Wednesday, March 11, 2026

La sombra y el desierto más allá del petróleo

                                                   Muerte Arrastrándose, Zdzisław Beksiński, óleo                                                                                                                            sobre madera contrachapada, 1973


 

 

 

Toda guerra comienza mucho antes del primer disparo. Empieza en el lenguaje. En las palabras que simplifican al otro hasta convertirlo en una idea fija: enemigo, hereje, invasor, liberador. Así, el mundo —que es plural y contradictorio— se reduce a una geometría brutal de bandos.

En el siglo XXI, la tensión entre las democracias occidentales y ciertas teocracias autoritarias del mundo islámico no es únicamente un conflicto de ejércitos o territorios. Es, sobre todo, un choque de imaginarios. De un lado, la convicción —a veces sincera, a veces interesada— de que la libertad individual es el fundamento del orden político. Del otro, la certeza religiosa de que la ley divina debe regir la vida pública. Dos absolutismos que se miran con desconfianza.

La paradoja es antigua: las civilizaciones que proclaman la libertad suelen defenderla con armas, y las que invocan a Dios lo hacen con el poder de los hombres a través del fundamentalismo. Entre ambas aparece el desierto, no sólo como paisaje físico del Medio Oriente, sino como metáfora. El desierto es el lugar donde la fe se vuelve absoluta y donde la historia parece repetirse como una tormenta de arena.

Estados Unidos representa la modernidad tecnológica, la velocidad, el poder de las instituciones y del mercado. Israel, por su parte, es un país donde la historia bíblica convive con la ciencia de punta, una nación que vive entre la memoria y la amenaza constante. Frente a ellos se levantan regímenes que justifican su autoridad en la interpretación sagrada de la ley religiosa, donde la política se funde con la teología.

Pero las guerras ideológicas tienen un defecto esencial: creen que los pueblos son doctrinas. No lo son. Ninguna nación es un concepto puro. En cada sociedad conviven creyentes y escépticos, rebeldes y obedientes, poetas y soldados. La guerra, sin embargo, borra esas diferencias y convierte a millones de personas en símbolos.

En el fondo, toda confrontación entre civilizaciones es también un diálogo fallido. Las culturas, como los individuos, se reconocen primero a través del conflicto. La pregunta trágica es si ese reconocimiento debe pasar necesariamente por la destrucción.

La historia moderna está llena de guerras que se anunciaron como cruzadas morales. Algunas prometían liberar pueblos; otras, defender la fe; otras más, preservar la seguridad del mundo. Con el tiempo descubrimos que ninguna guerra es tan pura como su propaganda ni tan simple como sus mapas.

Quizá el problema no sea la diferencia entre civilizaciones, sino nuestra incapacidad para aceptar que el mundo es plural. Las ideologías —sean religiosas o seculares— tienden a convertir su verdad en destino universal. Allí nace la brutalidad.

Al final, las guerras terminan, pero dejan tras de sí algo más difícil de erradicar: la memoria del agravio. Y la memoria, cuando se alimenta de humillación, se vuelve semilla de futuros conflictos.

Tal vez la verdadera batalla de nuestra época no sea entre Occidente y el Islam, ni entre religión y modernidad, sino entre dos maneras de imaginar el mundo: una que admite la diversidad humana y otra que busca imponer una sola verdad.

El porvenir dependerá de cuál de esas imaginaciones prevalezca. Porque las armas conquistan territorios, pero las ideas —para bien o para mal— conquistan el tiempo.

 

 

 

 

 

Monday, March 9, 2026

A propósito de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra la dictadura fundamentalista de Irán

Desde México, las guerras lejanas poseen una extraña doble condición: parecen remotas y, sin embargo, resuenan íntimamente en nuestra historia: somos un país situado a la sombra de un gigante y, al mismo tiempo, heredero de una tradición que sospecha del poder absoluto. 

Así, cuando el mundo habla de una posible guerra entre Estados Unidos e Israel contra el régimen de Irán —acusado de corrupción y señalado como un peligro global por su programa nuclear— el ciudadano mexicano escucha ese eco con una mezcla de distancia, inquietud y memoria.

Para nosotros, Estados Unidos no es una abstracción geopolítica: es vecino, destino migratorio, socio comercial, influencia cultural. Cada movimiento de Washington repercute, de una forma u otra, en la vida cotidiana del país. 

Una guerra emprendida por Estados Unidos nunca es completamente ajena a México; atraviesa nuestras fronteras invisibles: el comercio, la política energética, los equilibrios diplomáticos. 

El ciudadano mexicano sabe, quizá sin formularlo explícitamente, que el mundo no se divide sólo en continentes sino en esferas de influencia.

Israel aparece en este escenario como una nación marcada por la conciencia de su propia fragilidad histórica. 

Su política de seguridad nace de una memoria de persecuciones y guerras que aún habita su identidad. 

Para Israel, la posibilidad de que Irán alcance capacidad nuclear no es simplemente un problema estratégico; es una cuestión existencial. 

En esa percepción, la amenaza no es una hipótesis académica sino una sombra concreta.

Irán, por su parte, encarna una paradoja que la historia conoce bien: un país con una civilización milenaria gobernado por un régimen que muchos describen como autoritario y cerrado. 

Las acusaciones de corrupción y represión se mezclan con la retórica nacionalista de resistencia frente a Occidente. 

El programa nuclear iraní, defendido como símbolo de soberanía, se transforma en los ojos de otros en la posibilidad de una catástrofe futura.

Frente a estas narrativas enfrentadas, el ciudadano mexicano ocupa una posición singular: la de un observador que pertenece al mundo occidental pero que también conoce, por experiencia histórica, el peso de las intervenciones extranjeras. 

Nuestra historia está atravesada por invasiones, presiones y conflictos donde las grandes potencias justificaron sus acciones con argumentos de civilización, orden o seguridad.

Esa memoria vuelve inevitable cierta desconfianza hacia las guerras emprendidas en nombre de principios universales.

Sin embargo, también sabemos que el mundo contemporáneo es demasiado interdependiente para permitirnos la indiferencia. 

El desarrollo de armas nucleares no es sólo un problema regional; es una amenaza que pertenece a toda la humanidad. 

