Wednesday, July 29, 2026

'Disoluta', poemario de Yadira Moreno Ramírez




Con este poemario, Yadira Moreno se consolida como una de las poetas de habla hispana cuya audacia carece de contradicción —en sentido spinozista— , y la sitúa en su singularidad como una de las voces poéticas más eminentes de Iberoamérica.

Del verso libre, pasando por el esquema cuadrangular (el haiku de cuatro versos), el caligrama, los nacorismos y poemas en prosa, 'Disoluta' — del latín 'dissolūtus', participio pasivo de dissolvĕre disolver, disipar— , nos plantea enigmas de principio: ¿qué es lo que se esfuma, desvanece, aclara, evapora, borra, clarifica, desagua, desaparece, elimina, esclarece? ¿Que es, por otro lado,, lo que se gasta, malbarata, pierde, derrocha, despilfarra, dilapida, malgasta?

Las respuestas corren por cuenta del lector. Sobre esto volveré más tarde. Al respecto sólo agregaré, como escribe Gadamer, que «el arte es una fiesta» y como tal siempre es la misma y siempre diferente, distinta. Con cada lectura algo nuevo adviene y los poemas constituyen un rizoma cuyo campo de sentido crea un circuito de intensidades —Deleuze-Guattari 'dixit'—potenciado en la vivencia estética que no es otra cosa que la experiencia de la Verdad.

El poemario está compuesto de tres partes y una coda: 'Rústico fervor', 'La nada me da risa', 'Alcaudón' y 'Sueños lúcidos'. La autora habla desde y hacia sí misma, también invoca lo mismo a Príapo que a Tlazoltéotl o al Dios Dinero, etc. La melancolía —alegría en la tristeza— es una forma de la expresividad que a través suyo los transita.

A semejanza de Michaux, la autora desea «sorprender misterios ocultos en otra parte» ('Connaissance par les gouffres'). La mención del crico y la marihuana no es gratuita. Se trata de una tarea de exploración a través del libre desarrollo de la personalidad poética. Una tarea disoluta enfocada en sí misma.

«No hay poema que no se abra como una herida», afirma Derrida. Poesía del dolor, de la soledad, del abismo, de la elegía y el sufrimiento, lo que tenemos frente a nosotros puede causar incomodidad pues su autora no es una poeta complaciente con su lector. He ahí, además, la audacia que mencioné al principio. Por ello, como escribe Rainer Maria Rilke en Elegías de Duino, «la belleza no es sino el nacimiento de lo terrible».

Además de poeta, filósofa y periodista, Yadira Moreno, es una lectora insasiable y una observadora de la realidad y de la verdad que hay en ésta. Sus influencias no son sólo literarias —en este sentido la autora sigue la consigna de Bashó: «No sigas las huellas de los antiguos. Busca lo que ellos buscaron»— también son musicales. Sus epígrafes incluyen a 'Little trouble girl’ de Sonic Youth ‘y a Nacha Guevara en una sugerencia a pie de página. En uno de sus poemas expresa: «Adoro a Vivaldi y /a Chopin como /adoro a La Santaera /y a Los Askis».

'Disoluta' incluye poemas eróticos donde la autora es la protagonista. 'Alcaudón' es uno de ellos; el suyo es de un erotismo lóbrego y bello que conturba: amor a muerte.

Heredera de Sade y con la elegancia de la escritora Gabrielle Wittkop podemos decir que con este libro estamos ante una poeta mayor, «la jeune dame indigne».

Concluyo con estas palabras de Chantal Maillard: «La poesía que necesitamos es aquélla capaz de devolvernos la conciencia de una semejanza fundamental, aquélla que nos permita el reconocimiento de nuestra común condición en la singularidad de cada acontecimiento. El poeta al que convocamos no habrá de evadirse de lo concreto. Muy al contrario, allí es donde hallará lo esencial; no lo universal, la idea vaciada de accidentes, sino la radical infinitud de cada cosa. El poeta que requerimos será aquél que tenga oído para captar el ritmo, la vibración de un ente, su sonoridad, su peculiar forma de vibrar y la capacidad de transmitirlo.»

The Ashtray Still Warm: On Yadira Moreno's 'Disoluta'



There are books that ask to be understood and others that ask only to survive the night. Disoluta belongs to the second kind. One imagines it forgotten on the table of a bar after closing time, beside a lipstick-stained glass and an ashtray full of cigarettes smoked by people who swore they would never return to each other. By dawn the cleaning crew would mistake it for another abandoned object. They would be wrong. It would be the only thing in the room still awake.

