Las guerras modernas hablan el lenguaje de la política pero respiran el aire de la religión. Los Estados dicen defender intereses; en realidad custodian símbolos. Cuando el poder se proclama intérprete de Dios —como ocurre desde la Revolución Iraní—, la frontera entre el templo y el cuartel se disuelve. Entonces cada misil se convierte en un versículo y cada enemigo en una blasfemia
.
Pero la fe, cuando se vuelve arma, se niega a sí misma. Durante Ramadán, el fiel guarda silencio para oír el latido secreto del mundo. La guerra hace lo contrario: llena el cielo de ruido para no oír la pregunta esencial. ¿A quién sirve la brutalidad cuando el fiel hiere al fiel y la oración es presa por el ruido de los misiles?
Las potencias —Estados Unidos, Israel, Irán— se miran como adversarios irreconciliables, pero comparten un mismo espejo: el de la certidumbre absoluta. Toda certidumbre absoluta es peligrosa; es el primer paso hacia el sacrificio. En nombre de la verdad se pide sangre, y la historia demuestra que siempre se obtiene.
Quizá la verdadera irreverencia, la única capaz de salvar a los hombres de sus dioses políticos, sea una forma antigua de modestia: recordar que ninguna nación, ningún partido, ninguna revolución posee el monopolio de lo sagrado. Cuando olvidamos esto, la política se vuelve liturgia y el mundo, altar. Y en los altares —lo sabemos desde hace siglos— siempre termina habiendo víctimas.