Hay escritores que inventan lo extraordinario y hay escritores que descubren que lo extraordinario estaba escondido en las cosas más humildes. Armando Gutiérrez Méndez pertenece a estos últimos. Su literatura nace de una sospecha: que la realidad, esa palabra que utilizamos para tranquilizarnos, no es tan real como creemos.
Una puerta, un perro, una gallina, una piedra, un objeto abandonado, un hombre que mira por una ventana: basta uno de estos elementos para que el mundo comience a inclinarse. No sabemos cuándo ocurre el cambio. El cuento comienza en la realidad y, sin pedirnos permiso, atraviesa una frontera invisible. Lo cotidiano se vuelve extraño; lo extraño conserva su apariencia cotidiana. Y nosotros, lectores, quedamos suspendidos entre ambos mundos.
Armando Gutiérrez Méndez nació en León, Guanajuato, en 1971. Ha recibido dos importantes reconocimientos nacionales: el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández, en 2005, por Apilados cráneos de mamut de piedra, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí, en 2010, por El rehilete.
Pero los premios son solamente las fechas exteriores de una obra. La literatura empieza en otro sitio: allí donde una imaginación descubre que una cosa puede ser otra sin dejar de ser ella misma.
Ése es uno de los secretos de Gutiérrez Méndez.
Su mundo no está poblado por fantasmas convencionales. Sus fantasmas tienen cuatro patas, plumas, piedra, metal o madera. A veces son objetos. A veces animales. A veces parecen ser hombres. Y, en ocasiones, no sabemos exactamente qué son.
El misterio no consiste en que aparezca lo imposible.
Consiste en que lo imposible parece perfectamente natural.
En El rehilete, un mismo objeto puede ser un molinillo de viento, las banderillas de un torero o una pulla maliciosa. El libro convierte esas distintas acepciones en una maquinaria de microficciones donde la ironía, la brevedad y la sorpresa conducen hacia una especie de epifanía.
La elección del título es reveladora.
Un rehilete gira.
Pero ¿qué es lo que gira?
El objeto, desde luego.
También la palabra.
También la imaginación.
También el significado.
Y quizá, finalmente, el lector.
El cuento breve de Gutiérrez Méndez se parece a ese movimiento: parte de una imagen, la hace girar y, cuando vuelve al punto de partida, ya no somos los mismos.
La brevedad es entonces una forma de profundidad.
No hay tiempo para explicar.
No hay espacio para tranquilizar.
El cuento arroja la imagen sobre nosotros y se retira.
Queda la conturbación.
Hay algo profundamente mexicano en esta manera de mirar las cosas.
México es un país donde los objetos nunca son solamente objetos.
Una piedra puede ser memoria.
Una máscara puede ser rostro.
Un esqueleto puede ser fiesta.
Un animal puede ser dios.
Un juguete puede contener una tragedia.
La realidad mexicana ha convivido siempre con la metamorfosis.
Los dioses prehispánicos podían adoptar formas animales; los santos cristianos adquirieron rostros indígenas; las fiestas transformaron la muerte en celebración; los objetos cotidianos fueron incorporados a un universo ritual.
Gutiérrez Méndez pertenece, consciente o inconscientemente, a esa tradición de la metamorfosis.
Pero la lleva hacia un territorio contemporáneo.
Ya no necesitamos dioses.
Tenemos perros.
Ya no necesitamos monstruos mitológicos.
Tenemos objetos abandonados.
Ya no necesitamos descender al inframundo.
Basta mirar una ventana durante la madrugada.
En uno de sus cuentos, El mastodonte, la presencia de un animal prehistórico se instala en la vida cotidiana de un hombre hasta convertirse en una carga y, al mismo tiempo, en una especie de compañero invisible. El narrador llega incluso a imaginar que aquel mastodonte puede llorar con él.
La situación es absurda.
Y precisamente por eso es verdadera.
¿Quién puede decir que un hombre no lleva un mastodonte sobre los hombros?
Hay personas que cargan muertos.
Otros cargan recuerdos.
Otros cargan culpas.
Otros cargan un amor perdido.
La literatura convierte esas cargas invisibles en animales.
La metáfora deja entonces de ser una figura retórica y se convierte en criatura.
El hombre que lleva un mastodonte no es menos real que nosotros.
Es, quizá, más real.
Porque nosotros hemos aprendido a ocultar nuestros animales interiores.
El escritor los deja salir.
Algo semejante ocurre en Gallinosaurio: una gallina se convierte en una criatura que parece conservar el recuerdo de un mundo remoto, anterior incluso a los hombres. Camina entre las otras gallinas y, sin embargo, parece mirar hacia un pasado de dinosaurios, meteoritos y volcanes.
La escena es cómica.
