Monday, August 10, 2026

Sobre la obra de Armando Gutiérrez Méndez: el monstruo que sueña dentro de la piedra


 

 

 


 

 

 

Hay escritores que inventan lo extraordinario y hay escritores que descubren que lo extraordinario estaba escondido en las cosas más humildes. Armando Gutiérrez Méndez pertenece a estos últimos. Su literatura nace de una sospecha: que la realidad, esa palabra que utilizamos para tranquilizarnos, no es tan real como creemos.

Una puerta, un perro, una gallina, una piedra, un objeto abandonado, un hombre que mira por una ventana: basta uno de estos elementos para que el mundo comience a inclinarse. No sabemos cuándo ocurre el cambio. El cuento comienza en la realidad y, sin pedirnos permiso, atraviesa una frontera invisible. Lo cotidiano se vuelve extraño; lo extraño conserva su apariencia cotidiana. Y nosotros, lectores, quedamos suspendidos entre ambos mundos.

Armando Gutiérrez Méndez nació en León, Guanajuato, en 1971. Ha recibido dos importantes reconocimientos nacionales: el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández, en 2005, por Apilados cráneos de mamut de piedra, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí, en 2010, por El rehilete.

Pero los premios son solamente las fechas exteriores de una obra. La literatura empieza en otro sitio: allí donde una imaginación descubre que una cosa puede ser otra sin dejar de ser ella misma.

Ése es uno de los secretos de Gutiérrez Méndez.

Su mundo no está poblado por fantasmas convencionales. Sus fantasmas tienen cuatro patas, plumas, piedra, metal o madera. A veces son objetos. A veces animales. A veces parecen ser hombres. Y, en ocasiones, no sabemos exactamente qué son.

El misterio no consiste en que aparezca lo imposible.

Consiste en que lo imposible parece perfectamente natural.

 

 

En El rehilete, un mismo objeto puede ser un molinillo de viento, las banderillas de un torero o una pulla maliciosa. El libro convierte esas distintas acepciones en una maquinaria de microficciones donde la ironía, la brevedad y la sorpresa conducen hacia una especie de epifanía.

La elección del título es reveladora.

Un rehilete gira.

Pero ¿qué es lo que gira?

El objeto, desde luego.

También la palabra.

También la imaginación.

También el significado.

Y quizá, finalmente, el lector.

El cuento breve de Gutiérrez Méndez se parece a ese movimiento: parte de una imagen, la hace girar y, cuando vuelve al punto de partida, ya no somos los mismos.

La brevedad es entonces una forma de profundidad.

No hay tiempo para explicar.

No hay espacio para tranquilizar.

El cuento arroja la imagen sobre nosotros y se retira.

Queda la conturbación.

 

 

Hay algo profundamente mexicano en esta manera de mirar las cosas.

México es un país donde los objetos nunca son solamente objetos.

Una piedra puede ser memoria.

Una máscara puede ser rostro.

Un esqueleto puede ser fiesta.

Un animal puede ser dios.

Un juguete puede contener una tragedia.

La realidad mexicana ha convivido siempre con la metamorfosis.

Los dioses prehispánicos podían adoptar formas animales; los santos cristianos adquirieron rostros indígenas; las fiestas transformaron la muerte en celebración; los objetos cotidianos fueron incorporados a un universo ritual.

Gutiérrez Méndez pertenece, consciente o inconscientemente, a esa tradición de la metamorfosis.

Pero la lleva hacia un territorio contemporáneo.

Ya no necesitamos dioses.

Tenemos perros.

Ya no necesitamos monstruos mitológicos.

Tenemos objetos abandonados.

Ya no necesitamos descender al inframundo.

Basta mirar una ventana durante la madrugada.

 

 

En uno de sus cuentos, El mastodonte, la presencia de un animal prehistórico se instala en la vida cotidiana de un hombre hasta convertirse en una carga y, al mismo tiempo, en una especie de compañero invisible. El narrador llega incluso a imaginar que aquel mastodonte puede llorar con él.

La situación es absurda.

Y precisamente por eso es verdadera.

¿Quién puede decir que un hombre no lleva un mastodonte sobre los hombros?

Hay personas que cargan muertos.

Otros cargan recuerdos.

Otros cargan culpas.

Otros cargan un amor perdido.

La literatura convierte esas cargas invisibles en animales.

La metáfora deja entonces de ser una figura retórica y se convierte en criatura.

El hombre que lleva un mastodonte no es menos real que nosotros.

Es, quizá, más real.

Porque nosotros hemos aprendido a ocultar nuestros animales interiores.

El escritor los deja salir.

 

 

Algo semejante ocurre en Gallinosaurio: una gallina se convierte en una criatura que parece conservar el recuerdo de un mundo remoto, anterior incluso a los hombres. Camina entre las otras gallinas y, sin embargo, parece mirar hacia un pasado de dinosaurios, meteoritos y volcanes.

La escena es cómica.

Pero la risa dura poco.

Porque detrás de la gallina aparece una pregunta:

¿Cuánto pasado cabe dentro de un animal?

Y después otra:

¿Cuánto pasado cabe dentro de nosotros?

El cuento transforma una gallina en una especie de fósil viviente. El animal cotidiano se convierte en memoria de la Tierra.

Aquí lo surreal no es una ruptura de la realidad.

Es una profundización de ella.

La gallina es real.

Los dinosaurios fueron reales.

Los meteoritos fueron reales.

Los volcanes fueron reales.

Lo fantástico consiste únicamente en hacer que una gallina recuerde lo que nosotros hemos olvidado.

Y quizá ésa sea una de las funciones más antiguas de la literatura: hacer que las cosas recuerden por nosotros.

 

 

En otro relato, Perro de pelea, un animal que parecía hecho para combatir termina convertido en una criatura inmóvil, casi de madera, que observa impasible a sus posibles rivales.

Otra vez aparece la paradoja.

El perro es más amenazador cuando deja de pelear.

La violencia está allí, pero ha sido transformada en quietud.

La imaginación del escritor produce una inversión.

Lo que esperamos que suceda no sucede.

Y precisamente por eso sucede algo más profundo.

El cuento nos obliga a pensar en la violencia como posibilidad.

No en el acto.

En la tensión anterior al acto.

El perro inmóvil contiene toda la pelea que no ocurre.

Así trabaja Gutiérrez Méndez: no siempre muestra el acontecimiento; a menudo muestra la sombra que el acontecimiento arroja sobre las cosas.

 

 

Y aquí encontramos una característica fundamental de su literatura:

la sombra tiene tanta realidad como el objeto.

Una literatura puramente realista nos dice:

Esto es un perro.

Una literatura fantástica nos dice:

Éste es un perro que habla.

Gutiérrez Méndez se sitúa en medio.

Nos dice:

Éste es un perro.

Pero ¿por qué tenemos la impresión de que nos está mirando?

La pregunta basta.

Ya estamos dentro de la literatura.

 

 

En El cacharro, un objeto aparentemente insignificante adquiere una presencia amenazante. El narrador observa sus movimientos posibles y teme que algún día pueda entrar en su casa.

Nada puede ser más sencillo.

Un objeto.

Una casa.

Una persona.

Un miedo.

Pero la imaginación introduce una fisura.

¿Puede un objeto tener voluntad?

El relato no necesita responder.

Lo importante es que el personaje lo cree posible.

Y una vez que alguien cree que un objeto puede entrar en su casa, el objeto ya ha adquirido una existencia distinta.

La imaginación ha modificado la realidad.

Ésta es una de las ideas más antiguas de la poesía: no vemos las cosas como son; las vemos como somos.

Pero Gutiérrez Méndez añade algo más inquietante:

a veces las cosas empiezan a ser como las imaginamos.

 

 

Por eso su literatura no es simplemente fantástica.

Es, en ciertos momentos, surreal.

Pero su surrealismo tiene una característica singular: no necesita abandonar la vida cotidiana.

No necesita relojes derretidos.

No necesita ciudades imposibles.

No necesita paisajes alucinantes.

Puede comenzar con una gallina.

Con un perro.

Con un cacharro.

Con un mastodonte.

Con un rehilete.

El objeto cotidiano es suficiente.

La imaginación hace el resto.

Y esto produce un efecto peculiar: el lector deja de confiar en las cosas.

Después de leer a Gutiérrez Méndez, una puerta ya no es solamente una puerta.

Una ventana puede ocultar algo.

Una gallina puede recordar los dinosaurios.

Un perro puede contener una batalla.

Un objeto puede estar esperando.

Un rehilete puede convertirse en una filosofía.

 

 

Aquí aparece también la importancia de la ironía.

La ironía protege al escritor de la solemnidad.

Gutiérrez Méndez no necesita decirnos que sus cuentos contienen grandes símbolos.

Los deja funcionar.

Una criatura absurda puede revelar una verdad seria.

Una situación cómica puede terminar siendo melancólica.

Una imagen grotesca puede producir ternura.

Un objeto insignificante puede convertirse en una amenaza.

La literatura se mueve así entre extremos.

Risa y miedo.

Realidad y sueño.

Animal y hombre.

Objeto y sujeto.

Vida y muerte.

Lo cotidiano y lo imposible.

Ése es el territorio del cuento.

 

 

Apilados cráneos de mamut de piedra ofrece una clave todavía más reveladora. El libro reimagina historias y acontecimientos que parecían conocidos, alterando sus causas y perspectivas para que vuelvan a nosotros con otro significado. La propia descripción editorial destaca esa operación de modificar lo que creíamos saber para obligarnos a apreciarlo de otra manera.

Esto es más que un procedimiento fantástico.

Es una concepción de la literatura.

