Wednesday, March 11, 2026

La sombra y el desierto más allá del petróleo

                                                   Muerte Arrastrándose, Zdzisław Beksiński, óleo                                                                                                                            sobre madera contrachapada, 1973


 

 

 

Toda guerra comienza mucho antes del primer disparo. Empieza en el lenguaje. En las palabras que simplifican al otro hasta convertirlo en una idea fija: enemigo, hereje, invasor, liberador. Así, el mundo —que es plural y contradictorio— se reduce a una geometría brutal de bandos.

En el siglo XXI, la tensión entre las democracias occidentales y ciertas teocracias autoritarias del mundo islámico no es únicamente un conflicto de ejércitos o territorios. Es, sobre todo, un choque de imaginarios. De un lado, la convicción —a veces sincera, a veces interesada— de que la libertad individual es el fundamento del orden político. Del otro, la certeza religiosa de que la ley divina debe regir la vida pública. Dos absolutismos que se miran con desconfianza.

La paradoja es antigua: las civilizaciones que proclaman la libertad suelen defenderla con armas, y las que invocan a Dios lo hacen con el poder de los hombres a través del fundamentalismo. Entre ambas aparece el desierto, no sólo como paisaje físico del Medio Oriente, sino como metáfora. El desierto es el lugar donde la fe se vuelve absoluta y donde la historia parece repetirse como una tormenta de arena.

Estados Unidos representa la modernidad tecnológica, la velocidad, el poder de las instituciones y del mercado. Israel, por su parte, es un país donde la historia bíblica convive con la ciencia de punta, una nación que vive entre la memoria y la amenaza constante. Frente a ellos se levantan regímenes que justifican su autoridad en la interpretación sagrada de la ley religiosa, donde la política se funde con la teología.

Pero las guerras ideológicas tienen un defecto esencial: creen que los pueblos son doctrinas. No lo son. Ninguna nación es un concepto puro. En cada sociedad conviven creyentes y escépticos, rebeldes y obedientes, poetas y soldados. La guerra, sin embargo, borra esas diferencias y convierte a millones de personas en símbolos.

En el fondo, toda confrontación entre civilizaciones es también un diálogo fallido. Las culturas, como los individuos, se reconocen primero a través del conflicto. La pregunta trágica es si ese reconocimiento debe pasar necesariamente por la destrucción.

La historia moderna está llena de guerras que se anunciaron como cruzadas morales. Algunas prometían liberar pueblos; otras, defender la fe; otras más, preservar la seguridad del mundo. Con el tiempo descubrimos que ninguna guerra es tan pura como su propaganda ni tan simple como sus mapas.

Quizá el problema no sea la diferencia entre civilizaciones, sino nuestra incapacidad para aceptar que el mundo es plural. Las ideologías —sean religiosas o seculares— tienden a convertir su verdad en destino universal. Allí nace la brutalidad.

Al final, las guerras terminan, pero dejan tras de sí algo más difícil de erradicar: la memoria del agravio. Y la memoria, cuando se alimenta de humillación, se vuelve semilla de futuros conflictos.

Tal vez la verdadera batalla de nuestra época no sea entre Occidente y el Islam, ni entre religión y modernidad, sino entre dos maneras de imaginar el mundo: una que admite la diversidad humana y otra que busca imponer una sola verdad.

El porvenir dependerá de cuál de esas imaginaciones prevalezca. Porque las armas conquistan territorios, pero las ideas —para bien o para mal— conquistan el tiempo.

 

 

 

 

 

 
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