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Saturday, August 8, 2026

Los loops del amor












Hay algo que conviene advertir antes de juzgar la reiteración de ciertas imágenes en Cosas simples. En otro poeta, la insistencia de las mismas palabras —el fuego, las estrellas, el universo, la luz, los abismos, las flores, la lluvia— podría parecer una repetición innecesaria. En Enrique Rangel ocurre algo distinto.

Son loops poéticos.

El poeta vuelve.

Vuelve porque el amor no es para él una línea recta sino una órbita. Vuelve a la mujer amada como vuelve el pensamiento a aquello que no puede abandonar; vuelve a la juventud, al primer beso, al parque, a la lluvia, a Guanajuato, a la ausencia, al cuerpo, a la memoria. Cada regreso parece repetir el gesto anterior, pero nunca lo repite exactamente: el tiempo ha pasado y quien regresa ya no es el mismo.

La repetición es, entonces, una forma de conocimiento.

Hay experiencias que sólo podemos comprender regresando a ellas. Y hay amores que, precisamente porque son profundos, no avanzan: giran.

Rangel lo sabe incluso en la forma de nombrarse. Habla de un "pensamiento espiral", de una existencia gravitante, de un corazón que gira alrededor de otro corazón. No son solamente metáforas dispersas: forman una poética.

El poema se convierte en órbita.

El poeta escribe hacia el centro de su propia vida, pero ese centro no es él. Es el otro.

Por eso las repeticiones del libro no deben entenderse necesariamente como reiteraciones de un lenguaje que no encuentra nuevas formas, sino como retornos de un alma hacia el alma que ama. Cada "siempre", cada "otra vez", cada "desde entonces", cada regreso al parque o a Guanajuato es una manera de decir: sigo aquí; sigo amándote; sigo siendo aquel que te encontró; sigo encontrándote.

El amor verdadero tiene algo de mantra.

Se repite porque teme desaparecer.

Se repite porque al repetirlo lo mantiene vivo.

Se repite porque ciertas palabras, cuando han sido tocadas por una existencia compartida, dejan de ser simples palabras y se convierten en lugares.

De ahí que Cosas simples no deba juzgarse únicamente según una concepción lineal del desarrollo poético, como si cada poema tuviera la obligación de avanzar hacia una imagen nueva y abandonar inmediatamente la anterior. Este libro funciona de otra manera. Su estructura profunda es circular. Hay motivos que regresan como regresan los recuerdos, como regresan las estaciones, como regresa una canción que nos acompaña durante años.

Y quizá esto explique también la presencia constante de la música en el imaginario del poeta. Disintegration, de The Cure, aparece en el prólogo como la banda sonora del libro. Una canción no progresa como un argumento filosófico: vuelve sobre un motivo, lo repite, lo transforma mediante el ritmo y lo carga de una emoción nueva. Algo semejante ocurre aquí. El poema vuelve al mismo sitio para descubrir que el sitio ha cambiado.

Y nosotros también.

Por eso sería injusto pedirle a Enrique Rangel que abandone sus estrellas, sus soles, sus universos, sus fuegos y sus abismos simplemente porque aparecen muchas veces. Esas imágenes constituyen su respiración poética. Son parte de su idiolecto amoroso.

Un poeta no siempre elige sus obsesiones.

A veces sus obsesiones lo eligen a él.

En Rangel, la obsesión fundamental es la permanencia dentro de un mundo sometido a la impermanencia. Él mismo reconoce que ha aprendido de la mujer amada precisamente esa palabra: "impermanencia". Y aquí aparece la paradoja que sostiene todo el libro: el poeta sabe que todo pasa y, precisamente por eso, repite.

La repetición es su pequeña rebelión contra el tiempo.

Frente a la muerte, dice amor.

Frente a la ausencia, vuelve a nombrar.

Frente al envejecimiento, recuerda.

Frente a la impermanencia, escribe "siempre".

Y ese "siempre" no pretende engañar al tiempo. Es algo más humilde y más hermoso: la manera humana de oponerse a él.

Por eso estos poemas pueden leerse como cartas circulares dirigidas a una misma persona. Cada poema vuelve a encontrarla desde una edad distinta del poeta. A veces la encuentra en la muchacha del recuerdo; otras, en la mujer con quien comparte hijos, casa, cansancio y vida cotidiana; otras, en la figura casi cósmica que su imaginación convierte en Sol, universo o abismo.