El escritor no acepta la historia tal como se la entregaron.

Tampoco pretende negarla.

La vuelve a contar.

Y al volverla a contar, la transforma.

Quizá ésa sea la función esencial de la imaginación: no inventar otro mundo, sino hacer extraño el mundo que creíamos conocer.

Lo conocido es el enemigo de la imaginación.

Cuando una historia se vuelve demasiado conocida deja de producir preguntas.

Gutiérrez Méndez vuelve a ponerla en movimiento.

La gira.

Como un rehilete.

 

 

Por eso su obra puede leerse como una pequeña rebelión contra el sentido común.

El sentido común dice:

una gallina es una gallina.

El escritor responde:

¿estás seguro?

El sentido común dice:

un objeto no piensa.

El escritor pregunta:

¿cómo lo sabes?

El sentido común dice:

los muertos están muertos.

La literatura responde:

¿de verdad?

El sentido común dice:

esto es real y aquello es imaginario.

El cuento sonríe.

Y mezcla las dos cosas.

 

 

Tal vez ahí resida la grandeza de este cuentista leonés, universal.

No en haber construido un universo completamente fantástico, sino en haber descubierto que la realidad ya contiene sus propios monstruos, sus propios absurdos y sus propios milagros.

La imaginación no llega desde fuera.

Está dentro.

Dentro del animal.

Dentro del objeto.

Dentro del hombre.

Dentro del recuerdo.

Dentro de la palabra.

La literatura solamente abre la puerta.

 

 

Hay escritores que describen la realidad para que la reconozcamos.

Gutiérrez Méndez la transforma para que podamos verla.

Ésta es una diferencia enorme.

Reconocer es confirmar.

Ver es descubrir.

Y descubrir implica perder la seguridad.

Por eso sus cuentos dejan esa sensación peculiar: algo ha ocurrido, aunque no sepamos exactamente qué.

Terminamos un relato y el mundo continúa en su sitio.

La mesa sigue siendo una mesa.

La calle sigue siendo la calle.

El perro sigue siendo un perro.

La gallina sigue siendo una gallina.

Pero algo ha cambiado.

Nosotros.

Ahora sabemos que detrás de las cosas hay otra cosa.

Y detrás de esa otra cosa, quizá, otra.

 

 

Un escritor como Gutiérrez Méndez nos recuerda que el cuento es el género de la aparición.

No porque en él aparezcan necesariamente fantasmas, sino porque algo aparece en nosotros.

Una sospecha.

Una imagen.

Una memoria.

Una risa.

Un miedo.

Una pregunta.

La historia termina, pero la aparición continúa.

Ésa es la verdadera duración del cuento.

No está en sus páginas.

Está en la imaginación del lector.

 

 

León ha dado a la literatura mexicana algunos escritores cuya relación con lo extraño merece atención. Armando Gutiérrez Méndez ocupa un lugar singular en esa tradición: no busca lo fantástico en territorios remotos, sino en el corazón de lo cotidiano. Su biografía literaria —dos importantes premios nacionales y una obra que ha circulado también en antologías de cuento breve y microcuento— confirma una trayectoria ya reconocida institucionalmente.

Pero la literatura verdadera comienza después de los reconocimientos.

Comienza cuando el libro se cierra.

Cuando el jurado desaparece.

Cuando el premio deja de importar.

Cuando el lector queda solo con una imagen.

Un mastodonte llorando.

Una gallina que recuerda otro mundo.

Un perro que no pelea.

Un objeto que quizá algún día entrará en nuestra casa.

Un rehilete que gira.

Y entonces comprendemos que esas imágenes no eran extravagancias.

Eran espejos.

No reflejaban nuestro rostro.

Reflejaban aquello que llevamos dentro y que normalmente no queremos mirar.

Quizá por eso la literatura de Armando Gutiérrez Méndez tiene algo de sueño y algo de vigilia.

Es real porque reconoce las cosas.

Es surreal porque sospecha de ellas.

Es imaginaria porque las transforma.

Y es profundamente humana porque, al transformarlas, nos transforma también a nosotros.

Al final, un cuento suyo parece decirnos en silencio:

No confíes demasiado en la realidad.

Mírala otra vez.

Acércate.

Escucha.

Tal vez la piedra respire.

Tal vez el animal recuerde.

Tal vez el objeto sueñe.

Tal vez el hombre sea el verdadero monstruo.

Y tal vez la imaginación no sea una fuga de la realidad, sino la única manera que tenemos de entrar en ella.

 

Post scriptum: Los cuentos mencionados no pertenecen a ninguno de los dos libros; iban a forrmar parte de otro libro, una de cuyas partes se llamaría Historias de lo cotidiano.

 

Saturday, August 8, 2026

Los loops del amor












Hay algo que conviene advertir antes de juzgar la reiteración de ciertas imágenes en Cosas simples. En otro poeta, la insistencia de las mismas palabras —el fuego, las estrellas, el universo, la luz, los abismos, las flores, la lluvia— podría parecer una repetición innecesaria. En Enrique Rangel ocurre algo distinto.

Son loops poéticos.

El poeta vuelve.

Vuelve porque el amor no es para él una línea recta sino una órbita. Vuelve a la mujer amada como vuelve el pensamiento a aquello que no puede abandonar; vuelve a la juventud, al primer beso, al parque, a la lluvia, a Guanajuato, a la ausencia, al cuerpo, a la memoria. Cada regreso parece repetir el gesto anterior, pero nunca lo repite exactamente: el tiempo ha pasado y quien regresa ya no es el mismo.

La repetición es, entonces, una forma de conocimiento.

Hay experiencias que sólo podemos comprender regresando a ellas. Y hay amores que, precisamente porque son profundos, no avanzan: giran.

Rangel lo sabe incluso en la forma de nombrarse. Habla de un "pensamiento espiral", de una existencia gravitante, de un corazón que gira alrededor de otro corazón. No son solamente metáforas dispersas: forman una poética.

El poema se convierte en órbita.

El poeta escribe hacia el centro de su propia vida, pero ese centro no es él. Es el otro.

Por eso las repeticiones del libro no deben entenderse necesariamente como reiteraciones de un lenguaje que no encuentra nuevas formas, sino como retornos de un alma hacia el alma que ama. Cada "siempre", cada "otra vez", cada "desde entonces", cada regreso al parque o a Guanajuato es una manera de decir: sigo aquí; sigo amándote; sigo siendo aquel que te encontró; sigo encontrándote.

El amor verdadero tiene algo de mantra.

Se repite porque teme desaparecer.

Se repite porque al repetirlo lo mantiene vivo.

Se repite porque ciertas palabras, cuando han sido tocadas por una existencia compartida, dejan de ser simples palabras y se convierten en lugares.

De ahí que Cosas simples no deba juzgarse únicamente según una concepción lineal del desarrollo poético, como si cada poema tuviera la obligación de avanzar hacia una imagen nueva y abandonar inmediatamente la anterior. Este libro funciona de otra manera. Su estructura profunda es circular. Hay motivos que regresan como regresan los recuerdos, como regresan las estaciones, como regresa una canción que nos acompaña durante años.

Y quizá esto explique también la presencia constante de la música en el imaginario del poeta. Disintegration, de The Cure, aparece en el prólogo como la banda sonora del libro. Una canción no progresa como un argumento filosófico: vuelve sobre un motivo, lo repite, lo transforma mediante el ritmo y lo carga de una emoción nueva. Algo semejante ocurre aquí. El poema vuelve al mismo sitio para descubrir que el sitio ha cambiado.

Y nosotros también.

Por eso sería injusto pedirle a Enrique Rangel que abandone sus estrellas, sus soles, sus universos, sus fuegos y sus abismos simplemente porque aparecen muchas veces. Esas imágenes constituyen su respiración poética. Son parte de su idiolecto amoroso.

Un poeta no siempre elige sus obsesiones.

A veces sus obsesiones lo eligen a él.

En Rangel, la obsesión fundamental es la permanencia dentro de un mundo sometido a la impermanencia. Él mismo reconoce que ha aprendido de la mujer amada precisamente esa palabra: "impermanencia". Y aquí aparece la paradoja que sostiene todo el libro: el poeta sabe que todo pasa y, precisamente por eso, repite.

La repetición es su pequeña rebelión contra el tiempo.

Frente a la muerte, dice amor.

Frente a la ausencia, vuelve a nombrar.

Frente al envejecimiento, recuerda.

Frente a la impermanencia, escribe "siempre".

Y ese "siempre" no pretende engañar al tiempo. Es algo más humilde y más hermoso: la manera humana de oponerse a él.

Por eso estos poemas pueden leerse como cartas circulares dirigidas a una misma persona. Cada poema vuelve a encontrarla desde una edad distinta del poeta. A veces la encuentra en la muchacha del recuerdo; otras, en la mujer con quien comparte hijos, casa, cansancio y vida cotidiana; otras, en la figura casi cósmica que su imaginación convierte en Sol, universo o abismo.

Pero es siempre ella.

Y él también es siempre él, aunque se haya ajado —lo cual es un exceso pues el poeta es un hombre joven.

Ahí reside una de las mayores ternuras del libro.

El poeta parece decir: he cambiado, hemos cambiado, el mundo ha cambiado; pero hay algo que permanece porque sigo pronunciando tu nombre.

La poesía, entonces, no es aquí una sucesión de descubrimientos.

Es una vuelta al origen.

Y quizá por eso el título Cosas simples adquiere una profundidad inesperada. El poeta ha viajado por el universo de sus metáforas para descubrir que el centro estaba desde el principio en las cosas más sencillas: caminar juntos, besar, bailar, preparar la comida, escuchar una risa, mirar el atardecer, ir al supermercado, dormir abrazados.

