México es un país enterrado vivo.
No una nación: una herida.
No una república: una excavación.
Bajo cada carretera, bajo cada sembradío, bajo cada colina donde el viento mueve las hierbas secas, parece latir una pregunta que nadie en el poder quiere escuchar demasiado tiempo: ¿dónde están?
Los muertos tienen tumbas.
Los desaparecidos tienen silencio.
Y el silencio es la más refinada de las torturas.
Durante años, la conferencia mañanera se convirtió en el escenario cotidiano donde el poder hablaba de sí mismo mientras el país se llenaba de ausencias. Allí se construyó una liturgia de palabras repetidas hasta el agotamiento, una ceremonia verbal destinada a sustituir la realidad por una narración. Pero la tierra no escucha discursos. La tierra guarda huesos.
Los críticos de Andrés Manuel López Obrador vieron en aquella tribuna una forma de indiferencia frente al sufrimiento. Mientras las masacres, los asesinatos y las desapariciones seguían acumulándose, muchas de sus respuestas fueron percibidas por las víctimas como gestos de frivolidad, desdén o incomprensión. Su doctrina de "abrazos, no balazos" fue presentada como una estrategia para enfrentar las causas profundas de la violencia; para sus detractores, en cambio, se convirtió en el símbolo de un Estado que parecía incapaz o renuente a imponer límites efectivos a organizaciones criminales cada vez más poderosas.
La tragedia fue creciendo.
Y también la distancia.
Distancia entre el lenguaje oficial y los cementerios clandestinos.
Distancia entre los informes gubernamentales y las madres que caminaban por el desierto.
Distancia entre las conferencias y las fosas.
Porque hay un momento en que las palabras dejan de ser palabras.
Se convierten en tierra.
Se convierten en sangre.
Se convierten en cuerpos.
Y después llegó la continuidad.
Claudia Sheinbaum heredó un país atravesado por la desaparición. También heredó una maquinaria política acostumbrada a responder a las críticas mediante la confrontación, la descalificación o la minimización del dolor ajeno. Sus adversarios sostienen que la crisis humanitaria de los desaparecidos no ha recibido la atención moral que exige una tragedia de semejante magnitud. Y cada gesto considerado displicente por los familiares de las víctimas ha profundizado la sensación de abandono.
Pero los gobiernos pasan.
Las madres permanecen.
Ellas son el verdadero rostro de México.
No los presidentes.
No los gobernadores.
No los partidos.
Ellas.
Mujeres que han aprendido a leer la tierra.
Mujeres que distinguen el olor de la muerte.
Mujeres que cargan picos, palas y varillas porque las instituciones que debían buscarlos llegaron tarde o nunca llegaron.
Hay algo insoportable en esa imagen.
El Estado, con todos sus presupuestos, oficinas, vehículos, fiscales, soldados, asesores y ceremonias, retrocede.
Y una madre avanza.
Una sola mujer avanza.
Con una fotografía en la mano.
Con el nombre de su hijo clavado en el pecho.
Con una fuerza nacida de la desesperación.
Artaud habría reconocido en ellas la verdad desnuda que el poder siempre intenta ocultar. Porque el sufrimiento no puede maquillarse. No puede administrarse. No puede convertirse en consigna.
La realidad termina por vengarse de quienes pretenden sustituirla con discursos.
Y la realidad mexicana tiene el rostro de una madre cavando bajo el sol.
Mientras tanto, la nación parece atrapada en una extraña enfermedad moral. Nos hemos acostumbrado a escuchar cifras tan enormes que ya no producen vértigo. Miles de asesinados. Miles de desaparecidos. Miles de familias destruidas. La repetición ha erosionado el espanto.
Pero cada desaparecido era una voz.
Cada desaparecido tenía una risa.
Cada desaparecido ocupaba un lugar en una mesa.
La barbarie comienza cuando una sociedad transforma seres humanos en estadísticas.
Y alcanza su culminación cuando el poder responde a esa estadística con suficiencia, sarcasmo o indiferencia.
Porque existe una forma de crueldad más profunda que la violencia física.
La crueldad de no escuchar.
La crueldad de no mirar.
La crueldad de obligar a las víctimas a demostrar una y otra vez que su dolor es real.
Las madres buscadoras no están exigiendo privilegios.
No están reclamando poder.
No están pidiendo homenajes.
Piden algo infinitamente más elemental.
Quieren encontrar a sus hijos.
Quieren saber dónde quedaron.
Quieren recuperar un cuerpo para poder llorarlo.
Y frente a esa demanda elemental, toda retórica política se vuelve obscena.
Toda sonrisa fuera de lugar se vuelve obscena.
Toda risa pronunciada desde el poder se vuelve obscena.
Porque un país no se mide por la fuerza de sus gobernantes.
Se mide por la manera en que trata a quienes sufren.
Y mientras una sola madre siga cavando con sus propias manos la tierra que el Estado abandonó, la historia de México seguirá escribiéndose no en los palacios ni en las conferencias, sino en esas zanjas abiertas donde la esperanza y la desesperación trabajan juntas bajo el mismo sol.
Las escuelas de nivel medio superior que proliferan en casas habitación del centro de León, Guanajuato, parecen haber sido concebidas no para educar, sino para administrar una lenta agonía del pensamiento. Ocupan espacios que alguna vez albergaron una vida doméstica y los convierten en simulacros de escuela: corredores estrechos, habitaciones rebautizadas como aulas, patios donde la inteligencia bosteza bajo el peso de la rutina y la complacencia, cocheras convertidas en canchas o, si son techadas, en direcciones donde habitan "directores" sin licenciatura o con estudios en odontología o contaduría pública. Basura académica, en suma.