Pero es siempre ella.

Y él también es siempre él, aunque se haya ajado —lo cual es un exceso pues el poeta es un hombre joven.

Ahí reside una de las mayores ternuras del libro.

El poeta parece decir: he cambiado, hemos cambiado, el mundo ha cambiado; pero hay algo que permanece porque sigo pronunciando tu nombre.

La poesía, entonces, no es aquí una sucesión de descubrimientos.

Es una vuelta al origen.

Y quizá por eso el título Cosas simples adquiere una profundidad inesperada. El poeta ha viajado por el universo de sus metáforas para descubrir que el centro estaba desde el principio en las cosas más sencillas: caminar juntos, besar, bailar, preparar la comida, escuchar una risa, mirar el atardecer, ir al supermercado, dormir abrazados.

Después de todo, el amor no necesita inventar otro universo.

Le basta con hacer que el universo que ya existe vuelva a comenzar.

Cada día.

Una y otra vez.

Como un loop.

Como un poema.

Como el corazón cuando ha encontrado, por fin, al alma de su alma.




Wednesday, July 29, 2026

'Disoluta', poemario de Yadira Moreno Ramírez




Con este poemario, Yadira Moreno se consolida como una de las poetas de habla hispana cuya audacia carece de contradicción —en sentido spinozista— , y la sitúa en su singularidad como una de las voces poéticas más eminentes de Iberoamérica.

Del verso libre, pasando por el esquema cuadrangular (el haiku de cuatro versos), el caligrama, los nacorismos y poemas en prosa, 'Disoluta' — del latín 'dissolūtus', participio pasivo de dissolvĕre disolver, disipar— , nos plantea enigmas de principio: ¿qué es lo que se esfuma, desvanece, aclara, evapora, borra, clarifica, desagua, desaparece, elimina, esclarece? ¿Que es, por otro lado,, lo que se gasta, malbarata, pierde, derrocha, despilfarra, dilapida, malgasta?

Las respuestas corren por cuenta del lector. Sobre esto volveré más tarde. Al respecto sólo agregaré, como escribe Gadamer, que «el arte es una fiesta» y como tal siempre es la misma y siempre diferente, distinta. Con cada lectura algo nuevo adviene y los poemas constituyen un rizoma cuyo campo de sentido crea un circuito de intensidades —Deleuze-Guattari 'dixit'—potenciado en la vivencia estética que no es otra cosa que la experiencia de la Verdad.

El poemario está compuesto de tres partes y una coda: 'Rústico fervor', 'La nada me da risa', 'Alcaudón' y 'Sueños lúcidos'. La autora habla desde y hacia sí misma, también invoca lo mismo a Príapo que a Tlazoltéotl o al Dios Dinero, etc. La melancolía —alegría en la tristeza— es una forma de la expresividad que a través suyo los transita.

A semejanza de Michaux, la autora desea «sorprender misterios ocultos en otra parte» ('Connaissance par les gouffres'). La mención del crico y la marihuana no es gratuita. Se trata de una tarea de exploración a través del libre desarrollo de la personalidad poética. Una tarea disoluta enfocada en sí misma.

«No hay poema que no se abra como una herida», afirma Derrida. Poesía del dolor, de la soledad, del abismo, de la elegía y el sufrimiento, lo que tenemos frente a nosotros puede causar incomodidad pues su autora no es una poeta complaciente con su lector. He ahí, además, la audacia que mencioné al principio. Por ello, como escribe Rainer Maria Rilke en Elegías de Duino, «la belleza no es sino el nacimiento de lo terrible».

Además de poeta, filósofa y periodista, Yadira Moreno, es una lectora insasiable y una observadora de la realidad y de la verdad que hay en ésta. Sus influencias no son sólo literarias —en este sentido la autora sigue la consigna de Bashó: «No sigas las huellas de los antiguos. Busca lo que ellos buscaron»— también son musicales. Sus epígrafes incluyen a 'Little trouble girl’ de Sonic Youth ‘y a Nacha Guevara en una sugerencia a pie de página. En uno de sus poemas expresa: «Adoro a Vivaldi y /a Chopin como /adoro a La Santaera /y a Los Askis».

