Sunday, March 29, 2026

Un modo de las consecuencias del fracaso de la educación en México

                                       
 




La brutalidad no irrumpe: se incuba. No es un rayo que desgarra el cielo de pronto, sino una lenta acumulación de sombras en la conciencia. 

El adolescente que asesina no nace en el instante del crimen; viene de lejos, de un territorio donde la palabra se ha erosionado, donde la mirada ya no reconoce al otro como rostro sino como abstracción. 

En ese territorio —cada vez más extendido— la realidad ha sido sustituida por un eco: el eco de comunidades virtuales que no dialogan, sino que se confirman.

El acto brutal ocurrido en Michoacán no es únicamente un hecho policial ni una anomalía individual: es un síntoma. El adolescente, figura por definición inacabada, es también el espejo más fiel de la cultura que lo forma. En su gesto extremo se revela una falla en la transmisión del sentido. Algo se ha interrumpido: el hilo invisible que une la experiencia con el significado, la emoción con la palabra, la libertad con la responsabilidad.

En otros tiempos, la adolescencia era una travesía peligrosa pero acompañada: la familia, la escuela, la comunidad ofrecían —con mayor o menor fortuna— un horizonte de interpretación. Hoy ese horizonte se fragmenta. Internet, ese vasto espacio sin centro, ha democratizado la voz, pero también ha disuelto las jerarquías que ordenaban la experiencia. Todo se dice al mismo tiempo; todo se vuelve equivalente. La consecuencia no es la pluralidad, sino la dispersión.

En esa dispersión proliferan los grupos de odio. No son marginales: son archipiélagos densamente poblados, con miles de integrantes que comparten no tanto una ideología como una herida. La misoginia que ahí se cultiva, por ejemplo, no es nueva; lo nuevo es su forma de circulación. Antes, el resentimiento encontraba límites en la proximidad del otro: el rostro de la madre, de la hermana, de la compañera. Hoy puede expandirse sin fricción, alimentado por algoritmos que no distinguen entre verdad y furia, entre reflexión y delirio.

Estos grupos ofrecen al adolescente lo que el mundo real le niega: pertenencia inmediata, identidad sin esfuerzo, explicación simple para un malestar complejo. Allí, la frustración se convierte en certeza; la inseguridad, en doctrina; la soledad, en comunidad. Pero es una comunidad negativa: se funda no en lo que afirma, sino en lo que rechaza. El otro —en este caso, la mujer— deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo simbólico.

Así, el lenguaje se empobrece. Y cuando el lenguaje se empobrece, la realidad se vuelve más brutal. Porque la palabra no sólo nombra: también contiene. Decir es ya un modo de procesar, de diferir, de comprender. Cuando la palabra se reduce a consigna o insulto, la acción queda libre de mediación. El paso de la idea al acto se acorta peligrosamente.

Internet, entonces, articula y debilita la subjetividad al mismo tiempo. La articula porque ofrece relatos, marcos, identidades; la debilita porque los ofrece sin arraigo, sin contraste, sin silencio. La subjetividad se convierte en una superficie donde se inscriben discursos ajenos. El yo ya no se construye: se consume. Y en ese consumo, la brutalidad puede aparecer como una forma de afirmación: un gesto desesperado para sentir algo en medio del ruido.

¿Qué hacer ante este panorama?

No bastan las condenas ni las explicaciones rápidas. Tampoco sirve la ilusión de que la tecnología, por sí misma, encontrará un equilibrio. La pregunta es más profunda: ¿cómo reconstruir espacios donde la subjetividad pueda formarse sin caer en la fragmentación ni en el dogma?

La respuesta, si existe, pasa por la recuperación del lenguaje como experiencia compartida. La escuela —esa institución tantas veces vaciada de sentido— debería ser el lugar donde se aprende no sólo a leer textos, sino a leerse a uno mismo y a los otros. Donde la diferencia no sea una amenaza, sino una posibilidad. Donde la frustración encuentre palabras antes que armas.

Pero también la familia y la comunidad deben reimaginarse. No como refugios cerrados, sino como ámbitos de escucha. El adolescente no necesita únicamente normas; necesita interlocutores. Alguien que no le confirme sus certezas, sino que lo confronte con preguntas. Alguien que le muestre que el otro —ese otro tan fácilmente convertido en enemigo— es, en realidad, el límite y la condición de su propia existencia.

Finalmente, hay que reconocer que la cultura contemporánea enfrenta una paradoja: nunca habíamos estado tan conectados y nunca habíamos estado tan solos. Sí, suena a cliché. En esa soledad proliferan los discursos de odio, porque el odio es una forma de compañía: une, aunque sea en la negación.

Evitar que la juventud se desvirtúe no es una tarea técnica, sino ética y poética. Implica restituir el valor de la palabra, del encuentro, del silencio. Implica, sobre todo, recordar que la subjetividad no es un dato, sino una construcción frágil que requiere tiempo, cuidado y sentido: reflexión crítica

El adolescente que mata nos interpela no como excepción, sino como advertencia. Nos obliga a mirar no sólo el acto, sino el vacío que lo precede. Y en ese vacío, tal vez, se juega el destino de nuestra cultura.
 
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