Yadira Moreno does not write as though poetry were a temple. She writes as though language had spent the night in jail for disturbing the peace. Her poems arrive with bruises. They smell of cheap perfume, philosophy, stale beer, and rain on concrete. That mixture should not work, yet it does, because she understands that every genuine lyric is born where dignity has already failed.

The title, Disoluta, is less a confession than an accusation. Society has always been eager to invent names for women who refuse to become monuments. Moreno accepts the insult, polishes it, and places it at the entrance of the book like a stray dog daring respectable visitors to step inside. The word ceases to be a verdict and becomes a passport.

Her poems seem populated by objects that have outlived their owners. Empty bottles remember better than lovers. Motel rooms become small chapels where desire performs its brief liturgies. A cracked mirror tells the truth more faithfully than a family portrait. The city itself behaves like an exhausted animal, dragging its neon lights through the darkness without expecting redemption. Everything possesses a secret biography. Everything has been abandoned once already.

This is where Moreno's poetry acquires its peculiar authority. She does not separate the vulgar from the sacred. She knows they share the same apartment. The curse and the prayer often use identical grammar. One simply arrives five minutes earlier.

There is an old superstition that suffering automatically improves literature. Disoluta quietly disproves it. Pain alone produces only noise. Moreno's achievement lies elsewhere. She has given her wounds an imagination. Instead of describing misery, she allows misery to dream. That difference is enormous. It is the distance between testimony and poetry.

What remains especially striking is the book's refusal to sanitize experience. Contemporary literature sometimes fears offending the reader more than disappointing language. Moreno appears unconcerned with either possibility. She trusts the intelligence of the poem rather than the comfort of the audience. If a line sounds dangerous, she follows it. If an image becomes excessive, she asks whether life itself has ever respected moderation.

One senses beneath these pages the long companionship between philosophy and disappointment. Ideas are never displayed like academic trophies. They emerge naturally, the way smoke escapes from a cigarette forgotten between two fingers. The existential questions do not interrupt the narrative of desire; they are desire's inevitable aftertaste.

Perhaps the greatest surprise in Disoluta is its humor. Not the humor of jokes but of survival. The laughter that appears after catastrophe, when the only alternative is silence. Such laughter has always been among poetry's oldest forms of intelligence. It refuses despair the satisfaction of having the final word.

Moreno's imagery possesses an urban ferocity. Streets do not merely contain memory; they manufacture it. Love is neither idealized nor condemned. It is another neighborhood where everyone eventually gets lost. The body is treated as both witness and evidence, never merely ornament. Flesh thinks. Memory bleeds. Language limps home at sunrise carrying both.

Reading Disoluta resembles entering a room where every object has shifted a few inches during the night. Nothing supernatural has occurred. Yet nothing remains entirely trustworthy. The reader gradually discovers that reality itself has become slightly intoxicated. This is one of poetry's oldest miracles: not to invent another world but to reveal the strange habits of this one.

The lasting impression of the book is not scandal but tenderness concealed beneath abrasion. Like certain walls covered in graffiti, the apparent violence protects an unsuspected vulnerability. Remove the rough surface and one finds not innocence—that would be too simple—but persistence. The stubborn decision to continue speaking after language has repeatedly failed.

In the end, Disoluta reminds us that poetry is not an escape from ordinary life. It is ordinary life after all the disguises have gone home. The bottles remain. The beds remain. The insults remain. The heart, against every probability, remains as well.

That may be the quiet miracle of Yadira Moreno's work. She finds lyricism not despite the ruins but because of them. She walks through the debris carrying no banner, only a notebook. By the time she leaves, the broken glass reflects stars that were invisible before she arrived.

 

 

Friday, July 24, 2026

Al Dr. Gabriel Alfredo Cortés Alcalá, Secretario de Salud del Estado de Guanajuato.

 

 


 

 

Al Dr. Gabriel Alfredo Cortés Alcalá, 

Secretario de Salud del Estado de Guanajuato.

 

 

Señor Secretario: 

 

No escribo para agradecer. El agradecimiento pertenece a la economía de los favores, y la vida no puede reducirse a una contabilidad. 

 

 Escribo porque el cuerpo, cuando ha sido sitiado por el desorden de la mente, conoce una verdad que los archivos desconocen: un día de espera puede ser un siglo; una ausencia de medicamento puede convertirse en una máquina que fabrica abismos; un sello olvidado puede pesar más que una piedra sobre el pecho. 

 

La enfermedad mental no pide permiso. Irrumpe. Desgarra el sueño. Altera la respiración. Convierte el tiempo en una sustancia viscosa donde cada minuto parece querer devorar al siguiente. Quien no ha vivido esa fractura cree que el sufrimiento es una idea. Pero el sufrimiento no es una idea: es un órgano que late fuera de lugar. 