El átomo, ese pequeño fragmento de materia, contiene una ironía terrible: en su interior se esconde la posibilidad de destruir ciudades enteras.

Para el ciudadano mexicano, entonces, esta guerra posible despierta preguntas más que certezas.

 ¿Puede una guerra evitar una amenaza mayor o sólo multiplicar el caos? ¿Puede la fuerza militar imponer la seguridad sin sembrar nuevos resentimientos? ¿Hasta qué punto los pueblos participan realmente en decisiones que se toman en los centros del poder?

México, desde su tradición diplomática, ha defendido durante décadas principios como la no intervención y la solución pacífica de los conflictos. 

No es simple idealismo; es también una estrategia de supervivencia para un país que ha aprendido que la estabilidad internacional depende menos de la victoria de unos sobre otros que de la existencia de reglas compartidas.

Tal vez, visto desde México, el verdadero drama de esta confrontación no sea únicamente la amenaza nuclear ni la confrontación entre potencias, sino la persistencia de una lógica antigua: la idea de que la seguridad sólo puede garantizarse mediante la fuerza. 

En ese sentido, la guerra sería menos una solución que el síntoma de un fracaso colectivo.

El ciudadano mexicano observa, reflexiona y recuerda. Sabe que el mundo está más cerca de lo que indican los mapas y que cada conflicto global termina proyectando su sombra sobre las naciones aparentemente distantes. 

Pero también sabe que la historia no está escrita de antemano. 

Entre la guerra y el diálogo siempre existe un instante de decisión.

Y a veces —como en los versos silenciosos de la historia— ese instante decide el destino de todos.

Saturday, February 28, 2026

El fuego y el espejo

                                                  Nemesio Oseguera, alias 'El Mencho',

                                                          líder del Cartel Jalisco Nueva Generación 





El domingo 22 de febrero de 2026 no fue un día: fue una herida. Las fechas, cuando la brutalidad las toca, dejan de ser números en el calendario y se convierten en cicatrices. Lo que ocurrió no pertenece sólo al orden de los hechos; pertenece al orden de los signos.

La muerte de un jefe criminal no es únicamente la caída de un hombre. Es la caída de un símbolo. Durante años, su nombre fue pronunciado en voz baja o exaltado con el tono ambiguo que el mexicano reserva para el poder: mezcla de temor y fascinación. El criminal, en nuestras tierras, no es sólo delincuente; es figura mítica, deformación grotesca del héroe antiguo. En él se cruzan el desafío al Estado y la promesa de riqueza inmediata. Es la caricatura del caudillo. 

Pero la brutalidad y el terrorismo que siguieron a su captura reveló algo más inquietante que su figura. El fuego disperso por ciudades y carreteras fue un lenguaje. Incendiar una tienda, atravesar un tráiler, sembrar cadáveres: cada acto fue una frase escrita con llamas. No se trataba sólo de destruir, sino de significar. El crimen organizado no busca únicamente el control territorial; busca la supremacía simbólica. Quiere demostrar que puede convertir la vida cotidiana en excepción permanente.

Hay, sin embargo, otra dimensión del suceso. La intervención de fuerzas extranjeras en suelo mexicano —si ocurrió— no es un detalle técnico: es un episodio inscrito en nuestra historia. Desde el siglo XIX, México oscila entre la afirmación vehemente de su soberanía y la experiencia reiterada de su vulnerabilidad. Somos un país que se proclama inviolable y, al mismo tiempo, se sabe expuesto. La sombra del vecino poderoso no es nueva; lo nuevo es la naturalidad con que aceptamos su presencia cuando el miedo nos rebasa.

Así, el domingo mostró tres rostros del poder: el del criminal que impone el terror, el del Estado que reivindica el monopolio de la fuerza y el de la potencia extranjera que exhibe su alcance. Tres voluntades que se enfrentan mientras la sociedad contempla, sitiada por la incertidumbre. Entre esos gigantes, el ciudadano común experimenta la intemperie: la sensación de que la ley y el crimen se disputan su destino sin consultarlo.

Pero sería cómodo atribuir toda la tragedia a la colisión de poderes. Más difícil es reconocer nuestra participación silenciosa. Durante décadas, la brutalidad se volvió paisaje. Las cifras sustituyeron a los nombres; la noticia reemplazó al duelo. Aprendimos a convivir con el sobresalto. Y cuando el horror estalla en una jornada multiplicada, descubrimos que no es una anomalía, sino la culminación de una larga tolerancia.

El problema de México no es sólo la inseguridad; es la fractura del sentido. Allí donde la ley pierde legitimidad y la riqueza se convierte en único horizonte, el poder sin límites adquiere prestigio. La brutalidad se vuelve aspiración o destino. El criminal deja de ser excepción y se transforma en posibilidad.

Un país no se define únicamente por sus fronteras, sino por la calidad de sus vínculos. Cuando el terrorismo sustituye a la confianza, la nación se vuelve archipiélago: islas de supervivencia rodeadas por la sospecha. El fuego del domingo no consumió únicamente objetos; iluminó, por un instante terrible, nuestra desunión.

Sin embargo, toda revelación es también una oportunidad. La brutalidad desnuda lo que somos, pero no determina lo que podemos ser. Si el crimen ha sabido convertir el terror en lenguaje, la sociedad debe reaprender el lenguaje de la ley, de la solidaridad y de la responsabilidad compartida. Ninguna captura espectacular resolverá la raíz del mal si no reconstruimos el pacto invisible que nos hace comunidad.

La historia no es destino: es conciencia. Lo ocurrido ese domingo nos obliga a mirarnos sin máscaras. El espejo que nos ofrece el terrorismo es cruel, pero también es preciso. En él vemos no sólo el rostro del criminal o del Estado, sino el nuestro.

Y la pregunta persiste, como una brasa que no se extingue: ¿queremos seguir reconociéndonos en el resplandor del incendio o seremos capaces de encender otra luz, menos fulgurante pero más humana, que nos devuelva el rostro y la palabra?