Después de todo, el amor no necesita inventar otro universo.

Le basta con hacer que el universo que ya existe vuelva a comenzar.

Cada día.

Una y otra vez.

Como un loop.

Como un poema.

Como el corazón cuando ha encontrado, por fin, al alma de su alma.




Sunday, August 2, 2026

El umbral de la imagen: José Luis Pescador y la respiración de lo visible


Toda pintura auténtica nace de una paradoja: hacer visible aquello que no pertenece enteramente al reino de la visión. El pintor no reproduce el mundo; lo interroga. Entre la mirada y la materia se abre un espacio donde la realidad deja de ser un conjunto de objetos para convertirse en una presencia que vacila, se transforma y vuelve a comenzar. La obra de José Luis Pescador habita ese espacio. No es una pintura de certezas, sino de umbrales.

Mirar uno de sus cuadros significa ingresar en una región donde el tiempo pierde su linealidad. El pasado no aparece como memoria concluida ni el presente como una evidencia inmediata. Ambos se entrelazan en una misma respiración. La imagen no fija un instante: lo dilata. En esa dilatación descubrimos que la pintura es menos un objeto que un acontecimiento.

Maurice Merleau-Ponty observó que el pintor participa de la misma carne del mundo que intenta mostrar. La visión no es un acto de dominio sino una forma de pertenencia. Ver es ser alcanzado por aquello que se mira. Esta intuición parece recorrer toda la obra de José Luis Pescador. Sus figuras no ocupan el espacio; nacen de él. La luz no las ilumina desde fuera: emerge de su propia materia. El color no recubre las formas: las hace posibles.

La pintura aparece entonces como una experiencia de reciprocidad. El espectador no permanece frente a una imagen inerte; entra en una relación donde también él es observado. Cada cuadro devuelve la mirada y la transforma. Aquello que parecía exterior comienza lentamente a revelarse como una dimensión interior de quien contempla.

Esta experiencia recuerda la reflexión de Gilles Deleuze sobre la pintura de Francis Bacon. Para Deleuze, la tarea del pintor consiste en liberar la sensación de la servidumbre de la representación. La figura no vale por aquello que describe, sino por las fuerzas que hace perceptibles. La pintura no traduce conceptos; organiza intensidades.

La obra de José Luis Pescador comparte esa aspiración. En ella la figura nunca queda reducida a un signo estable. Los cuerpos, los rostros, los animales y los objetos parecen atravesados por una energía que impide fijarlos definitivamente. Todo se encuentra en tránsito. Las formas conservan la memoria de aquello que fueron y anuncian aquello que todavía pueden llegar a ser. El cuadro no representa el devenir: acontece como devenir.

Hubert Damisch afirmaba que la pintura piensa. No porque ilustre una filosofía, sino porque interroga las condiciones mismas de la visibilidad. Cada decisión formal constituye una hipótesis acerca del mundo. En la obra de Pescador esta dimensión reflexiva resulta inseparable de la experiencia sensible. El pensamiento no aparece separado de la materia pictórica; ocurre dentro del espesor del color, en la tensión de la línea, en la respiración del espacio.

Por ello sus composiciones nunca son meros ejercicios de virtuosismo técnico. La técnica desaparece en favor de una pregunta más profunda: ¿qué significa hacer visible aquello que continuamente escapa a la mirada?

Georges Didi-Huberman ha mostrado que toda imagen auténtica es una supervivencia. Ninguna imagen pertenece exclusivamente al presente; todas contienen tiempos heterogéneos que persisten en su interior. Mirar implica reconocer esa complejidad temporal. En los cuadros de José Luis Pescador sobreviven mitologías, recuerdos familiares, símbolos populares, gestos ancestrales y experiencias íntimas. Ninguno de estos estratos domina a los demás. Conviven como las distintas capas geológicas de una misma tierra.

Esta condición temporal aproxima su pintura a la poesía. Octavio Paz escribió que la imagen poética no describe una realidad ya dada; inaugura una presencia. La metáfora no sustituye una cosa por otra: revela la unidad secreta que las hace posibles. De manera semejante, la pintura de Pescador reúne elementos cuya relación no obedece a la lógica narrativa sino a una necesidad interior. La imagen establece correspondencias donde el pensamiento discursivo sólo percibiría diferencias.

No se trata de simbolismo en el sentido convencional. El símbolo aquí no remite a un significado oculto previamente establecido. Funciona como un centro de irradiación donde múltiples sentidos permanecen abiertos. La obra nunca concluye en una interpretación definitiva porque su verdad consiste precisamente en esa inagotabilidad.

Hans-Georg Gadamer comprendió que la experiencia estética es un diálogo. La obra de arte no existe independientemente de quien la contempla; acontece en el encuentro entre ambos. Comprender significa participar en un juego donde también el intérprete resulta transformado. Esta dimensión hermenéutica caracteriza profundamente la pintura de José Luis Pescador. Cada mirada recompone la obra sin agotarla. El cuadro permanece idéntico y, sin embargo, nunca vuelve a ser el mismo.

Jean-Luc Nancy llevó aún más lejos esta reflexión al señalar que la imagen no consiste únicamente en mostrar una presencia, sino también en preservar una distancia irreductible. Lo visible siempre conserva un resto que se resiste a toda apropiación. En la pintura de Pescador esa distancia constituye una de sus mayores virtudes. Nada se entrega completamente. Cada figura guarda una reserva de silencio. Cada rostro conserva una parte inaccesible. El misterio no es un efecto buscado; es la condición misma de toda presencia verdadera.

Esta reserva de sentido explica también la potencia política de la obra. Jacques Rancière ha insistido en que el arte transforma nuestra experiencia al modificar la distribución de lo sensible: aquello que puede ser visto, pensado y compartido. La pintura de José Luis Pescador no necesita representar explícitamente un conflicto para ejercer esa transformación. Basta con alterar nuestros hábitos perceptivos. Allí donde la mirada cotidiana simplifica, clasifica y consume, el cuadro introduce demora, incertidumbre y contemplación. En esa suspensión comienza otra forma de libertad.

Pero toda verdadera contemplación contiene también una dimensión de exceso. Georges Bataille entendió que existen experiencias cuyo valor no reside en la utilidad sino en la intensidad. El arte pertenece a esa economía distinta donde el gasto, la pérdida y el desbordamiento revelan aspectos esenciales de la existencia. La pintura de Pescador participa de esa soberanía. Sus imágenes no sirven para confirmar lo que sabemos. Nos conducen hacia una región donde el conocimiento se vuelve insuficiente y la sensibilidad recupera su capacidad de asombro.

Quizá por ello sus cuadros producen una impresión difícil de traducir en conceptos. No ofrecen respuestas ni ilustran teorías. Nos sitúan frente a una evidencia más antigua: la de que toda imagen auténtica constituye una pregunta dirigida a nuestra manera de habitar el mundo.

La obra de José Luis Pescador recuerda que la pintura continúa siendo uno de los lugares privilegiados donde la realidad puede reencontrar su profundidad. En una época dominada por la rapidez de las imágenes, su trabajo restituye el tiempo de la contemplación; frente a la transparencia inmediata, devuelve espesor; frente al ruido de la información, ofrece silencio.

Toda gran pintura nos enseña a mirar de nuevo. La de José Luis Pescador añade algo más: nos recuerda que la mirada no es únicamente una facultad del ojo, sino una forma de presencia. Allí donde el color se vuelve respiración, donde la figura permanece abierta y donde el tiempo se condensa en la materia, comprendemos que la imagen no es el reflejo del mundo. Es uno de los modos más profundos por los cuales el mundo continúa revelándose.

 

 



 

Wednesday, July 29, 2026

'Disoluta', poemario de Yadira Moreno Ramírez




Con este poemario, Yadira Moreno se consolida como una de las poetas de habla hispana cuya audacia carece de contradicción —en sentido spinozista— , y la sitúa en su singularidad como una de las voces poéticas más eminentes de Iberoamérica.

Del verso libre, pasando por el esquema cuadrangular (el haiku de cuatro versos), el caligrama, los nacorismos y poemas en prosa, 'Disoluta' — del latín 'dissolūtus', participio pasivo de dissolvĕre disolver, disipar— , nos plantea enigmas de principio: ¿qué es lo que se esfuma, desvanece, aclara, evapora, borra, clarifica, desagua, desaparece, elimina, esclarece? ¿Que es, por otro lado,, lo que se gasta, malbarata, pierde, derrocha, despilfarra, dilapida, malgasta?

Las respuestas corren por cuenta del lector. Sobre esto volveré más tarde. Al respecto sólo agregaré, como escribe Gadamer, que «el arte es una fiesta» y como tal siempre es la misma y siempre diferente, distinta. Con cada lectura algo nuevo adviene y los poemas constituyen un rizoma cuyo campo de sentido crea un circuito de intensidades —Deleuze-Guattari 'dixit'—potenciado en la vivencia estética que no es otra cosa que la experiencia de la Verdad.

El poemario está compuesto de tres partes y una coda: 'Rústico fervor', 'La nada me da risa', 'Alcaudón' y 'Sueños lúcidos'. La autora habla desde y hacia sí misma, también invoca lo mismo a Príapo que a Tlazoltéotl o al Dios Dinero, etc. La melancolía —alegría en la tristeza— es una forma de la expresividad que a través suyo los transita.

A semejanza de Michaux, la autora desea «sorprender misterios ocultos en otra parte» ('Connaissance par les gouffres'). La mención del crico y la marihuana no es gratuita. Se trata de una tarea de exploración a través del libre desarrollo de la personalidad poética. Una tarea disoluta enfocada en sí misma.