 

Por eso, cuando una institución responde con rapidez, ocurre algo extraordinario. El Estado deja de ser un edificio y se convierte, por un instante, en una presencia. La administración abandona su máscara mineral y recuerda que fue creada para impedir que la vida sea triturada por la indiferencia. 

 

Su respuesta a la solicitud de los medicamentos faltantes en el Centro de Atención Integral a la Salud Mental del Estado de Guanajuato produjo precisamente ese raro acontecimiento: la palabra se volvió acto. 

 

 Y un acto verdadero posee siempre un cuerpo. 

 

Tuvo el cuerpo del doctor Medina, en Urgencias, cuya atención fue inmediata, precisa y generosa. 

 

Tuvo el cuerpo del doctor Juárez, responsable de Calidad en el CAISAME, cuya compañía no fue la del funcionario que vigila un procedimiento, sino la del hombre que comprende que la dignidad también puede administrarse con una mirada, con una escucha y con una decisión. Fue él quien hizo posible la entrega del medicamento necesario, devolviendo al cuerpo aquello que el cuerpo reclamaba con la violencia del temblor. 

 

 Tuvo también el cuerpo del Subdirector del CAISAME, cuya intervención hizo que la institución no hablara con múltiples voces dispersas, sino con una sola voluntad orientada hacia la resolución del problema. 

 

Eso merece ser dicho. 

 

Vivimos rodeados de mecanismos que con demasiada frecuencia producen demora, distancia y olvido. Pero existen momentos en los que esos mismos mecanismos dejan de girar sobre sí mismos y permiten que aparezca lo único que justifica la existencia del servicio público: el encuentro entre una necesidad real y una respuesta real. 

 

No hay heroísmo en ello. 

 

Hay, más bien, el cumplimiento de una obligación que, cuando se realiza con humanidad, adquiere una grandeza casi insoportable porque nos recuerda cuán infrecuente se ha vuelto lo que debería ser cotidiano. 

 

El cuerpo humano no es una cifra presupuestal. No es un expediente. No es un número de afiliación. Es un campo donde cada demora deja cicatrices invisibles. 

 

Y la salud mental es quizá el lugar donde esas cicatrices hablan con mayor intensidad. 

 

 Por ello, esta carta no celebra un privilegio. Celebra que, por una vez, el aparato administrativo no devoró a la persona que acudió a él. Celebra que la decisión recorrió el camino completo hasta convertirse en presencia, medicamento y alivio. 

 

Ojalá toda política pública pudiera medirse así: no por el volumen de sus discursos, sino por la cantidad de sufrimiento que logra impedir. 

 

Porque allí donde un ser humano puede seguir respirando con un poco menos de miedo, allí comienza, verdaderamente, la civilización. 

 

Reciba mi reconocimiento por haber hecho posible esa cadena de actos eficaces, y hágalo extensivo al doctor Medina, al doctor Juárez y al Subdirector del CAISAME, cuya calidad profesional y humana convirtió una instrucción en una experiencia concreta de cuidado.

 

 La salud no empieza en los decretos. 

 

Empieza cuando una institución recuerda que el cuerpo que llama a su puerta no es un trámite, sino el lugar donde se juega, a cada instante, la posibilidad misma de seguir existiendo. 

 

Atentamente, 

  

victor ponsal

 

 

 

 

Tuesday, July 21, 2026

El teatro de la salud mental en Guanajuato


Hay instituciones que no curan: representan. No alivian: escenifican. El Centro de Atención Integral a la Salud Mental (CAISAME), en León, Guanajuato, parece haberse convertido en uno de esos escenarios donde la promesa de la atención pública se reduce a una escenografía montada de manera cuidadosa mientras, detrás del telón, los pacientes esperan. Se habla de salud mental con discursos solemnes. 

La directora del CAISAME en León, Guanajuato, doctora Ana Bertha Meza Pérez, y las autoridades de salud del estado, encabezadas por el secretario, el doctor Gabriel Alfredo Cortés Alcalá, afirman trabajar por el bienestar de los guanajuatenses. Pero para quien depende de un medicamento que simplemente no está disponible durante semanas, las palabras dejan de ser un compromiso y se transforman en un ruido hueco.

¿Qué significa hablar de atención integral cuando medicamentos como el alprazolam permanecen desabastecidos durante tanto tiempo? ¿Qué significa decir que existe seguimiento cuando el único puente entre la institución y el paciente es un número telefónico —4777400135— que permanece fuera de servicio? El silencio del teléfono se convierte en la voz auténtica de la institución: una voz que no responde.