'Disoluta' incluye poemas eróticos donde la autora es la protagonista. 'Alcaudón' es uno de ellos; el suyo es de un erotismo lóbrego y bello que conturba: amor a muerte.

Heredera de Sade y con la elegancia de la escritora Gabrielle Wittkop podemos decir que con este libro estamos ante una poeta mayor, «la jeune dame indigne».

Concluyo con estas palabras de Chantal Maillard: «La poesía que necesitamos es aquélla capaz de devolvernos la conciencia de una semejanza fundamental, aquélla que nos permita el reconocimiento de nuestra común condición en la singularidad de cada acontecimiento. El poeta al que convocamos no habrá de evadirse de lo concreto. Muy al contrario, allí es donde hallará lo esencial; no lo universal, la idea vaciada de accidentes, sino la radical infinitud de cada cosa. El poeta que requerimos será aquél que tenga oído para captar el ritmo, la vibración de un ente, su sonoridad, su peculiar forma de vibrar y la capacidad de transmitirlo.»

The Ashtray Still Warm: On Yadira Moreno's 'Disoluta'



There are books that ask to be understood and others that ask only to survive the night. Disoluta belongs to the second kind. One imagines it forgotten on the table of a bar after closing time, beside a lipstick-stained glass and an ashtray full of cigarettes smoked by people who swore they would never return to each other. By dawn the cleaning crew would mistake it for another abandoned object. They would be wrong. It would be the only thing in the room still awake.

Yadira Moreno does not write as though poetry were a temple. She writes as though language had spent the night in jail for disturbing the peace. Her poems arrive with bruises. They smell of cheap perfume, philosophy, stale beer, and rain on concrete. That mixture should not work, yet it does, because she understands that every genuine lyric is born where dignity has already failed.

The title, Disoluta, is less a confession than an accusation. Society has always been eager to invent names for women who refuse to become monuments. Moreno accepts the insult, polishes it, and places it at the entrance of the book like a stray dog daring respectable visitors to step inside. The word ceases to be a verdict and becomes a passport.

Her poems seem populated by objects that have outlived their owners. Empty bottles remember better than lovers. Motel rooms become small chapels where desire performs its brief liturgies. A cracked mirror tells the truth more faithfully than a family portrait. The city itself behaves like an exhausted animal, dragging its neon lights through the darkness without expecting redemption. Everything possesses a secret biography. Everything has been abandoned once already.

This is where Moreno's poetry acquires its peculiar authority. She does not separate the vulgar from the sacred. She knows they share the same apartment. The curse and the prayer often use identical grammar. One simply arrives five minutes earlier.

There is an old superstition that suffering automatically improves literature. Disoluta quietly disproves it. Pain alone produces only noise. Moreno's achievement lies elsewhere. She has given her wounds an imagination. Instead of describing misery, she allows misery to dream. That difference is enormous. It is the distance between testimony and poetry.

What remains especially striking is the book's refusal to sanitize experience. Contemporary literature sometimes fears offending the reader more than disappointing language. Moreno appears unconcerned with either possibility. She trusts the intelligence of the poem rather than the comfort of the audience. If a line sounds dangerous, she follows it. If an image becomes excessive, she asks whether life itself has ever respected moderation.

One senses beneath these pages the long companionship between philosophy and disappointment. Ideas are never displayed like academic trophies. They emerge naturally, the way smoke escapes from a cigarette forgotten between two fingers. The existential questions do not interrupt the narrative of desire; they are desire's inevitable aftertaste.

Perhaps the greatest surprise in Disoluta is its humor. Not the humor of jokes but of survival. The laughter that appears after catastrophe, when the only alternative is silence. Such laughter has always been among poetry's oldest forms of intelligence. It refuses despair the satisfaction of having the final word.

Moreno's imagery possesses an urban ferocity. Streets do not merely contain memory; they manufacture it. Love is neither idealized nor condemned. It is another neighborhood where everyone eventually gets lost. The body is treated as both witness and evidence, never merely ornament. Flesh thinks. Memory bleeds. Language limps home at sunrise carrying both.

Reading Disoluta resembles entering a room where every object has shifted a few inches during the night. Nothing supernatural has occurred. Yet nothing remains entirely trustworthy. The reader gradually discovers that reality itself has become slightly intoxicated. This is one of poetry's oldest miracles: not to invent another world but to reveal the strange habits of this one.

