Monday, June 15, 2026
El Mundial de fútbol y México en crisis
Friday, June 12, 2026
The brutal opening of the World Cup in Mexico
Wednesday, June 10, 2026
The Country of Unfinished Shadows: The World Cup in a Terrorist State called Mexico
At dusk, the streets begin to resemble a deck of cards shuffled by a distracted god. A shoe lies abandoned near a bus stop. A dog sleeps beneath a mural whose colors are fading into the dust. Somewhere, a mother waits for a phone call that never comes.
Mexico, in the imagination of tourists preparing for the World Cup, is a postcard pinned to a refrigerator door: beaches glowing in the sun, mariachi music floating through plazas, children kicking soccer balls beneath church towers. Yet another Mexico walks behind that postcard like a shadow. It moves silently through cemeteries, police reports, anonymous graves, and the faces on missing-person posters that flutter from telephone poles.
The shadow country keeps its own calendar. It counts time by disappearances.
One hundred thousand vanished souls and more—numbers so large they become impossible to imagine. Each number was once a voice asking what was for dinner, a hand reaching for a child, a face reflected in a mirror before leaving home one last time. The statistics march across newspaper pages, but the dead and missing do not live in statistics. They live in empty chairs.
A visitor arriving for a month of soccer may see crowds celebrating in the streets. He may hear drums, songs, and fireworks. He may believe that joy is the whole story. But joy and terror often occupy neighboring houses. One window is lit for a birthday party while the next remains dark because someone never returned.
The cartels appear in the national imagination like creatures from a medieval bestiary. They are whispered about in restaurants and taxis. They haunt highways at night. Their presence is felt even when they remain unseen. Around them grows a forest of rumors, accusations, denials, and fears. Many citizens believe that powerful interests, political actors, criminal organizations, and institutions have become entangled in ways that are difficult to untangle. Trust becomes a rare currency.
The result is a peculiar kind of weather.
People learn to read danger as sailors read clouds. They avoid certain roads. They avoid certain questions. They lower their voices. They memorize routes home. Every ordinary action acquires a second meaning. Every unexpected knock at the door becomes a small thunderclap.
The World Cup promises celebration. Television cameras will search for smiling faces. Stadium lights will transform the night into an artificial day. The world will watch athletes perform miracles with a ball. Yet beyond the bright rectangle of the field lies a landscape where many families continue searching for loved ones who disappeared years ago.
A nation is never one thing. Mexico is not merely violence, just as it is not merely beauty. It contains both. It contains extraordinary kindness and extraordinary suffering. But anyone who arrives believing only in the postcard risks misunderstanding the country before them.
The greatest tragedy is not simply the brutality itself. It is the normalization of brutality. When horror becomes routine, when disappearance becomes a familiar word, when grief becomes part of the architecture of daily life, something precious is lost. A society begins to carry fear the way old houses carry dust.
At night, the missing return in dreams.
They stand at the edge of a soccer field after the crowd has gone home. The stadium is silent. The lights are off. The wind moves scraps of paper across the grass. They wait for someone to call their names.
No one does.
And the darkness, patient as history, continues to grow.
Thursday, May 28, 2026
Democracia y poder mediático en México: una reflexión crítica sobre el llamado presidencial contra TV Azteca
Thursday, May 21, 2026
El país de la herida abierta
México siempre ha conversado con sus fantasmas. Los antiguos dioses de piedra exigían sangre para mantener en movimiento al sol; los nuevos dioses, vestidos con trajes oscuros y escoltas blindadas, exigen obediencia, silencio y miedo. Cambian los nombres, cambian las ceremonias, pero permanece intacta la antigua liturgia del poder: dominar mediante el temor. Desde 2018, la nación parece haber descendido a un territorio ambiguo donde el Estado y el crimen ya no se enfrentan como enemigos visibles, sino que avanzan juntos como sombras que han aprendido a confundirse en la misma pared.
La consigna de “abrazos y no balazos” apareció como una promesa de reconciliación nacional. El lenguaje quiso sustituir a las armas; la compasión, a la guerra. Pero en México las palabras suelen terminar devoradas por la realidad. Mientras el discurso hablaba de pacificación, los caminos del país se llenaban de retenes invisibles, pueblos sometidos, territorios administrados por hombres sin rostro. La violencia dejó de ser únicamente una batalla entre criminales: se convirtió en una atmósfera, una forma cotidiana del miedo.
El mexicano aprendió otra vez a bajar la voz.
