Tuesday, August 25, 2026

Katia Nilo y el maravilloso arte de hacer carrera sin abandonar nunca el presupuesto cultural

Katia Nilo Fernández (Fotografía tomada de su perfil en X)

 

 

Hay funcionarios que ascienden por méritos, otros por experiencia y algunos, mucho más afortunados, por esa misteriosa virtud administrativa de estar siempre en el lugar correcto cuando aparece una vacante.

Katia Nilo Fernández parece pertenecer a esta última especie.

Su trayectoria dentro de la burocracia cultural guanajuatense podría estudiarse algún día como una de las bellas artes del desplazamiento administrativo: pasar de una oficina a otra, cambiar de escritorio, modificar el nombramiento y continuar navegando con admirable estabilidad por las aguas siempre tranquilas del presupuesto público cultural.

No es fácil.

Para hacerlo hay que poseer una cualidad que rara vez aparece en los currículos: la capacidad camaleónica de convertirse en especialista justo en aquello que la administración necesita que uno sea especialista.

Y así, de la producción artística se pasa a la dirección editorial.

Un salto extraordinario.

Porque producir arte y dirigir una editorial son, evidentemente, actividades idénticas. Ambas requieren una computadora, una agenda, reuniones y, sobre todo, mucha capacidad para elaborar presentaciones.

Lo demás —edición, lectura, dictaminación, corrección, diseño editorial, formación de catálogos, derechos de autor, distribución, comercialización, historia del libro, construcción de colecciones, relación con autores y conocimiento de la cadena editorial— son detalles que seguramente pueden resolverse mediante una buena mesa de trabajo.

Al menos eso parece sugerir la lógica de la Secretaría de Cultura.

En 2025, Nilo sustituyó a Mauricio Vázquez González al frente de la Dirección General Editorial y de Publicaciones, después de desempeñarse como directora general de Producción Artística. POPLab documentó entonces que escritores y editores cuestionaban que su perfil fuera adecuado para la responsabilidad editorial.

Pero la burocracia tiene una virtud maravillosa: no necesita que el mundo exterior considere que alguien está preparado; basta con que la estructura interna considere que puede ocupar el puesto.

Y si el resultado no convence, siempre queda la posibilidad de organizar otra reunión.

Ahí empieza la verdadera carrera literaria de Katia Nilo: no la carrera de una escritora, sino la carrera de una funcionaria alrededor de los escritores.

Porque mientras los autores producen libros, ella produce reuniones.

Mientras los escritores corrigen galeradas, ella corrige organigramas.

Mientras un editor piensa en un catálogo, ella piensa en un comité.

Mientras un poeta busca editorial, ella busca un marco jurídico.

Y mientras alguien pregunta cuándo se publicará el libro, aparece una respuesta administrativa de una belleza casi metafísica:

“Estamos trabajando en ello.”

El problema es que, después de un tiempo, “estar trabajando en ello” comienza a parecerse demasiado a no haber hecho nada.

Y aquí aparece el gran misterio de la nueva política editorial guanajuatense.

Se habla de profesionalización.

De innovación.

De democratización.

De distribución.

De internacionalización.

De plataformas digitales.

De residencias.

De intercambios.

De ferias.

De nuevas publicaciones.

De un Comité Editorial.

Todo suena magnífico.

El único elemento que se resiste a entrar en escena es el libro.

Porque para que exista un libro se necesita algo más incómodo que una política pública: dinero, trabajo y conocimiento editorial.

Y ahí la poesía administrativa se vuelve prosaica.

En septiembre de 2025, escritores reclamaban falta de claridad, planificación y participación en la política editorial, y advertían sobre una posible “tecnocratización” de la política cultural.

Unos meses después, las cosas seguían teniendo ese delicioso aroma de obra pública inconclusa.

El Comité Editorial continuaba pendiente.

La Secretaría explicaba que hacía falta elaborar un marco jurídico.

Es una respuesta extraordinaria.

Porque en México una institución puede tardar años en publicar un libro, pero puede producir en cinco minutos una justificación de por qué no puede publicarlo.

Eso sí es eficiencia.

Y entonces comprendemos que el verdadero género literario cultivado por la Secretaría no es la narrativa ni la poesía.

Es la minuta.

La minuta es el gran género nacional.

Tiene personajes, pero no protagonistas.

Tiene conflictos, pero nunca culpables.

Tiene compromisos, pero no fechas.

Tiene acuerdos, pero no consecuencias.

Y, sobre todo, tiene una propiedad extraordinaria: nadie sabe exactamente cuándo termina.

Katia Nilo parece haberse convertido en una especialista de ese género.