The lasting impression of the book is not scandal but tenderness concealed beneath abrasion. Like certain walls covered in graffiti, the apparent violence protects an unsuspected vulnerability. Remove the rough surface and one finds not innocence—that would be too simple—but persistence. The stubborn decision to continue speaking after language has repeatedly failed.

In the end, Disoluta reminds us that poetry is not an escape from ordinary life. It is ordinary life after all the disguises have gone home. The bottles remain. The beds remain. The insults remain. The heart, against every probability, remains as well.

That may be the quiet miracle of Yadira Moreno's work. She finds lyricism not despite the ruins but because of them. She walks through the debris carrying no banner, only a notebook. By the time she leaves, the broken glass reflects stars that were invisible before she arrived.

 

 

Friday, July 24, 2026

Al Dr. Gabriel Alfredo Cortés Alcalá, Secretario de Salud del Estado de Guanajuato.

 

 


 

 

Al Dr. Gabriel Alfredo Cortés Alcalá, 

Secretario de Salud del Estado de Guanajuato.

 

 

Señor Secretario: 

 

No escribo para agradecer. El agradecimiento pertenece a la economía de los favores, y la vida no puede reducirse a una contabilidad. 

 

 Escribo porque el cuerpo, cuando ha sido sitiado por el desorden de la mente, conoce una verdad que los archivos desconocen: un día de espera puede ser un siglo; una ausencia de medicamento puede convertirse en una máquina que fabrica abismos; un sello olvidado puede pesar más que una piedra sobre el pecho. 

 

La enfermedad mental no pide permiso. Irrumpe. Desgarra el sueño. Altera la respiración. Convierte el tiempo en una sustancia viscosa donde cada minuto parece querer devorar al siguiente. Quien no ha vivido esa fractura cree que el sufrimiento es una idea. Pero el sufrimiento no es una idea: es un órgano que late fuera de lugar. 

 

Por eso, cuando una institución responde con rapidez, ocurre algo extraordinario. El Estado deja de ser un edificio y se convierte, por un instante, en una presencia. La administración abandona su máscara mineral y recuerda que fue creada para impedir que la vida sea triturada por la indiferencia. 

 

Su respuesta a la solicitud de los medicamentos faltantes en el Centro de Atención Integral a la Salud Mental del Estado de Guanajuato produjo precisamente ese raro acontecimiento: la palabra se volvió acto. 

 

 Y un acto verdadero posee siempre un cuerpo. 

 

Tuvo el cuerpo del doctor Medina, en Urgencias, cuya atención fue inmediata, precisa y generosa. 

 

Tuvo el cuerpo del doctor Juárez, responsable de Calidad en el CAISAME, cuya compañía no fue la del funcionario que vigila un procedimiento, sino la del hombre que comprende que la dignidad también puede administrarse con una mirada, con una escucha y con una decisión. Fue él quien hizo posible la entrega del medicamento necesario, devolviendo al cuerpo aquello que el cuerpo reclamaba con la violencia del temblor. 

 

 Tuvo también el cuerpo del Subdirector del CAISAME, cuya intervención hizo que la institución no hablara con múltiples voces dispersas, sino con una sola voluntad orientada hacia la resolución del problema. 

 

Eso merece ser dicho. 

 

Vivimos rodeados de mecanismos que con demasiada frecuencia producen demora, distancia y olvido. Pero existen momentos en los que esos mismos mecanismos dejan de girar sobre sí mismos y permiten que aparezca lo único que justifica la existencia del servicio público: el encuentro entre una necesidad real y una respuesta real. 

 

No hay heroísmo en ello. 

 

Hay, más bien, el cumplimiento de una obligación que, cuando se realiza con humanidad, adquiere una grandeza casi insoportable porque nos recuerda cuán infrecuente se ha vuelto lo que debería ser cotidiano. 

 

El cuerpo humano no es una cifra presupuestal. No es un expediente. No es un número de afiliación. Es un campo donde cada demora deja cicatrices invisibles. 

 

Y la salud mental es quizá el lugar donde esas cicatrices hablan con mayor intensidad. 