«No hay poema que no se abra como una herida», afirma Derrida. Poesía del dolor, de la soledad, del abismo, de la elegía y el sufrimiento, lo que tenemos frente a nosotros puede causar incomodidad pues su autora no es una poeta complaciente con su lector. He ahí, además, la audacia que mencioné al principio. Por ello, como escribe Rainer Maria Rilke en Elegías de Duino, «la belleza no es sino el nacimiento de lo terrible».

Además de poeta, filósofa y periodista, Yadira Moreno, es una lectora insasiable y una observadora de la realidad y de la verdad que hay en ésta. Sus influencias no son sólo literarias —en este sentido la autora sigue la consigna de Bashó: «No sigas las huellas de los antiguos. Busca lo que ellos buscaron»— también son musicales. Sus epígrafes incluyen a 'Little trouble girl’ de Sonic Youth ‘y a Nacha Guevara en una sugerencia a pie de página. En uno de sus poemas expresa: «Adoro a Vivaldi y /a Chopin como /adoro a La Santaera /y a Los Askis».

'Disoluta' incluye poemas eróticos donde la autora es la protagonista. 'Alcaudón' es uno de ellos; el suyo es de un erotismo lóbrego y bello que conturba: amor a muerte.

Heredera de Sade y con la elegancia de la escritora Gabrielle Wittkop podemos decir que con este libro estamos ante una poeta mayor, «la jeune dame indigne».

Concluyo con estas palabras de Chantal Maillard: «La poesía que necesitamos es aquélla capaz de devolvernos la conciencia de una semejanza fundamental, aquélla que nos permita el reconocimiento de nuestra común condición en la singularidad de cada acontecimiento. El poeta al que convocamos no habrá de evadirse de lo concreto. Muy al contrario, allí es donde hallará lo esencial; no lo universal, la idea vaciada de accidentes, sino la radical infinitud de cada cosa. El poeta que requerimos será aquél que tenga oído para captar el ritmo, la vibración de un ente, su sonoridad, su peculiar forma de vibrar y la capacidad de transmitirlo.»

The Ashtray Still Warm: On Yadira Moreno's 'Disoluta'



There are books that ask to be understood and others that ask only to survive the night. Disoluta belongs to the second kind. One imagines it forgotten on the table of a bar after closing time, beside a lipstick-stained glass and an ashtray full of cigarettes smoked by people who swore they would never return to each other. By dawn the cleaning crew would mistake it for another abandoned object. They would be wrong. It would be the only thing in the room still awake.

Yadira Moreno does not write as though poetry were a temple. She writes as though language had spent the night in jail for disturbing the peace. Her poems arrive with bruises. They smell of cheap perfume, philosophy, stale beer, and rain on concrete. That mixture should not work, yet it does, because she understands that every genuine lyric is born where dignity has already failed.

The title, Disoluta, is less a confession than an accusation. Society has always been eager to invent names for women who refuse to become monuments. Moreno accepts the insult, polishes it, and places it at the entrance of the book like a stray dog daring respectable visitors to step inside. The word ceases to be a verdict and becomes a passport.

Her poems seem populated by objects that have outlived their owners. Empty bottles remember better than lovers. Motel rooms become small chapels where desire performs its brief liturgies. A cracked mirror tells the truth more faithfully than a family portrait. The city itself behaves like an exhausted animal, dragging its neon lights through the darkness without expecting redemption. Everything possesses a secret biography. Everything has been abandoned once already.

This is where Moreno's poetry acquires its peculiar authority. She does not separate the vulgar from the sacred. She knows they share the same apartment. The curse and the prayer often use identical grammar. One simply arrives five minutes earlier.

There is an old superstition that suffering automatically improves literature. Disoluta quietly disproves it. Pain alone produces only noise. Moreno's achievement lies elsewhere. She has given her wounds an imagination. Instead of describing misery, she allows misery to dream. That difference is enormous. It is the distance between testimony and poetry.

What remains especially striking is the book's refusal to sanitize experience. Contemporary literature sometimes fears offending the reader more than disappointing language. Moreno appears unconcerned with either possibility. She trusts the intelligence of the poem rather than the comfort of the audience. If a line sounds dangerous, she follows it. If an image becomes excessive, she asks whether life itself has ever respected moderation.

One senses beneath these pages the long companionship between philosophy and disappointment. Ideas are never displayed like academic trophies. They emerge naturally, the way smoke escapes from a cigarette forgotten between two fingers. The existential questions do not interrupt the narrative of desire; they are desire's inevitable aftertaste.

Perhaps the greatest surprise in Disoluta is its humor. Not the humor of jokes but of survival. The laughter that appears after catastrophe, when the only alternative is silence. Such laughter has always been among poetry's oldest forms of intelligence. It refuses despair the satisfaction of having the final word.

Moreno's imagery possesses an urban ferocity. Streets do not merely contain memory; they manufacture it. Love is neither idealized nor condemned. It is another neighborhood where everyone eventually gets lost. The body is treated as both witness and evidence, never merely ornament. Flesh thinks. Memory bleeds. Language limps home at sunrise carrying both.

Reading Disoluta resembles entering a room where every object has shifted a few inches during the night. Nothing supernatural has occurred. Yet nothing remains entirely trustworthy. The reader gradually discovers that reality itself has become slightly intoxicated. This is one of poetry's oldest miracles: not to invent another world but to reveal the strange habits of this one.

The lasting impression of the book is not scandal but tenderness concealed beneath abrasion. Like certain walls covered in graffiti, the apparent violence protects an unsuspected vulnerability. Remove the rough surface and one finds not innocence—that would be too simple—but persistence. The stubborn decision to continue speaking after language has repeatedly failed.

In the end, Disoluta reminds us that poetry is not an escape from ordinary life. It is ordinary life after all the disguises have gone home. The bottles remain. The beds remain. The insults remain. The heart, against every probability, remains as well.

That may be the quiet miracle of Yadira Moreno's work. She finds lyricism not despite the ruins but because of them. She walks through the debris carrying no banner, only a notebook. By the time she leaves, the broken glass reflects stars that were invisible before she arrived.

 

 

Friday, July 24, 2026

Al Dr. Gabriel Alfredo Cortés Alcalá, Secretario de Salud del Estado de Guanajuato.

 

 


 

 

Al Dr. Gabriel Alfredo Cortés Alcalá, 

Secretario de Salud del Estado de Guanajuato.

 

 

Señor Secretario: 

 

No escribo para agradecer. El agradecimiento pertenece a la economía de los favores, y la vida no puede reducirse a una contabilidad. 

 

 Escribo porque el cuerpo, cuando ha sido sitiado por el desorden de la mente, conoce una verdad que los archivos desconocen: un día de espera puede ser un siglo; una ausencia de medicamento puede convertirse en una máquina que fabrica abismos; un sello olvidado puede pesar más que una piedra sobre el pecho. 

 

La enfermedad mental no pide permiso. Irrumpe. Desgarra el sueño. Altera la respiración. Convierte el tiempo en una sustancia viscosa donde cada minuto parece querer devorar al siguiente. Quien no ha vivido esa fractura cree que el sufrimiento es una idea. Pero el sufrimiento no es una idea: es un órgano que late fuera de lugar. 

 

Por eso, cuando una institución responde con rapidez, ocurre algo extraordinario. El Estado deja de ser un edificio y se convierte, por un instante, en una presencia. La administración abandona su máscara mineral y recuerda que fue creada para impedir que la vida sea triturada por la indiferencia. 

 

Su respuesta a la solicitud de los medicamentos faltantes en el Centro de Atención Integral a la Salud Mental del Estado de Guanajuato produjo precisamente ese raro acontecimiento: la palabra se volvió acto. 

 

 Y un acto verdadero posee siempre un cuerpo. 

 

Tuvo el cuerpo del doctor Medina, en Urgencias, cuya atención fue inmediata, precisa y generosa. 

 

Tuvo el cuerpo del doctor Juárez, responsable de Calidad en el CAISAME, cuya compañía no fue la del funcionario que vigila un procedimiento, sino la del hombre que comprende que la dignidad también puede administrarse con una mirada, con una escucha y con una decisión. Fue él quien hizo posible la entrega del medicamento necesario, devolviendo al cuerpo aquello que el cuerpo reclamaba con la violencia del temblor. 

 

 Tuvo también el cuerpo del Subdirector del CAISAME, cuya intervención hizo que la institución no hablara con múltiples voces dispersas, sino con una sola voluntad orientada hacia la resolución del problema. 

 

Eso merece ser dicho. 

 

Vivimos rodeados de mecanismos que con demasiada frecuencia producen demora, distancia y olvido. Pero existen momentos en los que esos mismos mecanismos dejan de girar sobre sí mismos y permiten que aparezca lo único que justifica la existencia del servicio público: el encuentro entre una necesidad real y una respuesta real. 

 

No hay heroísmo en ello. 

 

Hay, más bien, el cumplimiento de una obligación que, cuando se realiza con humanidad, adquiere una grandeza casi insoportable porque nos recuerda cuán infrecuente se ha vuelto lo que debería ser cotidiano. 

 

El cuerpo humano no es una cifra presupuestal. No es un expediente. No es un número de afiliación. Es un campo donde cada demora deja cicatrices invisibles. 

 

Y la salud mental es quizá el lugar donde esas cicatrices hablan con mayor intensidad. 

 

 Por ello, esta carta no celebra un privilegio. Celebra que, por una vez, el aparato administrativo no devoró a la persona que acudió a él. Celebra que la decisión recorrió el camino completo hasta convertirse en presencia, medicamento y alivio. 

