Saturday, September 12, 2026

La libertad ante el abismo: Jean Améry y la muerte voluntaria

 

 


 

Jean Améry (1912-1978), seudónimo de Hans Mayer, nació en Viena y fue un escritor y ensayista de origen judío. Tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, huyó a Bélgica, donde participó en la resistencia contra el nazismo. Fue detenido, torturado por la Gestapo y deportado a varios campos de concentración, entre ellos Auschwitz. Después de la guerra desarrolló una obra marcada por la memoria, la experiencia del sufrimiento y la dificultad de reconciliarse con un mundo que había permitido el exterminio. Entre sus libros más importantes se encuentran Más allá de la culpa y la expiación, Años de andanzas inútiles y Levantar la mano sobre uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria. En este último, publicado en español por Pre-Textos, reflexionó sobre el suicidio no como un simple problema médico o moral, sino como una cuestión extrema de libertad. Améry se suicidó en Salzburgo en 1978.

Jean Améry escribe desde un lugar en el que las palabras parecen haber llegado demasiado tarde. Después de Auschwitz, hablar de la muerte voluntaria no puede ser un ejercicio abstracto: el suicidio deja de ser únicamente un problema moral o psicológico y se convierte en una pregunta dirigida al corazón mismo de la libertad. ¿Puede el hombre disponer de su propia vida cuando el mundo ha dejado de ser para él una morada? ¿Es la muerte una derrota, una enfermedad, una cobardía, o puede ser, en determinadas circunstancias, el último acto mediante el cual una conciencia afirma su soberanía?

En Levantar la mano sobre uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria, publicado en español por Pre-Textos, Jean Améry se aproxima a esta frontera sin pretender abolir su oscuridad. No escribe para recomendar el suicidio ni para condenarlo. Tampoco pretende construir una teoría general de la muerte voluntaria. Su propósito es más inquietante: comprender desde dentro la experiencia de quien ha decidido que continuar viviendo ha dejado de ser una obligación que pueda reconocerse como propia.

La tesis central del libro podría formularse así: el suicidio no debe ser reducido a una enfermedad, a una simple perturbación psicológica ni a una falta moral, porque en él puede existir un acto radical de libertad mediante el cual el individuo reivindica su derecho a decidir sobre su propia existencia. Para Améry, quien se suicida no necesariamente ha perdido la razón; puede, por el contrario, estar ejerciendo una forma extrema de lucidez. La muerte voluntaria es el gesto por el cual el individuo dice que su vida le pertenece y que, llegado cierto límite, también puede pertenecerle la decisión de ponerle fin.

Pero esta libertad tiene un carácter paradójico. Es una libertad que se ejerce contra el futuro. Toda libertad ordinaria abre posibilidades: elegir es avanzar hacia algo. El suicida, en cambio, emplea su libertad para cerrar el horizonte de las elecciones. Su acto es irreversible y, precisamente por ello, posee una gravedad que ninguna otra decisión humana alcanza. Allí donde las demás elecciones modifican la vida, el suicidio decide sobre la posibilidad misma de seguir eligiendo.

Améry desconfía de quienes contemplan al suicida desde una posición de superioridad. La sociedad suele interpretar la muerte voluntaria mediante categorías que la protegen de su propia incomodidad: locura, cobardía, egoísmo, enfermedad. Nombrar así al suicida significa, muchas veces, devolverlo al territorio de lo incomprensible y dejar intacto el mundo de los vivos. Si está enfermo, no tenemos que escuchar su decisión; si está loco, no tenemos que tomar en serio sus razones; si es cobarde, podemos convertir su muerte en una falta. El diagnóstico puede funcionar como una forma de silencio.

Frente a esta tendencia, Améry devuelve al suicida su condición de sujeto. No quiere decir con ello que todo suicidio sea racional, ni que toda persona que se mata actúe con plena serenidad. Su argumento es más radical: la racionalidad no puede ser la única medida desde la cual juzgamos una decisión que pertenece a la esfera íntima de la existencia. Hay experiencias en las que la pregunta no es si la vida puede prolongarse, sino si esa prolongación conserva para quien la vive algún significado que pueda reconocer como suyo.

Aquí aparece una de las ideas más perturbadoras del libro: la vida no es simplemente un hecho biológico. Vivir es encontrarse situado en un mundo, vinculado con otros, proyectado hacia un mañana. Cuando esos vínculos se rompen o cuando el futuro se vuelve radicalmente ajeno, la existencia puede conservar su funcionamiento orgánico y, sin embargo, perder aquello que la hacía habitable. El cuerpo continúa; la persona, en cambio, experimenta una ruptura con el mundo.

Améry conocía demasiado bien la violencia con que un poder externo puede apropiarse de un cuerpo. Había sido torturado por los nazis y deportado a campos de concentración. Su pensamiento sobre el suicidio no puede separarse completamente de esa experiencia. En su obra, la libertad aparece siempre bajo la sombra de la violencia histórica. El individuo no es una conciencia flotante: tiene un cuerpo, una memoria, una historia. Y precisamente porque otros pueden ejercer poder sobre él, la posibilidad de disponer de sí mismo adquiere una dimensión terrible.