 

 Por ello, esta carta no celebra un privilegio. Celebra que, por una vez, el aparato administrativo no devoró a la persona que acudió a él. Celebra que la decisión recorrió el camino completo hasta convertirse en presencia, medicamento y alivio. 

 

Ojalá toda política pública pudiera medirse así: no por el volumen de sus discursos, sino por la cantidad de sufrimiento que logra impedir. 

 

Porque allí donde un ser humano puede seguir respirando con un poco menos de miedo, allí comienza, verdaderamente, la civilización. 

 

Reciba mi reconocimiento por haber hecho posible esa cadena de actos eficaces, y hágalo extensivo al doctor Medina, al doctor Juárez y al Subdirector del CAISAME, cuya calidad profesional y humana convirtió una instrucción en una experiencia concreta de cuidado.

 

 La salud no empieza en los decretos. 

 

Empieza cuando una institución recuerda que el cuerpo que llama a su puerta no es un trámite, sino el lugar donde se juega, a cada instante, la posibilidad misma de seguir existiendo. 

 

Atentamente, 

  

victor ponsal

 

 

 

 

Tuesday, July 21, 2026

El teatro de la salud mental en Guanajuato


Hay instituciones que no curan: representan. No alivian: escenifican. El Centro de Atención Integral a la Salud Mental (CAISAME), en León, Guanajuato, parece haberse convertido en uno de esos escenarios donde la promesa de la atención pública se reduce a una escenografía montada de manera cuidadosa mientras, detrás del telón, los pacientes esperan. Se habla de salud mental con discursos solemnes. 

La directora del CAISAME en León, Guanajuato, doctora Ana Bertha Meza Pérez, y las autoridades de salud del estado, encabezadas por el secretario, el doctor Gabriel Alfredo Cortés Alcalá, afirman trabajar por el bienestar de los guanajuatenses. Pero para quien depende de un medicamento que simplemente no está disponible durante semanas, las palabras dejan de ser un compromiso y se transforman en un ruido hueco.

¿Qué significa hablar de atención integral cuando medicamentos como el alprazolam permanecen desabastecidos durante tanto tiempo? ¿Qué significa decir que existe seguimiento cuando el único puente entre la institución y el paciente es un número telefónico —4777400135— que permanece fuera de servicio? El silencio del teléfono se convierte en la voz auténtica de la institución: una voz que no responde.

Podemos reconocer, entonces, en este lugar, uno de los teatros más crueles: no el de la violencia explícita, sino el de la indiferencia burocrática. 

Un teatro donde el enfermo interpreta el papel del suplicante, obligado a regresar una y otra vez para escuchar la misma respuesta: "todavía no llega". Donde la incertidumbre se administra con mayor constancia que los medicamentos.

La farmacia, que debería ser el último eslabón de la atención, termina siendo para muchos pacientes una experiencia marcada por la desinformación, la falta de empatía y un trato que se percibe despótico. 

Cuando una persona vive con ansiedad u otro padecimiento psiquiátrico, no recibe únicamente una caja de medicamento: necesita orientación, claridad y respeto. Negarle esas tres cosas es prolongar su sufrimiento.

La salud mental no puede sostenerse únicamente con campañas, conferencias o declaraciones públicas. Se sostiene con medicamentos disponibles, canales de comunicación que funcionen, personal que informe con dignidad y una institución que comprenda que cada día sin tratamiento puede representar una crisis para quien espera.

La verdadera crueldad no consiste en un grito ni en un gesto violento. Consiste en obligar a quienes ya luchan contra su propia mente a enfrentarse también al laberinto de una institución que parece incapaz de responderles. 

Allí, el escenario permanece iluminado, los discursos continúan y la función nunca termina. Pero el paciente sigue esperando, y esa espera, interminable y silenciosa, es el acto más brutal de todos.

Wednesday, July 15, 2026

Carlos Hernández (León, Guanajuato 1972— ), collagista





La amistad no es un pacto entre dos seres; es una infección luminosa. Quien ha conocido a un verdadero artista sabe que la cercanía con él no concede reposo, sino una fiebre que desordena el pensamiento. Hay amistades que se sostienen con palabras, otras con silencios. La suya, en cambio, está hecha de fragmentos, de papeles arrancados a la carne del mundo, de imágenes que llegan como órganos desplazados desde un sueño demasiado despierto para llamarse sueño.