Podemos reconocer, entonces, en este lugar, uno de los teatros más crueles: no el de la violencia explícita, sino el de la indiferencia burocrática. 

Un teatro donde el enfermo interpreta el papel del suplicante, obligado a regresar una y otra vez para escuchar la misma respuesta: "todavía no llega". Donde la incertidumbre se administra con mayor constancia que los medicamentos.

La farmacia, que debería ser el último eslabón de la atención, termina siendo para muchos pacientes una experiencia marcada por la desinformación, la falta de empatía y un trato que se percibe despótico. 

Cuando una persona vive con ansiedad u otro padecimiento psiquiátrico, no recibe únicamente una caja de medicamento: necesita orientación, claridad y respeto. Negarle esas tres cosas es prolongar su sufrimiento.

La salud mental no puede sostenerse únicamente con campañas, conferencias o declaraciones públicas. Se sostiene con medicamentos disponibles, canales de comunicación que funcionen, personal que informe con dignidad y una institución que comprenda que cada día sin tratamiento puede representar una crisis para quien espera.

La verdadera crueldad no consiste en un grito ni en un gesto violento. Consiste en obligar a quienes ya luchan contra su propia mente a enfrentarse también al laberinto de una institución que parece incapaz de responderles. 

Allí, el escenario permanece iluminado, los discursos continúan y la función nunca termina. Pero el paciente sigue esperando, y esa espera, interminable y silenciosa, es el acto más brutal de todos.

Wednesday, July 15, 2026

Carlos Hernández (León, Guanajuato 1972— ), collagista





La amistad no es un pacto entre dos seres; es una infección luminosa. Quien ha conocido a un verdadero artista sabe que la cercanía con él no concede reposo, sino una fiebre que desordena el pensamiento. Hay amistades que se sostienen con palabras, otras con silencios. La suya, en cambio, está hecha de fragmentos, de papeles arrancados a la carne del mundo, de imágenes que llegan como órganos desplazados desde un sueño demasiado despierto para llamarse sueño.

Su arte del collage no consiste en reunir pedazos, sino en demostrar que el universo nunca estuvo entero. Cada recorte es una amputación y también una revelación. Allí donde el ojo común ve restos, él descubre una gramática secreta, un alfabeto anterior a los idiomas y posterior a la muerte. No pega superficies: sutura heridas. No compone figuras: provoca el nacimiento de criaturas cuya respiración incomoda porque parece provenir de nuestro propio pecho.

He visto a muchos contemplar sus obras con la esperanza de comprenderlas. Se acercan como quien visita un museo. Se marchan como quien ha sobrevivido a un accidente. Porque la belleza, cuando es verdadera, no halaga. La belleza es una fuerza que desplaza los huesos del espíritu y obliga al pensamiento a abandonar sus hábitos. Sus collages poseen esa violencia silenciosa. No piden interpretación; exigen una transformación.

Ser su amigo significa aceptar que la realidad es una superstición mal aprendida. En nuestras conversaciones, un trozo de revista puede contener más destino que un tratado entero; una fotografía anónima abre una grieta por donde desfilan dioses mutilados, insectos con memoria humana, ciudades construidas con los restos del insomnio. 

Nunca hablamos de arte como quien habla de una profesión. El arte es una epidemia. Un estado febril. Una ceremonia donde cada imagen sacrifica su significado para renacer convertida en presencia.

Lo admirable no es únicamente su talento, sino el riesgo que asume cada vez que enfrenta la página vacía. Allí combate contra el orden que pretende domesticar la imaginación. Cada recorte que coloca es un rechazo a la obediencia de las formas. Cada vacío que deja respirar entre las imágenes posee la densidad de un abismo. Y el espectador, sin advertirlo, cae en él con una mezcla de fascinación y terror.

Hay artistas que ilustran el mundo. Él lo desmiembra para devolverle una anatomía más verdadera. Sus composiciones parecen recordar algo que jamás vivimos y, sin embargo, reconocemos con el estremecimiento reservado a las revelaciones. 

Esa es la paradoja de su belleza: cuanto más incomprensible parece, más íntima resulta. Nos enfrenta a un enigma que no espera solución porque su única finalidad es mantener despierta la herida de la conciencia.

Por eso la amistad con un creador semejante jamás puede reducirse al afecto. Es una complicidad con las fuerzas que desgarran las apariencias. Quien camina junto a él aprende que las imágenes poseen hambre, que los objetos sueñan con abandonar su utilidad y que el caos, cuando encuentra una mano capaz de escucharlo, adquiere la precisión de un rito.