 

Ojalá toda política pública pudiera medirse así: no por el volumen de sus discursos, sino por la cantidad de sufrimiento que logra impedir. 

 

Porque allí donde un ser humano puede seguir respirando con un poco menos de miedo, allí comienza, verdaderamente, la civilización. 

 

Reciba mi reconocimiento por haber hecho posible esa cadena de actos eficaces, y hágalo extensivo al doctor Medina, al doctor Juárez y al Subdirector del CAISAME, cuya calidad profesional y humana convirtió una instrucción en una experiencia concreta de cuidado.

 

 La salud no empieza en los decretos. 

 

Empieza cuando una institución recuerda que el cuerpo que llama a su puerta no es un trámite, sino el lugar donde se juega, a cada instante, la posibilidad misma de seguir existiendo. 

 

Atentamente, 

  

victor ponsal

 

 

 

 

Tuesday, July 21, 2026

El teatro de la salud mental en Guanajuato


Hay instituciones que no curan: representan. No alivian: escenifican. El Centro de Atención Integral a la Salud Mental (CAISAME), en León, Guanajuato, parece haberse convertido en uno de esos escenarios donde la promesa de la atención pública se reduce a una escenografía montada de manera cuidadosa mientras, detrás del telón, los pacientes esperan. Se habla de salud mental con discursos solemnes. 

La directora del CAISAME en León, Guanajuato, doctora Ana Bertha Meza Pérez, y las autoridades de salud del estado, encabezadas por el secretario, el doctor Gabriel Alfredo Cortés Alcalá, afirman trabajar por el bienestar de los guanajuatenses. Pero para quien depende de un medicamento que simplemente no está disponible durante semanas, las palabras dejan de ser un compromiso y se transforman en un ruido hueco.

¿Qué significa hablar de atención integral cuando medicamentos como el alprazolam permanecen desabastecidos durante tanto tiempo? ¿Qué significa decir que existe seguimiento cuando el único puente entre la institución y el paciente es un número telefónico —4777400135— que permanece fuera de servicio? El silencio del teléfono se convierte en la voz auténtica de la institución: una voz que no responde.

Podemos reconocer, entonces, en este lugar, uno de los teatros más crueles: no el de la violencia explícita, sino el de la indiferencia burocrática. 

Un teatro donde el enfermo interpreta el papel del suplicante, obligado a regresar una y otra vez para escuchar la misma respuesta: "todavía no llega". Donde la incertidumbre se administra con mayor constancia que los medicamentos.

La farmacia, que debería ser el último eslabón de la atención, termina siendo para muchos pacientes una experiencia marcada por la desinformación, la falta de empatía y un trato que se percibe despótico. 

Cuando una persona vive con ansiedad u otro padecimiento psiquiátrico, no recibe únicamente una caja de medicamento: necesita orientación, claridad y respeto. Negarle esas tres cosas es prolongar su sufrimiento.

La salud mental no puede sostenerse únicamente con campañas, conferencias o declaraciones públicas. Se sostiene con medicamentos disponibles, canales de comunicación que funcionen, personal que informe con dignidad y una institución que comprenda que cada día sin tratamiento puede representar una crisis para quien espera.

La verdadera crueldad no consiste en un grito ni en un gesto violento. Consiste en obligar a quienes ya luchan contra su propia mente a enfrentarse también al laberinto de una institución que parece incapaz de responderles. 

Allí, el escenario permanece iluminado, los discursos continúan y la función nunca termina. Pero el paciente sigue esperando, y esa espera, interminable y silenciosa, es el acto más brutal de todos.

Wednesday, July 15, 2026

Carlos Hernández (León, Guanajuato 1972— ), collagista





La amistad no es un pacto entre dos seres; es una infección luminosa. Quien ha conocido a un verdadero artista sabe que la cercanía con él no concede reposo, sino una fiebre que desordena el pensamiento. Hay amistades que se sostienen con palabras, otras con silencios. La suya, en cambio, está hecha de fragmentos, de papeles arrancados a la carne del mundo, de imágenes que llegan como órganos desplazados desde un sueño demasiado despierto para llamarse sueño.

Su arte del collage no consiste en reunir pedazos, sino en demostrar que el universo nunca estuvo entero. Cada recorte es una amputación y también una revelación. Allí donde el ojo común ve restos, él descubre una gramática secreta, un alfabeto anterior a los idiomas y posterior a la muerte. No pega superficies: sutura heridas. No compone figuras: provoca el nacimiento de criaturas cuya respiración incomoda porque parece provenir de nuestro propio pecho.

He visto a muchos contemplar sus obras con la esperanza de comprenderlas. Se acercan como quien visita un museo. Se marchan como quien ha sobrevivido a un accidente. Porque la belleza, cuando es verdadera, no halaga. La belleza es una fuerza que desplaza los huesos del espíritu y obliga al pensamiento a abandonar sus hábitos. Sus collages poseen esa violencia silenciosa. No piden interpretación; exigen una transformación.

Ser su amigo significa aceptar que la realidad es una superstición mal aprendida. En nuestras conversaciones, un trozo de revista puede contener más destino que un tratado entero; una fotografía anónima abre una grieta por donde desfilan dioses mutilados, insectos con memoria humana, ciudades construidas con los restos del insomnio. 

Nunca hablamos de arte como quien habla de una profesión. El arte es una epidemia. Un estado febril. Una ceremonia donde cada imagen sacrifica su significado para renacer convertida en presencia.

Lo admirable no es únicamente su talento, sino el riesgo que asume cada vez que enfrenta la página vacía. Allí combate contra el orden que pretende domesticar la imaginación. Cada recorte que coloca es un rechazo a la obediencia de las formas. Cada vacío que deja respirar entre las imágenes posee la densidad de un abismo. Y el espectador, sin advertirlo, cae en él con una mezcla de fascinación y terror.

Hay artistas que ilustran el mundo. Él lo desmiembra para devolverle una anatomía más verdadera. Sus composiciones parecen recordar algo que jamás vivimos y, sin embargo, reconocemos con el estremecimiento reservado a las revelaciones. 

Esa es la paradoja de su belleza: cuanto más incomprensible parece, más íntima resulta. Nos enfrenta a un enigma que no espera solución porque su única finalidad es mantener despierta la herida de la conciencia.

Por eso la amistad con un creador semejante jamás puede reducirse al afecto. Es una complicidad con las fuerzas que desgarran las apariencias. Quien camina junto a él aprende que las imágenes poseen hambre, que los objetos sueñan con abandonar su utilidad y que el caos, cuando encuentra una mano capaz de escucharlo, adquiere la precisión de un rito.

No conozco elogio suficiente para un artista cuya obra convierte el desconcierto en una forma superior de claridad. Sus collages no embellecen el misterio: lo liberan. Y en esa liberación el espectador deja de contemplar una obra para descubrir que es él quien ha sido recortado, desplazado y ensamblado de nuevo por una inteligencia que trabaja allí donde el lenguaje se rompe y el espíritu comienza, por fin, a respirar con una ferocidad desconocida.

https://carloshernandezartista.blogspot.com




Tuesday, July 14, 2026

The Mouth That Refused the Sky




There is a furnace nailed beneath my tongue.

Not a soul, not a dream, not a sickness

a furnace that eats the names of things before they can become obedient.

The walls insist they are walls.

I have watched them molt.

The floor crawls upward to interrogate my feet.

Every object has teeth hidden beneath its usefulness.

Do not tell me the world is intact.

I have heard it splinter behind its own face.

You arrive carrying clocks, papers, gentle voices sharpened into instruments.

You ask me to return.

Return where?

To the kingdom where every mouth agrees to call the knife a spoon?

No.

The body knows a geography the maps assassinated.

My ribs contain birds that were never granted feathers.

My blood writes alphabets that your dictionaries burn before dawn.

There are voices.

Do not mistake them for visitors.

They are the bones of language gnawing through the skull, trying to remember the first cry that existed before grammar murdered thunder.

You call this disorder.

I call it the price demanded by a universe too immense to pass through a single throat.

Strike me with your certainties.

Bind me inside immaculate rooms.

Count my pulse.

Measure my sleep.

Number the fractures of my invisible anatomy.

You will still fail to imprison the animal that has no organs, the fire that devours even its own ashes, the scream that tears open the mouth of God only to discover

another mouth

still screaming.




Thursday, July 2, 2026

Sobre la estupidez de usar WhatsApp bajo coacción





Sobre la estupidez de quienes obligan a usar WhatsApp bajo la amenaza de dejar de comunicarse con uno si no lo hace

Hubo una época en que las amistades se medían por la disposición a escuchar desgracias. Después bastó con contestar el teléfono. Hoy la prueba definitiva consiste en instalar una aplicación. La amistad, que antes sobrevivía a mudanzas, divorcios y préstamos jamás devueltos, ahora se rompe porque alguien insiste en mandar mensajes verdes.

El devoto de WhatsApp no cree usar una herramienta; cree habitar una civilización superior. Habla de la aplicación como los antiguos misioneros hablaban de la salvación: "¿Todavía no lo tienes?". La pregunta no busca información. Es un diagnóstico. Si la respuesta es negativa, el interlocutor pasa de ser una persona a convertirse en un rezagado tecnológico, una especie de campesino que aún escribe cartas con pluma de ganso.

Después llega el chantaje afectivo, que es una forma muy moderna de cariño. "Si no tienes WhatsApp, ya no sabré cómo hablarte". La frase es extraordinaria. Uno podría pensar que existen llamadas telefónicas, correos electrónicos, mensajes SMS o incluso la extravagancia de tocar un timbre. Pero no. La amistad depende exclusivamente de una empresa que, hasta hace unos años, ni siquiera existía. 

