

Unos meses después, las cosas seguían teniendo ese delicioso aroma de obra pública inconclusa.

El Comité Editorial continuaba pendiente.

La Secretaría explicaba que hacía falta elaborar un marco jurídico.

Es una respuesta extraordinaria.

Porque en México una institución puede tardar años en publicar un libro, pero puede producir en cinco minutos una justificación de por qué no puede publicarlo.

Eso sí es eficiencia.

Y entonces comprendemos que el verdadero género literario cultivado por la Secretaría no es la narrativa ni la poesía.

Es la minuta.

La minuta es el gran género nacional.

Tiene personajes, pero no protagonistas.

Tiene conflictos, pero nunca culpables.

Tiene compromisos, pero no fechas.

Tiene acuerdos, pero no consecuencias.

Y, sobre todo, tiene una propiedad extraordinaria: nadie sabe exactamente cuándo termina.

Katia Nilo parece haberse convertido en una especialista de ese género.

Convoca.

Escucha.

Explica.

Promete.

Justifica.

Informa.

Y vuelve a convocar.

Mientras tanto, los escritores continúan preguntando por aquello que cualquier política editorial mínimamente seria debería poder responder sin recurrir a la literatura fantástica:

¿Qué se va a publicar?

¿Quién lo va a publicar?

¿Cuándo?

¿Con qué criterios?

¿Con qué presupuesto?

¿Quién va a dictaminar?

¿Quién va a editar?

¿Dónde se va a distribuir?

¿Quién va a leerlo?

Preguntas terribles.

Preguntas de gente que todavía cree que la cultura tiene algo que ver con la cultura.

La administración cultural contemporánea, en cambio, parece haber descubierto algo mucho más moderno: la cultura como gestión de expectativas.

No importa tanto que exista una política editorial.

Importa que parezca que existe.

No importa tanto que haya publicaciones.

Importa que se anuncien.

No importa tanto que los escritores cobren.

Importa que sean invitados a una mesa donde puedan hablar de lo mucho que algún día podrán publicar.

Y aquí la figura de Nilo adquiere una dimensión casi filosófica.

Su gran obra no es un libro.

Es el tránsito.

La metamorfosis burocrática.

El arte de pasar de una dirección a otra sin abandonar jamás el territorio sagrado de la cultura institucional.

Hoy producción artística.

Mañana publicaciones.

Después, quién sabe.

Quizá patrimonio.

Quizá promoción.

Quizá estrategia.

Quizá una nueva dirección general que todavía no aparece en el reglamento.

Porque, como ha documentado POPLab, la propia Secretaría ha atravesado modificaciones administrativas, cargos directivos vacantes y estructuras que no siempre corresponden claramente con su reglamento interior.

En este universo, el puesto no sigue necesariamente a la especialidad.

La especialidad sigue al puesto.

Y ésa es una diferencia fundamental.

Si mañana Nilo fuera nombrada directora general de arqueología, probablemente descubriríamos que siempre estuvo interesada en las culturas prehispánicas.

Si pasado mañana fuera directora del Museo de Arte Contemporáneo, seguramente encontraríamos en su currículum una fascinación temprana por las instalaciones.

Y si algún día terminara al frente de una orquesta sinfónica, no sería extraño que apareciera una fotografía suya de adolescencia escuchando a Beethoven.

Así funciona el milagro mexicano del servicio público:

Primero llega el nombramiento; después aparece la vocación.

Pero sería injusto atribuirle a Katia Nilo toda la responsabilidad de este prodigio.

El problema no es únicamente ella.

Es el sistema que permite que una institución cultural coloque la experiencia específica en segundo plano y la confianza administrativa en primero.

El problema es una Secretaría que parece confundir gestión cultural con administración de eventos.

El problema es una política cultural que utiliza palabras enormes para cubrir presupuestos pequeños.

El problema es que en Guanajuato hay escritores con décadas de trayectoria esperando publicar mientras la burocracia continúa diseñando el "ecosistema" donde algún día quizá puedan hacerlo.

Y el problema mayor es que quienes deberían evaluar a los funcionarios culturales parecen estar más interesados en evaluar indicadores, fotografías y discursos.

De modo que quizá no debamos preguntarnos si Katia Nilo tiene el perfil adecuado para dirigir una editorial.

La pregunta correcta sería otra:

¿Qué clase de política cultural necesita un perfil como el suyo para considerar que sí lo tiene?

Porque una persona puede equivocarse en un cargo.

Eso es humano.

Lo verdaderamente preocupante es que el sistema convierta el error en método.

Y cuando el método consiste en desplazar funcionarios de un área a otra, mientras cada nueva responsabilidad exige una especialización diferente, la administración cultural termina pareciéndose a una compañía de teatro donde todos cambian de personaje pero nadie se aprende la obra.

Lo más curioso es que los escritores ya conocen el final.

No habrá tragedia.

No habrá escándalo.

No habrá caída del telón.

Habrá otra reunión.

Otra mesa.

Otro comunicado.

Otra promesa.

Otro “estamos trabajando”.

Y quizá, dentro de unos meses, otro nombramiento.

Porque en Guanajuato hay algo que nunca parece quedarse sin presupuesto:

la carrera administrativa dentro de la cultura.

Los libros pueden esperar.

Los escritores pueden esperar.

Los lectores pueden esperar.

El Comité Editorial puede esperar.

La política editorial puede esperar.

Pero la burocracia no.

La burocracia tiene prisa.

Siempre encuentra otro puesto que ocupar.

 

 

 

 

 
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