Allí no se enseña; se certifica. No se forma; se tramita. El conocimiento ha sido reemplazado por una burocracia del diploma. Cada escritorio parece un mostrador de oficina donde se sellan documentos para acreditar una competencia que jamás existió.
La mediocridad no aparece como un accidente sino como un principio organizador. Los profesores son reclutados con una ligereza alarmante, como si la enseñanza fuera un oficio menor que cualquiera pudiera desempeñar. Muchos llegan sin la formación intelectual necesaria, sin dominio de las disciplinas que imparten y, sobre todo, sin la convicción de que educar implica una responsabilidad pública. El resultado es una cadena de ignorancias que se reproduce a sí misma: quien apenas comprende transmite apenas comprensión.
Pero el problema no termina allí. Estas instituciones se convierten con frecuencia en refugio de estudiantes que buscan únicamente el certificado. No persiguen el conocimiento, sino el documento. No desean comprender un texto complejo, resolver un problema matemático o formular una explicación científica; desean atravesar el sistema con el mínimo esfuerzo posible. La lectura se reduce a una formalidad, las matemáticas a una molestia y las ciencias a un conjunto de palabras vacías que jamás llegan a convertirse en ideas.
Entonces surge una extraña representación educativa. Los alumnos fingen aprender. Los docentes fingen enseñar. Las autoridades fingen supervisar. Y al final todos reciben el premio de la simulación: un certificado que proclama competencias que rara vez pueden demostrarse.
Lo verdaderamente grave es que esta decadencia rebasa los muros de esas escuelas improvisadas. La democracia requiere ciudadanos capaces de leer críticamente, evaluar argumentos, distinguir evidencia de propaganda y comprender los problemas colectivos. Cuando una sociedad produce generaciones enteras incapaces de realizar esas tareas, debilita los fundamentos mismos de su vida pública.
De estas instituciones no egresan necesariamente ciudadanos preparados para participar en una deliberación democrática exigente. Con demasiada frecuencia egresan individuos acostumbrados a la apariencia antes que al conocimiento, al trámite antes que al mérito, al documento antes que a la capacidad. Son productos de una cultura donde la certificación sustituye a la educación y donde la forma devora el contenido.
Y así, en el interior de casas con arquitectura propia de "nuevos ricos", transformadas en escuelas, se consuma una silenciosa mutilación del espíritu. hay gritos y escándalos. No hay incendios ni derrumbes visibles. Hay algo más inquietante: la normalización de la ignorancia. Cada generación que atraviesa esos pasillos sin haber aprendido a leer con profundidad, a razonar con rigor o a comprender el mundo que la rodea representa una pérdida para la comunidad entera.
La tragedia no consiste únicamente en que esas escuelas sean mediocres. La tragedia consiste en que han logrado convertir la mediocridad en costumbre, y la costumbre, con el tiempo, adquiere la apariencia de la verdad.
El error de nuestro tiempo consiste en confundir el acontecimiento con su interpretación interesada. El Mundial no es únicamente una prueba para un gobierno ni una oportunidad para sus adversarios. Es, antes que nada, un espejo. Y los espejos no inventan los rostros: los revelan.
México ha vivido durante siglos entre dos impulsos contradictorios. Uno es el deseo de mostrarse ante el mundo como una nación moderna, organizada y capaz; el otro es la persistencia de conflictos que ninguna ceremonia logra borrar. Cada gran celebración nacional ha sido también una representación de esa dualidad. La fiesta y la herida conviven.
Por eso resulta insuficiente leer el Mundial como una simple disputa entre la estabilidad que proclama el gobierno y el fracaso que desea la oposición. Ambos relatos participan de una misma ilusión: creer que la realidad nacional puede reducirse a una victoria narrativa. Pero las naciones no son relatos; son historias vividas por millones de personas cuyas contradicciones sobreviven a cualquier campaña de comunicación.
La protesta social tampoco es una anomalía. Las sociedades democráticas no se distinguen por la ausencia de conflictos sino por la forma en que los procesan. Una manifestación durante el Mundial no prueba el colapso del Estado; del mismo modo, la realización exitosa del torneo no demuestra la solución de los problemas nacionales. Confundir una cosa con la otra es sucumbir al fetichismo del espectáculo.
Hay algo más profundo. Los gobiernos modernos suelen creer que administrar es gobernar. Los movimientos sociales suelen creer que protestar es transformar. Ambas creencias son parciales. Gobernar exige imaginación moral además de eficacia; transformar exige propuestas además de inconformidad. La democracia es el espacio donde esas insuficiencias se encuentran y se corrigen mutuamente.
Respecto a la economía, conviene evitar tanto el catastrofismo como la euforia. El crecimiento no es una cifra: es una experiencia humana. Una economía estable que no amplía las oportunidades de las personas termina produciendo desencanto. Una economía dinámica que destruye vínculos sociales termina produciendo desarraigo. El desarrollo auténtico debe reconciliar prosperidad y comunidad.
En cuanto a la relación con Estados Unidos, México enfrenta una condición histórica que ningún gobierno ha podido eludir: la vecindad con una potencia. La soberanía no consiste en desafiarla teatralmente ni en obedecerla dócilmente. Consiste en poseer suficiente claridad sobre uno mismo para negociar sin complejo de inferioridad y sin delirios de grandeza.
