Friday, September 11, 2026

La literatura sin lectores: anatomía de una pequeña sociedad de Narcisos





El presente examina  ciertas dinámicas del mundillo literario contemporáneo: la vanidad autoral, el exceso de autoestima, la formación de corrillos amistosos, la circulación de premios y reconocimientos, y la progresiva sustitución del lector por una comunidad endogámica de escritores, críticos, jurados, editores y cómplices. A partir de algunas nociones de Antonin Artaud y de aportaciones de la sociología de la cultura de Pierre Bourdieu, Pascale Casanova y Gisèle Sapiro, se propone interpretar el campo literario como un espacio donde la obra puede convertirse en pretexto para la fabricación de prestigio. El resultado es una paradoja particularmente obscena: una literatura que habla incesantemente de sí misma mientras pierde de vista a quien debería leerla. Este texto sostiene que la institucionalización de la literatura puede generar una economía simbólica en la que el reconocimiento mutuo sustituye a la experiencia estética y donde el premio termina funcionando como certificado de pertenencia a una tribu.


La literatura convertida en espejo

Hay un momento en que la literatura deja de ser una herida y comienza a ser un espejo.

Entonces el escritor ya no escribe para abrir una grieta en el mundo, sino para comprobar si su rostro ha quedado suficientemente favorecido en el reflejo. Mira la fotografía de la contraportada, examina la reseña, cuenta las entrevistas, calcula las invitaciones, vigila las listas, espera el premio. Y cuando finalmente recibe una medalla, un diploma o un cheque, se produce la gran revelación: no ha conquistado el lenguaje; ha conquistado a cinco personas que se reúnen periódicamente para decidir quién merece ser llamado escritor.

Aquí empieza la comedia.

Una comedia triste, además, porque nadie se ríe. Todos están demasiado ocupados admirándose.

El pequeño mundo literario puede llegar a funcionar como una sala cerrada donde los mismos nombres circulan con la puntualidad de los planetas alrededor de un sol moribundo. Un escritor presenta el libro de otro. El otro recomienda el libro de un tercero. El tercero forma parte del jurado que premia al primero. El primero, agradecido, escribe después una elogiosa nota sobre el cuarto. El cuarto invita al primero a un festival. El festival reúne al segundo, al tercero y al cuarto. Y todos, al finalizar la jornada, concluyen que la literatura goza de excelente salud.

¿Dónde está el lector?

No está.

O, si está, ocupa el lugar del cadáver al que nadie se atreve a mencionar durante el banquete.

 

La tribu de los reconocimientos 

Pierre Bourdieu (1993, 1996) mostró que el campo literario no es un territorio inocente, separado de las relaciones de poder, sino un espacio en el que circulan diversas formas de capital: económico, social, cultural y simbólico. El prestigio no aparece espontáneamente sobre la frente del escritor como una aureola metafísica; se produce mediante instituciones, relaciones, reconocimientos, consagraciones y mecanismos de legitimación.

La literatura, por tanto, puede adquirir una curiosa enfermedad: empezar a confundirse con las instituciones que la certifican.

El escritor aprende pronto que existen dos libros: el que escribe y el que conviene que los demás crean que ha escrito.

El primero contiene palabras.

El segundo contiene estrategia.

Y la estrategia es infinitamente más contagiosa.

El premio literario constituye uno de los mecanismos más eficaces de esta economía simbólica. En sí mismo, un premio no tiene por qué ser una perversión. Puede reconocer una obra extraordinaria y contribuir a que alcance nuevos lectores. El problema comienza cuando el premio deja de ser consecuencia del valor y se convierte en una de las principales fuentes mediante las cuales se fabrica ese valor.

Entonces ocurre algo monstruoso: el libro comienza a existir porque ha sido premiado, y no porque alguien lo haya leído.

El galardón se transforma en una especie de sacramento administrativo. El escritor se arrodilla ante el jurado; el jurado se arrodilla ante el prestigio; la editorial se arrodilla ante las ventas; los medios se arrodillan ante el nombre; y finalmente todos se levantan satisfechos porque nadie ha tenido que arrodillarse ante el texto.

El libro, mientras tanto, permanece cerrado.

 

El corrillo como institución estética 

Hay otra enfermedad, acaso más insidiosa: la amistad literaria convertida en sistema de circulación.

La amistad es una de las cosas más hermosas que existen. Pero hay amistades que dejan de ser afectos y se convierten en infraestructura.

Se reconocen, se promocionan, se entrevistan, se invitan, se reseñan, se premian.

No se leen.

O se leen con esa forma particular de lectura que consiste en buscar aquello que pueda ser utilizado después como elogio.

El amigo literario ya no es necesariamente quien se atreve a decirte que has escrito una página espantosa. Es quien encuentra en ella una virtud que pueda ser públicamente proclamada.

El elogio mutuo crea así una atmósfera de anestesia.

Y una literatura anestesiada es una literatura que ha dejado de sentir.

Artaud (1978) concebía el teatro como una fuerza capaz de violentar las comodidades del espectador, de arrancarlo de la posición pasiva en la que se limita a contemplar. Su rebelión no se dirigía únicamente contra determinadas convenciones teatrales: atacaba la idea misma de un arte domesticado, convertido en objeto de contemplación confortable. Aplicada al campo literario, esa intuición resulta devastadora.

Porque una literatura que jamás incomoda a su propio círculo termina pareciéndose demasiado a una reunión de accionistas.

Todos salen contentos.

Nadie ha sido transformado.

 

La autoestima como género literario 

Existe hoy una clase particular de escritor que parece haber publicado antes su autobiografía que su primer libro.

No necesita demostrar que escribe bien: necesita que todos sepan que sabe que escribe bien.

La autoestima ha dejado de ser una condición psicológica para convertirse en una estrategia editorial.

El escritor se presenta como acontecimiento.

Su libro, naturalmente, es la prueba documental de su propia importancia.

La modestia, que alguna vez pudo considerarse una virtud, ha sido reemplazada por una maquinaria de autopromoción en la que el autor debe convertirse simultáneamente en escritor, publicista, comentarista, gestor de relaciones públicas y sacerdote de su propio culto. El problema no consiste en que un escritor defienda su obra. El problema aparece cuando la defensa de la obra sustituye a la obra.

Y entonces el escritor comienza a hablar más de su literatura que lo que su literatura consigue decir.

Hay algo profundamente cómico en observar a un autor explicar durante cuarenta minutos la profundidad de una novela que el lector podría terminar abandonando en la página doce.

Pero la época exige explicaciones.

Hay que explicar el libro antes, durante y después del libro.

Hay que explicar la intención, el contexto, la poética, la genealogía, la influencia, la importancia histórica y hasta la necesidad moral de haber escrito aquello.

Al final, la literatura queda sepultada bajo su propio prospecto.

 

La endogamia del capital simbólico 

Pascale Casanova (2004) describió el espacio literario mundial como un campo desigual en el que las posiciones, las lenguas, las instituciones y los centros de legitimación determinan en buena medida la circulación de las obras. Desde esta perspectiva, la literatura nunca existe completamente al margen de las estructuras que deciden qué merece ser visible.

El problema se vuelve especialmente grave cuando esas estructuras comienzan a reproducirse a sí mismas.

Un grupo cerrado genera reconocimiento para sus integrantes. Ese reconocimiento aumenta su prestigio. El prestigio facilita su acceso a jurados, festivales, editoriales, suplementos y universidades. Dicho acceso produce nuevos reconocimientos. Y esos reconocimientos consolidan nuevamente al grupo.

La rueda gira.

Pero gira sobre sí misma.

No es necesario imaginar una conspiración. Las conspiraciones requieren demasiado trabajo y, por lo general, las estructuras sociales son mucho más eficaces cuando nadie las dirige conscientemente.

La endogamia puede producirse simplemente porque quienes ocupan posiciones de autoridad tienden a reconocer como valioso aquello que conocen, aquello que comparte sus códigos y aquello que pertenece a redes que ya consideran legítimas.

Así, el campo literario corre el riesgo de convertirse en una habitación cuyos habitantes han olvidado que existe una puerta.

Y fuera de la habitación está el público.

Ese animal extraño.

El lector.

 

El lector: ese intruso 

El lector tiene una característica imperdonable: no necesita pertenecer al gremio.

No sabe quién se peleó con quién en el festival de hace tres años.

No conoce las pequeñas guerras de las revistas culturales.

No sabe qué editorial desprecia a qué editorial.

No le interesa quién fue jurado de qué premio.

No conoce los pactos sentimentales del prestigio.