 

 

 

 



 

 

 

 

 

Friday, February 6, 2026

Aleksey Balabanov (1959-2013)

MANIFIESTO PARA UN CINE QUE NO PIDE PERDÓN


El cine ha mentido.
Ha mentido con la cara limpia, con la narración correcta, con la moral colocada como una prótesis.

Ha mentido porque ha tenido miedo del cuerpo.

Balabanov no miente.
No porque diga la verdad, sino porque no sabe cómo ocultarla.

Sus películas no representan la violencia:
la expulsan.
Como un vómito necesario.
Como un espasmo que ocurre cuando el alma ya no puede sostener el orden.

Aquí no hay símbolos.
El símbolo es una comodidad.

Aquí hay hechos que no aceptan traducción.

Un hombre golpea.
Una mujer resiste hasta que deja de hacerlo.
Un país se pudre sin ceremonia.

Nada se subraya. Nada se salva.

Este cine no busca al espectador:
lo captura.
Lo deja sentado frente a una acción que no puede juzgar sin ensuciarse.

Balabanov ha comprendido que la crueldad no es un tema,
es una estructura.

Es la respiración misma de un mundo que ha sobrevivido a sus ideas.

No hay redención porque la redención es un lujo metafísico.

No hay héroes porque el heroísmo exige un futuro.
Y aquí el futuro ha sido cancelado.

Yo digo: este cine debe ser protegido de los intérpretes.
De los críticos.
De los moralistas que preguntan por qué cuando lo único que queda es qué.

Porque estas películas no quieren ser comprendidas.
Quieren ser soportadas.

Balabanov no filma para despertar conciencias,
filma para destruir la ilusión de que todavía dormimos.

Este es un cine sin anestesia.
Un cine que devuelve al cuerpo su derecho a temblar.

Un cine que no consuela, no educa, no explica.
Un cine que actúa.

Y todo arte que actúa
es ya un acto de crueldad.
 
 

Thursday, February 5, 2026

Lucien Freud (1922-2011)

 
 
 
Lucien Freud no celebra el cuerpo: lo acepta. Y esa aceptación es feroz. En Lucien Freud el cuerpo no es una imagen del alma; es su adversario. Pero también su única verdad.

El cuerpo que aparece en la pintura de Lucien Freud no pertenece al día sino a una hora sin nombre. No es el cuerpo que se muestra: es el que queda cuando ya no hay testigos. Carne sin coartada. Materia que ha sobrevivido al deseo y a la forma. El desnudo, aquí, no revela una intimidad: revela un límite.

No hay reposo en estas figuras. Están detenidas, pero no en paz. El tiempo no las rodea: las atraviesa. La piel es una superficie fatigada donde cada pliegue es una memoria que no recuerda, una huella sin relato. Freud pinta el cuerpo como quien registra una ruina que aún respira.

La mirada no acaricia ni condena. Persiste hasta volverse impersonal, casi mineral. El modelo es visto hasta perder su nombre, hasta convertirse en presencia pura, opaca, irremediable. En ese instante el cuerpo deja de ser identidad y se vuelve destino. No somos lo que deseamos: somos lo que permanece cuando el deseo se retira.

Aquí la carne no promete trascendencia. No es caída ni ascenso: es estancia. Freud no pinta la muerte, pero la convoca. La hace visible como peso, como gravedad silenciosa. Ante estos cuerpos no hay reconciliación posible, solo una certeza áspera: vivir es ocupar un espacio que el tiempo va cerrando.

La pintura de Freud no consuela. Vigila. Quizá.

Francis Bacon (1909-1992)



No es pintura.
Es un accidente del cuerpo atrapado en un marco.
Francis Bacon no pinta hombres: los hace estallar.
Los cuerpos que aparecen aquí no están deformados, están desobedeciendo.
Han dejado de respetar la anatomía, ese catecismo para tranquilizar a los vivos.
La carne se repliega porque ya no cree en el rostro.
La boca se abre no para hablar sino porque el grito no cabe en la cabeza.
No hay psicología: hay nervios expuestos, hay huesos que recuerdan haber sido animales.
Estos cuerpos están solos, encerrados en círculos, en cubos, en jaulas sin barrotes.
Pero no están presos:
están obligados a existir.
Y eso es peor.
Aquí el hombre ya no se sostiene en su nombre.
Se desliza.
Se derrite.
Se multiplica en espasmos.
Bacon ha entendido lo que los teatros, los museos y los hospitales se niegan a aceptar:
que el cuerpo no quiere representar nada,
que el cuerpo quiere pasar,
quiere atravesar la forma como una enfermedad atraviesa la sangre.
Esto no es horror.
El horror todavía cree en el espectador.
Esto es más grave:
es verdad física.
La figura no está siendo vista:
está siendo tocada por una fuerza que no tiene lenguaje.
Y quien mire estas pinturas con la idea de comprenderlas, que se retire.
Aquí no hay símbolos.
Hay impactos.
Aquí no se entra con los ojos sino con el sistema nervioso.
Bacon ha arrancado la piel social del hombre
y debajo no ha encontrado alma,
ha encontrado carne que sufre por existir demasiado.
Eso es todo.
Y es suficiente para destruir un siglo entero de mentiras.


Study after Velázquez's Portrait of Pope Innocent X

Tuesday, January 27, 2026

Claudia Sheinbaum Pardo, señora Matanza

 
 
 
La masacre no es una anomalía: es un método. No un accidente, no una desviación del orden, sino la consecuencia lógica de un Estado que ha renunciado a ejercerlo. La brutalidad no surge en los márgenes; ocupa el centro vacío del poder.

En México se mata porque se puede. Y se puede porque nadie responde.

El discurso oficial insiste en tratar cada matanza como un episodio aislado, una erupción momentánea del crimen. Esa insistencia no es ingenua: es una estrategia. Fragmentar la brutalidad es la mejor manera de no asumirla como sistema. Pero cuando las masacres se repiten con regularidad, cuando los domingos se vuelven fechas de duelo previsible, ya no estamos frente al caos: estamos frente a un nuevo orden. Un orden gobernado por la impunidad.

