Efrén Hernández nació en León, Guanajuato, el 1 de septiembre de 1904, y murió en la Ciudad de México el 28 de enero de 1958. Fue narrador, poeta, dramaturgo, crítico y editor, aunque es en el cuento donde su escritura alcanza una intensidad singular. Estudió la preparatoria en León y en 1925 marchó a la Ciudad de México para estudiar Derecho; abandonó la carrera en 1928, convencido de que la universidad le ofrecía poco de aquello que verdaderamente buscaba: una sustancia para la inteligencia y para la vida. (Enciclopedia de la Literatura en México, s. f.) Su primer gran golpe fue Tachas, publicado en 1928; después vendrían El señor de palo (1932), Hora de horas (1936), Cuentos (1941), Entre apagados muros (1943), Cerrazón sobre Nicómaco (1946), La paloma, el sótano y la torre (1949) y, en 1956, Sus mejores cuentos. (Enciclopedia de la Literatura en México, s. f.)
Pero decir que nació en León y murió en México es demasiado poco. Entre esas dos ciudades hay una descarga eléctrica. Hay una fuga. Hay una ruptura.
No poseemos —y conviene decirlo sin inventar documentos— una declaración autobiográfica en la que Hernández confiese: “odio León”. No sería lícito fabricar esa frase para satisfacer una leyenda. Pero hay algo más interesante que una confesión: está el movimiento de su vida. León es el lugar de nacimiento; México, el lugar de la realización. León es el sitio de la formación inicial; México, el espacio donde su literatura encuentra su respiración. Un estudio del Colegio de México señala que Hernández llegó a la capital en 1925 y que allí pasó la mayor parte de su vida hasta su muerte en 1958. (El Colegio de México, s. f.) La Enciclopedia de la Literatura en México confirma la misma trayectoria esencial: nacido en León, murió en México y desarrolló allí su actividad literaria. (Enciclopedia de la Literatura en México, s. f.)
Y hay una tercera señal: el propio Hernández, al recordar su formación, no quiso hacer de las instituciones de su juventud el centro de su educación. Había trabajado desde muy joven en diversos oficios y consideraba más importante “la vida directa”, el contacto con los hombres, los libros y el mundo. (Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, s. f.) Su abandono de Derecho no fue una simple deserción escolar: fue una rebelión contra aquello que percibía como vacío. La Biblioteca ITESO resume esa decisión diciendo que abandonó la profesión de su padre por considerarla una tarea “vacía y sin sentido”, para entregarse con mayor libertad a sus inquietudes creativas. (Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, 1987.)
Así comienza a dibujarse la verdadera ciudad de Efrén Hernández: no León, no México, sino el desplazamiento entre ambas.
Y aquí aparece León.
Aparece como una ciudad que queda detrás, una ciudad natal convertida en materia de memoria, una ciudad que no necesita ser odiada explícitamente para funcionar como aquello de lo que un escritor debe desprenderse. Emiliano Monge, al escribir sobre Hernández, llega mucho más lejos y describe el León de su nacimiento como una ciudad “árida, católica, inculta y espantosa”. No es una descripción neutral: es una detonación. Monge vincula precisamente esa atmósfera con la necesidad de Hernández de buscar en la mente, en la experiencia y en la relación con la tierra la materia de su literatura. (Monge, 2012)
Ahí tenemos, entonces, una primera herida: León como espacio de asfixia.
La segunda está en el desplazamiento físico: Hernández se va. En 1925 está ya en Ciudad de México, estudiando Derecho. (Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, s. f.)
La tercera: permanece.
No se trata de una estancia pasajera. La investigación del Colegio de México establece que la capital sería el escenario de la mayor parte de su vida. (El Colegio de México, s. f.)
La cuarta: allí comienza a existir plenamente como escritor. En 1928 publica Tachas, el relato que lo instala en la literatura mexicana y que, significativamente, terminará convirtiéndose incluso en el sobrenombre con el que lo llamaban sus amigos. (Secretaría de Cultura, 2013)
La quinta: allí muere. No regresa a León para cerrar el círculo. Muere en Ciudad de México, en su casa de Tacubaya, en 1958, según la Secretaría de Cultura. (Secretaría de Cultura, 2013)
Cinco movimientos, entonces, aunque no cinco pruebas de un odio literal: nacimiento, salida, permanencia, creación y muerte.