Y, peor aún, puede cerrar el libro.

Puede decir: no me gusta.

Puede no terminarlo.

Puede no comprar el siguiente.

Puede olvidar al autor.

El lector es, por ello, una criatura radicalmente peligrosa.

No está obligado a respetar el capital simbólico acumulado.

El escritor puede poseer premios, traducciones, fotografías, columnas, becas, cargos, prólogos y una colección completa de amigos ilustres. El lector puede mirar todo aquello y decir simplemente:

Me aburres.

He aquí el único jurado que no puede ser comprado con solemnidad.

La literatura debería recordar esto con mayor frecuencia.

Porque el lector no es el último eslabón de la cadena literaria. Es aquello que justifica que la cadena exista.

 

La literatura como cadáver maquillado 

Gisèle Sapiro (2014) ha mostrado cómo la sociología de la literatura permite comprender las condiciones sociales de producción, circulación y recepción de las obras. Esto obliga a abandonar la fantasía romántica de una literatura producida en un vacío espiritual. Los libros nacen en sociedades concretas, atraviesan instituciones concretas y son leídos —o ignorados— por personas concretas.

Precisamente por eso resulta tan inquietante observar cómo una parte del discurso literario puede quedar atrapada en su propio circuito de legitimación.

La literatura habla de literatura.

Los escritores hablan de escritores.

Los críticos hablan de escritores.

Los festivales invitan a escritores para hablar de escritores.

Los premios premian escritores.

Las revistas entrevistan escritores para que expliquen por qué escriben.

Y en algún lugar, posiblemente en un autobús, una mujer abre una novela y descubre que no le importa absolutamente nada de todo aquello.

Ese instante vale más que cien ceremonias.

Porque allí vuelve a aparecer la literatura.

No en el aplauso.

No en la fotografía.

No en el cóctel.

En la conciencia de alguien que está solo con unas páginas.

Ahí se decide todo.

 

Contra la literatura satisfecha de sí misma 

No se trata de demonizar los premios, los festivales, las editoriales, los críticos o las amistades entre escritores. Una cultura literaria necesita instituciones, conversación, crítica y reconocimiento. Sin ellas, las obras también pueden desaparecer.

El problema es otro: cuando los medios destinados a sostener la literatura comienzan a sustituirla.

Entonces el prestigio se convierte en finalidad.

El premio deja de señalar un libro y empieza a producir un escritor.

La amistad deja de ser una relación humana y se transforma en una red de reciprocidades.

La crítica deja de juzgar y comienza a administrar prestigios.

La promoción sustituye a la lectura.

Y el autor, finalmente, acaba convertido en gerente de una empresa cuyo único producto que ya nadie consume es la literatura.

Aquí es donde la violencia de Artaud resulta todavía pertinente.

Hace falta romper la comodidad.

No para destruir la literatura, sino para impedir que se convierta en una pieza decorativa de la vida cultural.

Hace falta recuperar el derecho a decir que un libro es malo.

Hace falta recuperar el derecho a no admirar a nadie.

Hace falta sospechar de los elogios automáticos.

Hace falta desconfiar de las fotografías donde todos sonríen.

Hace falta recordar que el escritor no es un santo y que el premio no es una revelación divina.

Y, sobre todo, hace falta devolverle al lector su condición de desconocido.

Porque acaso la literatura comienza justamente allí donde el escritor ya no puede controlar quién la lee ni qué hará el lector con ella.

El verdadero fracaso de un libro no es que no obtenga un premio.

Es que necesite un premio para parecer importante.

El verdadero fracaso de un escritor no es que nadie lo invite a un festival.

Es que ya no pueda imaginarse escribiendo cuando nadie lo está mirando.

Y la verdadera muerte de la literatura no llegará cuando dejen de publicarse libros.

Llegará cuando todos los libros sean publicados, premiados, reseñados, celebrados, fotografiados y mutuamente recomendados por personas que jamás se preguntaron si había alguien, fuera de aquella habitación, que necesitaba leerlos.

Entonces quedará una literatura impecablemente vestida.

Con todos sus premios sobre el pecho.

Con sus amigos alrededor.

Con sus críticos inclinados.

Con sus fotografías.

Con sus discursos.

Con su prestigio.

Y completamente muerta.

 

Referencias 

Artaud, A. (1978). El teatro y su doble (E. Alonso & F. Abelenda, Trads.). Edhasa. (Trabajo original publicado en 1938).

Bourdieu, P. (1993). The field of cultural production: Essays on art and literature (R. Johnson, Ed.). Columbia University Press.

Bourdieu, P. (1996). The rules of art: Genesis and structure of the literary field (S. Emanuel, Trans.). Stanford University Press.

Casanova, P. (2004). The world republic of letters (M. B. DeBevoise, Trans.). Harvard University Press.

Sapiro, G. (2014). The sociology of literature. Stanford University Press.

Sontag, S. (1966). Against interpretation and other essays. Farrar, Straus and Giroux.


 

Thursday, September 10, 2026

Efrén Hernández: contra la ciudad natal, hacia el abismo del cuento

 



Efrén Hernández nació en León, Guanajuato, el 1 de septiembre de 1904, y murió en la Ciudad de México el 28 de enero de 1958. Fue narrador, poeta, dramaturgo, crítico y editor, aunque es en el cuento donde su escritura alcanza una intensidad singular. Estudió la preparatoria en León y en 1925 marchó a la Ciudad de México para estudiar Derecho; abandonó la carrera en 1928, convencido de que la universidad le ofrecía poco de aquello que verdaderamente buscaba: una sustancia para la inteligencia y para la vida. (Enciclopedia de la Literatura en México, s. f.) Su primer gran golpe fue Tachas, publicado en 1928; después vendrían El señor de palo (1932), Hora de horas (1936), Cuentos (1941), Entre apagados muros (1943), Cerrazón sobre Nicómaco (1946), La paloma, el sótano y la torre (1949) y, en 1956, Sus mejores cuentos. (Enciclopedia de la Literatura en México, s. f.)

Pero decir que nació en León y murió en México es demasiado poco. Entre esas dos ciudades hay una descarga eléctrica. Hay una fuga. Hay una ruptura.

No poseemos —y conviene decirlo sin inventar documentos— una declaración autobiográfica en la que Hernández confiese: “odio León”. No sería lícito fabricar esa frase para satisfacer una leyenda. Pero hay algo más interesante que una confesión: está el movimiento de su vida. León es el lugar de nacimiento; México, el lugar de la realización. León es el sitio de la formación inicial; México, el espacio donde su literatura encuentra su respiración. Un estudio del Colegio de México señala que Hernández llegó a la capital en 1925 y que allí pasó la mayor parte de su vida hasta su muerte en 1958. (El Colegio de México, s. f.) La Enciclopedia de la Literatura en México confirma la misma trayectoria esencial: nacido en León, murió en México y desarrolló allí su actividad literaria. (Enciclopedia de la Literatura en México, s. f.)

Y hay una tercera señal: el propio Hernández, al recordar su formación, no quiso hacer de las instituciones de su juventud el centro de su educación. Había trabajado desde muy joven en diversos oficios y consideraba más importante “la vida directa”, el contacto con los hombres, los libros y el mundo. (Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, s. f.) Su abandono de Derecho no fue una simple deserción escolar: fue una rebelión contra aquello que percibía como vacío. La Biblioteca ITESO resume esa decisión diciendo que abandonó la profesión de su padre por considerarla una tarea “vacía y sin sentido”, para entregarse con mayor libertad a sus inquietudes creativas. (Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, 1987.)

Así comienza a dibujarse la verdadera ciudad de Efrén Hernández: no León, no México, sino el desplazamiento entre ambas.

Y aquí aparece León.

Aparece como una ciudad que queda detrás, una ciudad natal convertida en materia de memoria, una ciudad que no necesita ser odiada explícitamente para funcionar como aquello de lo que un escritor debe desprenderse. Emiliano Monge, al escribir sobre Hernández, llega mucho más lejos y describe el León de su nacimiento como una ciudad “árida, católica, inculta y espantosa”. No es una descripción neutral: es una detonación. Monge vincula precisamente esa atmósfera con la necesidad de Hernández de buscar en la mente, en la experiencia y en la relación con la tierra la materia de su literatura. (Monge, 2012)

Ahí tenemos, entonces, una primera herida: León como espacio de asfixia.

La segunda está en el desplazamiento físico: Hernández se va. En 1925 está ya en Ciudad de México, estudiando Derecho. (Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, s. f.)

La tercera: permanece.