El Estado que no castiga abdica. El que explica demasiado, se justifica. El que promete sin cumplir, miente. Y el que miente de manera reiterada erosiona no solo la ley, sino la idea misma de ciudadanía. Donde la justicia no llega, la brutalidad ocupa su lugar y se convierte en autoridad.

No es solo que falte seguridad: falta responsabilidad política. Falta la aceptación de que gobernar es responder por la vida de los otros. Cuando el poder se limita a administrar cadáveres y a modular el lenguaje para que no escandalice, deja de ser poder y se convierte en aparato.

La masacre es también un mensaje dirigido a los vivos: el Estado no te protegerá. Y cuando ese mensaje se repite sin consecuencias, se vuelve creíble.

Se habla de criminales como si fueran entidades externas, ajenas a la sociedad. Pero ningún crimen organizado florece sin complicidades, sin omisiones, sin zonas grises. La brutalidad no crece en el vacío: se cultiva en la negligencia, en la corrupción tolerada, en el miedo convertido en política pública.

La verdadera derrota no es la pérdida del control territorial, sino la pérdida del control moral.

Una nación que acepta la muerte cotidiana como precio de la estabilidad ha renunciado a la idea de justicia. Y una democracia que no protege la vida deja de serlo, aunque conserve elecciones, discursos y ceremonias. Las formas sobreviven; el fondo se pudre.

La retórica del “ya estamos trabajando” es la nueva forma del cinismo. Prometer sin transformar es prolongar la tragedia. Cada masacre no resuelta es una invitación a la siguiente. Cada expediente que duerme es una bala futura.

No se trata de exigir milagros, sino de exigir verdad, responsabilidad y consecuencias. La política no puede seguir siendo el arte de sobrevivir al escándalo.

Gobernar es impedir que el horror se repita, no acostumbrar a la sociedad a él.

La brutalidad prolongada no sólo mata personas: destruye el pacto social. Convierte al ciudadano en rehén, al silencio en estrategia y al miedo en norma.

Cuando eso ocurre, la barbarie deja de ser una amenaza externa y se vuelve una forma de gobierno.

La pregunta final no es si habrá otra masacre. La historia reciente ya respondió.

La pregunta es si seguiremos llamando normalidad a esta derrota.


Un grupo armado disparó el domingo 25 de enero del 2026 contra un grupo personas que convivían en un campo deportivo de Salamanca, Guanajuato, con saldo de 11 muertos y 12 heridos.

Friday, December 5, 2025

Sobre el asesinato de Carlos Manzo, Morena y la brutalidad consuetudinaria en México

 


El asesinato de Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, no es un accidente político: es una derrota del Estado. Y, como ocurre en las derrotas verdaderas, el perdedor no es sólo el gobernante en turno, sino la comunidad entera que confió en él. La brutalidad no irrumpe en Michoacán y en todo México: se instala, se expande, se vuelve clima. Lo nuevo —y lo más inquietante— es que el gobierno que prometió desmontarla parece haber pactado con su presencia.

En el México gobernado por Morena, la brutalidad no retrocede: es tolerada, explicada, minimizada, justificada. Se le concede una cortesía inquietante: la de no nombrarla por lo que es. Se le llama “herencia”, “provocación”, “excepción”. El lenguaje del poder se ha vuelto un laboratorio de eufemismos. Las palabras ya no designan realidades: las disuelven. El crimen no es crimen: es “incidente”. El fracaso no es fracaso: es “narrativa opositora”.

Mientras tanto, un presidente municipal es asesinado en su propia ciudad. Y, en vez de un relámpago de indignación gubernamental, recibimos un murmullo: promesas, comunicados, condolencias. Los rituales de siempre. El aparato estatal, gigantesco y solemne, actúa como si la brutalidad fuera una lluvia estacional y no una estructura que corroe su potestad.

Morena, que llegó al poder proclamando la regeneración de la vida pública, ha confundido la regeneración con la absolución. Todo se explica, todo se perdona, todo se hereda: nada se asume. El viejo ogro filantrópico —torpe, paternal, hipertrofiado—, resucita bajo nuevas siglas. Y como su antecesor priista, exhibe la misma falla esencial: una ceguera selectiva. Mira lo que le conviene, ignora lo que lo compromete.

El crimen de Uruapan desnuda al Estado. Lo muestra como es: un poder que habla fuerte y actúa débil. Un poder que perdió el monopolio de la violencia pero conserva el de la retórica. Un poder que prefiere movilizar a sus fieles antes que proteger a sus ciudadanos. Toda política que sustituye la responsabilidad por la propaganda acaba por generar su propio laberinto: un sistema que gira en torno a su voz mientras pierde control sobre su territorio.

La muerte de Carlos Manzo interpela al gobierno, pero también a la nación. ¿Cuántos asesinatos más serán necesarios para que la autoridad reconozca que su estrategia ha fracasado? ¿Cuánta sangre debe derramarse antes de aceptar que la “transformación” no ha tocado el nervio de la brutalidad, sino que la ha administrado como un mal inevitable?

No, la brutalidad no es inevitable. La resignación sí lo es, cuando el Estado decide que su primera obligación no es proteger al ciudadano, sino preservar su relato.

México no puede vivir de manera eterna bajo la sombra de un poder que, temeroso de confrontar al crimen, termina administrando la inercia del horror. La muerte de un alcalde no es sólo una nota roja: es un juicio. Y este gobierno, con su mezcla de soberbia y desdén, lo está reprobando.

La pregunta ya no es qué hará el Estado. La pregunta —terrible—, es si aún puede hacer algo.




Sunday, June 9, 2024

Rocío Boliver, La Congelada de Uva, en el centro del infierno: León, Guanajuato, México.





Hoy estuvo La Congelada de Uva en León, México, nido de unos de los seres más grotescos y chorreantes de odio: clérigos con o sin sotana. Seres que rifan estructural, política y mediáticamente observando para, según mi percepción, desvirtuar, quitar vigor a la vida en esta parte del mundo. Y si los mencionamos ahora, es sólo por ser arquetipos infamantes -contingentes en sí mismos-, de un conjunto mayor que nos agobia al respirar de manera común en estos lares o modos de la sustancia, diría Spinoza.

Lo esencial es que Rocío Boliver provocó la vivencia con el "grave silencio ante lo sagrado". Hablando entre humanos, la verdad fue posible.