Lo que amenaza con desaparecer no es la comunicación, sino la comodidad.

Lo curioso es que quienes más presumen estar permanentemente conectados son también quienes tardan tres días en responder un mensaje importante. En cambio, tienen una velocidad admirable para reenviar videos de recetas imposibles, teorías conspirativas y fotografías de un piolín con frases motivacionales que sobrevivieron al cambio de siglo por razones que la ciencia aún no explica.

El fanático de WhatsApp confunde la facilidad con la obligación. Como enviar un mensaje toma cinco segundos, supone que responder también debería tomar cinco. Si uno no contesta de inmediato, aparecen las dos palomitas, luego el "¿?", después el "¿todo bien?" y finalmente el resentimiento. Nunca antes la ansiedad había contado con un sistema de rastreo tan eficiente.

Hay algo profundamente autoritario en quien convierte una preferencia tecnológica en requisito moral. No le basta usar una aplicación; necesita que todos la usen. La libertad ajena le parece un error de configuración. Y, si alguien se resiste, interpreta esa resistencia como una ofensa personal. 

Es el mismo impulso que lleva a ciertas personas a recomendar dietas, religiones o partidos políticos: no soportan ser felices en soledad.

Quizá el verdadero problema no sea WhatsApp, sino la vieja costumbre humana de convertir cualquier invento en una prueba de lealtad. Ayer era asistir a determinadas reuniones; hoy es instalar determinada aplicación. Mañana será otra cosa. La tecnología cambia con una velocidad admirable. El deseo de imponerla permanece obstinadamente analógico.




Tuesday, June 23, 2026

En el descenso a los infiernos





La melancolía no es una tristeza. La tristeza todavía conserva un orden, una gramática, una razón que la sostiene como una lámpara encendida en una habitación vacía. La melancolía, en cambio, es el incendio de la habitación y de la lámpara. Es el humo que permanece cuando ya no queda nada que arder.

Hay días en que el espíritu se convierte en un animal que se alimenta de sí mismo. Muerde sus propias patas, roe los huesos de sus recuerdos, devora el cartílago de las esperanzas que ayer parecían invencibles. Y sin embargo, incluso entonces, algo resiste. No la esperanza. La esperanza es una palabra demasiado limpia para ciertos infiernos. Lo que resiste es una obstinación más antigua que el pensamiento, una terquedad mineral, una fuerza oscura que dice sí cuando todo el universo parece haber pronunciado un no.

La esquizofrenia no divide simplemente al hombre. Lo multiplica. Lo arroja contra un espejo que no se rompe una vez, sino infinitamente. Cada fragmento refleja otro fragmento y en cada reflejo aparece un rostro que reclama ser el verdadero. Entonces uno se descubre habitado por una multitud de voces sin parlamento común, una asamblea de espectros que discuten en una lengua anterior a las palabras.

Pero el error consiste en creer que la unidad fue alguna vez posible.

¿Quién fue uno? ¿Cuándo? ¿Dónde estaba ese reino apacible en que el yo reinaba indiviso sobre sus provincias? Tal vez nunca existió. Tal vez la conciencia fue siempre una guerra civil cuya violencia sólo se hace visible cuando las murallas se derrumban.

La reflexión se rompe porque estaba rota desde el principio.

Y cada pedazo del espejo conserva una verdad distinta.

Uno de ellos recuerda la infancia como un paraíso perdido. Otro la recuerda como una cárcel. Otro niega que haya existido infancia alguna. Otro más observa a todos los anteriores con una risa cruel. Ninguno vence. Ninguno calla. Todos permanecen.

Entonces la melancolía adquiere una forma más profunda. Ya no es el duelo por algo perdido, sino el cansancio de sostener una multitud irreconciliable bajo una misma piel.

El cuerpo se convierte en el campo de batalla.

Los nervios son cables desnudos. La sangre parece circular llevando mensajes contradictorios. Los ojos miran el mundo y al mismo tiempo lo sospechan. Cada objeto parece contener una amenaza o una revelación. La realidad pierde su consistencia habitual y se vuelve una superficie vibrante, inestable, como si estuviera a punto de rasgarse.

Sin embargo, incluso en medio de esa fractura, hay una evidencia que ninguna voz consigue destruir.

Estoy aquí.

No como una certeza metafísica. No como una victoria. Apenas como un hecho.

Estoy aquí.

La tristeza no ha logrado borrarme.

La confusión no ha logrado borrarme.

Las imágenes que se persiguen unas a otras dentro del cráneo no han logrado borrarme.

Algo permanece.

Algo insiste.

No se trata de felicidad. Tampoco de redención. Mucho menos de reconciliación. Hay heridas que no buscan cerrarse porque forman parte de la estructura misma del ser. Hay grietas que sostienen edificios enteros. Hay fracturas sin las cuales la luz no encontraría entrada.

Perseverar en el ser significa aceptar que la existencia no siempre avanza hacia la claridad. A veces avanza hacia una oscuridad más vasta. A veces consiste únicamente en permanecer de pie mientras el pensamiento se desmorona alrededor como una arquitectura incendiada.

Y aun así permanecer.

Permanecer cuando la mente produce laberintos.

Permanecer cuando los nombres se vuelven extraños.

Permanecer cuando el espejo devuelve cien rostros y ninguno parece propio.

Porque quizá la dignidad más profunda no consiste en alcanzar una unidad imposible, sino en atravesar la dispersión sin abdicar de la presencia.

Seguir aquí.

No porque exista una promesa.

No porque el dolor vaya a desaparecer.

No porque el mundo deba una explicación.

Sino porque incluso hecho trizas, incluso multiplicado por todos los espejos rotos de la conciencia, incluso arrastrando la melancolía como una segunda sombra, el ser continúa pronunciándose a sí mismo.

Y mientras exista esa pronunciación, por débil que sea, por fragmentaria que resulte, todavía habrá algo que el abismo no haya conseguido devorar.





Thursday, June 18, 2026

La risa sobre las fosas o el teatro de la carroña





México es un país enterrado vivo.

No una nación: una herida. 

No una república: una excavación.

Bajo cada carretera, bajo cada sembradío, bajo cada colina donde el viento mueve las hierbas secas, parece latir una pregunta que nadie en el poder quiere escuchar demasiado tiempo: ¿dónde están?

Los muertos tienen tumbas.

Los desaparecidos tienen silencio.

Y el silencio es la más refinada de las torturas.

Durante años, la conferencia mañanera se convirtió en el escenario cotidiano donde el poder hablaba de sí mismo mientras el país se llenaba de ausencias. Allí se construyó una liturgia de palabras repetidas hasta el agotamiento, una ceremonia verbal destinada a sustituir la realidad por una narración. Pero la tierra no escucha discursos. La tierra guarda huesos.

Los críticos de Andrés Manuel López Obrador vieron en aquella tribuna una forma de indiferencia frente al sufrimiento. Mientras las masacres, los asesinatos y las desapariciones seguían acumulándose, muchas de sus respuestas fueron percibidas por las víctimas como gestos de frivolidad, desdén o incomprensión. Su doctrina de "abrazos, no balazos" fue presentada como una estrategia para enfrentar las causas profundas de la violencia; para sus detractores, en cambio, se convirtió en el símbolo de un Estado que parecía incapaz o renuente a imponer límites efectivos a organizaciones criminales cada vez más poderosas.

La tragedia fue creciendo.

Y también la distancia.

Distancia entre el lenguaje oficial y los cementerios clandestinos.

Distancia entre los informes gubernamentales y las madres que caminaban por el desierto.

Distancia entre las conferencias y las fosas.

Porque hay un momento en que las palabras dejan de ser palabras.

Se convierten en tierra.

Se convierten en sangre.

Se convierten en cuerpos.

Y después llegó la continuidad.

Claudia Sheinbaum heredó un país atravesado por la desaparición. También heredó una maquinaria política acostumbrada a responder a las críticas mediante la confrontación, la descalificación o la minimización del dolor ajeno. Sus adversarios sostienen que la crisis humanitaria de los desaparecidos no ha recibido la atención moral que exige una tragedia de semejante magnitud. Y cada gesto considerado displicente por los familiares de las víctimas ha profundizado la sensación de abandono.

Pero los gobiernos pasan.

Las madres permanecen.

Ellas son el verdadero rostro de México.

No los presidentes.

No los gobernadores.

No los partidos.

Ellas.

Mujeres que han aprendido a leer la tierra.

Mujeres que distinguen el olor de la muerte. 

Mujeres que cargan picos, palas y varillas porque las instituciones que debían buscarlos llegaron tarde o nunca llegaron.

Hay algo insoportable en esa imagen.

El Estado, con todos sus presupuestos, oficinas, vehículos, fiscales, soldados, asesores y ceremonias, retrocede.

Y una madre avanza.

Una sola mujer avanza.

Con una fotografía en la mano.

Con el nombre de su hijo clavado en el pecho.

Con una fuerza nacida de la desesperación. 

Artaud habría reconocido en ellas la verdad desnuda que el poder siempre intenta ocultar. Porque el sufrimiento no puede maquillarse. No puede administrarse. No puede convertirse en consigna.

La realidad termina por vengarse de quienes pretenden sustituirla con discursos.

Y la realidad mexicana tiene el rostro de una madre cavando bajo el sol.

Mientras tanto, la nación parece atrapada en una extraña enfermedad moral. Nos hemos acostumbrado a escuchar cifras tan enormes que ya no producen vértigo. Miles de asesinados. Miles de desaparecidos. Miles de familias destruidas. La repetición ha erosionado el espanto.