No se trata de una estancia pasajera. La investigación del Colegio de México establece que la capital sería el escenario de la mayor parte de su vida. (El Colegio de México, s. f.)

La cuarta: allí comienza a existir plenamente como escritor. En 1928 publica Tachas, el relato que lo instala en la literatura mexicana y que, significativamente, terminará convirtiéndose incluso en el sobrenombre con el que lo llamaban sus amigos. (Secretaría de Cultura, 2013)

La quinta: allí muere. No regresa a León para cerrar el círculo. Muere en Ciudad de México, en su casa de Tacubaya, en 1958, según la Secretaría de Cultura. (Secretaría de Cultura, 2013)

Cinco movimientos, entonces, aunque no cinco pruebas de un odio literal: nacimiento, salida, permanencia, creación y muerte.

Y quizá eso sea más terrible que el odio.

Porque el odio todavía conserva una relación con aquello que odia. La fuga pretende destruirla.

Hernández pertenece a esa clase de escritores que parecen haber comprendido que la literatura no consiste en contar acontecimientos sino en abrir una fisura dentro de ellos. En Tachas no hay simplemente una anécdota: hay una conciencia que se mueve, se contradice, se burla de sí misma, se observa desde afuera y vuelve a entrar en sí como un animal encerrado. El cuento se convierte en laboratorio mental. La realidad pierde sus paredes.

Eso explica su intensidad.

Hernández no necesita grandes catástrofes. No necesita incendiar una ciudad ni hacer que los muertos caminen por las calles. Le basta una conciencia pequeña, un hombre aparentemente insignificante, una situación mínima. Y entonces comienza la combustión.

El Fondo de Cultura Económica ha señalado que su originalidad procede de una combinación particularmente extraña de misterio, humorismo, profundidad y ligereza. (Fondo de Cultura Económica, 2011) Es justamente esa mezcla la que vuelve feroz su narrativa: Hernández puede hacer sonreír mientras debajo de la sonrisa comienza a abrirse un pozo.

El señor de palo lleva todavía más lejos esa operación. Lo fantástico no aparece como una decoración externa, como una capa de misterio colocada sobre la realidad. Surge desde dentro de la percepción. Sus personajes habitan una zona donde lo cotidiano comienza a perder consistencia. La literatura fantástica de Hernández es, en ese sentido, menos una literatura de monstruos que una literatura de desajustes: algo no encaja, algo respira detrás de las cosas, algo está a punto de desprenderse del mundo.

Por eso Tachas y El señor de palo importan tanto. No porque sean únicamente “buenos cuentos”, sino porque en ellos Hernández descubre una forma de intensidad que no necesita volumen.

Grita en voz baja.

Ésa es su violencia.

Y acaso allí esté la relación secreta con León. La ciudad que Monge presenta como árida, católica, inculta y espantosa no tiene que aparecer literalmente en cada cuento para haber dejado una marca. Puede convertirse en presión atmosférica. Puede transformarse en el silencio contra el que un escritor empieza a escribir. Puede ser el cuarto cerrado del que hay que salir para descubrir que la verdadera habitación está dentro de uno mismo.

Hernández salió de León, pero no salió intacto.

Nadie sale intacto de la ciudad donde aprende a mirar.

En su caso, la fuga produjo una paradoja: cuanto más lejos parece estar de la ciudad natal, más poderosa puede hacerse la memoria. Él mismo escribió que no sabía qué tenía el cielo de aquel lugar que hacía transparente el universo “a través de un velo de tristeza”. Monge recupera esa expresión para mostrar cómo la memoria, la desaparición y la tristeza alimentan su universo creativo. (Monge, 2012)

El escritor no necesita amar su origen para quedar condenado a él.

La ciudad natal puede convertirse en una enfermedad sin que el enfermo vuelva a pronunciar su nombre.

Y entonces México.

México como escape, pero también como maquinaria. La ciudad que lo recibe no lo salva: le proporciona otro tipo de abismo. Allí trabaja, lee, escribe, publica, se relaciona con otros escritores y participa en la revista América, de la que fue subdirector. Desde ese espacio impulsó, entre otros, a Juan Rulfo y Rosario Castellanos. (Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, s. f.)

Hay algo casi monstruoso en esa circunstancia: el hombre que había abandonado una carrera por encontrar una sustancia verdadera terminó ayudando a abrirles camino a algunos de los escritores fundamentales de la literatura mexicana posterior.

Y mientras otros crecían alrededor de él, Hernández permanecía relativamente oculto.

La Secretaría de Cultura ha señalado esa paradoja: fue impulsor de escritores fundamentales y, sin embargo, su propia obra permaneció durante mucho tiempo fuera del gran reconocimiento público. (Secretaría de Cultura, 2013)

Pero un escritor puede desaparecer de los escaparates sin desaparecer de la literatura.

Porque el cuento es una forma de supervivencia microscópica.

El cuento de Hernández no entra en nosotros como una novela que ocupa una casa entera. Entra como una aguja.

Una aguja.

Una pequeña perforación.

Y después la sangre.

Hora de horas, Cuentos, Entre apagados muros, Cerrazón sobre Nicómaco, La paloma, el sótano y la torre: los títulos mismos parecen pertenecer a un escritor obsesionado con los espacios cerrados, con el tiempo interior, con las habitaciones mentales, con aquello que permanece cuando el mundo exterior ha dejado de ofrecer respuestas. Su narrativa y su poesía forman un sistema de corredores. Uno entra por un cuento y termina en otro sitio.

No es casual que la crítica haya subrayado su carácter innovador. El material reunido por la UNAM recuerda que, desde muy temprano, Tachas fue reconocido como uno de los cuentos más singulares de la narrativa mexicana. (Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, s. f.) Y la reedición del Fondo de Cultura Económica vuelve a presentar Tachas como su cuento más conocido y reconocido, además de uno de los ejemplos mayores de la cuentística mexicana. (Fondo de Cultura Económica, 2011)

Ésa debe ser la medida de Hernández: no la cantidad de libros, sino la descarga que produce cada uno.

No fue un escritor de multitudes.

Fue un escritor de intensidades.

Un escritor que parecía pequeño —físicamente, socialmente, editorialmente— y cuya literatura escondía una presión desproporcionada. Alí Chumacero lo describió como delgado, bajo de estatura, extravagante en el vestir y dueño de una inteligencia que se ocultaba bajo una ingenuidad deliberada. (Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, s. f.) Esa desproporción es esencial: el cuerpo reducido, la obra concentrada; la figura excéntrica, la imaginación expansiva; el cuento breve, el abismo interminable.

Y por eso León importa.

No porque podamos demostrar que Hernández lo odió durante toda su vida. No podemos. No hay aquí que falsificar una biografía para fabricar un mito.

Importa porque fue el lugar del que salió.

Importa porque su vida adulta eligió otra ciudad.

Importa porque la crítica moderna ha leído aquel León como un espacio árido y opresivo.

Importa porque Hernández hizo de la experiencia, y no de la institución, su verdadera escuela.

Importa porque murió lejos de allí.

Y sobre todo importa porque el escritor que abandona una ciudad no necesariamente la deja atrás: puede convertirla en una presión muda que acompaña cada página.

León queda entonces detrás de Efrén Hernández como una puerta cerrada.

México, delante, como otra puerta.

Y entre ambas puertas está el cuento.

Allí, en ese espacio estrecho, Hernández introduce la cabeza.

Mira.

Respira.

Sonríe.

Y empieza a escribir.

Entonces la realidad se rompe.

No con un estruendo.

Con una grieta.

Una grieta mínima.

Exactamente del tamaño de un cuento de Efrén Hernández.

 

 

Referencias:

Enciclopedia de la Literatura en México. (s. f.). Efrén Hernández. Fundación para las Letras Mexicanas.

Enciclopedia de la Literatura en México. (s. f.). Obra publicada de Efrén Hernández. Fundación para las Letras Mexicanas.

Fondo de Cultura Económica. (2011). Tachas y otros cuentos. Fondo de Cultura Económica.

Hernández, E. (1965). Obras: Poesía, novela, cuentos. Fondo de Cultura Económica.

Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México. (s. f.). Efrén Hernández: Trazo biográfico. La Novela Corta. Una biblioteca virtual.

Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente. (1987). Efrén Hernández. Biblioteca Dr. Jorge Villalobos Padilla, S. J.

Monge, E. (2012, 5 de agosto). Efrén Hernández, obsesión por los abismos. Letras Libres.

Secretaría de Cultura. (2013, 1 de septiembre). Efrén Hernández, el escritor recuperado. Gobierno de México.