No conozco elogio suficiente para un artista cuya obra convierte el desconcierto en una forma superior de claridad. Sus collages no embellecen el misterio: lo liberan. Y en esa liberación el espectador deja de contemplar una obra para descubrir que es él quien ha sido recortado, desplazado y ensamblado de nuevo por una inteligencia que trabaja allí donde el lenguaje se rompe y el espíritu comienza, por fin, a respirar con una ferocidad desconocida.

https://carloshernandezartista.blogspot.com




Tuesday, July 14, 2026

The Mouth That Refused the Sky




There is a furnace nailed beneath my tongue.

Not a soul, not a dream, not a sickness

a furnace that eats the names of things before they can become obedient.

The walls insist they are walls.

I have watched them molt.

The floor crawls upward to interrogate my feet.

Every object has teeth hidden beneath its usefulness.

Do not tell me the world is intact.

I have heard it splinter behind its own face.

You arrive carrying clocks, papers, gentle voices sharpened into instruments.

You ask me to return.

Return where?

To the kingdom where every mouth agrees to call the knife a spoon?

No.

The body knows a geography the maps assassinated.

My ribs contain birds that were never granted feathers.

My blood writes alphabets that your dictionaries burn before dawn.

There are voices.

Do not mistake them for visitors.

They are the bones of language gnawing through the skull, trying to remember the first cry that existed before grammar murdered thunder.

You call this disorder.

I call it the price demanded by a universe too immense to pass through a single throat.

Strike me with your certainties.

Bind me inside immaculate rooms.

Count my pulse.

Measure my sleep.

Number the fractures of my invisible anatomy.

You will still fail to imprison the animal that has no organs, the fire that devours even its own ashes, the scream that tears open the mouth of God only to discover

another mouth

still screaming.




Thursday, July 2, 2026

Sobre la estupidez de usar WhatsApp bajo coacción





Sobre la estupidez de quienes obligan a usar WhatsApp bajo la amenaza de dejar de comunicarse con uno si no lo hace

Hubo una época en que las amistades se medían por la disposición a escuchar desgracias. Después bastó con contestar el teléfono. Hoy la prueba definitiva consiste en instalar una aplicación. La amistad, que antes sobrevivía a mudanzas, divorcios y préstamos jamás devueltos, ahora se rompe porque alguien insiste en mandar mensajes verdes.

El devoto de WhatsApp no cree usar una herramienta; cree habitar una civilización superior. Habla de la aplicación como los antiguos misioneros hablaban de la salvación: "¿Todavía no lo tienes?". La pregunta no busca información. Es un diagnóstico. Si la respuesta es negativa, el interlocutor pasa de ser una persona a convertirse en un rezagado tecnológico, una especie de campesino que aún escribe cartas con pluma de ganso.

Después llega el chantaje afectivo, que es una forma muy moderna de cariño. "Si no tienes WhatsApp, ya no sabré cómo hablarte". La frase es extraordinaria. Uno podría pensar que existen llamadas telefónicas, correos electrónicos, mensajes SMS o incluso la extravagancia de tocar un timbre. Pero no. La amistad depende exclusivamente de una empresa que, hasta hace unos años, ni siquiera existía. 

Lo que amenaza con desaparecer no es la comunicación, sino la comodidad.

Lo curioso es que quienes más presumen estar permanentemente conectados son también quienes tardan tres días en responder un mensaje importante. En cambio, tienen una velocidad admirable para reenviar videos de recetas imposibles, teorías conspirativas y fotografías de un piolín con frases motivacionales que sobrevivieron al cambio de siglo por razones que la ciencia aún no explica.

El fanático de WhatsApp confunde la facilidad con la obligación. Como enviar un mensaje toma cinco segundos, supone que responder también debería tomar cinco. Si uno no contesta de inmediato, aparecen las dos palomitas, luego el "¿?", después el "¿todo bien?" y finalmente el resentimiento. Nunca antes la ansiedad había contado con un sistema de rastreo tan eficiente.

Hay algo profundamente autoritario en quien convierte una preferencia tecnológica en requisito moral. No le basta usar una aplicación; necesita que todos la usen. La libertad ajena le parece un error de configuración. Y, si alguien se resiste, interpreta esa resistencia como una ofensa personal. 

Es el mismo impulso que lleva a ciertas personas a recomendar dietas, religiones o partidos políticos: no soportan ser felices en soledad.

Quizá el verdadero problema no sea WhatsApp, sino la vieja costumbre humana de convertir cualquier invento en una prueba de lealtad. Ayer era asistir a determinadas reuniones; hoy es instalar determinada aplicación. Mañana será otra cosa. La tecnología cambia con una velocidad admirable. El deseo de imponerla permanece obstinadamente analógico.




 
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