Y quizá eso sea más terrible que el odio.
Porque el odio todavía conserva una relación con aquello que odia. La fuga pretende destruirla.
Hernández pertenece a esa clase de escritores que parecen haber comprendido que la literatura no consiste en contar acontecimientos sino en abrir una fisura dentro de ellos. En Tachas no hay simplemente una anécdota: hay una conciencia que se mueve, se contradice, se burla de sí misma, se observa desde afuera y vuelve a entrar en sí como un animal encerrado. El cuento se convierte en laboratorio mental. La realidad pierde sus paredes.
Eso explica su intensidad.
Hernández no necesita grandes catástrofes. No necesita incendiar una ciudad ni hacer que los muertos caminen por las calles. Le basta una conciencia pequeña, un hombre aparentemente insignificante, una situación mínima. Y entonces comienza la combustión.
El Fondo de Cultura Económica ha señalado que su originalidad procede de una combinación particularmente extraña de misterio, humorismo, profundidad y ligereza. (Fondo de Cultura Económica, 2011) Es justamente esa mezcla la que vuelve feroz su narrativa: Hernández puede hacer sonreír mientras debajo de la sonrisa comienza a abrirse un pozo.
El señor de palo lleva todavía más lejos esa operación. Lo fantástico no aparece como una decoración externa, como una capa de misterio colocada sobre la realidad. Surge desde dentro de la percepción. Sus personajes habitan una zona donde lo cotidiano comienza a perder consistencia. La literatura fantástica de Hernández es, en ese sentido, menos una literatura de monstruos que una literatura de desajustes: algo no encaja, algo respira detrás de las cosas, algo está a punto de desprenderse del mundo.
Por eso Tachas y El señor de palo importan tanto. No porque sean únicamente “buenos cuentos”, sino porque en ellos Hernández descubre una forma de intensidad que no necesita volumen.
Grita en voz baja.
Ésa es su violencia.
Y acaso allí esté la relación secreta con León. La ciudad que Monge presenta como árida, católica, inculta y espantosa no tiene que aparecer literalmente en cada cuento para haber dejado una marca. Puede convertirse en presión atmosférica. Puede transformarse en el silencio contra el que un escritor empieza a escribir. Puede ser el cuarto cerrado del que hay que salir para descubrir que la verdadera habitación está dentro de uno mismo.
Hernández salió de León, pero no salió intacto.
Nadie sale intacto de la ciudad donde aprende a mirar.
En su caso, la fuga produjo una paradoja: cuanto más lejos parece estar de la ciudad natal, más poderosa puede hacerse la memoria. Él mismo escribió que no sabía qué tenía el cielo de aquel lugar que hacía transparente el universo “a través de un velo de tristeza”. Monge recupera esa expresión para mostrar cómo la memoria, la desaparición y la tristeza alimentan su universo creativo. (Monge, 2012)
El escritor no necesita amar su origen para quedar condenado a él.
La ciudad natal puede convertirse en una enfermedad sin que el enfermo vuelva a pronunciar su nombre.
Y entonces México.
México como escape, pero también como maquinaria. La ciudad que lo recibe no lo salva: le proporciona otro tipo de abismo. Allí trabaja, lee, escribe, publica, se relaciona con otros escritores y participa en la revista América, de la que fue subdirector. Desde ese espacio impulsó, entre otros, a Juan Rulfo y Rosario Castellanos. (Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, s. f.)
Hay algo casi monstruoso en esa circunstancia: el hombre que había abandonado una carrera por encontrar una sustancia verdadera terminó ayudando a abrirles camino a algunos de los escritores fundamentales de la literatura mexicana posterior.
Y mientras otros crecían alrededor de él, Hernández permanecía relativamente oculto.