 

Tuesday, September 8, 2026

Jacobo Fijman: vida, poesía y extrañeza

 

 

 




 

 

Jacobo Fijman ocupa un lugar singular en la literatura argentina del siglo XX. Su vida estuvo marcada por la migración, la pobreza, la música, la escritura, la experiencia religiosa y las internaciones psiquiátricas. Su obra, sin embargo, no puede explicarse únicamente a partir de esas circunstancias. Reducir su poesía a la biografía del poeta significaría dejar de lado aquello que la vuelve especialmente valiosa: su capacidad para transformar experiencias personales en una exploración del lenguaje, de la percepción y de la espiritualidad.

Fijman nació el 25 de enero de 1898 en Orhei, Besarabia, una región que entonces pertenecía al Imperio ruso y que actualmente forma parte de la República de Moldavia. En 1904 emigró con su familia a la Argentina. Durante su infancia y juventud vivió en distintos lugares del país antes de establecerse en Buenos Aires. Allí se interesó por la música y aprendió a tocar el violín. También realizó diversos trabajos y desarrolló una existencia caracterizada por los desplazamientos y la inestabilidad (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, s. f.; Cárcano, 2014).

Durante la década de 1920, Fijman comenzó a relacionarse con los círculos de la vanguardia porteña. Entró en contacto con escritores y artistas vinculados con la revista Martín Fierro, entre ellos Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo y Leopoldo Marechal. Su participación en este ambiente resulta significativa porque permite situarlo dentro de uno de los momentos de renovación más importantes de la literatura argentina. Sin embargo, Fijman nunca encajó completamente en las categorías de la vanguardia. Compartió con ella la voluntad de romper con las formas tradicionales, pero desarrolló una poesía mucho más concentrada en la experiencia interior, la percepción y la búsqueda espiritual (Cárcano, 2014).

 

 

Molino rojo: la percepción desatada 

 

En 1926 apareció Molino rojo, su primer libro de poemas. La obra produjo una ruptura con los modos convencionales de representar la realidad. Fijman utiliza asociaciones inesperadas, imágenes fragmentadas, colores, sonidos y desplazamientos entre diferentes sentidos. El resultado es una poesía en la que los objetos cotidianos adquieren nuevas relaciones y el mundo parece organizarse de acuerdo con una lógica distinta.

La importancia de Molino rojo no reside únicamente en su carácter innovador. El libro plantea una pregunta fundamental para toda la obra posterior de Fijman: ¿qué ocurre cuando la percepción deja de obedecer las estructuras habituales? En sus poemas, la realidad no desaparece, sino que cambia de configuración. Las cosas continúan siendo reconocibles, pero aparecen sometidas a una nueva intensidad. La Biblioteca Nacional Mariano Moreno ha destacado la importancia de Molino rojo dentro de la renovación literaria argentina de la década de 1920 (Biblioteca Nacional Mariano Moreno, 2026).

En “Canto del cisne”, Fijman sitúa al poeta ante un camino asociado con la soledad y la altura. La expresión “el camino más alto y más desierto” concentra una contradicción decisiva: ascender significa también alejarse. La elevación espiritual no conduce a una comunidad confortable, sino a un territorio en el que el sujeto queda expuesto.

La palabra “demencia” aparece en este contexto no solamente como referencia a una condición clínica, sino como una posibilidad extrema de percepción. El poeta parece buscar una zona en la que el mundo pueda ser visto sin las convenciones que normalmente lo mantienen estable.

La poesía adquiere así una función física. No explica un estado interior: lo produce.

El poema puede entenderse como una rebelión contra el lenguaje domesticado. La palabra deja de ser un instrumento destinado a ordenar la experiencia y se convierte en una fuerza que la altera. El camino no se describe; se atraviesa. El desierto no funciona como simple paisaje; se convierte en condición de la voz.

En “Cópula”, esa soledad se transforma en expansión. El cuerpo entra en contacto con el paisaje y los sentidos comienzan a confundirse. El poema contiene una de las imágenes más significativas de Molino rojo: “¡Todas las aguas del silencio rompimos en la danza!” (Fijman, 1926/2005).

Aquí el cuerpo deja de ser un objeto observado y se convierte en centro de la experiencia. La danza no es solamente movimiento: es una forma de conocimiento. El sujeto intenta reunirse con el mundo mediante el tacto, el sonido, el color y el ritmo.

Cussen (2013) ha señalado la importancia de la sinestesia y del dinamismo en la poesía de Fijman. Los sentidos dejan de actuar por separado: el sonido puede adquirir color, el movimiento puede convertirse en música y el paisaje puede adquirir una dimensión corporal.

“Cópula” puede leerse como una tentativa de devolverle al cuerpo una fuerza anterior a las divisiones racionales. El lenguaje no quiere representar el deseo: quiere producirlo como movimiento. El poema no funciona como una ventana abierta sobre una escena, sino como una superficie que vibra.

El mundo parece recuperar, por un instante, un solo cuerpo.

  

Hecho de estampas: el mundo convertido en signo 

 

En 1929 Fijman publicó Hecho de estampas. Con este libro adquirió mayor importancia la dimensión religiosa de su poesía. Las imágenes comenzaron a relacionarse con una búsqueda espiritual más definida. En 1930 Fijman recibió el bautismo católico. Su conversión no fue un episodio secundario de su biografía, sino un acontecimiento que tuvo consecuencias visibles en su obra posterior.

En “Poema II”, el paisaje aparece sometido a una transformación constante. Mares, puertos, campanas, cielos, árboles y pájaros forman un universo que ya no puede ser explicado mediante las reglas de la representación realista. Hacia el final aparece la imagen de los “corderos desfigurados” que reflejan estrellas en sus ojos (Fijman, 1929/2005).

La imagen contiene una tensión esencial de la poesía de Fijman: lo sagrado aparece, pero no lo hace bajo una forma estable. El cordero —una figura tradicionalmente asociada con Cristo y el sacrificio— está desfigurado. La revelación no llega limpia. Llega transformada.

En este momento el mundo empieza a funcionar como un sistema de signos. Las cosas parecen decir algo que no puede formularse directamente.

El cordero ya no es únicamente un animal.

La estrella ya no es únicamente una estrella.

La imagen se convierte en lenguaje.

Pero es un lenguaje anterior a la explicación.

Podría afirmarse que Fijman obliga a la palabra a comportarse como una visión. El lector recibe primero el impacto de la imagen y solamente después intenta reconstruir su sentido. El poema no entrega una interpretación preparada. Coloca al lector frente a una aparición.

“Poema VII” profundiza esta transformación. La noche adquiere una presencia casi material y la aparición de la luz modifica progresivamente el espacio. La oscuridad deja de ser simple ausencia de claridad y se convierte en una condición necesaria para la revelación.

La luz no funciona solamente como símbolo religioso. Penetra la experiencia corporal. La iluminación es una fuerza que atraviesa al sujeto.

La poesía mística de Fijman no describe una idea acerca de Dios. Intenta representar la transformación que produce la experiencia de lo divino.

El cuerpo recibe.

El cuerpo cambia.

El cuerpo se convierte en espacio de revelación.

Esta característica aproxima la poesía de Fijman a una concepción del lenguaje como acontecimiento. Artaud rechazaba un arte puramente intelectual porque buscaba recuperar una fuerza capaz de afectar físicamente al espectador. En Fijman, la palabra poética persigue algo semejante: que la imagen llegue al lector antes que la explicación.

La poesía se convierte entonces en una ceremonia de tránsito.

La oscuridad no desaparece de inmediato.

Es atravesada.

La luz no cancela la noche.

La transforma.

  

Estrella de la mañana: la visión 

 

En 1931 apareció Estrella de la mañana, su último libro de poesía publicado en vida. La obra profundiza la dimensión religiosa que ya había aparecido en Hecho de estampas. Cristo, la luz, la revelación y las imágenes bíblicas ocupan un lugar central. Sin embargo, no se trata de una poesía religiosa convencional. La experiencia mística conserva el carácter intenso y visionario de sus primeros textos. La dimensión espiritual se presenta como una transformación de la percepción y como una búsqueda de conocimiento (Cussen, 2013; Cárcano, 2026).

En “Poema I”, la repetición de la palabra “desnudo” produce una progresiva eliminación de las capas que separan al sujeto del mundo (Fijman, 1931/2005). Los ojos, la carne, la tierra, el cielo, el día y la noche aparecen sometidos a un mismo proceso de despojamiento.

La palabra no agrega información.

Insiste.

Y al insistir cambia de naturaleza.