Su arte del collage no consiste en reunir pedazos, sino en demostrar que el universo nunca estuvo entero. Cada recorte es una amputación y también una revelación. Allí donde el ojo común ve restos, él descubre una gramática secreta, un alfabeto anterior a los idiomas y posterior a la muerte. No pega superficies: sutura heridas. No compone figuras: provoca el nacimiento de criaturas cuya respiración incomoda porque parece provenir de nuestro propio pecho.

He visto a muchos contemplar sus obras con la esperanza de comprenderlas. Se acercan como quien visita un museo. Se marchan como quien ha sobrevivido a un accidente. Porque la belleza, cuando es verdadera, no halaga. La belleza es una fuerza que desplaza los huesos del espíritu y obliga al pensamiento a abandonar sus hábitos. Sus collages poseen esa violencia silenciosa. No piden interpretación; exigen una transformación.

Ser su amigo significa aceptar que la realidad es una superstición mal aprendida. En nuestras conversaciones, un trozo de revista puede contener más destino que un tratado entero; una fotografía anónima abre una grieta por donde desfilan dioses mutilados, insectos con memoria humana, ciudades construidas con los restos del insomnio. 

Nunca hablamos de arte como quien habla de una profesión. El arte es una epidemia. Un estado febril. Una ceremonia donde cada imagen sacrifica su significado para renacer convertida en presencia.

Lo admirable no es únicamente su talento, sino el riesgo que asume cada vez que enfrenta la página vacía. Allí combate contra el orden que pretende domesticar la imaginación. Cada recorte que coloca es un rechazo a la obediencia de las formas. Cada vacío que deja respirar entre las imágenes posee la densidad de un abismo. Y el espectador, sin advertirlo, cae en él con una mezcla de fascinación y terror.

Hay artistas que ilustran el mundo. Él lo desmiembra para devolverle una anatomía más verdadera. Sus composiciones parecen recordar algo que jamás vivimos y, sin embargo, reconocemos con el estremecimiento reservado a las revelaciones. 

Esa es la paradoja de su belleza: cuanto más incomprensible parece, más íntima resulta. Nos enfrenta a un enigma que no espera solución porque su única finalidad es mantener despierta la herida de la conciencia.

Por eso la amistad con un creador semejante jamás puede reducirse al afecto. Es una complicidad con las fuerzas que desgarran las apariencias. Quien camina junto a él aprende que las imágenes poseen hambre, que los objetos sueñan con abandonar su utilidad y que el caos, cuando encuentra una mano capaz de escucharlo, adquiere la precisión de un rito.

No conozco elogio suficiente para un artista cuya obra convierte el desconcierto en una forma superior de claridad. Sus collages no embellecen el misterio: lo liberan. Y en esa liberación el espectador deja de contemplar una obra para descubrir que es él quien ha sido recortado, desplazado y ensamblado de nuevo por una inteligencia que trabaja allí donde el lenguaje se rompe y el espíritu comienza, por fin, a respirar con una ferocidad desconocida.

https://carloshernandezartista.blogspot.com




Tuesday, January 27, 2026

Claudia Sheinbaum Pardo, señora Matanza

 
 
 
La masacre no es una anomalía: es un método. No un accidente, no una desviación del orden, sino la consecuencia lógica de un Estado que ha renunciado a ejercerlo. La brutalidad no surge en los márgenes; ocupa el centro vacío del poder.

En México se mata porque se puede. Y se puede porque nadie responde.

El discurso oficial insiste en tratar cada matanza como un episodio aislado, una erupción momentánea del crimen. Esa insistencia no es ingenua: es una estrategia. Fragmentar la brutalidad es la mejor manera de no asumirla como sistema. Pero cuando las masacres se repiten con regularidad, cuando los domingos se vuelven fechas de duelo previsible, ya no estamos frente al caos: estamos frente a un nuevo orden. Un orden gobernado por la impunidad.

El Estado que no castiga abdica. El que explica demasiado, se justifica. El que promete sin cumplir, miente. Y el que miente de manera reiterada erosiona no solo la ley, sino la idea misma de ciudadanía. Donde la justicia no llega, la brutalidad ocupa su lugar y se convierte en autoridad.

No es solo que falte seguridad: falta responsabilidad política. Falta la aceptación de que gobernar es responder por la vida de los otros. Cuando el poder se limita a administrar cadáveres y a modular el lenguaje para que no escandalice, deja de ser poder y se convierte en aparato.