Finalmente, habría que desconfiar de la obsesión por 2027. Las democracias contemporáneas corren el riesgo de vivir permanentemente en la próxima elección. Cuando eso ocurre, el porvenir se convierte en táctica y la política deja de ser reflexión sobre el destino común para transformarse en administración de encuestas, facciones y candidaturas.
El verdadero juicio sobre un proyecto político no se encuentra en la organización de un Mundial ni en la habilidad para sobrevivir a una coyuntura. Se encuentra en algo más difícil de medir: su capacidad para ampliar la libertad de los ciudadanos, fortalecer las instituciones y ofrecer una visión de país que vaya más allá de la conservación del poder.
Porque los torneos terminan, los gobiernos pasan y las oposiciones cambian de rostro.
Lo que permanece es la pregunta que México se formula desde hace generaciones: ¿cómo convertir nuestra diversidad, nuestras tensiones y nuestras heridas en una comunidad política capaz de reconciliar libertad, justicia y modernidad?
Hay países que celebran sus victorias y países que celebran sus olvidos. México parece condenado a celebrar ambas cosas al mismo tiempo.
Mientras las luces del estadio dibujaban sobre el cielo una geometría de fuegos artificiales y canciones, otra multitud, menos visible para las cámaras y más cercana a la realidad, avanzaba por las calles con el peso de sus ausencias. No llevaba banderas deportivas sino fotografías. No cantaba himnos de triunfo sino nombres. No buscaba goles sino justicia.
El fútbol, ese espejo donde las naciones contemplan una versión idealizada de sí mismas, se convirtió por unas horas en una gigantesca máscara. Detrás de ella permanecían las madres buscadoras, los maestros de la CNTE, los jubilados, los campesinos, los transportistas, los estudiantes de Ayotzinapa y los ciudadanos comunes que han aprendido a convivir con una palabra que se ha vuelto cotidiana y, por ello mismo, insoportable: impunidad.
La historia de México es también la historia de sus silencios. Cada régimen ha fabricado los suyos.
Durante décadas, el poder aprendió que gobernar consistía en administrar la memoria colectiva, en decidir qué debía recordarse y qué debía olvidarse. Pero las desapariciones no se olvidan. Los asesinatos no se olvidan. Los hijos ausentes no se olvidan. La realidad puede ser desplazada por un espectáculo durante una tarde; nunca durante una generación.
Las imágenes de los operativos policiales alrededor de la inauguración mundialista evocan una contradicción profundamente mexicana.
El Estado que durante años se ha mostrado incapaz de garantizar justicia para miles de víctimas aparece súbitamente eficaz cuando se trata de contener manifestaciones.
La fuerza que no alcanza para proteger se vuelve suficiente para impedir el paso de quienes protestan.
La ley, ausente en tantos rincones del país, reaparece de pronto en forma de escudos, vallas y uniformes.
La multitud que marchaba no representaba una ideología única. Era, precisamente, lo contrario: una suma de dolores distintos. El maestro que exige una pensión digna. La madre que busca a su hijo desaparecido. El campesino que observa cómo se vacía su comunidad. El estudiante que reclama verdad. El jubilado que siente que el tiempo de trabajo de toda una vida se ha convertido en una cifra burocrática.
Entre ellos no había una doctrina común; había una experiencia compartida de abandono.
Por eso resulta insuficiente describir estas protestas como un conflicto político más. Son la expresión de un cansancio acumulado.
El hartazgo no nace de un día ni de un gobierno. Se forma lentamente, como las grietas en una pared.
Sin embargo, para muchos ciudadanos, los años recientes bajo los gobiernos de Morena han profundizado la percepción de que las promesas de transformación terminaron chocando contra una realidad marcada por la violencia, las desapariciones, la inseguridad y la persistencia de redes criminales que parecen desafiar continuamente la autoridad del Estado.
A ello se suman acusaciones y señalamientos formulados desde distintos ámbitos políticos y judiciales de Estados Unidos contra diversos actores públicos mexicanos, circunstancias que han alimentado la desconfianza y la polarización.
La ausencia de la presidente en la ceremonia inaugural fue interpretada de maneras distintas. Sus partidarios la explicaron como una decisión institucional o personal; sus críticos la vieron como el símbolo de una distancia creciente entre el poder y una parte de la ciudadanía.
Más allá de cuál interpretación sea correcta, la polémica revela algo más profundo: la erosión de la confianza.
Cuando una sociedad deja de creer en las explicaciones oficiales, cualquier ausencia se convierte en sospecha y cualquier silencio en una confesión imaginaria.
México vive una paradoja dolorosa. Nunca ha tenido tantos instrumentos democráticos y, al mismo tiempo, nunca ha parecido tan vulnerable frente a la sensación de indefensión.
El problema no es solamente la violencia. Es la costumbre de la violencia. No es solamente la corrupción. Es la resignación ante la corrupción. No es solamente la injusticia. Es la expectativa de que la injusticia será la regla y no la excepción.
Mientras el estadio celebraba goles, récords y ceremonias, afuera persistía otra ceremonia más antigua: la de los ciudadanos que vuelven a tomar las calles para recordarle al poder que existen.
El fútbol terminará. Las canciones se apagarán. Los reflectores buscarán otro espectáculo. Pero las fotografías de los desaparecidos seguirán ahí. Los reclamos seguirán ahí. Las preguntas seguirán ahí.