La repetición convierte el lenguaje en acción. Una palabra pronunciada una vez pertenece todavía al discurso; repetida hasta el límite, comienza a adquirir una dimensión ritual.

Aquí aparece una de las características más intensas de la poesía de Fijman: la voluntad de eliminar la distancia entre palabra y experiencia.

No se trata de explicar la desnudez.

Se trata de desnudar el lenguaje.

La poesía pierde progresivamente sus ornamentos y queda reducida a una serie de golpes verbales que buscan modificar la percepción.

La palabra repetida funciona casi como una percusión sobre el cuerpo. No comunica solamente; insiste, afecta y transforma. El poema se acerca a una ceremonia en la que el lector participa aunque no comprenda por completo aquello que está ocurriendo.

La visión no es una imagen contemplada desde lejos.

Es algo que sucede dentro del cuerpo.

En “Poema XXVI”, esa transformación alcanza una intensidad mayor. Aparecen ríos, fuego, agua, luz y corderos, pero las imágenes ya no obedecen a una representación naturalista. Las sustancias se mezclan y las categorías físicas pierden estabilidad. Una de las imágenes más poderosas presenta un “río oloroso de corderos” encendidos de luz y fuego (Fijman, 1931/2005).

El río deja de ser simplemente agua.

El cordero deja de ser solamente animal.

El fuego deja de ser solamente fuego.

Cada elemento invade al otro.

La imagen produce una realidad nueva.

Lindstrom (2016) ha relacionado este universo con el imaginario apocalíptico de la tradición bíblica. El río, los corderos, el fuego y la luz forman parte de una escenografía visionaria en la que los símbolos cristianos adquieren una configuración propia.

Pero Fijman no se limita a utilizar símbolos religiosos.

Los hace arder.

Los hace cambiar de estado.

Los introduce en una materia verbal donde ya no es posible separar completamente una cosa de otra.

Aquí la poesía alcanza una de sus formas más radicales. El lector no puede traducir inmediatamente la imagen a una proposición lógica. Tiene que permanecer dentro de ella.

Eso constituye una de las mayores fuerzas de Fijman.

La lógica discursiva se desarma.

Queda la intensidad.

Queda el choque de las imágenes.

Queda el cuerpo intentando soportar una realidad que ya no cabe en las categorías ordinarias.

 

La vida después de los libros 

 

La vida de Fijman estuvo marcada paralelamente por dificultades económicas, problemas de salud mental e internaciones. En 1942 fue internado en el Hospicio de las Mercedes, donde permaneció durante gran parte del resto de su vida. Murió en Buenos Aires el 1 de diciembre de 1970.

Esta parte de su biografía ha influido profundamente en la manera en que se ha interpretado su obra. Durante mucho tiempo predominó la imagen de Fijman como “el poeta loco”, el escritor marginal que terminó sus días en una institución psiquiátrica. Aunque este aspecto forma parte de su historia, utilizarlo como explicación de toda su producción resulta insuficiente.

La propia historia de la recepción de Fijman demuestra el problema. Cárcano (2014) estudia cómo la condición marginal del escritor influyó en la circulación editorial de su poesía y en su progresiva incorporación al canon literario. La figura biográfica terminó adquiriendo tanta fuerza que, en ocasiones, llegó a ocultar la complejidad de los poemas.

La Biblioteca Nacional Mariano Moreno también ha contribuido a recuperar la dimensión literaria de Fijman mediante la conservación de primeras ediciones de sus libros y otros materiales vinculados con su trayectoria. Entre estos documentos se encuentran dibujos y manuscritos realizados durante sus años de internación (Biblioteca Nacional Mariano Moreno, 2026).

La producción de Fijman, además, no terminó con Estrella de la mañana. Después de 1931 continuó escribiendo, aunque una parte importante de esos textos quedó dispersa. Algunos fueron entregados a amigos y conocidos; otros permanecieron inéditos durante décadas. Esta circunstancia ha obligado a los investigadores a reconstruir una obra que no quedó organizada por el propio autor en un conjunto definitivo.

Arancet Ruda (2020) denomina “obra fuera de libro” a este conjunto de textos dispersos. La expresión resulta útil porque permite comprender que la producción posterior de Fijman no constituye simplemente un apéndice de sus tres libros conocidos, sino un corpus complejo que incluye poemas, cuentos y otros materiales. Su recuperación ha permitido ampliar considerablemente la imagen tradicional del poeta.

La existencia de estos manuscritos permite observar también al Fijman de las décadas posteriores a Estrella de la mañana. El Archivo Histórico de la Universidad del Salvador conserva manuscritos del poeta correspondientes, entre otros períodos, a la década de 1960. Estos documentos muestran que Fijman continuó escribiendo durante sus años de internación y que su actividad literaria no desapareció con su aislamiento institucional (Universidad del Salvador, s. f.).

Otro elemento relevante es la relación entre la identidad cultural de Fijman y su escritura. Nacido en una familia judía de origen europeo y convertido posteriormente al catolicismo, el poeta estuvo atravesado por diferentes tradiciones culturales y religiosas. Algunos estudios recientes han propuesto considerar esta condición como una clave para interpretar determinados aspectos de su poesía (Arancet Ruda, 2021, 2025).

Su posición resulta, en este sentido, particularmente compleja: inmigrante en la Argentina, judío de nacimiento y posteriormente católico, vinculado con la vanguardia pero alejado de sus principales grupos, escritor reconocido por algunos contemporáneos y al mismo tiempo relegado por el circuito editorial. La condición fronteriza puede servir para describir buena parte de estas tensiones.

También resulta significativo que Fijman haya sido poeta, músico y artista plástico. Los documentos conservados por instituciones como la Universidad del Salvador demuestran que su actividad creativa no se limitó a los libros publicados. Durante las décadas posteriores continuó produciendo textos y dibujos que hoy permiten estudiar otros aspectos de su universo artístico (Universidad del Salvador, s. f.).

 

Una poesía que no acepta encierro

 

Por todo ello, Fijman resulta difícil de clasificar. Se lo ha considerado poeta de vanguardia, escritor marginal, poeta místico, autor visionario y figura vinculada con el surrealismo. Cada una de estas categorías permite observar una dimensión de su producción, pero ninguna resulta suficiente.

Su poesía ocupa un espacio intermedio entre la experiencia cotidiana y la búsqueda de una realidad trascendente. El lenguaje intenta modificar la percepción antes que ofrecer una descripción ordenada del mundo. En Molino rojo, esto se manifiesta mediante la fragmentación y las asociaciones sensoriales; en Hecho de estampas, mediante una búsqueda espiritual cada vez más intensa; y en Estrella de la mañana, mediante una poesía de carácter místico y visionario (Cussen, 2013).

Quizá esa continuidad sea uno de los rasgos más importantes de su obra. Aunque cambien los temas y las referencias, permanece el deseo de alcanzar una experiencia que desborde las formas habituales de conocimiento. La poesía funciona como instrumento de exploración.

Por eso Fijman no debería ser recordado únicamente como un escritor que padeció la exclusión o que pasó sus últimos años internado. Esa perspectiva convierte su vida en una anécdota y su poesía en una consecuencia de la enfermedad. Una lectura más atenta permite invertir la relación: su vida proporciona un contexto imprescindible, pero su obra posee una autonomía estética y conceptual que merece ser estudiada por sí misma.

Más de medio siglo después de su muerte, Fijman continúa ocupando un lugar particular en la literatura argentina. Sus poemas siguen siendo objeto de investigaciones académicas, reediciones y estudios sobre la mística, la vanguardia, la marginalidad, la identidad cultural y las relaciones entre literatura y percepción.

Su importancia no depende de la leyenda construida alrededor de su figura. Depende de una obra que todavía plantea problemas difíciles y que no se deja encerrar fácilmente en una categoría.

Jacobo Fijman escribió desde los márgenes de varias tradiciones y terminó convirtiendo esa posición fronteriza en una de las características esenciales de su poesía. Su obra invita a reconsiderar la relación entre lenguaje, experiencia y conocimiento.

En Molino rojo, el mundo se descompone en sensaciones.

En Hecho de estampas, esas sensaciones comienzan a adquirir el peso de signos.

En Estrella de la mañana, los signos se transforman en visión.

El recorrido no es una simple evolución literaria. Es una transformación de la manera de mirar.

Primero está el cuerpo.

Después, el signo.

Finalmente, la visión.

Y entre los tres permanece la palabra, sometida a una presión que la obliga a abandonar su función cotidiana.

Fijman no quiso que el lenguaje describiera una realidad ya conocida.