La voz de la belleza, de la bondad, de lo neto encalla en el propio cuerpo y sus nexos que son apertura con lo necesario, de manera absoluta: mientras habla Rocío, quien deviene más allá de su nombre en una madriguera donde la vida acucia y canta, como se debe, "a grito pelado".

Platón con ella bailaría, bien puto, quizá, pero le entraría sin bronca a lo que de real nos recorre y hace ensoñar desde las arterias. Nietzsche se la arrancaría del brazo.

Y estuvo en León, una de las ciudades de corazón más corrupto.

Cuánta limpieza, cuánta pureza hay en la palabra que vincula con la sensación de estar o ser mientras La Congelada de Uva deroga esos límites impuestos, impostores, que el niño dios -seguramente violado, agasajado, defenestrado por un cura católico fue, es y será- nos sigue creando. Qué hijo de puta el tal niño, qué vida tan acuciante más allá de tal coágulo con cara bonita.

Antes reventó un cristo crucificado: espontáneamente se fue al suelo. 'Es una señal,' le dije a la chica que acudió a recoger los trozos. Y así fue: Cristo vuelto ortodoxo es una herejía. Y la iglesia cristiana de Roma, cuya cabeza actual es el siniestro Ratzinger, o lo fue el protector de viola-niños, karol wojtila, (juan pablo segundo cuyo nombre y estatua ensucian aún la ciudad de León) se atre por prevaricadora tal destino. Qué chido: ojalá que la existencia, aquí y ahora, vaya siendo menos gazmoña. Que se quiebren contra el suelo tantas, lo digo con reflexión, tantas pinches pendejadas.

Qué limpio se va sintiendo uno mientras observa el arte de La Congelada de Uva en una de las ciudades más cochinas de este continente. Cuántos enigmas vinculan el ansia por entender y por llegarle al respiro de manera fraterna.

Rocío Boliver, Grande Dame del arte contemporáneo, vino a León y la ha purificado en sentido estricto.

Después de estar con La Congelada de Uva, ¡oh dioses!, la vida merece ser constituida y a todo deseo: merece ser vivida, cueste lo que cueste.

El mejor evento artístico habido en este año aquí en León, sin duda.

Cuánta intensidad vuelta hermosura neta, cruda, y a unos pasos de cualquiera de nosotros.

Fue magia, como dijo alguien. Y León se prende.



Este texto lo escribí hace años. Lo encontré entre drafts, me dio risa y lo publiqué.

Thursday, December 3, 2015

Adicciones y derechos de libertad





El 4 de noviembre de 2015, por cuatro votos a favor y uno en contra, la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de México aprobó el proyecto al amparo en revisión 237/2014 del ministro Arturo Zaldívar Lelo de Larrea sobre la peticición hecha por la Sociedad Mexicana de Autoconsumo Tolerante y Responsable (SMART) al gobierno mexicano para que a cuatro de sus integrantes se les permita de manera legal la producción, el traslado y el consumo personal y regular de marihuana con fines lúdicos o recreativos.

      Este hecho abraza y expresa contemporánea importancia pues emplaza formas alternativas sobre cómo abordar y resolver el problema global de las drogas más allá de políticas prohibicionistas o “de guerra” cuya eficacia, en los hechos, resulta por lo menos cuestionable.

      En el presente, se sondean algunos puntos relevantes del proyecto del ministro Zaldívar en relación con el problema de las drogas y las adicciones y las repercusiones que ello supone para la vida política del país.



¿El bosque o los árboles?


     
En resumen, el proyecto presentado por el ministro Zaldívar estudia el marco regulatorio sobre el control de estupefacientes y psicotrópicos en la Ley General de Salud, hace un análisis de la incidencia de la medida legislativa impugnada en el contenido prima facie del libre desarrollo de la personalidad, realiza también un análisis de proporcionalidad en sentido amplio de la medida legislativa impugnada, establece la constitucionalidad de los fines perseguidos con la medida, estudia la idoneidad de la medida a partir de las afectaciones a la salud, el desarrollo de dependencia, la propensión a utilizar drogas “más duras”, la inducción a la comisión de otros delitos, para, finalmente, llegar a la conclusión sobre el análisis de idoneidad que le permita establecer la necesidad de la medida considerando para ello la regulación de sustancias similares a la marihuana, la regulación del consumo en el derecho comparado, para, desde todo lo anterior, definir una medida alternativa a la prohibición absoluta del consumo. A partir de ello realiza la evaluación de la necesidad de la medida impugnada y determina la proporcionalidad en sentido estricto de la misma que le permite demostrar, finalmente, la inconstitucionalidad de los artículos impugnados para efectos de la sentencia de amparo, con lo que tal medida implica legal y constitucionalmente. (Zaldívar Lelo de Larrea, A. (2015). Proyecto sobre el amparo en revisión 237/2014 en sitios web http://www2.scjn.gob.mx Recuperado el 24 de noviembre de 2015, de http://www2.scjn.gob.mx/juridica/engroses/cerrados/publico/proyecto/AR237_2014.doc )

      La peculiaridad del proyecto presentado por el ministro Zaldívar Lelo de Larrea radica en que sitúa derechos fundamentales a la propia identidad, imagen personal, libre desarrollo de la personalidad, autodeterminación, autonomía y libertad individual que se derivan del reconocimiento a la dignidad humana, considerada ésta en tanto que principio esencial, como fundamento de su análisis.

      Es decir, está cimentado, en esencia, sobre el derecho fundamental al libre desarrollo de la personalidad.



El derecho a ser adicto y el derecho de los demás


      El proyecto del ministro Zaldívar parte de la Constitución mexicana "que otorga una amplia protección a la autonomía de las personas al garantizar el goce de ciertos bienes que son indispensables para la elección y materialización de los planes de vida que los individuos se proponen” (Zaldívar, 2015, p. 30)], y a partir de ello colige: “En este orden de ideas, el bien más genérico que se requiere para garantizar la autonomía de las personas es precisamente la libertad de realizar cualquier conducta que no perjudique a terceros” (ibid).