Pero la risa dura poco.
Porque detrás de la gallina aparece una pregunta:
¿Cuánto pasado cabe dentro de un animal?
Y después otra:
¿Cuánto pasado cabe dentro de nosotros?
El cuento transforma una gallina en una especie de fósil viviente. El animal cotidiano se convierte en memoria de la Tierra.
Aquí lo surreal no es una ruptura de la realidad.
Es una profundización de ella.
La gallina es real.
Los dinosaurios fueron reales.
Los meteoritos fueron reales.
Los volcanes fueron reales.
Lo fantástico consiste únicamente en hacer que una gallina recuerde lo que nosotros hemos olvidado.
Y quizá ésa sea una de las funciones más antiguas de la literatura: hacer que las cosas recuerden por nosotros.
En otro relato, Perro de pelea, un animal que parecía hecho para combatir termina convertido en una criatura inmóvil, casi de madera, que observa impasible a sus posibles rivales.
Otra vez aparece la paradoja.
El perro es más amenazador cuando deja de pelear.
La violencia está allí, pero ha sido transformada en quietud.
La imaginación del escritor produce una inversión.
Lo que esperamos que suceda no sucede.
Y precisamente por eso sucede algo más profundo.
El cuento nos obliga a pensar en la violencia como posibilidad.
No en el acto.
En la tensión anterior al acto.
El perro inmóvil contiene toda la pelea que no ocurre.
Así trabaja Gutiérrez Méndez: no siempre muestra el acontecimiento; a menudo muestra la sombra que el acontecimiento arroja sobre las cosas.
Y aquí encontramos una característica fundamental de su literatura:
la sombra tiene tanta realidad como el objeto.
Una literatura puramente realista nos dice:
Esto es un perro.
Una literatura fantástica nos dice:
Éste es un perro que habla.
Gutiérrez Méndez se sitúa en medio.
Nos dice:
Éste es un perro.
Pero ¿por qué tenemos la impresión de que nos está mirando?
La pregunta basta.
Ya estamos dentro de la literatura.
En El cacharro, un objeto aparentemente insignificante adquiere una presencia amenazante. El narrador observa sus movimientos posibles y teme que algún día pueda entrar en su casa.
Nada puede ser más sencillo.
Un objeto.
Una casa.
Una persona.
Un miedo.
Pero la imaginación introduce una fisura.
¿Puede un objeto tener voluntad?
El relato no necesita responder.
Lo importante es que el personaje lo cree posible.
Y una vez que alguien cree que un objeto puede entrar en su casa, el objeto ya ha adquirido una existencia distinta.
La imaginación ha modificado la realidad.
Ésta es una de las ideas más antiguas de la poesía: no vemos las cosas como son; las vemos como somos.
Pero Gutiérrez Méndez añade algo más inquietante:
a veces las cosas empiezan a ser como las imaginamos.
Por eso su literatura no es simplemente fantástica.
Es, en ciertos momentos, surreal.
Pero su surrealismo tiene una característica singular: no necesita abandonar la vida cotidiana.
No necesita relojes derretidos.
No necesita ciudades imposibles.
No necesita paisajes alucinantes.
Puede comenzar con una gallina.
Con un perro.
Con un cacharro.
Con un mastodonte.
Con un rehilete.
El objeto cotidiano es suficiente.
La imaginación hace el resto.
Y esto produce un efecto peculiar: el lector deja de confiar en las cosas.
Después de leer a Gutiérrez Méndez, una puerta ya no es solamente una puerta.
Una ventana puede ocultar algo.
Una gallina puede recordar los dinosaurios.
Un perro puede contener una batalla.
Un objeto puede estar esperando.
Un rehilete puede convertirse en una filosofía.
Aquí aparece también la importancia de la ironía.
La ironía protege al escritor de la solemnidad.
Gutiérrez Méndez no necesita decirnos que sus cuentos contienen grandes símbolos.
Los deja funcionar.
Una criatura absurda puede revelar una verdad seria.
Una situación cómica puede terminar siendo melancólica.
Una imagen grotesca puede producir ternura.
Un objeto insignificante puede convertirse en una amenaza.
La literatura se mueve así entre extremos.
Risa y miedo.
Realidad y sueño.
Animal y hombre.
Objeto y sujeto.
Vida y muerte.
Lo cotidiano y lo imposible.
Ése es el territorio del cuento.
Apilados cráneos de mamut de piedra ofrece una clave todavía más reveladora. El libro reimagina historias y acontecimientos que parecían conocidos, alterando sus causas y perspectivas para que vuelvan a nosotros con otro significado. La propia descripción editorial destaca esa operación de modificar lo que creíamos saber para obligarnos a apreciarlo de otra manera.