Quiso llevarlo hasta el lugar en que la realidad comienza nuevamente a ser desconocida.

Esa es la razón por la que sus poemas continúan produciendo extrañeza. No porque pertenezcan a un pasado literario peculiar, sino porque todavía cuestionan la manera en que miramos, nombramos y ordenamos el mundo.

La poesía de Fijman no ofrece una salida sencilla.

Abre una puerta.

Y detrás de esa puerta no hay una explicación.

Hay otra forma de percibir.

 

 

Referencias

 

Arancet Ruda, M. A. (2001). Jacobo Fijman: Una poética de las huellas. Corregidor. https://www.cervantesvirtual.com/portales/escrituras_fronterizas_literatura_argentina/bibliografia/

Arancet Ruda, M. A. (2020). Fijman, obra fuera de libro. En J. Maristany, M. Oliveto, D. Pellegrino, & N. Redondo (Eds.), Literaturas de la Argentina y sus fronteras: Tensiones, disensos y convergencias (Tomo II). Teseo. https://www.teseopress.com/literaturasdelaargentina2/chapter/fijman-obra-fuera-de-libro/

Arancet Ruda, M. A. (2021). Fijman inédito editado en España y en la Argentina. Gramma, 32(67). https://bicyt.conicet.gov.ar/fichas/produccion/11948114

Arancet Ruda, M. A. (2025). Judeidad como clave de interpretación en la poética de Jacobo Fijman. Confabulaciones. Revista de Literaturas de la Argentina, 7(14). https://ojs.filo.unt.edu.ar/index.php/confabulaciones/article/view/378

Biblioteca Nacional Mariano Moreno. (2026). 1926–2026: A 100 años del año decisivo de la literatura argentina. https://bn.gob.ar/micrositios/admin_assets/issues/files/f847d2cd13637e4f588a6c4db975d0.pdf

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. (s. f.). Jacobo Fijman. En Escrituras fronterizas de la literatura argentina. https://www.cervantesvirtual.com/portales/escrituras_fronterizas_literatura_argentina/biografias/

Cárcano, E. (2013). Hecho de estampas o la noche oscura de Jacobo Fijman. III Congreso Internacional Cuestiones Críticas, Universidad Nacional de Rosario. https://bicyt.conicet.gov.ar/fichas/produccion/9841569

Cárcano, E. (2014). El camino más desierto: El canon y las ediciones de la poesía de Jacobo Fijman. Gramma, 25(52), 97–123. https://ri.conicet.gov.ar/bitstream/handle/11336/102821/CONICET_Digital_Nro.3b17caf6-5d30-47ff-9a27-f27a821ba741_A.pdf

Cárcano, E. (2026). Converso, místico, visionario: Para una caracterización del sujeto del imaginario poético de Jacobo Fijman y de sus lecturas. Revista de Literaturas Modernas, 56(1), 33–57. https://revistas.uncu.edu.ar/ojs3/index.php/literaturasmodernas/article/view/9424

Cussen, F. (2013). Sinestesia y dinamismo en la poesía mística de Jacobo Fijman. Boletín de Filología, 48(2), 35–58. https://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0716-58112013000200002&script=sci_arttext

Fijman, J. (2005). Obra poética (2 vols.). Del Dock. (Obras originales publicadas en 1926, 1929 y 1931).

Lindstrom, N. (2016). Estrella de la mañana de Jacobo Fijman: Poesía y apocalipsis. Perífrasis. Revista de Literatura, Teoría y Crítica, 7(13), 55–67. https://biblat.unam.mx/hevila/PerifrasisRevistadeliteraturateoriacritica/2016/vol7/no13/4.pdf

Universidad del Salvador. (s. f.). Manuscritos de Jacobo Fijman. Archivo Histórico de la Universidad del Salvador. https://archivohistorico.usal.edu.ar/index.php/hbkn-xphm-wsgn

Biblioteca Nacional Mariano Moreno. (s. f.). Jacobo Fijman: Registro bibliográfico. Catálogo de la Biblioteca Nacional. https://catalogo.bn.gov.ar/F/MIHV3LBRAPKN5XJ792U8GXV77VBFVR9YTUX5DI28ATN1I8QDSC-08740?doc_number=001523316&func=direct&local_base=GENER

Open Library. (s. f.). Jacobo Fijman. https://openlibrary.org/authors/OL816895A/Fijman_Jacobo


Monday, August 31, 2026

Tony Duvert: la infancia contra el cuchillo del deseo

 

 


 

 

 

Hay escritores que escriben sobre el cuerpo. Tony Duvert quiso hacer algo más brutal: quiso convertir el cuerpo en una acusación.

No hay aquí una literatura que pueda ser encerrada tranquilamente entre dos paredes conceptuales. Duvert exige otras puertas, otras heridas, otras formas de nombrar su operación. Su obra puede entenderse como una escritura de la profanación, una poética de la insurrección, una anatomía de la transgresión, una máquina verbal contra la normalidad y un teatro negro del deseo.

Cinco posibilidades expresivas para una obra que se negó a aceptar que la literatura tuviera que comportarse como un ciudadano obediente.

Tony Duvert nació en 1945 y murió en 2008. Publicó Récidive en 1967, Portrait d'homme-couteau e Interdit de séjour en 1969, Le Voyageur en 1970 y Paysage de fantaisie en 1973, novela que recibió el Prix Médicis. En 1974 apareció Le Bon sexe illustré; en 1976, Journal d'un innocent; y en 1980, L'Enfant au masculin, quizá el texto donde su pensamiento sobre la sexualidad infantil alcanza su formulación ideológica más explícita (Duvert, 1967, 1973, 1974, 1976, 1980). La bibliografía de Éditions de Minuit confirma esta trayectoria y sitúa Journal d'un innocent entre las obras centrales de su producción.

Pero no es suficiente enumerar libros.

Hay que abrirlos.

Hay que meter las manos en ellos.

Y entonces aparece el problema.

 

 

I. El escritor que quiso romper la jaula y terminó acariciando los barrotes

 

Duvert pertenece a una época en la que la revolución sexual parecía haber encontrado una llave capaz de abrir todas las puertas. La familia, la moral religiosa, la heterosexualidad normativa, la educación represiva, la institución matrimonial y las formas burguesas de organizar el deseo fueron sometidas a una crítica radical.

Duvert llevó esa crítica hasta el extremo.

Pero el extremo no siempre es una liberación.

A veces es un abismo.

Su escritura quiso mostrar que aquello que la sociedad llamaba perversión podía ser el nombre impuesto a deseos que la moral dominante prefería no reconocer. En Le Bon sexe illustré, Duvert atacó las formas convencionales de educación sexual y la subordinación de la sexualidad a la reproducción, la familia y las instituciones (Duvert, 1974).

La operación era intelectualmente explosiva.

Pero dentro de ella había una carga que no podía desaparecer por decreto: la defensa de la sexualidad entre adultos y niños.

Aquí comienza la verdadera combustión de Duvert.

Porque una cosa es atacar una norma que regula relaciones entre adultos capaces de consentir; otra muy distinta es eliminar la protección de quienes todavía no poseen la autonomía necesaria para consentir una relación sexual con un adulto.

Duvert quiso borrar esa diferencia.

Y precisamente ahí su escritura se vuelve más peligrosa.

No porque haya transgredido una prohibición, sino porque convirtió la vulnerabilidad infantil en territorio de experimentación ideológica.

 

 

II. Diario de un inocente: el cuerpo convertido en confesión

 

En español, Diario de un inocente fue publicado por Pre-Textos en 2005, en traducción de Manuel Arranz. El volumen corresponde a Journal d'un innocent, publicado originalmente por Minuit en 1976 (Duvert, 1976/2005). El catálogo de Pre-Textos registra la edición española con 264 páginas y la traducción de Arranz; la bibliografía de Minuit confirma la edición francesa de 1976.

Este libro resulta indispensable para comprender el corpus porque Duvert abandona parcialmente la distancia de la ficción y construye una escritura de apariencia confesional. El diario permite que el cuerpo del autor, el cuerpo deseante y el cuerpo político se aproximen hasta confundirse.

No escribe:

esto sucede.

Escribe, en cambio:

esto soy.

Y ese desplazamiento cambia la temperatura del texto.

Diario de un inocente funciona como una especie de laboratorio autobiográfico donde la sexualidad se convierte en principio de interpretación del mundo. El libro no habla únicamente de homosexualidad: se extiende hacia la educación, la familia, la moral, la ley, la burguesía, la diferencia, la represión y las formas sociales de producir normalidad (Duvert, 1976/2005). La recepción editorial española subraya precisamente esa amplitud temática.