      Ante el argumento presentado por los integrantes de SMART, en el sentido de que "el libre desarrollo de la personalidad da cobertura a la decisión de consumir marihuana para fines lúdicos y, en consecuencia, también a todas las acciones necesarias para poder estar en posibilidad de llevar a cabo el autoconsumo (siembra, cultivo, cosecha, preparación, acondicionamiento, posesión, transporte, etc.)", el proyecto del ministro Salvidar afirma:
"Al respecto, esta Primera Sala entiende que efectivamente el derecho fundamental en cuestión permite prima facie que las personas mayores de edad decidan sin interferencia alguna qué tipo de actividades recreativas o lúdicas desean realizar, al tiempo que también permite llevar a cabo todas las acciones o actividades necesarias para poder materializar esa elección” (ibid., p. 39)

      Sin embargo, dado que
"el libre desarrollo de la personalidad no es un derecho absoluto, pues encuentra sus límites en los derechos de los demás y en el orden público”, lo cual faculta o autoriza la intervención de los legisladores para, como en este caso, considerar “necesario prohibir la autorización administrativa para la realización de toda actividad relacionada con la marihuana en atención a los efectos nocivos asociados a dicho producto en la “salud” y el “orden público” (ibid., p. 44).

      Al causar dicha consideración legislativa, como se obvia desde la solicitud planteada por los integrantes de SMART, una colisión en las relaciones que hay entre el derecho y sus límites, el ministro Zaldívar apela la necesidad de resolverla “con ayuda del test de proporcionalidad” (ibid., p. 41).

      Al verificar, mediante dicho test, que muchos supuestos habidos en relación con el consumo de marihuana son falsos o inexactos, se señala lo siguiente:


  • "Los efectos de la marihuana en la vida escolar y profesional del consumidor promedio son poco claros. Aunque se ha relacionado el bajo desempeño escolar con la frecuencia de uso, también se ha señalado que ello puede deberse a otras causas, como condicionamientos socioecómicos y culturales de quienes la consumen" (ibid., p. 49).
  • En una encuesta realizada en el Distrito Federal se encontró que el 70% de los usuarios de marihuana trabajan, 43% estudia y 20% estudia y trabaja. (Cfr. Zamudio Angles, Carlos Alberto y Castillo Ortega, Lluvia, Primera encuesta de usuarios de drogas ilegales en la Ciudad de México, México, Colectivo por una Política Integral hacia las Drogas A.C., 2012” (ibid., p. 49).
  • La prohibición no disuade el consumo. Al respecto se citan, "por ejemplo, datos de la Encuesta Nacional de Adicciones señalan que entre 2002 y 2008 el consumo de drogas ilegales aumentó de 4.6% a 5.2% entre la población de 12 a 65 años, lo que podría interpretarse en el sentido de que el citado sistema de prohibiciones es ineficaz para reducir el consumo” (ibid., p.49).
  • Pese a que "las normas prohibitivas no pueden ser inconstitucionales por ser ineficaces para motivar la conducta de las personas. En este sentido, la reducción del consumo no puede considerarse un fin en sí mismo de la medida, sino en todo caso un estado de cosas que constituye un medio o un fin intermedio para la consecución de una finalidad ulterior, como la protección de la salud pública o el orden público” (ibid., pp. 51-52).
  • La existencia de supuestas alteraciones crónicas como consecuencia del consumo es muy controvertida en la literatura especializada” (ibid., p. 55).
  • De la misma manera, los estudios coinciden en que es incierta la relación entre la marihuana y las alteraciones psicóticas o mentales en los consumidores, con excepción de los consumidores que son susceptibles de sufrir padecimientos mentales (ibid., p. 56).
  • No "se ha demostrado de manera concluyente que el consumo produzca afectaciones en los sistemas reproductivos del consumidor, ni existe evidencia de que la marihuana genere algún deterioro permanente en el sistema cardiovascular, ni tampoco se ha probado que dosis prolongadas produzcan afectaciones cognitivas severas como las que se observan tras el consumo crónico de alcohol” (ibid., p. 56).
  • Ante tal panorama, esta Primera Sala observa que si bien la evidencia médica muestra que el consumo de marihuana puede ocasionar daños a la salud de los consumidores, se trata de afectaciones menores o similares a los que producen otras sustancias no prohibidas como el alcohol o el tabaco. De modo que puede concluirse que los daños a la salud derivados del consumo de marihuana no son graves” (ibid., p. 57).
  • No existe evidencia concluyente que muestre que la marihuana lleve al consumo de otras drogas” (ibid., p. 60).
  • De acuerdo con la información disponible, en México sólo el 10% de las personas que cometieron algún delito lo hicieron bajo el influjo de alguna droga, y de éstos sólo el 11% había consumido marihuana” (ibid., p. 61)
  • De la evidencia analizada se desprende que el consumo de marihuana no incentiva la comisión de otros delitos” (ibid., p. 62).

      No obstante, también resalta que:


  • El consumo de marihuana en personas adultas no supone un riesgo importante para salud, salvo en el caso de que se utilice de forma crónica y excesiva” (ibid., p. 54).
  • Sin embargo, también se constató que el uso de marihuana sí afecta negativamente las habilidades para conducir vehículos automotores pudiendo aumentar la probabilidad de causar accidentes” (ibid., p. 62).



Drogas y adicciones, ¿un problema de prejuicios?


      Como se observa, la importancia del proyecto del ministro Zaldívar radica, además, en que se deja de lado una visión general o de conjunto sobre las drogas al enfocar su análisis en una de ellas en particular para discernir de manera racional y objetiva sobre las consecuencias de su uso adicción, costes individuales y colectivos—, con lo cual se gana en comprensión y entendimiento, y se disipan confusiones.

      En este sentido, las nociones de dependencia y adicción, por ejemplo, son abordadas con claridad y distinción:


"En la literatura científica suele distinguirse entre el abuso y la dependencia a una sustancia. Mientras el abuso supone el uso continuo de drogas, la dependencia precisa que el consumo satisfaga criterios adicionales, como el desarrollo de tolerancia a la droga, síndrome de abstinencia e interferencia del consumo con el desarrollo de otras actividades del consumidor. En este sentido, los consumidores regulares de marihuana no califican necesariamente como farmacodependientes" (ibid., p. 57).