La masacre es también un mensaje dirigido a los vivos: el Estado no te protegerá. Y cuando ese mensaje se repite sin consecuencias, se vuelve creíble.

Se habla de criminales como si fueran entidades externas, ajenas a la sociedad. Pero ningún crimen organizado florece sin complicidades, sin omisiones, sin zonas grises. La brutalidad no crece en el vacío: se cultiva en la negligencia, en la corrupción tolerada, en el miedo convertido en política pública.

La verdadera derrota no es la pérdida del control territorial, sino la pérdida del control moral.

Una nación que acepta la muerte cotidiana como precio de la estabilidad ha renunciado a la idea de justicia. Y una democracia que no protege la vida deja de serlo, aunque conserve elecciones, discursos y ceremonias. Las formas sobreviven; el fondo se pudre.

La retórica del “ya estamos trabajando” es la nueva forma del cinismo. Prometer sin transformar es prolongar la tragedia. Cada masacre no resuelta es una invitación a la siguiente. Cada expediente que duerme es una bala futura.

No se trata de exigir milagros, sino de exigir verdad, responsabilidad y consecuencias. La política no puede seguir siendo el arte de sobrevivir al escándalo.

Gobernar es impedir que el horror se repita, no acostumbrar a la sociedad a él.

La brutalidad prolongada no sólo mata personas: destruye el pacto social. Convierte al ciudadano en rehén, al silencio en estrategia y al miedo en norma.

Cuando eso ocurre, la barbarie deja de ser una amenaza externa y se vuelve una forma de gobierno.

La pregunta final no es si habrá otra masacre. La historia reciente ya respondió.

La pregunta es si seguiremos llamando normalidad a esta derrota.


Un grupo armado disparó el domingo 25 de enero del 2026 contra un grupo personas que convivían en un campo deportivo de Salamanca, Guanajuato, con saldo de 11 muertos y 12 heridos.

Monday, July 23, 2012

Ricardo Sheffield, alcalde PANista de León, Guanajuato, hace presos políticos a jóvenes de #YoSoy132 durante Mega Marcha del domingo 22 de julio


Chica que hacía un performance durante la Mega Marcha en León, Guanajuato, contra el fraude y la imposición, es arrestada luego de haber sido vejada por policías del PANista Ricardo Sheffield




M
ientras escribo estas líneas, seis chic@s de #YoSoy132 continúan secuestrad@s en una cárcel de León, Guanajuato, México. Ell@s son l@s primer@s presos políticos del movimiento contra el fraude electoral y la imposición de Enrique Peña Nieto. El presidente municipal de León, Francisco Ricardo Sheffield Padilla, ordenó la brutal represión a la Tercera Marcha Nacional Contra la Imposición de Peña Nieto - en violación flagrante a la Constitución Política de Los Estados Unidos Mexicanos-, y la vejación y apresamiento de l@s seis chic@s ayer domingo 22 de julio.






El presidente municipal PANista que destinó cientos de millones de pesos para brindar una recepción faraónica al protector y cómplice de pederastas, Joseph Ratzinger, en expresión fiel con su talante gazmoño, realiza lo que hasta ahora no se había suscitado en ninguna de las cientos de marchas pacíficas del movimiento #YoSoy132 realizadas en diversas ciudades del mundo: la represión con brutalidad, el abuso de autoridad, el empleo de las fuerzas policíacas sin justificación en contra de una ciudadanía que efectúa su derecho a manifestarse de manera pública y pacífica.






Ricardo Sheffield Padilla viola la ley, inventa cargos absurdos -"disturbios y pronunciamiento de palabras soeces"-, deturpa la Carta Magna, y encarcela.

Se trata del que será recordado como el peor gobernante de León, Guanajuato. Con él la corrupción en todas las áreas de la vida en la ciudad se incrementó a niveles inusitados. La violencia, la inseguridad, los abusos se incrustaron en la cotidianidad; no conforme con ello, está dispuesto a prolongar la degeneración social y política de la cual él es responsable. (La corrupción del PAN, vía ALPE Media)

Y sí, Francisco Ricardo Sheffield Padilla será recordado como el peor gobernante de León, el que llevó a su partido a la derrota, el que pone fin vía el hartazgo ciudadano a 24 años de gobiernos PANistas, el que devuelve el poder al PRI, el partido de "la dictadura perfecta".