Porque la verdadera inauguración pendiente de México no es la de un Mundial. Es la de un Estado capaz de garantizar justicia. Y ninguna fiesta, por grandiosa que sea, puede sustituir esa ausencia.
The opening ceremony is designed to solve a problem that no society has ever solved: how to make power appear innocent.
The lights rise. The cameras sweep across the stadium. Music, choreography, flags, children, athletes, celebrities—an immense machinery of visibility. The World Cup begins as every great international spectacle begins: by asking millions of people to look in one direction at once.
Yet outside the perimeter of celebration, another choreography unfolds. Thousands gather in the streets. They carry photographs, banners, names. They chant against violence, against impunity, against the failures of institutions that seem incapable of protecting ordinary citizens. Their presence constitutes a rival image to the official one.
The tournament offers the image of national unity; the protest offers the image of national fracture.
Modern politics is increasingly a struggle between images. Governments seek legitimacy through spectacle. Citizens seek recognition through visibility. What cannot be televised risks becoming unreal; what appears on screens acquires an authority independent of its truth.
The World Cup arrives in Mexico as an event of extraordinary symbolic density. For the state, it is an opportunity to present a story about the nation: modern, confident, hospitable, successful.
Such narratives are not necessarily false. Nations are always more than their crises. But they are never only the story their governments prefer to tell.
The protesters understand this instinctively. Their gathering is not merely a demand for policy change. It is a demand for attention. They are contesting the frame itself. They refuse the implication that celebration suspends criticism.
The contradiction is familiar. Every major spectacle promises transcendence. Sport, perhaps more than any other cultural form, invites people to experience collective emotion without collective responsibility.
The match begins. Ninety minutes pass. Victory and defeat acquire a purity rarely found in political life. The appeal is obvious. Sport offers consequences that end with the final whistle.
Political suffering does not.
The protesters carry grievances that cannot be resolved by ceremony. Some denounce state violence. Others condemn corruption. Others express distrust toward political elites, including the administration of President Claudia Sheinbaum Pardo. Still others repeat allegations and suspicions circulating in public discourse about relationships between political power and organized crime. Whether such claims are substantiated, exaggerated, or contested, their existence reveals a deeper crisis: the erosion of public trust. When confidence in institutions collapses, suspicion becomes a political language of its own.
What is striking is not that protest and spectacle coexist. They always have. What is striking is how dependent they are on one another. The cameras that arrive for the tournament become instruments for dissent. The event that seeks to display national prestige inadvertently creates a stage for national criticism.
A stadium is a machine for concentrating attention. A protest is another.
The opening ceremony proceeds according to schedule. The music swells. Fireworks illuminate the sky. Commentators speak of history. Yet somewhere beyond the frame, voices continue to rise. Their persistence suggests a truth larger than any particular government or tournament.
Political reality does not disappear because another image becomes temporarily more attractive.
Indeed, the most revealing feature of the moment may be the coexistence of celebration and discontent.
A nation is rarely one thing. It is applause and accusation, pride and anger, performance and memory. The desire to reduce it to a single image—whether triumphant or catastrophic—is itself a form of falsification.
The World Cup will end. The stadium lights will be switched off. The broadcasts will move elsewhere. What remains is the question that every spectacle leaves behind: what realities became visible, and which ones were merely illuminated for a moment before darkness returned?
The protesters seem to offer an answer. Visibility, they insist, is not justice. Attention is not accountability. And no celebration, however magnificent, can permanently reconcile the distance between the image a nation projects and the life its citizens actually experience.
At dusk, the streets begin to resemble a deck of cards shuffled by a distracted god. A shoe lies abandoned near a bus stop. A dog sleeps beneath a mural whose colors are fading into the dust. Somewhere, a mother waits for a phone call that never comes.
Mexico, in the imagination of tourists preparing for the World Cup, is a postcard pinned to a refrigerator door: beaches glowing in the sun, mariachi music floating through plazas, children kicking soccer balls beneath church towers. Yet another Mexico walks behind that postcard like a shadow. It moves silently through cemeteries, police reports, anonymous graves, and the faces on missing-person posters that flutter from telephone poles.
The shadow country keeps its own calendar. It counts time by disappearances.
One hundred thousand vanished souls and more—numbers so large they become impossible to imagine. Each number was once a voice asking what was for dinner, a hand reaching for a child, a face reflected in a mirror before leaving home one last time. The statistics march across newspaper pages, but the dead and missing do not live in statistics. They live in empty chairs.
A visitor arriving for a month of soccer may see crowds celebrating in the streets. He may hear drums, songs, and fireworks. He may believe that joy is the whole story. But joy and terror often occupy neighboring houses. One window is lit for a birthday party while the next remains dark because someone never returned.
The cartels appear in the national imagination like creatures from a medieval bestiary. They are whispered about in restaurants and taxis. They haunt highways at night. Their presence is felt even when they remain unseen. Around them grows a forest of rumors, accusations, denials, and fears. Many citizens believe that powerful interests, political actors, criminal organizations, and institutions have become entangled in ways that are difficult to untangle. Trust becomes a rare currency.
The result is a peculiar kind of weather.
People learn to read danger as sailors read clouds. They avoid certain roads. They avoid certain questions. They lower their voices. They memorize routes home. Every ordinary action acquires a second meaning. Every unexpected knock at the door becomes a small thunderclap.
The World Cup promises celebration. Television cameras will search for smiling faces. Stadium lights will transform the night into an artificial day. The world will watch athletes perform miracles with a ball. Yet beyond the bright rectangle of the field lies a landscape where many families continue searching for loved ones who disappeared years ago.