Pero el centro oscuro del diario está en otro sitio.

En la infancia.

Duvert no presenta la relación entre adulto y niño como una simple aberración individual. Intenta convertirla en un problema político y cultural. La sexualidad infantil aparece, en su argumentación, como algo que la sociedad adulta habría reprimido y confiscado.

Aquí la escritura realiza una maniobra peligrosa: transforma la crítica de la represión en una crítica de la prohibición misma.

Y una vez que toda prohibición es sospechosa, la prohibición de la sexualidad adulta con menores queda colocada en el mismo escenario que otras formas históricas de represión.

Ese es uno de los puntos donde la lógica de Duvert se rompe.

Porque no toda prohibición es equivalente.

Una norma puede proteger al poderoso.

Otra puede proteger al vulnerable.

Confundirlas es convertir la liberación en una trituradora.

 

 

III. La inocencia como campo de batalla

 

El título Diario de un inocente es particularmente perturbador porque la palabra «inocente» no funciona simplemente como descripción psicológica. Se convierte en una categoría de combate.

¿Quién es el inocente?

¿El niño?

¿El adulto que desea al niño?

¿El escritor que desafía la moral?

¿El individuo acusado por la sociedad?

La respuesta de Duvert es deliberadamente incómoda: intenta trasladar la acusación hacia las instituciones que producen la definición de inocencia y perversión (Duvert, 1976/2005).

Pero allí aparece una paradoja monstruosa.

Si el adulto se declara inocente porque la sociedad ha fabricado la categoría de perversión, ¿quién queda autorizado para hablar por el niño?

El adulto.

Otra vez el adulto.

Siempre el adulto.

La voz que pretende liberar al niño termina interpretándolo.

La mano que pretende arrancarlo de la prisión puede terminar colocándose sobre su boca.

La transgresión de Duvert alcanza aquí su punto máximo: no solamente quiere destruir el tabú; quiere destruir la estructura conceptual que permite considerar abusiva la sexualidad entre adulto y menor.

Ésa es la radicalidad de su posición.

Y también su límite ético fundamental.

 

 

IV. Paysage de fantaisie: el paisaje donde la infancia arde

 

En Paysage de fantaisie (1973), Duvert lleva la infancia al centro de una imaginación deliberadamente perturbadora. La novela recibió el Prix Médicis de ese año y fue publicada por Éditions de Minuit.

El propio proyecto de la novela subvierte la representación convencional de la infancia. Los niños aparecen separados de la imagen sentimental que la cultura adulta suele construir sobre ellos. No son pequeños ángeles destinados a confirmar la pureza del mundo.

Son cuerpos.

Son lenguaje.

Son deseo.

Son violencia.

Son juego.

Son mercancía.

Son víctimas.

Son también, dentro de la imaginación de Duvert, sujetos de una sexualidad que el adulto no debería apropiarse.

La novela coloca al lector frente a una infancia despojada de la protección estética que suele convertirla en símbolo de inocencia. Pero el problema consiste en que Duvert lleva ese desmontaje hasta una zona donde la crítica de la representación puede terminar sirviendo para borrar la vulnerabilidad real del niño.

La literatura puede destruir la imagen idealizada de la infancia.

No puede, por ello, destruir la necesidad de proteger a los niños.

Son dos operaciones diferentes.

Duvert quiso hacerlas coincidir.

 

 

V. El cuchillo de L'Enfant au masculin

 

Si Diario de un inocente convierte el cuerpo en confesión, L'Enfant au masculin (1980) convierte la confesión en programa.

Aquí ya no basta el escándalo narrativo.

Duvert argumenta.

La pedofilia deja de aparecer solamente como materia literaria o autobiográfica y se integra en una teoría de la liberación sexual. El autor establece una solidaridad entre la lucha homosexual y la reivindicación de la sexualidad entre adultos y menores, enfrentándolas a lo que identifica como una estructura social de dominación sexual (Duvert, 1980). La bibliografía de Minuit confirma la publicación de L'Enfant au masculin como ensayo en 1980.

Y aquí el escritor deja de jugar con el incendio.

Quiere organizarlo.

La diferencia es decisiva.

Una novela puede representar una transgresión sin necesariamente convertirla en doctrina. Un ensayo que pretende demostrar la legitimidad de esa transgresión realiza otra operación.

Duvert no se limita a describir el deseo pedófilo.

Lo defiende.

Lo politiza.

Lo inserta dentro de una genealogía de emancipaciones.

Y precisamente por eso su obra exige una lectura crítica más severa.

No basta con decir que fue «provocador».

Provocar es lanzar una piedra contra una ventana.

Duvert quiso demostrar que la ventana nunca debió existir.

 

 

VI. El cuerpo contra la moral

 

Hay algo profundamente cercano al teatro de la crueldad de Artaud en esta voluntad de Duvert de arrancar las palabras de sus lugares cómodos. El cuerpo no aparece como decoración. Es una zona de combate.

Pero la crueldad no garantiza la verdad.

Un escritor puede destruir una convención y equivocarse.

Puede desenmascarar una hipocresía y fabricar otra.

Puede denunciar la violencia institucional y no percibir la violencia que produce su propio discurso.

Eso ocurre con especial intensidad en Duvert.

Su crítica de la familia resulta poderosa porque muestra cómo las instituciones pueden administrar el deseo. Su crítica de la educación resulta provocadora porque señala cómo los adultos construyen discursos sobre la sexualidad infantil sin escuchar necesariamente a los niños. Su ataque a la moral burguesa conserva una fuerza corrosiva.

Pero cuando utiliza esa crítica para disminuir la asimetría fundamental entre adulto y menor, la operación cambia de signo.

El cuerpo infantil deja de ser solamente aquello que debe ser escuchado.

Se convierte en argumento.

Y un niño no puede ser convertido en argumento para la emancipación sexual de un adulto.

 

 

VII. La obscenidad como método y como trampa

 

Duvert comprendió el poder de la obscenidad.

La obscenidad no consiste únicamente en mostrar lo prohibido. Consiste en obligar al espectador a mirar aquello que su cultura le ha enseñado a expulsar.

Por eso su escritura posee una fuerza que no desaparece porque sus tesis resulten rechazables.

El problema de Duvert no es que su obra sea demasiado transgresora.

Es que algunas de sus transgresiones se sostienen sobre una desigualdad que el propio discurso pretende negar.

Su literatura queda atrapada en esa contradicción.

La crítica social sigue siendo visible.

La belleza formal sigue existiendo.

La violencia verbal sigue golpeando.

La imaginación sigue siendo feroz.

Pero el programa sexual de Duvert no puede separarse limpiamente de la defensa de la pedofilia.

Y tampoco puede utilizarse esa defensa para invalidar automáticamente toda su obra.

Hay que mantener ambas verdades en tensión.

Ésa es la lectura más difícil.

Y quizá también la más honesta.

 

 

VIII. La caída del rebelde

 

El destino posterior de Duvert posee una ironía casi trágica.

El escritor que quiso vivir fuera de las convenciones terminó aislado de manera extrema. Después de Un anneau d'argent à l'oreille (1982) y Abécédaire malveillant (1989), su producción narrativa disminuyó considerablemente. Murió en 2008, después de largos años de aislamiento.

El escándalo que había utilizado como combustible terminó convirtiéndose en una habitación.

Una habitación sin lectores.

Sin amigos.

Sin ruido.

Sin revolución.

Y quizá aquí aparece la última tragedia de Duvert: confundió durante demasiado tiempo el aislamiento con la libertad.

Pero la libertad no consiste en quedar fuera de todos los límites.

Consiste también en comprender qué límites protegen a alguien que posee menos poder que nosotros.

 

 

IX. El cadáver de la inocencia

 

Tony Duvert sigue siendo incómodo porque no permite una lectura higiénica.

No podemos convertirlo simplemente en un monstruo y cerrar el libro.

Tampoco podemos convertirlo en un mártir de la liberación sexual.

Ambas soluciones son demasiado fáciles.

Su obra exige algo peor: pensar.

Pensar incluso aquello que produce rechazo.

Pensar por qué una literatura puede ser formalmente poderosa mientras defiende una posición éticamente inadmisible.

Pensar cómo la crítica de la normalidad puede degenerar en la abolición de toda protección.

Pensar cómo el lenguaje puede convertirse en un instrumento de emancipación y, simultáneamente, en una máquina para racionalizar el deseo del poderoso.