La Secretaría de Cultura ha señalado esa paradoja: fue impulsor de escritores fundamentales y, sin embargo, su propia obra permaneció durante mucho tiempo fuera del gran reconocimiento público. (Secretaría de Cultura, 2013)
Pero un escritor puede desaparecer de los escaparates sin desaparecer de la literatura.
Porque el cuento es una forma de supervivencia microscópica.
El cuento de Hernández no entra en nosotros como una novela que ocupa una casa entera. Entra como una aguja.
Una aguja.
Una pequeña perforación.
Y después la sangre.
Hora de horas, Cuentos, Entre apagados muros, Cerrazón sobre Nicómaco, La paloma, el sótano y la torre: los títulos mismos parecen pertenecer a un escritor obsesionado con los espacios cerrados, con el tiempo interior, con las habitaciones mentales, con aquello que permanece cuando el mundo exterior ha dejado de ofrecer respuestas. Su narrativa y su poesía forman un sistema de corredores. Uno entra por un cuento y termina en otro sitio.
No es casual que la crítica haya subrayado su carácter innovador. El material reunido por la UNAM recuerda que, desde muy temprano, Tachas fue reconocido como uno de los cuentos más singulares de la narrativa mexicana. (Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, s. f.) Y la reedición del Fondo de Cultura Económica vuelve a presentar Tachas como su cuento más conocido y reconocido, además de uno de los ejemplos mayores de la cuentística mexicana. (Fondo de Cultura Económica, 2011)
Ésa debe ser la medida de Hernández: no la cantidad de libros, sino la descarga que produce cada uno.
No fue un escritor de multitudes.
Fue un escritor de intensidades.
Un escritor que parecía pequeño —físicamente, socialmente, editorialmente— y cuya literatura escondía una presión desproporcionada. Alí Chumacero lo describió como delgado, bajo de estatura, extravagante en el vestir y dueño de una inteligencia que se ocultaba bajo una ingenuidad deliberada. (Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, s. f.) Esa desproporción es esencial: el cuerpo reducido, la obra concentrada; la figura excéntrica, la imaginación expansiva; el cuento breve, el abismo interminable.
Y por eso León importa.
No porque podamos demostrar que Hernández lo odió durante toda su vida. No podemos. No hay aquí que falsificar una biografía para fabricar un mito.
Importa porque fue el lugar del que salió.
Importa porque su vida adulta eligió otra ciudad.
Importa porque la crítica moderna ha leído aquel León como un espacio árido y opresivo.
Importa porque Hernández hizo de la experiencia, y no de la institución, su verdadera escuela.
Importa porque murió lejos de allí.
Y sobre todo importa porque el escritor que abandona una ciudad no necesariamente la deja atrás: puede convertirla en una presión muda que acompaña cada página.
León queda entonces detrás de Efrén Hernández como una puerta cerrada.
México, delante, como otra puerta.
Y entre ambas puertas está el cuento.
Allí, en ese espacio estrecho, Hernández introduce la cabeza.
Mira.
Respira.
Sonríe.
Y empieza a escribir.
Entonces la realidad se rompe.
No con un estruendo.
Con una grieta.
Una grieta mínima.
Exactamente del tamaño de un cuento de Efrén Hernández.
Referencias:
Enciclopedia de la Literatura en México. (s. f.). Efrén Hernández. Fundación para las Letras Mexicanas.
Enciclopedia de la Literatura en México. (s. f.). Obra publicada de Efrén Hernández. Fundación para las Letras Mexicanas.
Fondo de Cultura Económica. (2011). Tachas y otros cuentos. Fondo de Cultura Económica.
Hernández, E. (1965). Obras: Poesía, novela, cuentos. Fondo de Cultura Económica.
Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México. (s. f.). Efrén Hernández: Trazo biográfico. La Novela Corta. Una biblioteca virtual.
Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente. (1987). Efrén Hernández. Biblioteca Dr. Jorge Villalobos Padilla, S. J.
Monge, E. (2012, 5 de agosto). Efrén Hernández, obsesión por los abismos. Letras Libres.
Secretaría de Cultura. (2013, 1 de septiembre). Efrén Hernández, el escritor recuperado. Gobierno de México.