Sobre la estupidez de quienes obligan a usar WhatsApp bajo la amenaza de dejar de comunicarse con uno si no lo hace
Hubo una época en que las amistades se medían por la disposición a escuchar desgracias. Después bastó con contestar el teléfono. Hoy la prueba definitiva consiste en instalar una aplicación. La amistad, que antes sobrevivía a mudanzas, divorcios y préstamos jamás devueltos, ahora se rompe porque alguien insiste en mandar mensajes verdes.
El devoto de WhatsApp no cree usar una herramienta; cree habitar una civilización superior. Habla de la aplicación como los antiguos misioneros hablaban de la salvación: "¿Todavía no lo tienes?". La pregunta no busca información. Es un diagnóstico. Si la respuesta es negativa, el interlocutor pasa de ser una persona a convertirse en un rezagado tecnológico, una especie de campesino que aún escribe cartas con pluma de ganso.
Después llega el chantaje afectivo, que es una forma muy moderna de cariño. "Si no tienes WhatsApp, ya no sabré cómo hablarte". La frase es extraordinaria. Uno podría pensar que existen llamadas telefónicas, correos electrónicos, mensajes SMS o incluso la extravagancia de tocar un timbre. Pero no. La amistad depende exclusivamente de una empresa que, hasta hace unos años, ni siquiera existía.
Lo que amenaza con desaparecer no es la comunicación, sino la comodidad.
Lo curioso es que quienes más presumen estar permanentemente conectados son también quienes tardan tres días en responder un mensaje importante. En cambio, tienen una velocidad admirable para reenviar videos de recetas imposibles, teorías conspirativas y fotografías de un piolín con frases motivacionales que sobrevivieron al cambio de siglo por razones que la ciencia aún no explica.
El fanático de WhatsApp confunde la facilidad con la obligación. Como enviar un mensaje toma cinco segundos, supone que responder también debería tomar cinco. Si uno no contesta de inmediato, aparecen las dos palomitas, luego el "¿?", después el "¿todo bien?" y finalmente el resentimiento. Nunca antes la ansiedad había contado con un sistema de rastreo tan eficiente.
Hay algo profundamente autoritario en quien convierte una preferencia tecnológica en requisito moral. No le basta usar una aplicación; necesita que todos la usen. La libertad ajena le parece un error de configuración. Y, si alguien se resiste, interpreta esa resistencia como una ofensa personal.
Es el mismo impulso que lleva a ciertas personas a recomendar dietas, religiones o partidos políticos: no soportan ser felices en soledad.
Quizá el verdadero problema no sea WhatsApp, sino la vieja costumbre humana de convertir cualquier invento en una prueba de lealtad. Ayer era asistir a determinadas reuniones; hoy es instalar determinada aplicación. Mañana será otra cosa. La tecnología cambia con una velocidad admirable. El deseo de imponerla permanece obstinadamente analógico.