Diario de un inocente ocupa aquí una posición decisiva porque muestra el momento en que la transgresión deja de ser únicamente una estrategia estética y se transforma en autobiografía, teoría y reivindicación. Paysage de fantaisie convierte la infancia en un territorio imaginario devastado; Le Bon sexe illustré ataca los dispositivos educativos de la sexualidad; L'Enfant au masculin intenta proporcionar una arquitectura política a aquello que los otros libros habían llevado al terreno de la ficción y la confesión (Duvert, 1973, 1974, 1976/2005, 1980).

Ese recorrido forma un corpus coherente en su radicalidad.

Y precisamente por eso resulta necesario leerlo sin indulgencia.

Duvert quiso destruir la moral que le parecía hipócrita.

Pero la moral no es únicamente una cárcel.

A veces es el nombre provisional que una sociedad da a la obligación de proteger al que no puede protegerse solo.

Y entonces el escritor aparece ante nosotros con su cuchillo.

Lo levanta contra la familia.

Contra la Iglesia.

Contra la escuela.

Contra la ley.

Contra la burguesía.

Contra la normalidad.

Contra el lenguaje.

Contra la infancia domesticada.

Y finalmente el cuchillo gira.

La hoja vuelve hacia él.

Porque la verdadera pregunta que Duvert no pudo resolver es ésta:

¿puede existir una liberación del deseo que no se convierta en liberación del poder para disponer del cuerpo ajeno?

Si la respuesta es no, entonces toda revolución sexual que ignore esa diferencia lleva dentro de sí una pequeña maquinaria de dominación.

El cuerpo del niño no es el último territorio que el adulto debe conquistar.

Es precisamente el territorio que el adulto debe aprender a no conquistar.

Ahí termina Duvert.

No en la censura.

No en la absolución.

No en la comodidad del juicio.

Termina en una herida.

Una herida que sigue abierta porque su escritura nos obliga a contemplar el instante exacto en que la rebelión contra la moral puede transformarse en rebelión contra la protección.

Y entonces la literatura deja de ser una puerta.

Es un cuchillo.

Pero un cuchillo no sabe quién merece ser herido.

Por eso hay que aprender a sostenerlo sin confundir la violencia de la forma con la verdad de aquello que la forma pretende defender.

 

 

X. El último aislamiento: Tony Duvert frente al silencio

 

Después de haber hecho del lenguaje un arma contra la normalidad, Tony Duvert terminó viviendo en un lugar donde ya casi nadie parecía escuchar el ruido de sus palabras.

Nacido en 1945, Duvert comenzó a publicar muy joven. Récidive, su primer libro, apareció cuando tenía apenas veintidós años. Desde entonces construyó una obra que encontró en las Éditions de Minuit a su principal casa editorial y que alcanzó uno de sus momentos de mayor reconocimiento con Paysage de fantaisie, ganador del Prix Médicis en 1973. Pero aquella trayectoria de provocación, reconocimiento y controversia fue seguida por un progresivo alejamiento de la vida literaria. Después de Un anneau d'argent à l'oreille (1982), su relación con el mundo editorial comenzó a debilitarse; en 1989 publicó Abécédaire malveillant, una última descarga de aforismos contra aquello que detestaba, y después prácticamente dejó de publicar (Pancrazi, citado en Cooper, 2023).

El silencio no llegó de golpe.

Según Michel Longuet, amigo y colaborador cercano, Duvert comenzó a retirarse después de la publicación de Un anneau d'argent à l'oreille. Primero disminuyeron los encuentros y las respuestas a las cartas; después vino el traslado a Tours y finalmente el aislamiento en un pequeño pueblo de Loir-et-Cher. Longuet describe ese proceso como un retiro gradual del mundo, acompañado por dificultades materiales y por una creciente renuncia a la escritura. Duvert incluso destruía sistemáticamente los textos que intentaba escribir, como si la literatura hubiese dejado de ser capaz de cumplir la función que él le había atribuido: intervenir sobre el mundo (Longuet, citado en Cooper, 2023).

Hay algo ferozmente paradójico en ello.

El hombre que había querido hacer de la escritura una bomba política terminó destruyendo sus propios manuscritos.

El escritor que había querido conquistar el lenguaje terminó renunciando a las palabras.

El provocador que había imaginado que una frase podía cambiar las costumbres terminó viviendo lejos de los centros donde las costumbres se discutían.

Longuet recuerda que Duvert había depositado una enorme fe en la capacidad de sus libros para producir un efecto social. Durante los años de la liberación sexual había percibido la posibilidad de que su propia posición encontrara un espacio en la transformación de las costumbres; pero el posterior rechazo social hacia la pedofilia hizo que aquella expectativa se derrumbara. Para Longuet, hubo entonces una especie de colapso: cuando Duvert dejó de creer que su escritura podía intervenir sobre la sociedad, la escritura misma perdió su razón de ser (Longuet, citado en Cooper, 2023).

No es necesario aceptar esta interpretación como explicación definitiva de su retiro. El propio testimonio reconoce que pudieron existir otras causas: dificultades económicas, desencanto, circunstancias personales y razones que permanecen desconocidas. Pero el dato permanece como una imagen brutal: Duvert, que había hecho de la provocación una forma de existencia, terminó escogiendo el silencio.

En sus últimos años vivió en Thoré-la-Rochette, en el Loir-et-Cher, en condiciones de aislamiento cada vez mayores. La imagen que queda de aquel período contrasta violentamente con el Duvert de los años setenta: el escritor que había recorrido París, frecuentado los círculos de Minuit y participado activamente en las batallas culturales de su tiempo aparece ahora retirado en el campo, casi sin comunicación con el exterior. Según Longuet, dejó incluso de responder a las cartas de su antiguo entorno editorial (Longuet, citado en Cooper, 2023).

El 20 de agosto de 2008 fue encontrado muerto en su casa. Tenía sesenta y tres años y, según la información reproducida por Dennis Cooper, llevaba aproximadamente un mes muerto cuando fue descubierto. Se abrió una investigación, pero todo apuntaba a una muerte por causas naturales (Pancrazi, citado en Cooper, 2023).

Un mes.

Treinta días.

Un cuerpo muerto en una casa silenciosa mientras afuera continuaba el mundo que aquel cuerpo había intentado insultar, destruir, transformar.

No hubo una escena final.

No hubo lectores alrededor de la cama.

No hubo la teatralidad de la muerte que habría correspondido al escritor de la provocación.

Hubo solamente un cuerpo que dejó de responder.

Y quizás ésta sea la imagen más terrible para cerrar la trayectoria de Duvert: el escritor que quiso convertir el deseo en una fuerza capaz de transformar el mundo terminó muriendo en un mundo que ya no respondía a su escritura.

No hay aquí una moraleja.

Hay una paradoja.

Duvert había querido que la literatura fuese una intervención sobre la realidad. Cuando dejó de creer en esa posibilidad, dejó de escribir. El silencio no fue entonces simplemente ausencia de palabras: fue la consecuencia extrema de una crisis de confianza en la propia función de la palabra (Longuet, citado en Cooper, 2023).

Y así, después de haber llevado la transgresión hasta sus zonas más oscuras, Duvert terminó enfrentándose a una última transgresión: la desaparición del escritor detrás de su propia obra.

El escándalo sobrevivió.

El hombre no.

La obra permaneció.

El autor se retiró de ella.

Y cuando finalmente lo encontraron, llevaba ya un mes muerto.

La última habitación de Tony Duvert no fue una novela.

Fue el silencio.

 

Referencias

Duvert, T. (1973). Paysage de fantaisie. Les Éditions de Minuit.

Duvert, T. (1974). Le bon sexe illustré. Les Éditions de Minuit.

Duvert, T. (1976). Journal d'un innocent. Les Éditions de Minuit.

Duvert, T. (1980). L'enfant au masculin. Les Éditions de Minuit.

Duvert, T. (2005). Diario de un inocente (M. Arranz, Trad.). Pre-Textos. (Trabajo original publicado en 1976).

Éditions de Minuit. (s. f.). Tony Duvert.

Prix Médicis. (1973). Tony Duvert, Paysage de fantaisie. Prix Médicis.

Puglia, E., & Peano, I. (2018). Tony Duvert: A political and theoretical overview. Whatever. A Transdisciplinary Journal of Queer Theories and Studies, 1(1), 183–197. https://doi.org/10.13131/2611-657X.whatever.v1i1.12

Spotlight on … Tony Duvert Atlantic Island (1978) 

 

 

 
Copyright 2009 Las mesetas del basilisco. Powered by Blogger Blogger Templates create by Deluxe Templates. WP by Masterplan