A nation is never one thing. Mexico is not merely violence, just as it is not merely beauty. It contains both. It contains extraordinary kindness and extraordinary suffering. But anyone who arrives believing only in the postcard risks misunderstanding the country before them.
The greatest tragedy is not simply the brutality itself. It is the normalization of brutality. When horror becomes routine, when disappearance becomes a familiar word, when grief becomes part of the architecture of daily life, something precious is lost. A society begins to carry fear the way old houses carry dust.
At night, the missing return in dreams.
They stand at the edge of a soccer field after the crowd has gone home. The stadium is silent. The lights are off. The wind moves scraps of paper across the grass. They wait for someone to call their names.
No one does.
And the darkness, patient as history, continues to grow.
[Hace unos días el Congreso de Michoacán aprobó una reforma electoral que incluye restricciones a las candidaturas independientes, lo cual fue calificado por el Movimiento del Sombrero como un intento de frenar su avance.]
Hay épocas en las que la política deja de ser una disputa de ideas para convertirse en una disputa por la realidad. No se combate solamente por el poder: se combate por el significado de las palabras. Democracia, justicia, representación, pueblo. Cada una de ellas parece conservar su antigua forma, pero ha cambiado de sustancia. Son máscaras que continúan sonriendo después de haber perdido el rostro.
En ese paisaje de incertidumbre surge el llamado Movimiento del Sombrero en Uruapan. Su origen es una tragedia: el asesinato de un presidente municipal. Su continuidad adopta la figura de la viuda, Grecia Quiroz, convertida por las circunstancias en heredera de una causa que intenta trascender el dolor personal para transformarse en proyecto colectivo. Como ocurre con frecuencia en la historia mexicana, la muerte se convierte en semilla política.
México es un país donde los muertos participan activamente en la vida pública. No gobiernan, pero inspiran; no legislan, pero legitiman. Las revoluciones, los movimientos sociales y aun las campañas electorales suelen alimentarse de ausencias. La memoria de una víctima posee una fuerza moral que ninguna propaganda puede fabricar. Sin embargo, esa misma fuerza encierra un peligro: el de sustituir las preguntas por los símbolos.
El sombrero es un emblema revelador. Objeto campesino, popular y mestizo, pertenece a una tradición que antecede a los partidos y sobrevive a ellos. Su lenguaje es anterior a las ideologías modernas. Quizá por eso el movimiento insiste en declararse apartidista. El sombrero pretende representar algo más profundo que una organización electoral: una comunidad herida que ha perdido la confianza en las estructuras convencionales de representación.
Pero la palabra apartidista contiene una contradicción. Ningún movimiento que aspire a gobernar puede permanecer completamente fuera de la política organizada. La crítica de los partidos no elimina la necesidad de construir instituciones. La indignación puede reunir multitudes; la administración de un estado exige algo distinto: programas, leyes, acuerdos y responsabilidades.
Lo significativo no es que un movimiento rechace a los partidos. Lo significativo es que cada vez más ciudadanos parezcan dispuestos a hacerlo. La desconfianza se ha convertido en uno de los principales hechos políticos de nuestro tiempo. Muchos mexicanos observan a la clase gobernante con una mezcla de escepticismo y resignación. En amplios sectores de la sociedad se ha instalado la percepción de que las fronteras entre el poder legal y las organizaciones criminales son cada vez más difusas, de que las instituciones han sido infiltradas o condicionadas por intereses que operan fuera de la ley, y de que las elecciones no siempre significan una verdadera renovación del poder.
No importa aquí si cada sospecha es cierta o falsa. Lo decisivo es que la sospecha misma ha adquirido categoría histórica. Una democracia puede sobrevivir a la crítica; difícilmente sobrevive a la pérdida generalizada de credibilidad.
En Michoacán, estado marcado durante décadas por la violencia, las autodefensas, los conflictos territoriales y la presencia de grupos criminales, esa desconfianza adquiere una intensidad particular. El ciudadano común contempla un escenario donde las versiones oficiales compiten constantemente con rumores, denuncias y narrativas alternativas. El resultado es una especie de niebla moral. Nadie sabe exactamente dónde termina el Estado y dónde comienzan las fuerzas que desafían o penetran al Estado.
En esa niebla aparece el Movimiento del Sombrero como una promesa de claridad. Pero toda promesa debe enfrentarse a una prueba decisiva: demostrar que no es solamente la negación de lo existente. Los movimientos nacidos del desencanto suelen definir con precisión aquello que rechazan; les resulta más difícil definir aquello que desean construir.
La posible aspiración de competir por la gubernatura representa precisamente ese momento de prueba. Una cosa es simbolizar la inconformidad popular; otra muy distinta es convertirse en alternativa de gobierno. El tránsito entre ambas etapas suele ser el instante en que los movimientos revelan su verdadera naturaleza.
La pregunta fundamental no es si el movimiento vencerá o perderá. La pregunta es otra: ¿puede una fuerza nacida del dolor preservar su independencia cuando entra en el territorio donde operan las ambiciones, las alianzas y los intereses? Toda candidatura es una negociación con la realidad. Y la realidad mexicana posee una extraordinaria capacidad para absorber aquello que intenta transformarla.
Tal vez por eso el sombrero funciona como una metáfora involuntaria de la política nacional. Protege del sol, pero también produce sombra. Bajo su ala pueden refugiarse la esperanza y la simulación, la rebeldía y el oportunismo, la autenticidad y el espectáculo. Nadie puede saber de antemano cuál de esos rostros terminará predominando.