Pero cada desaparecido era una voz.

Cada desaparecido tenía una risa.

Cada desaparecido ocupaba un lugar en una mesa.

La barbarie comienza cuando una sociedad transforma seres humanos en estadísticas. 

Y alcanza su culminación cuando el poder responde a esa estadística con suficiencia, sarcasmo o indiferencia.

Porque existe una forma de crueldad más profunda que la violencia física.

La crueldad de no escuchar. 

La crueldad de no mirar.

La crueldad de obligar a las víctimas a demostrar una y otra vez que su dolor es real.

Las madres buscadoras no están exigiendo privilegios.

No están reclamando poder.

No están pidiendo homenajes.

Piden algo infinitamente más elemental.

Quieren encontrar a sus hijos.

Quieren saber dónde quedaron.

Quieren recuperar un cuerpo para poder llorarlo.

Y frente a esa demanda elemental, toda retórica política se vuelve obscena.

Toda sonrisa fuera de lugar se vuelve obscena.

Toda risa pronunciada desde el poder se vuelve obscena.

Porque un país no se mide por la fuerza de sus gobernantes.

Se mide por la manera en que trata a quienes sufren.

Y mientras una sola madre siga cavando con sus propias manos la tierra que el Estado abandonó, la historia de México seguirá escribiéndose no en los palacios ni en las conferencias, sino en esas zanjas abiertas donde la esperanza y la desesperación trabajan juntas bajo el mismo sol.

Tuesday, June 16, 2026

Las preparatorias patito de León, Guanajuato



Las escuelas de nivel medio superior que proliferan en casas habitación del centro de León, Guanajuato, parecen haber sido concebidas no para educar, sino para administrar una lenta agonía del pensamiento. Ocupan espacios que alguna vez albergaron una vida doméstica y los convierten en simulacros de escuela: corredores estrechos, habitaciones rebautizadas como aulas, patios donde la inteligencia bosteza bajo el peso de la rutina y la complacencia, cocheras convertidas en canchas o, si son techadas, en direcciones donde habitan "directores" sin licenciatura o con estudios en odontología o contaduría pública. Basura académica, en suma.

Allí no se enseña; se certifica. No se forma; se tramita. El conocimiento ha sido reemplazado por una burocracia del diploma. Cada escritorio parece un mostrador de oficina donde se sellan documentos para acreditar una competencia que jamás existió.

La mediocridad no aparece como un accidente sino como un principio organizador. Los profesores son reclutados con una ligereza alarmante, como si la enseñanza fuera un oficio menor que cualquiera pudiera desempeñar. Muchos llegan sin la formación intelectual necesaria, sin dominio de las disciplinas que imparten y, sobre todo, sin la convicción de que educar implica una responsabilidad pública. El resultado es una cadena de ignorancias que se reproduce a sí misma: quien apenas comprende transmite apenas comprensión.

Pero el problema no termina allí. Estas instituciones se convierten con frecuencia en refugio de estudiantes que buscan únicamente el certificado. No persiguen el conocimiento, sino el documento. No desean comprender un texto complejo, resolver un problema matemático o formular una explicación científica; desean atravesar el sistema con el mínimo esfuerzo posible. La lectura se reduce a una formalidad, las matemáticas a una molestia y las ciencias a un conjunto de palabras vacías que jamás llegan a convertirse en ideas.

Entonces surge una extraña representación educativa. Los alumnos fingen aprender. Los docentes fingen enseñar. Las autoridades fingen supervisar. Y al final todos reciben el premio de la simulación: un certificado que proclama competencias que rara vez pueden demostrarse.

Lo verdaderamente grave es que esta decadencia rebasa los muros de esas escuelas improvisadas. La democracia requiere ciudadanos capaces de leer críticamente, evaluar argumentos, distinguir evidencia de propaganda y comprender los problemas colectivos. Cuando una sociedad produce generaciones enteras incapaces de realizar esas tareas, debilita los fundamentos mismos de su vida pública.

De estas instituciones no egresan necesariamente ciudadanos preparados para participar en una deliberación democrática exigente. Con demasiada frecuencia egresan individuos acostumbrados a la apariencia antes que al conocimiento, al trámite antes que al mérito, al documento antes que a la capacidad. Son productos de una cultura donde la certificación sustituye a la educación y donde la forma devora el contenido.

Y así, en el interior de casas con arquitectura propia de "nuevos ricos", transformadas en escuelas, se consuma una silenciosa mutilación del espíritu. hay gritos y escándalos. No hay incendios ni derrumbes visibles. Hay algo más inquietante: la normalización de la ignorancia. Cada generación que atraviesa esos pasillos sin haber aprendido a leer con profundidad, a razonar con rigor o a comprender el mundo que la rodea representa una pérdida para la comunidad entera.

La tragedia no consiste únicamente en que esas escuelas sean mediocres. La tragedia consiste en que han logrado convertir la mediocridad en costumbre, y la costumbre, con el tiempo, adquiere la apariencia de la verdad.




Monday, June 15, 2026

El Mundial de fútbol y México en crisis




El error de nuestro tiempo consiste en confundir el acontecimiento con su interpretación interesada. El Mundial no es únicamente una prueba para un gobierno ni una oportunidad para sus adversarios. Es, antes que nada, un espejo. Y los espejos no inventan los rostros: los revelan.

México ha vivido durante siglos entre dos impulsos contradictorios. Uno es el deseo de mostrarse ante el mundo como una nación moderna, organizada y capaz; el otro es la persistencia de conflictos que ninguna ceremonia logra borrar. Cada gran celebración nacional ha sido también una representación de esa dualidad. La fiesta y la herida conviven.

Por eso resulta insuficiente leer el Mundial como una simple disputa entre la estabilidad que proclama el gobierno y el fracaso que desea la oposición. Ambos relatos participan de una misma ilusión: creer que la realidad nacional puede reducirse a una victoria narrativa. Pero las naciones no son relatos; son historias vividas por millones de personas cuyas contradicciones sobreviven a cualquier campaña de comunicación.

La protesta social tampoco es una anomalía. Las sociedades democráticas no se distinguen por la ausencia de conflictos sino por la forma en que los procesan. Una manifestación durante el Mundial no prueba el colapso del Estado; del mismo modo, la realización exitosa del torneo no demuestra la solución de los problemas nacionales. Confundir una cosa con la otra es sucumbir al fetichismo del espectáculo.

Hay algo más profundo. Los gobiernos modernos suelen creer que administrar es gobernar. Los movimientos sociales suelen creer que protestar es transformar. Ambas creencias son parciales. Gobernar exige imaginación moral además de eficacia; transformar exige propuestas además de inconformidad. La democracia es el espacio donde esas insuficiencias se encuentran y se corrigen mutuamente.

Respecto a la economía, conviene evitar tanto el catastrofismo como la euforia. El crecimiento no es una cifra: es una experiencia humana. Una economía estable que no amplía las oportunidades de las personas termina produciendo desencanto. Una economía dinámica que destruye vínculos sociales termina produciendo desarraigo. El desarrollo auténtico debe reconciliar prosperidad y comunidad.

En cuanto a la relación con Estados Unidos, México enfrenta una condición histórica que ningún gobierno ha podido eludir: la vecindad con una potencia. La soberanía no consiste en desafiarla teatralmente ni en obedecerla dócilmente. Consiste en poseer suficiente claridad sobre uno mismo para negociar sin complejo de inferioridad y sin delirios de grandeza.

Finalmente, habría que desconfiar de la obsesión por 2027. Las democracias contemporáneas corren el riesgo de vivir permanentemente en la próxima elección. Cuando eso ocurre, el porvenir se convierte en táctica y la política deja de ser reflexión sobre el destino común para transformarse en administración de encuestas, facciones y candidaturas.

El verdadero juicio sobre un proyecto político no se encuentra en la organización de un Mundial ni en la habilidad para sobrevivir a una coyuntura. Se encuentra en algo más difícil de medir: su capacidad para ampliar la libertad de los ciudadanos, fortalecer las instituciones y ofrecer una visión de país que vaya más allá de la conservación del poder.
Porque los torneos terminan, los gobiernos pasan y las oposiciones cambian de rostro.

Lo que permanece es la pregunta que México se formula desde hace generaciones: ¿cómo convertir nuestra diversidad, nuestras tensiones y nuestras heridas en una comunidad política capaz de reconciliar libertad, justicia y modernidad?




Friday, June 12, 2026

La fiesta y la herida




Hay países que celebran sus victorias y países que celebran sus olvidos. México parece condenado a celebrar ambas cosas al mismo tiempo. 

Mientras las luces del estadio dibujaban sobre el cielo una geometría de fuegos artificiales y canciones, otra multitud, menos visible para las cámaras y más cercana a la realidad, avanzaba por las calles con el peso de sus ausencias. No llevaba banderas deportivas sino fotografías. No cantaba himnos de triunfo sino nombres. No buscaba goles sino justicia. 

El fútbol, ese espejo donde las naciones contemplan una versión idealizada de sí mismas, se convirtió por unas horas en una gigantesca máscara. Detrás de ella permanecían las madres buscadoras, los maestros de la CNTE, los jubilados, los campesinos, los transportistas, los estudiantes de Ayotzinapa y los ciudadanos comunes que han aprendido a convivir con una palabra que se ha vuelto cotidiana y, por ello mismo, insoportable: impunidad. 

La historia de México es también la historia de sus silencios. Cada régimen ha fabricado los suyos. 

Durante décadas, el poder aprendió que gobernar consistía en administrar la memoria colectiva, en decidir qué debía recordarse y qué debía olvidarse. Pero las desapariciones no se olvidan. Los asesinatos no se olvidan. Los hijos ausentes no se olvidan. La realidad puede ser desplazada por un espectáculo durante una tarde; nunca durante una generación. 