El suicidio aparece entonces como una suerte de última propiedad. El mundo puede haber arrebatado muchas cosas al individuo: su seguridad, su dignidad, su futuro, incluso la confianza elemental en los otros. Pero queda, al menos en la concepción de Améry, una frontera interior que nadie debería atravesar en su nombre: la decisión acerca de continuar o no existiendo.

Sin embargo, esta afirmación no tiene nada de triunfal. La libertad del suicida es una libertad desesperada. Es el poder de decir no cuando todas las demás posibilidades parecen agotadas. Por eso la muerte voluntaria es, en Améry, menos una celebración de la libertad que su figura extrema y trágica. La libertad llega aquí al punto en que se vuelve contra sí misma.

Hay en esto una paradoja profundamente humana. Queremos ser libres para vivir, pero quizá una libertad absoluta implicaría también poder negarnos a continuar. La sociedad acepta con relativa facilidad nuestra libertad para elegir profesión, pareja, residencia o creencias; retrocede, alarmada, cuando pretendemos aplicar esa misma soberanía a nuestra propia existencia. En ese límite se revela que nuestra idea de libertad nunca ha sido completamente absoluta: está rodeada por aquello que los demás consideran que debemos hacer con nuestra vida.

Améry obliga a mirar esa contradicción sin resolverla. No ofrece una doctrina que pueda tranquilizarnos. Su libro no dice que el suicidio sea bueno; tampoco permite concluir que sea siempre malo. Lo que hace es retirar algunas de las palabras con las que habitualmente clausuramos la conversación. Allí donde nosotros decimos enfermedad, él pregunta por la libertad. Allí donde decimos cobardía, pregunta por el sufrimiento. Allí donde decimos obligación de vivir, pregunta: ¿obligación para quién?

Esta desconfianza ante los juicios que simplifican la experiencia humana tiene un paralelo decisivo en la crítica que Améry dirigió a Hannah Arendt. La célebre fórmula de Arendt, la «banalidad del mal», nacida de su interpretación del juicio de Adolf Eichmann, le parecía peligrosa cuando se contemplaba desde la perspectiva de quienes habían padecido la violencia nazi. Améry rechazaba la idea de que la aparente normalidad del verdugo pudiera convertirse en una categoría capaz de oscurecer la realidad concreta del crimen. Para quien había conocido la tortura, Eichmann no podía ser reducido a la figura de un hombre burocráticamente mediocre atrapado en una maquinaria administrativa: detrás de esa normalidad estaba la destrucción efectiva de seres humanos. La crítica de Améry no consistía simplemente en negar que Eichmann pudiera parecer un hombre ordinario; consistía en señalar que esa descripción, si se convierte en explicación suficiente, corre el riesgo de separar al verdugo de sus víctimas y de transformar la experiencia del mal histórico en un problema casi abstracto de funcionamiento burocrático.

La diferencia entre Améry y Arendt toca así un punto esencial: la distancia entre observar el mal y haberlo sufrido en el propio cuerpo. Arendt quiso comprender cómo hombres aparentemente normales podían participar en crímenes monstruosos; Améry insistió en que la comprensión no debía pagarse con la pérdida de la realidad vivida por las víctimas. Desde Auschwitz, la filosofía no podía permitirse una neutralidad que borrara el sufrimiento. El mal no era para él una abstracción administrativa: tenía manos, instrumentos, cuerpos sometidos y una memoria que no podía ser sustituida por una fórmula. Su desacuerdo con Arendt revela, en el fondo, la misma exigencia que atraviesa Levantar la mano sobre uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria: mirar al individuo desde dentro, allí donde las categorías exteriores dejan de bastar.

Por eso Levantar la mano sobre uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria debe leerse menos como un tratado sobre la muerte que como una investigación sobre la libertad. Su verdadero tema no es el cadáver que vendrá, sino la conciencia que todavía vive y que se pregunta si puede seguir reconociendo como propia la vida que tiene delante.

Quizá ahí reside la provocación última de Améry. La sociedad quiere que pensemos que vivir es siempre un bien evidente y que quien renuncia a ello debe estar equivocado. Améry introduce una fisura en esa certeza. Nos recuerda que vivir no consiste únicamente en respirar y que una existencia humana no puede medirse exclusivamente por su duración. Hay una relación secreta entre vida, dignidad, memoria, futuro y libertad; cuando esa relación se rompe, la pregunta por la muerte aparece no como una abstracción, sino como una pregunta por el sentido mismo de ser dueño de uno mismo.

El libro no cierra esa pregunta. La deja abierta, como una marca.

Y acaso esa sea su mayor fidelidad a la experiencia humana: comprender que existen preguntas ante las cuales pensar no significa encontrar una respuesta, sino permanecer junto al abismo sin convertirlo demasiado pronto en una palabra tranquilizadora.

Referencia bibliográfica:

Améry, Jean. Levantar la mano sobre uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria. Valencia: Pre-Textos, 1998. Traducción de Marisa Siguan Boehmer y Eduardo Aznar Anglés. La obra original, Hand an sich legen: Diskurs über den Freitod, fue publicada en alemán en 1976.

Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen, 1967. Traducción de Carlos Ribalta. La edición original, Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil, fue publicada en 1963.

 

 
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