Drogas legales y adicciones letales


      Lo anterior provee de mayor lucidez y capacidad de enfrentar el problema de las drogas sin el lastre de supuestos que, a la vista de las evidencias científicas, no son pertinentes. Esto, sobre todo, teniendo en cuenta, como alerta Antonio Escohotado, “que la toxicomanía es un concepto desconocido hasta hace un siglo, mientras los tóxicos básicos –y su libre consumo-- existen hace milenios”; y, además, “desde los orígenes hasta bien entrado el siglo XX, los farmacólogos entendían que “la familiaridad quita su agujón al veneno”, y que el más razonable uso de los tóxicos pasaba por un gradual acostumbramiento a ellos” (Escohotado, 2005, p. 15 y 28). Resalta, entonces, la legalidad de ciertas drogas que, no obstante, causan tanta adicción y daños como los supuestos para el conjunto de las ilegales.

      Baste citar al respecto el caso de sustancias habitualmente tenidas como inocuas. Por ejemplo, estudios hechos sobre el azúcar refieren que
"es uno de los alimentos que más consumimos y a pesar de que no se considera como tal, se ha identificado que puede ser igual de adictiva que muchas otras drogas, ya que el consumo de azúcar atraviesa las mismas etapas que la adicción a otras sustancias, el proceso neurobiológico es similar y tiene complicaciones graves en todo el organismo por lo tanto puede ser considerada el adictivo de la actualidad." (Palma Ramírez G., Navarro Fernández A., Lozada Castillo I., Hernández Valdés F. (Diciembre de 2014). El azúcar, tan nociva como cualquier droga. En: Educación y salud, publicación semestral, nº 5 [versión online] Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Recuperado de: http://www.uaeh.edu.mx/scige/boletin/icsa/n5/e6.html Consultado 24/11/2015)

      En este tenor, otros estudios afirman que la sal, presente en las mesas de todos los hogares y al alcance de cualquiera, causa tanta adicción como la cocaína y entre los efectos nocivos para la salud que provoca
"además de cáncer de estómago, insuficiencia renal u osteoporosis, la sal favorece la aparición de hipertensión, causante esta del 62% de los accidentes cerebrovasculares y del 42% de las enfermedades del corazón, según la OMS”. (Sociedad Española de Cardiología. (Marzo 6, 2014). La sal, una droga tan adictiva como la cocaína. Recuperado de notas de prensa de la Sociedad Española de Cardiología, sitio web: http://secardiologia.es/comunicacion/notas-de-prensa/notas-de-prensa-sec/5150-la-sal-una-droga-tan-adictiva-como-la-cocaina) Consultado 24/11/2015)

      Sin embargo, ni el azúcar ni la sal, pese a su poder adictivo y a los daños que causan en la salud de las personas, están prohibidas y con frecuencia ni siquiera se mencionan en artículos de divulgación científica sobre el tema de las adicciones ni por los especialistas en el asunto.

      Al respecto, en el artículo El cerebro adicto de Verónica Guerrero Mothelet publicado en ¿Cómo ves?, revista de Divulgación de Ciencia de la Unam, llama la atención el apartado "Biología y ambiente" en el que, citando palabras del especialista Baler, al referir "los principales factores de riesgo y de protección" sobre la "propensión a las adicciones", entre los primeros se mencionan "conductas agresivas tempranas", habilidades sociales deficientes", "ausencia de supervisión paterna", etc. Cabe preguntarse al respecto si éstos son válidos tanto para la sal o el azucar como para la marihuana o cualquier otra droga. Los riesgos de la generalización o de visiones poco objetivas conllevan el riesgo del lenguaje confuso si no es que francamente engañoso. No se podía esperar, tal vez, otra cosa de un artículo cuya autora no se ruboriza al plantear cierta analogía entre el tratamiento de la diabetes y el de la adicción. (Guerrero Mothelet V. (Agosto de 2013). En: El cerebro adicto. ¿Cómo ves?, revista de Divulgación de Ciencia [versión online] Unam. Recuperado de: http://www.comoves.unam.mx/numeros/articulo/177/el-cerebro-adicto) Consultado 24/11/2015)

      Señalar lo anterior importa pues la visión del problema de las drogas y las adicciones a través de la inexactitud contraria a la ciencia, pese a que en los discursos constituidos mediante ella se incluyan críticas a la visión moralista-coactiva sobre el asunto de marras, acusa, en última instancia, una mayor tendencia a prolongar consignas y políticas prohibicionistas ancladas en cierto paternalismo de naturaleza ceremonial para el que, al parecer, hay drogas y adicciones que son más perversas que otras. En este sentido, no es superfluo recordar lo que Thomas Szasz escribe en relación con lo que implica y expresa tal tendencia y el absurdo de su prolongación:
"Como un judío profanando la Torah, o un cristiano la hostia, un americano que usa droga ilícita es culpable del crimen místico de profanación: transgrede el más estricto y más temido tabú. Quien abusa de las drogas se contamina a sí mismo y contamina a su comunidad, poniendo en peligro a ambos. De ahí que para el libertario laico quien abusa de las drogas comete un "crimen sin víctima" (esto es, ningún crimen en absoluto), mientras para el hombre normalmente socializado es un peligroso profanador de lo sagrado. Por eso su eliminación está ampliamente justificada. después de todo, ¿hay algún bien más grande que salvar de una destrucción cierta a la familia, al clan, a la nación, al mundo?" (Szasz, 1992, p. 189).



Drogas, adicciones y Estado de Derecho


      Vinculado de manera estrecha, y acaso fatal, con la política prohibicionista sobre drogas, el combate a las mismas que en México, a partir de la administración del presidente Felipe Calderón Hinojosa, fue denominado como "guerra contra las drogas", alienta el cuestionamiento crítico ya que, en la práctica, tan sólo se han incrementado la criminalidad, la violencia, la inseguridad, la violación a los derechos humanos, además de las ganancias monetarias generadas que el tráfico ilícito de estupefacientes asegura para los grupos del crimen organizado.