Lo sucede en el cargo Barbara Botello. En manos de ella está decidir si perdurará la corrupción acendrada en la administración que recibe. Un nodo sustancial sin duda es el que toca a la administración cultural que ahora dirige alguien cuyos únicos méritos consisten en ser amigo de Ricardo Sheffield y en haber parasitado durante lustros un puesto burocrático.

Si José Luis García Galiano, pese al daño que ha causado a la cultura leonesa con su impericia, yerros, despropósitos, continúa en la dirección del Instituto Cultural de León, la señora Botello enviará una clara señal de que la corrupción será su sino.

Si José Luis García Galiano, deja el cargo sin ser fiscalizado de manera cabal en su desempeño burocrático, sin ser sancionado si dicha fiscalización así lo encausa, debido a los descalabros que han hecho del escándalo la "virtud" característica del "trabajo" del susodicho al frente de la política cultural leonesa, la señora Botello será de manera lamentable consecuente con eso que subvierte y anima a muchos en el moviento #YoSoy132: el regreso del PRI como equivalente de retroceso ético y político, a un tiempo en que la ley es letra muerta.

Por lo pronto, seis chic@s de #YoSoy132 permanecen encarcelad@s porque un gobernante decidió violar la Constitución Política de México. Si la ley no es mera impresión inerte, uno confía en que habrá de aplicarse. El Congreso de la Unión de la República Mexicana tiene la palabra.





En una entrada previa escribía que la primavera no pasa por Guanajuato. El valor y coraje de l@s chic@s de #YoSoy132 León, su deseo de vivir en un país donde la legalidad suceda, su inteligencia en la lucha pacífica pero sagaz por una democracia auténtica, contunden. Uno en verdad se conmueve por ello y a la vez se avergüenza de su propia insuficiencia para perseverar, más allá de los gestos, con actos por el bienestar común como hacen ell@s. Gracias, muchach@s. No están sol@s.

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L@s chi@s de #YoSoy132 encarcelados en León y cuya libertad inmediata se exige son:

Miriam Jiménez Agredano
Karina Hernández Tovar
María Estefanía Mata
Tania Siboney Navarro
César Reyes
David Torres

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¿Quién alteró el orden en León?
Vídeo sin editar:




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Arnoldo Cuéllar: La represión es injustificable a estas alturas



Wednesday, May 23, 2012

Aunque la primavera no pase por Guanajuato...






Donde todavía quienes se llaman a sí mismos artistas mendigan unos centavos o simbólicos apoyos para su obra o actividades, a cambio de la complicidad con un instituto que escamotea el derecho democrático de optar por la alta cultura, la primavera no pasa.

Donde quienes animan la corrupción de las instituciones públicas son los mismos que se manifiestan e indignan en la plaza pública, bien a la vista y bajo reflectores publicitarios y cobertura de medios, por los asesinatos crecientes de periodistas, llevando el cinismo hasta la radicalidad y el prodigio, la primavera no pasa.

Donde el silencio lucrativo acompaña la pobreza crítica con que se educan los estudiantes en casas-habitación convertidas de la noche y a la mañana en decenas de escuelas de educación básica, media, media-superior y superior gracias quizá a la opacidad que constituye el talante del Instituoto de Infrraestructura Física Educativa de la Secretaría de Educación Del Estado de Guanaguato, la primavera no pasa.

Donde la pobreza crítica origina universitarios cuyas habilidades corresponden a pupilos de educación elemental, carne de manipulación mediática, nacidos para perder, la primavera no pasa.

Donde un arzobispo se hace con la máxima autoridad política y corrompe y desvirtúa sin límite ni retroceso la vida comunitaria con el apoyo genuflexo de quienes gobiernan, la primavera no pasa.

Donde enjambre, manada, jauría, parvada, cardumen se diluyen en rebaño, la primavera no pasa.

Donde visionar este vídeo y después mirar en torno las concreciones de la vida y los otros abraza el vértigo de retroceder siglos con tan sólo parpadear, la primavera no pasa.

Y sin embargo, aunque la primavera no pase por Guanajuato, que pase es lo que importa.




 
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