La crisis de los partidos no garantiza el nacimiento de una democracia más profunda. Del mismo modo, la aparición de movimientos ciudadanos no asegura por sí misma una regeneración política. Las sociedades no se salvan mediante símbolos, por poderosos que éstos sean. Se transforman cuando logran convertir sus símbolos en instituciones y sus indignaciones en leyes.
Quizá el verdadero significado del Movimiento del Sombrero no resida en su futuro electoral, sino en la pregunta que formula. Una pregunta incómoda, persistente y necesaria: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de creer en quienes la gobiernan? La historia demuestra que, a partir de ese momento, las estructuras pueden permanecer en pie durante años, pero su legitimidad comienza a vaciarse.
Y cuando la legitimidad se vacía, los pueblos salen en busca de nuevos emblemas. Algunos encuentran ciudadanos. Otros encuentran caudillos. Otros, simplemente, encuentran otro sombrero.
La democracia no sólo se sostiene en las elecciones. También depende de la existencia de una esfera pública abierta, plural y crítica donde ciudadanos, periodistas, medios de comunicación y gobierno puedan confrontar ideas sin miedo a represalias políticas. Por ello, cuando una presidente de la República utiliza el poder simbólico de la investidura presidencial para pedir a la población que deje de consumir un medio de comunicación crítico de su gobierno, las implicaciones trascienden una simple disputa política.
El conflicto deja de ser una diferencia entre gobierno y televisora para convertirse en un debate sobre los límites del poder, la libertad de expresión y la salud democrática del país.
Si una presidente como Claudia Sheinbaum Pardo llama públicamente a no ver canales de TV Azteca debido a su línea crítica hacia el gobierno, el hecho tendría consecuencias profundas para la vida democrática de México.
Aunque formalmente no represente una censura legal ni una prohibición directa, sí constituye una forma de presión política desde el máximo nivel del Estado.
En una democracia consolidada, los gobernantes deben tolerar e incluso proteger las voces críticas, porque la crítica es parte esencial del control ciudadano sobre el poder.
Uno de los principales riesgos de este tipo de declaraciones es el debilitamiento del pluralismo informativo. Las democracias necesitan medios diversos: algunos cercanos al gobierno, otros neutrales y otros claramente opositores.
La coexistencia de perspectivas distintas permite que la sociedad forme opiniones propias. Cuando desde el poder se desacredita sistemáticamente a un medio por sus críticas, se envía el mensaje de que la prensa sólo es legítima cuando coincide con el gobierno. Esa lógica es peligrosa porque transforma la crítica periodística en una supuesta traición política.
Además, las declaraciones presidenciales tienen un peso enorme en México debido a la tradición histórica del presidencialismo. Aunque el país ha avanzado hacia instituciones más democráticas, la figura presidencial sigue teniendo una influencia simbólica muy poderosa. Por ello, una “recomendación” hecha desde la presidencia puede interpretarse como una señal de hostilidad hacia periodistas, conductores o empresas de comunicación.
Esto puede fomentar campañas de acoso digital, polarización social e incluso autocensura en algunos medios que teman convertirse en el siguiente objetivo político.
Otro aspecto preocupante es la normalización de la confrontación entre gobierno y prensa. Toda democracia vive tensiones entre poder político y medios de comunicación, pero existe una diferencia importante entre responder a críticas con argumentos y promover el rechazo público contra un medio.
La primera práctica fortalece el debate democrático; la segunda puede deteriorarlo. Un gobierno democrático debe responder con datos, transparencia y rendición de cuentas, no incentivando boicots políticos desde el poder estatal.
También existe el riesgo de profundizar la polarización social. En contextos altamente polarizados, los ciudadanos dejan de evaluar la información por su veracidad y comienzan a juzgarla únicamente según el grupo político del que proviene.
El resultado es una sociedad fragmentada en “bandos” informativos donde cada sector consume únicamente medios afines a sus creencias. Esto debilita el diálogo democrático y favorece la radicalización política.
Sin embargo, también es importante reconocer que los medios de comunicación no están exentos de crítica. Empresas televisivas como TV Azteca tienen intereses económicos, políticos y editoriales propios. Durante décadas, parte de los grandes medios mexicanos mantuvieron relaciones de cercanía con gobiernos anteriores y en ocasiones actuaron más como actores políticos que como observadores independientes.
En una democracia, la ciudadanía tiene derecho a cuestionar la ética, la objetividad o las prácticas de cualquier medio. El problema aparece cuando esa crítica proviene directamente del aparato presidencial y se formula desde una posición de enorme poder institucional.
La libertad de expresión no implica inmunidad frente a la crítica, pero sí exige condiciones donde ninguna voz sea silenciada indirectamente por presión política. Un presidente o presidenta tiene derecho a defenderse de ataques mediáticos, aclarar información falsa o señalar sesgos periodísticos. Lo que debe evitarse es el uso del poder político para estigmatizar medios críticos o fomentar un clima de hostilidad contra ellos.
México enfrenta actualmente desafíos complejos en materia democrática: violencia contra periodistas, desinformación, concentración mediática y creciente polarización política. En ese contexto, el papel del gobierno debería ser fortalecer las garantías para la libre circulación de ideas, incluso cuando esas ideas resulten incómodas para el poder. La democracia madura no se mide por la facilidad con que un gobierno convive con medios afines, sino por su capacidad para tolerar y respetar a quienes lo cuestionan.