Hay países donde el Estado impone la ley. En México, vastas regiones parecen vivir bajo una soberanía fragmentada, repartida entre autoridades oficiales y poderes clandestinos. El narcotráfico ya no es únicamente una organización criminal; es una economía, una cultura del terror, una burocracia paralela. Cobra impuestos, decide candidaturas, administra silencios, financia campañas, premia fidelidades y castiga traiciones. Allí donde el gobierno se debilita, el cártel ocupa el vacío con una eficacia brutal.
La tragedia no consiste solamente en la expansión del crimen, sino en la sospecha creciente de que el poder político y el poder criminal han dejado de ser realidades separadas. La corrupción mexicana siempre fue una humedad subterránea, pero ahora muchos sienten que esa humedad ha podrido los cimientos mismos de la casa nacional. Las acusaciones sobre presuntos vínculos entre actores políticos y organizaciones criminales han dejado de parecer episodios excepcionales para convertirse, en la imaginación pública, en parte de la normalidad del sistema.
Las campañas electorales, que deberían ser celebraciones de la democracia, aparecen rodeadas por rumores persistentes de financiamiento ilícito, presiones territoriales y pactos invisibles. La sospecha erosiona la legitimidad como el salitre devora lentamente una estatua. No importa únicamente si las acusaciones se prueban o no en tribunales; importa que millones de ciudadanos perciban que el poder ya no les pertenece, que las decisiones fundamentales se toman en zonas oscuras donde confluyen dinero, miedo y ambición.
La brutalidad devino en paisaje.
Las desapariciones forzadas son quizá la metáfora más terrible de nuestro tiempo. En otros siglos, México enterraba a sus muertos; hoy busca a sus desaparecidos en desiertos, montañas y fosas clandestinas. Madres con palas sustituyen a las instituciones. La nación entera parece convertida en un inmenso camposanto sin lápidas. Cada cuerpo hallado en la tierra revela no sólo la ferocidad criminal, sino también la ausencia del Estado. Porque el horror verdadero no es únicamente el asesinato: es la indiferencia posterior.
El secuestro, la extorsión y el asesinato dejaron de ser noticias extraordinarias. Son parte del murmullo cotidiano. El comerciante paga para sobrevivir; el periodista calla para no morir; el ciudadano aprende rutas invisibles para evitar retenes criminales. La impunidad no es un error del sistema: es el sistema funcionando. El crimen prospera porque rara vez encuentra castigo, y cuando el castigo no existe, la ley se convierte en una ficción retórica.
Mientras tanto, desde Estados Unidos llegan acusaciones, investigaciones, solicitudes de extradición y expedientes judiciales contra personajes vinculados al poder político mexicano. Nombres de gobernadores, funcionarios y operadores aparecen en declaraciones protegidas, investigaciones federales y testimonios judiciales relacionados con organizaciones criminales. Las autoridades mexicanas responden con negaciones, denuncias de intervencionismo o afirmaciones de insuficiencia probatoria. La verdad queda atrapada entre dos narrativas opuestas: la de la inocencia proclamada desde el poder y la de las investigaciones construidas en tribunales extranjeros.
Pero el problema de México no es únicamente judicial: es moral.
Una sociedad puede sobrevivir a la pobreza; incluso puede resistir la violencia. Lo que destruye a una nación es acostumbrarse a ellas. Y México parece hallarse precisamente en ese umbral peligroso donde el horror comienza a normalizarse. El miedo ya no produce indignación permanente; produce cansancio. El ciudadano se repliega en la esfera privada, desconfiando de todos: de los policías, de los partidos, de los jueces, de la prensa, del vecino. El tejido social se rompe no con explosiones visibles, sino con pequeñas fracturas diarias de desconfianza.
Octavio Paz escribió que las sociedades terminan pareciéndose a las máscaras que usan. México ha usado demasiadas máscaras: la revolución, la democracia, el progreso, la transformación. Pero debajo de todas ellas persiste un rostro antiguo: el del poder que busca perpetuarse aun a costa de la verdad. El narcoEstado no nace únicamente cuando los criminales penetran al gobierno; nace cuando la sociedad deja de distinguir con claridad entre autoridad y crimen.
Entonces todo se vuelve niebla.
Y en la niebla, el ciudadano camina solo.
Tuesday, January 27, 2026
Claudia Sheinbaum Pardo, señora Matanza
Friday, December 5, 2025
Sobre el asesinato de Carlos Manzo, Morena y la brutalidad consuetudinaria en México
El asesinato de Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, no es un accidente político: es una derrota del Estado. Y, como ocurre en las derrotas verdaderas, el perdedor no es sólo el gobernante en turno, sino la comunidad entera que confió en él. La brutalidad no irrumpe en Michoacán y en todo México: se instala, se expande, se vuelve clima. Lo nuevo —y lo más inquietante— es que el gobierno que prometió desmontarla parece haber pactado con su presencia.