Esto es más que un procedimiento fantástico.
Es una concepción de la literatura.
El escritor no acepta la historia tal como se la entregaron.
Tampoco pretende negarla.
La vuelve a contar.
Y al volverla a contar, la transforma.
Quizá ésa sea la función esencial de la imaginación: no inventar otro mundo, sino hacer extraño el mundo que creíamos conocer.
Lo conocido es el enemigo de la imaginación.
Cuando una historia se vuelve demasiado conocida deja de producir preguntas.
Gutiérrez Méndez vuelve a ponerla en movimiento.
La gira.
Como un rehilete.
Por eso su obra puede leerse como una pequeña rebelión contra el sentido común.
El sentido común dice:
una gallina es una gallina.
El escritor responde:
¿estás seguro?
El sentido común dice:
un objeto no piensa.
El escritor pregunta:
¿cómo lo sabes?
El sentido común dice:
los muertos están muertos.
La literatura responde:
¿de verdad?
El sentido común dice:
esto es real y aquello es imaginario.
El cuento sonríe.
Y mezcla las dos cosas.
Tal vez ahí resida la grandeza de este cuentista leonés, universal.
No en haber construido un universo completamente fantástico, sino en haber descubierto que la realidad ya contiene sus propios monstruos, sus propios absurdos y sus propios milagros.
La imaginación no llega desde fuera.
Está dentro.
Dentro del animal.
Dentro del objeto.
Dentro del hombre.
Dentro del recuerdo.
Dentro de la palabra.
La literatura solamente abre la puerta.
Hay escritores que describen la realidad para que la reconozcamos.
Gutiérrez Méndez la transforma para que podamos verla.
Ésta es una diferencia enorme.
Reconocer es confirmar.
Ver es descubrir.
Y descubrir implica perder la seguridad.
Por eso sus cuentos dejan esa sensación peculiar: algo ha ocurrido, aunque no sepamos exactamente qué.
Terminamos un relato y el mundo continúa en su sitio.
La mesa sigue siendo una mesa.
La calle sigue siendo la calle.
El perro sigue siendo un perro.
La gallina sigue siendo una gallina.
Pero algo ha cambiado.
Nosotros.
Ahora sabemos que detrás de las cosas hay otra cosa.
Y detrás de esa otra cosa, quizá, otra.
Un escritor como Gutiérrez Méndez nos recuerda que el cuento es el género de la aparición.
No porque en él aparezcan necesariamente fantasmas, sino porque algo aparece en nosotros.
Una sospecha.
Una imagen.
Una memoria.
Una risa.
Un miedo.
Una pregunta.
La historia termina, pero la aparición continúa.
Ésa es la verdadera duración del cuento.
No está en sus páginas.
Está en la imaginación del lector.
León ha dado a la literatura mexicana algunos escritores cuya relación con lo extraño merece atención. Armando Gutiérrez Méndez ocupa un lugar singular en esa tradición: no busca lo fantástico en territorios remotos, sino en el corazón de lo cotidiano. Su biografía literaria —dos importantes premios nacionales y una obra que ha circulado también en antologías de cuento breve y microcuento— confirma una trayectoria ya reconocida institucionalmente.
Pero la literatura verdadera comienza después de los reconocimientos.
Comienza cuando el libro se cierra.
Cuando el jurado desaparece.
Cuando el premio deja de importar.
Cuando el lector queda solo con una imagen.
Un mastodonte llorando.
Una gallina que recuerda otro mundo.
Un perro que no pelea.
Un objeto que quizá algún día entrará en nuestra casa.
Un rehilete que gira.
Y entonces comprendemos que esas imágenes no eran extravagancias.
Eran espejos.
No reflejaban nuestro rostro.
Reflejaban aquello que llevamos dentro y que normalmente no queremos mirar.
Quizá por eso la literatura de Armando Gutiérrez Méndez tiene algo de sueño y algo de vigilia.
Es real porque reconoce las cosas.
Es surreal porque sospecha de ellas.
Es imaginaria porque las transforma.
Y es profundamente humana porque, al transformarlas, nos transforma también a nosotros.
Al final, un cuento suyo parece decirnos en silencio:
No confíes demasiado en la realidad.
Mírala otra vez.
Acércate.
Escucha.
Tal vez la piedra respire.
Tal vez el animal recuerde.
Tal vez el objeto sueñe.
Tal vez el hombre sea el verdadero monstruo.
Y tal vez la imaginación no sea una fuga de la realidad, sino la única manera que tenemos de entrar en ella.
Post scriptum: Los cuentos mencionados no pertenecen a ninguno de los dos libros; iban a forrmar parte de otro libro, una de cuyas partes se llamaría Historias de lo cotidiano.