En conclusión, un llamado presidencial a dejar de consumir una televisora crítica tendría implicaciones preocupantes para la vida democrática mexicana. Aunque no equivalga a censura formal, sí representa una presión política que puede debilitar el pluralismo, fomentar la polarización y erosionar la relación entre prensa y poder.
En una democracia auténtica, los gobiernos deben aceptar que la crítica mediática es parte natural del ejercicio del poder. La libertad de expresión no se protege únicamente permitiendo hablar a los medios favorables, sino garantizando también el espacio de quienes incomodan al gobierno.
México siempre ha conversado con sus fantasmas. Los antiguos dioses de piedra exigían sangre para mantener en movimiento al sol; los nuevos dioses, vestidos con trajes oscuros y escoltas blindadas, exigen obediencia, silencio y miedo. Cambian los nombres, cambian las ceremonias, pero permanece intacta la antigua liturgia del poder: dominar mediante el temor. Desde 2018, la nación parece haber descendido a un territorio ambiguo donde el Estado y el crimen ya no se enfrentan como enemigos visibles, sino que avanzan juntos como sombras que han aprendido a confundirse en la misma pared.
La consigna de “abrazos y no balazos” apareció como una promesa de reconciliación nacional. El lenguaje quiso sustituir a las armas; la compasión, a la guerra. Pero en México las palabras suelen terminar devoradas por la realidad. Mientras el discurso hablaba de pacificación, los caminos del país se llenaban de retenes invisibles, pueblos sometidos, territorios administrados por hombres sin rostro. La violencia dejó de ser únicamente una batalla entre criminales: se convirtió en una atmósfera, una forma cotidiana del miedo.
El mexicano aprendió otra vez a bajar la voz.
Hay países donde el Estado impone la ley. En México, vastas regiones parecen vivir bajo una soberanía fragmentada, repartida entre autoridades oficiales y poderes clandestinos. El narcotráfico ya no es únicamente una organización criminal; es una economía, una cultura del terror, una burocracia paralela. Cobra impuestos, decide candidaturas, administra silencios, financia campañas, premia fidelidades y castiga traiciones. Allí donde el gobierno se debilita, el cártel ocupa el vacío con una eficacia brutal.
La tragedia no consiste solamente en la expansión del crimen, sino en la sospecha creciente de que el poder político y el poder criminal han dejado de ser realidades separadas. La corrupción mexicana siempre fue una humedad subterránea, pero ahora muchos sienten que esa humedad ha podrido los cimientos mismos de la casa nacional. Las acusaciones sobre presuntos vínculos entre actores políticos y organizaciones criminales han dejado de parecer episodios excepcionales para convertirse, en la imaginación pública, en parte de la normalidad del sistema.
Las campañas electorales, que deberían ser celebraciones de la democracia, aparecen rodeadas por rumores persistentes de financiamiento ilícito, presiones territoriales y pactos invisibles. La sospecha erosiona la legitimidad como el salitre devora lentamente una estatua. No importa únicamente si las acusaciones se prueban o no en tribunales; importa que millones de ciudadanos perciban que el poder ya no les pertenece, que las decisiones fundamentales se toman en zonas oscuras donde confluyen dinero, miedo y ambición.
La brutalidad devino en paisaje.
Las desapariciones forzadas son quizá la metáfora más terrible de nuestro tiempo. En otros siglos, México enterraba a sus muertos; hoy busca a sus desaparecidos en desiertos, montañas y fosas clandestinas. Madres con palas sustituyen a las instituciones. La nación entera parece convertida en un inmenso camposanto sin lápidas. Cada cuerpo hallado en la tierra revela no sólo la ferocidad criminal, sino también la ausencia del Estado. Porque el horror verdadero no es únicamente el asesinato: es la indiferencia posterior.
El secuestro, la extorsión y el asesinato dejaron de ser noticias extraordinarias. Son parte del murmullo cotidiano. El comerciante paga para sobrevivir; el periodista calla para no morir; el ciudadano aprende rutas invisibles para evitar retenes criminales. La impunidad no es un error del sistema: es el sistema funcionando. El crimen prospera porque rara vez encuentra castigo, y cuando el castigo no existe, la ley se convierte en una ficción retórica.
Mientras tanto, desde Estados Unidos llegan acusaciones, investigaciones, solicitudes de extradición y expedientes judiciales contra personajes vinculados al poder político mexicano. Nombres de gobernadores, funcionarios y operadores aparecen en declaraciones protegidas, investigaciones federales y testimonios judiciales relacionados con organizaciones criminales. Las autoridades mexicanas responden con negaciones, denuncias de intervencionismo o afirmaciones de insuficiencia probatoria. La verdad queda atrapada entre dos narrativas opuestas: la de la inocencia proclamada desde el poder y la de las investigaciones construidas en tribunales extranjeros.
Pero el problema de México no es únicamente judicial: es moral.
Una sociedad puede sobrevivir a la pobreza; incluso puede resistir la violencia. Lo que destruye a una nación es acostumbrarse a ellas. Y México parece hallarse precisamente en ese umbral peligroso donde el horror comienza a normalizarse. El miedo ya no produce indignación permanente; produce cansancio. El ciudadano se repliega en la esfera privada, desconfiando de todos: de los policías, de los partidos, de los jueces, de la prensa, del vecino. El tejido social se rompe no con explosiones visibles, sino con pequeñas fracturas diarias de desconfianza.