Convoca.

Escucha.

Explica.

Promete.

Justifica.

Informa.

Y vuelve a convocar.

Mientras tanto, los escritores continúan preguntando por aquello que cualquier política editorial mínimamente seria debería poder responder sin recurrir a la literatura fantástica:

¿Qué se va a publicar?

¿Quién lo va a publicar?

¿Cuándo?

¿Con qué criterios?

¿Con qué presupuesto?

¿Quién va a dictaminar?

¿Quién va a editar?

¿Dónde se va a distribuir?

¿Quién va a leerlo?

Preguntas terribles.

Preguntas de gente que todavía cree que la cultura tiene algo que ver con la cultura.

La administración cultural contemporánea, en cambio, parece haber descubierto algo mucho más moderno: la cultura como gestión de expectativas.

No importa tanto que exista una política editorial.

Importa que parezca que existe.

No importa tanto que haya publicaciones.

Importa que se anuncien.

No importa tanto que los escritores cobren.

Importa que sean invitados a una mesa donde puedan hablar de lo mucho que algún día podrán publicar.

Y aquí la figura de Nilo adquiere una dimensión casi filosófica.

Su gran obra no es un libro.

Es el tránsito.

La metamorfosis burocrática.

El arte de pasar de una dirección a otra sin abandonar jamás el territorio sagrado de la cultura institucional.

Hoy producción artística.

Mañana publicaciones.

Después, quién sabe.

Quizá patrimonio.

Quizá promoción.

Quizá estrategia.

Quizá una nueva dirección general que todavía no aparece en el reglamento.

Porque, como ha documentado POPLab, la propia Secretaría ha atravesado modificaciones administrativas, cargos directivos vacantes y estructuras que no siempre corresponden claramente con su reglamento interior.

En este universo, el puesto no sigue necesariamente a la especialidad.

La especialidad sigue al puesto.

Y ésa es una diferencia fundamental.

Si mañana Nilo fuera nombrada directora general de arqueología, probablemente descubriríamos que siempre estuvo interesada en las culturas prehispánicas.

Si pasado mañana fuera directora del Museo de Arte Contemporáneo, seguramente encontraríamos en su currículum una fascinación temprana por las instalaciones.

Y si algún día terminara al frente de una orquesta sinfónica, no sería extraño que apareciera una fotografía suya de adolescencia escuchando a Beethoven.

Así funciona el milagro mexicano del servicio público:

Primero llega el nombramiento; después aparece la vocación.

Pero sería injusto atribuirle a Katia Nilo toda la responsabilidad de este prodigio.

El problema no es únicamente ella.

Es el sistema que permite que una institución cultural coloque la experiencia específica en segundo plano y la confianza administrativa en primero.

El problema es una Secretaría que parece confundir gestión cultural con administración de eventos.

El problema es una política cultural que utiliza palabras enormes para cubrir presupuestos pequeños.

El problema es que en Guanajuato hay escritores con décadas de trayectoria esperando publicar mientras la burocracia continúa diseñando el "ecosistema" donde algún día quizá puedan hacerlo.

Y el problema mayor es que quienes deberían evaluar a los funcionarios culturales parecen estar más interesados en evaluar indicadores, fotografías y discursos.

De modo que quizá no debamos preguntarnos si Katia Nilo tiene el perfil adecuado para dirigir una editorial.

La pregunta correcta sería otra:

¿Qué clase de política cultural necesita un perfil como el suyo para considerar que sí lo tiene?

Porque una persona puede equivocarse en un cargo.

Eso es humano.

Lo verdaderamente preocupante es que el sistema convierta el error en método.

Y cuando el método consiste en desplazar funcionarios de un área a otra, mientras cada nueva responsabilidad exige una especialización diferente, la administración cultural termina pareciéndose a una compañía de teatro donde todos cambian de personaje pero nadie se aprende la obra.

Lo más curioso es que los escritores ya conocen el final.

No habrá tragedia.

No habrá escándalo.

No habrá caída del telón.

Habrá otra reunión.

Otra mesa.

Otro comunicado.

Otra promesa.

Otro “estamos trabajando”.

Y quizá, dentro de unos meses, otro nombramiento.

Porque en Guanajuato hay algo que nunca parece quedarse sin presupuesto:

la carrera administrativa dentro de la cultura.

Los libros pueden esperar.

Los escritores pueden esperar.

Los lectores pueden esperar.

El Comité Editorial puede esperar.

La política editorial puede esperar.

Pero la burocracia no.

La burocracia tiene prisa.

Siempre encuentra otro puesto que ocupar.

 

 

 

 

 
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