Las imágenes de los operativos policiales alrededor de la inauguración mundialista evocan una contradicción profundamente mexicana. 

El Estado que durante años se ha mostrado incapaz de garantizar justicia para miles de víctimas aparece súbitamente eficaz cuando se trata de contener manifestaciones. 

La fuerza que no alcanza para proteger se vuelve suficiente para impedir el paso de quienes protestan. 

La ley, ausente en tantos rincones del país, reaparece de pronto en forma de escudos, vallas y uniformes.

La multitud que marchaba no representaba una ideología única. Era, precisamente, lo contrario: una suma de dolores distintos. El maestro que exige una pensión digna. La madre que busca a su hijo desaparecido. El campesino que observa cómo se vacía su comunidad. El estudiante que reclama verdad. El jubilado que siente que el tiempo de trabajo de toda una vida se ha convertido en una cifra burocrática. 

Entre ellos no había una doctrina común; había una experiencia compartida de abandono. 

Por eso resulta insuficiente describir estas protestas como un conflicto político más. Son la expresión de un cansancio acumulado. 

El hartazgo no nace de un día ni de un gobierno. Se forma lentamente, como las grietas en una pared. 

Sin embargo, para muchos ciudadanos, los años recientes bajo los gobiernos de Morena han profundizado la percepción de que las promesas de transformación terminaron chocando contra una realidad marcada por la violencia, las desapariciones, la inseguridad y la persistencia de redes criminales que parecen desafiar continuamente la autoridad del Estado. 

A ello se suman acusaciones y señalamientos formulados desde distintos ámbitos políticos y judiciales de Estados Unidos contra diversos actores públicos mexicanos, circunstancias que han alimentado la desconfianza y la polarización.

La ausencia de la presidente en la ceremonia inaugural fue interpretada de maneras distintas. Sus partidarios la explicaron como una decisión institucional o personal; sus críticos la vieron como el símbolo de una distancia creciente entre el poder y una parte de la ciudadanía. 

Más allá de cuál interpretación sea correcta, la polémica revela algo más profundo: la erosión de la confianza. 

Cuando una sociedad deja de creer en las explicaciones oficiales, cualquier ausencia se convierte en sospecha y cualquier silencio en una confesión imaginaria. 

México vive una paradoja dolorosa. Nunca ha tenido tantos instrumentos democráticos y, al mismo tiempo, nunca ha parecido tan vulnerable frente a la sensación de indefensión. 

El problema no es solamente la violencia. Es la costumbre de la violencia. No es solamente la corrupción. Es la resignación ante la corrupción. No es solamente la injusticia. Es la expectativa de que la injusticia será la regla y no la excepción. 

Mientras el estadio celebraba goles, récords y ceremonias, afuera persistía otra ceremonia más antigua: la de los ciudadanos que vuelven a tomar las calles para recordarle al poder que existen. 

El fútbol terminará. Las canciones se apagarán. Los reflectores buscarán otro espectáculo. Pero las fotografías de los desaparecidos seguirán ahí. Los reclamos seguirán ahí. Las preguntas seguirán ahí. Porque la verdadera inauguración pendiente de México no es la de un Mundial. Es la de un Estado capaz de garantizar justicia. Y ninguna fiesta, por grandiosa que sea, puede sustituir esa ausencia.




The brutal opening of the World Cup in Mexico





The opening ceremony is designed to solve a problem that no society has ever solved: how to make power appear innocent.

The lights rise. The cameras sweep across the stadium. Music, choreography, flags, children, athletes, celebrities—an immense machinery of visibility. The World Cup begins as every great international spectacle begins: by asking millions of people to look in one direction at once.

Yet outside the perimeter of celebration, another choreography unfolds. Thousands gather in the streets. They carry photographs, banners, names. They chant against violence, against impunity, against the failures of institutions that seem incapable of protecting ordinary citizens. Their presence constitutes a rival image to the official one. 

The tournament offers the image of national unity; the protest offers the image of national fracture.

Modern politics is increasingly a struggle between images. Governments seek legitimacy through spectacle. Citizens seek recognition through visibility. What cannot be televised risks becoming unreal; what appears on screens acquires an authority independent of its truth.

The World Cup arrives in Mexico as an event of extraordinary symbolic density. For the state, it is an opportunity to present a story about the nation: modern, confident, hospitable, successful. 

Such narratives are not necessarily false. Nations are always more than their crises. But they are never only the story their governments prefer to tell.

The protesters understand this instinctively. Their gathering is not merely a demand for policy change. It is a demand for attention. They are contesting the frame itself. They refuse the implication that celebration suspends criticism.

The contradiction is familiar. Every major spectacle promises transcendence. Sport, perhaps more than any other cultural form, invites people to experience collective emotion without collective responsibility. 

The match begins. Ninety minutes pass. Victory and defeat acquire a purity rarely found in political life. The appeal is obvious. Sport offers consequences that end with the final whistle.

Political suffering does not.

The protesters carry grievances that cannot be resolved by ceremony. Some denounce state violence. Others condemn corruption. Others express distrust toward political elites, including the administration of President Claudia Sheinbaum Pardo. Still others repeat allegations and suspicions circulating in public discourse about relationships between political power and organized crime. Whether such claims are substantiated, exaggerated, or contested, their existence reveals a deeper crisis: the erosion of public trust. When confidence in institutions collapses, suspicion becomes a political language of its own.

What is striking is not that protest and spectacle coexist. They always have. What is striking is how dependent they are on one another. The cameras that arrive for the tournament become instruments for dissent. The event that seeks to display national prestige inadvertently creates a stage for national criticism.

A stadium is a machine for concentrating attention. A protest is another.

The opening ceremony proceeds according to schedule. The music swells. Fireworks illuminate the sky. Commentators speak of history. Yet somewhere beyond the frame, voices continue to rise. Their persistence suggests a truth larger than any particular government or tournament. 

Political reality does not disappear because another image becomes temporarily more attractive.

Indeed, the most revealing feature of the moment may be the coexistence of celebration and discontent. 

A nation is rarely one thing. It is applause and accusation, pride and anger, performance and memory. The desire to reduce it to a single image—whether triumphant or catastrophic—is itself a form of falsification.

The World Cup will end. The stadium lights will be switched off. The broadcasts will move elsewhere. What remains is the question that every spectacle leaves behind: what realities became visible, and which ones were merely illuminated for a moment before darkness returned?

The protesters seem to offer an answer. Visibility, they insist, is not justice. Attention is not accountability. And no celebration, however magnificent, can permanently reconcile the distance between the image a nation projects and the life its citizens actually experience.




Wednesday, June 10, 2026

The Country of Unfinished Shadows: The World Cup in a Terrorist State called Mexico






At dusk, the streets begin to resemble a deck of cards shuffled by a distracted god. A shoe lies abandoned near a bus stop. A dog sleeps beneath a mural whose colors are fading into the dust. Somewhere, a mother waits for a phone call that never comes.

Mexico, in the imagination of tourists preparing for the World Cup, is a postcard pinned to a refrigerator door: beaches glowing in the sun, mariachi music floating through plazas, children kicking soccer balls beneath church towers. Yet another Mexico walks behind that postcard like a shadow. It moves silently through cemeteries, police reports, anonymous graves, and the faces on missing-person posters that flutter from telephone poles.

The shadow country keeps its own calendar. It counts time by disappearances.

One hundred thousand vanished souls and more—numbers so large they become impossible to imagine. Each number was once a voice asking what was for dinner, a hand reaching for a child, a face reflected in a mirror before leaving home one last time. The statistics march across newspaper pages, but the dead and missing do not live in statistics. They live in empty chairs.

A visitor arriving for a month of soccer may see crowds celebrating in the streets. He may hear drums, songs, and fireworks. He may believe that joy is the whole story. But joy and terror often occupy neighboring houses. One window is lit for a birthday party while the next remains dark because someone never returned.

The cartels appear in the national imagination like creatures from a medieval bestiary. They are whispered about in restaurants and taxis. They haunt highways at night. Their presence is felt even when they remain unseen. Around them grows a forest of rumors, accusations, denials, and fears. Many citizens believe that powerful interests, political actors, criminal organizations, and institutions have become entangled in ways that are difficult to untangle. Trust becomes a rare currency.

The result is a peculiar kind of weather.

People learn to read danger as sailors read clouds. They avoid certain roads. They avoid certain questions. They lower their voices. They memorize routes home. Every ordinary action acquires a second meaning. Every unexpected knock at the door becomes a small thunderclap.

The World Cup promises celebration. Television cameras will search for smiling faces. Stadium lights will transform the night into an artificial day. The world will watch athletes perform miracles with a ball. Yet beyond the bright rectangle of the field lies a landscape where many families continue searching for loved ones who disappeared years ago.

A nation is never one thing. Mexico is not merely violence, just as it is not merely beauty. It contains both. It contains extraordinary kindness and extraordinary suffering. But anyone who arrives believing only in the postcard risks misunderstanding the country before them.

The greatest tragedy is not simply the brutality itself. It is the normalization of brutality. When horror becomes routine, when disappearance becomes a familiar word, when grief becomes part of the architecture of daily life, something precious is lost. A society begins to carry fear the way old houses carry dust.

At night, the missing return in dreams.

They stand at the edge of a soccer field after the crowd has gone home. The stadium is silent. The lights are off. The wind moves scraps of paper across the grass. They wait for someone to call their names.

No one does.

And the darkness, patient as history, continues to grow.





 
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