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Saturday, August 8, 2026

Los loops del amor












Hay algo que conviene advertir antes de juzgar la reiteración de ciertas imágenes en Cosas simples. En otro poeta, la insistencia de las mismas palabras —el fuego, las estrellas, el universo, la luz, los abismos, las flores, la lluvia— podría parecer una repetición innecesaria. En Enrique Rangel ocurre algo distinto.

Son loops poéticos.

El poeta vuelve.

Vuelve porque el amor no es para él una línea recta sino una órbita. Vuelve a la mujer amada como vuelve el pensamiento a aquello que no puede abandonar; vuelve a la juventud, al primer beso, al parque, a la lluvia, a Guanajuato, a la ausencia, al cuerpo, a la memoria. Cada regreso parece repetir el gesto anterior, pero nunca lo repite exactamente: el tiempo ha pasado y quien regresa ya no es el mismo.

La repetición es, entonces, una forma de conocimiento.

Hay experiencias que sólo podemos comprender regresando a ellas. Y hay amores que, precisamente porque son profundos, no avanzan: giran.

Rangel lo sabe incluso en la forma de nombrarse. Habla de un "pensamiento espiral", de una existencia gravitante, de un corazón que gira alrededor de otro corazón. No son solamente metáforas dispersas: forman una poética.

El poema se convierte en órbita.

El poeta escribe hacia el centro de su propia vida, pero ese centro no es él. Es el otro.

Por eso las repeticiones del libro no deben entenderse necesariamente como reiteraciones de un lenguaje que no encuentra nuevas formas, sino como retornos de un alma hacia el alma que ama. Cada "siempre", cada "otra vez", cada "desde entonces", cada regreso al parque o a Guanajuato es una manera de decir: sigo aquí; sigo amándote; sigo siendo aquel que te encontró; sigo encontrándote.

El amor verdadero tiene algo de mantra.

Se repite porque teme desaparecer.

Se repite porque al repetirlo lo mantiene vivo.

Se repite porque ciertas palabras, cuando han sido tocadas por una existencia compartida, dejan de ser simples palabras y se convierten en lugares.

De ahí que Cosas simples no deba juzgarse únicamente según una concepción lineal del desarrollo poético, como si cada poema tuviera la obligación de avanzar hacia una imagen nueva y abandonar inmediatamente la anterior. Este libro funciona de otra manera. Su estructura profunda es circular. Hay motivos que regresan como regresan los recuerdos, como regresan las estaciones, como regresa una canción que nos acompaña durante años.

Y quizá esto explique también la presencia constante de la música en el imaginario del poeta. Disintegration, de The Cure, aparece en el prólogo como la banda sonora del libro. Una canción no progresa como un argumento filosófico: vuelve sobre un motivo, lo repite, lo transforma mediante el ritmo y lo carga de una emoción nueva. Algo semejante ocurre aquí. El poema vuelve al mismo sitio para descubrir que el sitio ha cambiado.

Y nosotros también.

Por eso sería injusto pedirle a Enrique Rangel que abandone sus estrellas, sus soles, sus universos, sus fuegos y sus abismos simplemente porque aparecen muchas veces. Esas imágenes constituyen su respiración poética. Son parte de su idiolecto amoroso.

Un poeta no siempre elige sus obsesiones.

A veces sus obsesiones lo eligen a él.

En Rangel, la obsesión fundamental es la permanencia dentro de un mundo sometido a la impermanencia. Él mismo reconoce que ha aprendido de la mujer amada precisamente esa palabra: "impermanencia". Y aquí aparece la paradoja que sostiene todo el libro: el poeta sabe que todo pasa y, precisamente por eso, repite.

La repetición es su pequeña rebelión contra el tiempo.

Frente a la muerte, dice amor.

Frente a la ausencia, vuelve a nombrar.

Frente al envejecimiento, recuerda.

Frente a la impermanencia, escribe "siempre".

Y ese "siempre" no pretende engañar al tiempo. Es algo más humilde y más hermoso: la manera humana de oponerse a él.

Por eso estos poemas pueden leerse como cartas circulares dirigidas a una misma persona. Cada poema vuelve a encontrarla desde una edad distinta del poeta. A veces la encuentra en la muchacha del recuerdo; otras, en la mujer con quien comparte hijos, casa, cansancio y vida cotidiana; otras, en la figura casi cósmica que su imaginación convierte en Sol, universo o abismo.

Pero es siempre ella.

Y él también es siempre él, aunque se haya ajado —lo cual es un exceso pues el poeta es un hombre joven.

Ahí reside una de las mayores ternuras del libro.

El poeta parece decir: he cambiado, hemos cambiado, el mundo ha cambiado; pero hay algo que permanece porque sigo pronunciando tu nombre.

La poesía, entonces, no es aquí una sucesión de descubrimientos.

Es una vuelta al origen.

Y quizá por eso el título Cosas simples adquiere una profundidad inesperada. El poeta ha viajado por el universo de sus metáforas para descubrir que el centro estaba desde el principio en las cosas más sencillas: caminar juntos, besar, bailar, preparar la comida, escuchar una risa, mirar el atardecer, ir al supermercado, dormir abrazados.

Después de todo, el amor no necesita inventar otro universo.

Le basta con hacer que el universo que ya existe vuelva a comenzar.

Cada día.

Una y otra vez.

Como un loop.

Como un poema.

Como el corazón cuando ha encontrado, por fin, al alma de su alma.




 
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