      Este hecho es de una enorme gravedad pues ha creado, gracias a al poder corruptor que propician dichas ganancias monetarias, en la práctica, lo que podría considerarse como una geopolítica delincuencial (DEA and the Department of Justice of the United States of America, National Drug Threat Assessment, 2015, recuperado en noviembre 24, 2015, de: https://www.scribd.com/doc/290193769/2015-National-Drug-Threat-Assessment-Summary ) que, vía la complicidad entre autoridades y criminales, reemplaza de manera paulatina la establecida y deseable según el Estado de Derecho.

      Dan cuenta de lo anterior, entre otros múltiples, hechos como los ocurridos el 27 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero, cuando miembros del crimen organizado, en colusión con autoridades de diversos órdenes, secuestraron y desaparecieron de manera forzosa a cuarenta y tres estudiantes de la escuela normal Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Guerrero. Hechos que, por cierto, continúan impunes hasta el día de hoy pues no hay sido investigados con seriedad por las autoridades competentes.

      Evidenciado en todo su horror el alcance que tiene el poder corruptor del crimen organizado, y las consecuencias que ello representa para el Estado de Derecho, cuando se disipan los límites entre el poder político y económico con el crimen organizado, se percibe de manera inexorable, en este sentido, como algunos académicos señalan, ya no sólo una "captura avanzada del Estado" sino
que el mismo Estado, en su manera de ejercer el control de los ciudadanos, hace uso de la delincuencia para gobernar, creando pactos que permitan ejercer a cada uno su poder y así obtener sus beneficios particulares. De igual forma sucede con un sector de la economía que necesita de la alianza con la delincuencia para operar contra la voluntad de la ciudadanía, como es el caso de algunas empresas extractivas. También es necesario señalar que el Estado ha utilizando a estos delincuentes como el enemigo que permite generar la unidad de la sociedad y posicionar al Estado como el “pastor” que logra salvar a sus “ovejas”, pretendiendo renovar su existencia desde un populismo punitivo.” (Atilano J. (Noviembre 27, 2014). Ayotzinapa: evidencia de una crisis estructural del Estado Mexicano. En: El Mostrador, Chile. Recuperado el 24 de noviembre de 2015, de: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2014/11/27/ayotzinapa-evidencia-de-una-crisis-estructural-del-estado-mexicano/)

      En vista de lo anterior, esplende la validez de la pregunta que interroga sobre la franca enemistad que supone la “guerra contra las drogas”, y las polítiticas prohibicionistas y coactivas que la fundan, para la libertad individual con todo lo que ello implica.



Conclusiones tentativas


      La aprobación en la Primera Sala de La Suprema Corte de Justicia de la Nación del Amparo en Revisión 237/2014 propuesto por el ministro Arturo Saldícar Lelo de Larrea, abre un campo de oportunidades para el intento de resolver, a través de la experiencia que anima el abordaje del problema de las drogas y las adicciones en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el cúmulo de conflictos cuyo origen puede situarse en el contexto del libre desarrollo de la personalidad como principio fundamental del Estado de Derecho.

      A partir de la defensa del libre desarrollo de la personalidad como principio esencial, frente a todos los peligros que lo acechan, puede resanarse o aun recrearse la función de las instituciones públicas que es, precisamente, la de administrar la libertad colectiva (Berlin, 1983); si ello ocurre teniendo como base y nutrimento la madurez ciudadana, constituida ésta a través de la ética, es decir desde la reflexión subjetiva sobre la moralidad para enseguida actuar en consecuencia, con voluntad de entendimiento, la política, que consiste en la ética llevada al plano público, y la vida alentada desde y mediante ésta, tenderá a esforzarse, de manera natural y lógica, en el logro del bienestar común.

      Elemento sine qua non de lo anterior sería el debate sobre y la puesta en marcha de políticas públicas de prevención cuyo eje sea la salud pública —y que, como ya se ha visto, incidan en la creación de medidas legales y administrativas sobre el consumo de drogas y el tratamiento de las adicciones, que a su vez sean más sensatas que coactivas—, constituyen una alternativa más viable que la prohibicionista pues la democracia se potencia al ser impulsada la sociedad por ciudadanos genuinos, personas con conciencia crítica (Zambrano, 1996), y capaces de actuar con sensatez, de tomar decisiones en plena libertad y con responsabilidad, respecto de su propia vida individual y de la vida en común con los otros, ya que esto asegura y fortalece una sociedad cada vez más madura y civilizada. Pero ello no será posible si la necesidad de la discusión pública sobre problemas comunes topa con la indiferencia de la nación.

      Lo ocurrido en la Corte, por tanto, no sólo alienta la esperanza de construir soluciones alternativas y, de una vez por todas, definitivas a los problemas comunes sino, sobre todo, acucia a entender que el debate público sobre asuntos como el del problema de las drogas y las adicciones no debería ser postergado ni diluido u olvidado, finalmente, por las demás partes involucradas los legisladores, el poder ejecutivo, la sociedad en su conjunto, sino que, por el contrario, debe intensificarse para arribar a la concreción de medidas emplazadas por el Estado en pro de su propia permanencia y virtud.



Bibliografía:

Zaldívar Lelo de Larrea, Arturo, (2015). Proyecto sobre el amparo en revisión 237/2014 en sitios web http://www2.scjn.gob.mx Recuperado el 24 de noviembre de 2015, de http://www2.scjn.gob.mx/juridica/engroses/cerrados/publico/proyecto/AR237_2014.doc

Escohotado, Antonio, Aprendiendo de las drogas, Anagrama, Barcelona, 2005.

Szasz, Thomas, Nuestro derecho a las drogas, Anagrama, Barcelona, 1992.

DEA and the Department of Justice of the United States of America, National Drug Threat Assessment (2015). Recuperado el 24 de noviembre 24 de 2015, de: https://www.scribd.com/doc/290193769/2015-National-Drug-Threat-Assessment-Summary

Zambrano, María, Persona y democracia: La vida sacrificial, Siruela, Madrid, 1996.

 Berlin, Isaiah, Conceptos y categorías, FCE, México, 1983.



León, México. Noviembre 27 de 2015.


  
 
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