Octavio Paz escribió que las sociedades terminan pareciéndose a las máscaras que usan. México ha usado demasiadas máscaras: la revolución, la democracia, el progreso, la transformación. Pero debajo de todas ellas persiste un rostro antiguo: el del poder que busca perpetuarse aun a costa de la verdad. El narcoEstado no nace únicamente cuando los criminales penetran al gobierno; nace cuando la sociedad deja de distinguir con claridad entre autoridad y crimen.
Entonces todo se vuelve niebla.
Y en la niebla, el ciudadano camina solo.
La brutalidad no irrumpe: se incuba. No es un rayo que desgarra el cielo de pronto, sino una lenta acumulación de sombras en la conciencia.
El
adolescente que asesina no nace en el instante del crimen; viene de lejos, de un territorio donde la palabra se ha erosionado, donde la mirada ya no reconoce al otro como rostro sino como abstracción.
En ese territorio —cada vez más extendido— la realidad ha sido sustituida por un eco: el eco de comunidades virtuales que no dialogan, sino que se confirman.
El acto brutal ocurrido en Michoacán no es únicamente un hecho policial ni una anomalía individual: es un síntoma. El adolescente, figura por definición inacabada, es también el espejo más fiel de la cultura que lo forma. En su gesto extremo se revela una falla en la transmisión del sentido. Algo se ha interrumpido: el hilo invisible que une la experiencia con el significado, la emoción con la palabra, la libertad con la responsabilidad.
En otros tiempos, la adolescencia era una travesía peligrosa pero acompañada: la familia, la escuela, la comunidad ofrecían —con mayor o menor fortuna— un horizonte de interpretación. Hoy ese horizonte se fragmenta. Internet, ese vasto espacio sin centro, ha democratizado la voz, pero también ha disuelto las jerarquías que ordenaban la experiencia. Todo se dice al mismo tiempo; todo se vuelve equivalente. La consecuencia no es la pluralidad, sino la dispersión.
En esa dispersión proliferan los grupos de odio. No son marginales: son archipiélagos densamente poblados, con miles de integrantes que comparten no tanto una ideología como una herida. La misoginia que ahí se cultiva, por ejemplo, no es nueva; lo nuevo es su forma de circulación. Antes, el resentimiento encontraba límites en la proximidad del otro: el rostro de la madre, de la hermana, de la compañera. Hoy puede expandirse sin fricción, alimentado por algoritmos que no distinguen entre verdad y furia, entre reflexión y delirio.
Estos grupos ofrecen al adolescente lo que el mundo real le niega: pertenencia inmediata, identidad sin esfuerzo, explicación simple para un malestar complejo. Allí, la frustración se convierte en certeza; la inseguridad, en doctrina; la soledad, en comunidad. Pero es una comunidad negativa: se funda no en lo que afirma, sino en lo que rechaza. El otro —en este caso, la mujer— deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo simbólico.
Así, el lenguaje se empobrece. Y cuando el lenguaje se empobrece, la realidad se vuelve más brutal. Porque la palabra no sólo nombra: también contiene. Decir es ya un modo de procesar, de diferir, de comprender. Cuando la palabra se reduce a consigna o insulto, la acción queda libre de mediación. El paso de la idea al acto se acorta peligrosamente.
Internet, entonces, articula y debilita la subjetividad al mismo tiempo. La articula porque ofrece relatos, marcos, identidades; la debilita porque los ofrece sin arraigo, sin contraste, sin silencio. La subjetividad se convierte en una superficie donde se inscriben discursos ajenos. El yo ya no se construye: se consume. Y en ese consumo, la brutalidad puede aparecer como una forma de afirmación: un gesto desesperado para sentir algo en medio del ruido.
¿Qué hacer ante este panorama?
No bastan las condenas ni las explicaciones rápidas. Tampoco sirve la ilusión de que la tecnología, por sí misma, encontrará un equilibrio. La pregunta es más profunda: ¿cómo reconstruir espacios donde la subjetividad pueda formarse sin caer en la fragmentación ni en el dogma?
La respuesta, si existe, pasa por la recuperación del lenguaje como experiencia compartida. La escuela —esa institución tantas veces vaciada de sentido— debería ser el lugar donde se aprende no sólo a leer textos, sino a leerse a uno mismo y a los otros. Donde la diferencia no sea una amenaza, sino una posibilidad. Donde la frustración encuentre palabras antes que armas.
Pero también la familia y la comunidad deben reimaginarse. No como refugios cerrados, sino como ámbitos de escucha. El adolescente no necesita únicamente normas; necesita interlocutores. Alguien que no le confirme sus certezas, sino que lo confronte con preguntas. Alguien que le muestre que el otro —ese otro tan fácilmente convertido en enemigo— es, en realidad, el límite y la condición de su propia existencia.
Finalmente, hay que reconocer que la cultura contemporánea enfrenta una paradoja: nunca habíamos estado tan conectados y nunca habíamos estado tan solos. Sí, suena a cliché. En esa soledad proliferan los discursos de odio, porque el odio es una forma de compañía: une, aunque sea en la negación.
Evitar que la juventud se desvirtúe no es una tarea técnica, sino ética y poética. Implica restituir el valor de la palabra, del encuentro, del silencio. Implica, sobre todo, recordar que la subjetividad no es un dato, sino una construcción frágil que requiere tiempo, cuidado y sentido: reflexión crítica
El adolescente que mata nos interpela no como excepción, sino como advertencia. Nos obliga a mirar no sólo el acto, sino el vacío que lo precede. Y en ese vacío, tal vez, se juega el destino de nuestra cultura.