Saturday, February 28, 2026

El fuego y el espejo

                                                  Nemesio Oseguera, alias 'El Mencho',

                                                          líder del Cartel Jalisco Nueva Generación 





El domingo 22 de febrero de 2026 no fue un día: fue una herida. Las fechas, cuando la brutalidad las toca, dejan de ser números en el calendario y se convierten en cicatrices. Lo que ocurrió no pertenece sólo al orden de los hechos; pertenece al orden de los signos.

La muerte de un jefe criminal no es únicamente la caída de un hombre. Es la caída de un símbolo. Durante años, su nombre fue pronunciado en voz baja o exaltado con el tono ambiguo que el mexicano reserva para el poder: mezcla de temor y fascinación. El criminal, en nuestras tierras, no es sólo delincuente; es figura mítica, deformación grotesca del héroe antiguo. En él se cruzan el desafío al Estado y la promesa de riqueza inmediata. Es la caricatura del caudillo. 

Pero la brutalidad y el terrorismo que siguieron a su captura reveló algo más inquietante que su figura. El fuego disperso por ciudades y carreteras fue un lenguaje. Incendiar una tienda, atravesar un tráiler, sembrar cadáveres: cada acto fue una frase escrita con llamas. No se trataba sólo de destruir, sino de significar. El crimen organizado no busca únicamente el control territorial; busca la supremacía simbólica. Quiere demostrar que puede convertir la vida cotidiana en excepción permanente.

Hay, sin embargo, otra dimensión del suceso. La intervención de fuerzas extranjeras en suelo mexicano —si ocurrió— no es un detalle técnico: es un episodio inscrito en nuestra historia. Desde el siglo XIX, México oscila entre la afirmación vehemente de su soberanía y la experiencia reiterada de su vulnerabilidad. Somos un país que se proclama inviolable y, al mismo tiempo, se sabe expuesto. La sombra del vecino poderoso no es nueva; lo nuevo es la naturalidad con que aceptamos su presencia cuando el miedo nos rebasa.

Así, el domingo mostró tres rostros del poder: el del criminal que impone el terror, el del Estado que reivindica el monopolio de la fuerza y el de la potencia extranjera que exhibe su alcance. Tres voluntades que se enfrentan mientras la sociedad contempla, sitiada por la incertidumbre. Entre esos gigantes, el ciudadano común experimenta la intemperie: la sensación de que la ley y el crimen se disputan su destino sin consultarlo.

Pero sería cómodo atribuir toda la tragedia a la colisión de poderes. Más difícil es reconocer nuestra participación silenciosa. Durante décadas, la brutalidad se volvió paisaje. Las cifras sustituyeron a los nombres; la noticia reemplazó al duelo. Aprendimos a convivir con el sobresalto. Y cuando el horror estalla en una jornada multiplicada, descubrimos que no es una anomalía, sino la culminación de una larga tolerancia.

El problema de México no es sólo la inseguridad; es la fractura del sentido. Allí donde la ley pierde legitimidad y la riqueza se convierte en único horizonte, el poder sin límites adquiere prestigio. La brutalidad se vuelve aspiración o destino. El criminal deja de ser excepción y se transforma en posibilidad.

Un país no se define únicamente por sus fronteras, sino por la calidad de sus vínculos. Cuando el terrorismo sustituye a la confianza, la nación se vuelve archipiélago: islas de supervivencia rodeadas por la sospecha. El fuego del domingo no consumió únicamente objetos; iluminó, por un instante terrible, nuestra desunión.

Sin embargo, toda revelación es también una oportunidad. La brutalidad desnuda lo que somos, pero no determina lo que podemos ser. Si el crimen ha sabido convertir el terror en lenguaje, la sociedad debe reaprender el lenguaje de la ley, de la solidaridad y de la responsabilidad compartida. Ninguna captura espectacular resolverá la raíz del mal si no reconstruimos el pacto invisible que nos hace comunidad.

La historia no es destino: es conciencia. Lo ocurrido ese domingo nos obliga a mirarnos sin máscaras. El espejo que nos ofrece el terrorismo es cruel, pero también es preciso. En él vemos no sólo el rostro del criminal o del Estado, sino el nuestro.

Y la pregunta persiste, como una brasa que no se extingue: ¿queremos seguir reconociéndonos en el resplandor del incendio o seremos capaces de encender otra luz, menos fulgurante pero más humana, que nos devuelva el rostro y la palabra?

 

 

 

 



 

 

 

 

 

Friday, February 6, 2026

Aleksey Balabanov (1959-2013)

MANIFIESTO PARA UN CINE QUE NO PIDE PERDÓN


El cine ha mentido.
Ha mentido con la cara limpia, con la narración correcta, con la moral colocada como una prótesis.

Ha mentido porque ha tenido miedo del cuerpo.

Balabanov no miente.
No porque diga la verdad, sino porque no sabe cómo ocultarla.

Sus películas no representan la violencia:
la expulsan.
Como un vómito necesario.
Como un espasmo que ocurre cuando el alma ya no puede sostener el orden.

Aquí no hay símbolos.
El símbolo es una comodidad.

Aquí hay hechos que no aceptan traducción.

Un hombre golpea.
Una mujer resiste hasta que deja de hacerlo.
Un país se pudre sin ceremonia.

Nada se subraya. Nada se salva.

Este cine no busca al espectador:
lo captura.
Lo deja sentado frente a una acción que no puede juzgar sin ensuciarse.

Balabanov ha comprendido que la crueldad no es un tema,
es una estructura.

Es la respiración misma de un mundo que ha sobrevivido a sus ideas.

No hay redención porque la redención es un lujo metafísico.

No hay héroes porque el heroísmo exige un futuro.
Y aquí el futuro ha sido cancelado.

Yo digo: este cine debe ser protegido de los intérpretes.
De los críticos.
De los moralistas que preguntan por qué cuando lo único que queda es qué.

Porque estas películas no quieren ser comprendidas.
Quieren ser soportadas.

Balabanov no filma para despertar conciencias,
filma para destruir la ilusión de que todavía dormimos.

Este es un cine sin anestesia.
Un cine que devuelve al cuerpo su derecho a temblar.

Un cine que no consuela, no educa, no explica.
Un cine que actúa.

Y todo arte que actúa
es ya un acto de crueldad.
 
 

Thursday, February 5, 2026

Lucien Freud (1922-2011)

 
 
 
Lucien Freud no celebra el cuerpo: lo acepta. Y esa aceptación es feroz. En Lucien Freud el cuerpo no es una imagen del alma; es su adversario. Pero también su única verdad.

El cuerpo que aparece en la pintura de Lucien Freud no pertenece al día sino a una hora sin nombre. No es el cuerpo que se muestra: es el que queda cuando ya no hay testigos. Carne sin coartada. Materia que ha sobrevivido al deseo y a la forma. El desnudo, aquí, no revela una intimidad: revela un límite.

No hay reposo en estas figuras. Están detenidas, pero no en paz. El tiempo no las rodea: las atraviesa. La piel es una superficie fatigada donde cada pliegue es una memoria que no recuerda, una huella sin relato. Freud pinta el cuerpo como quien registra una ruina que aún respira.

La mirada no acaricia ni condena. Persiste hasta volverse impersonal, casi mineral. El modelo es visto hasta perder su nombre, hasta convertirse en presencia pura, opaca, irremediable. En ese instante el cuerpo deja de ser identidad y se vuelve destino. No somos lo que deseamos: somos lo que permanece cuando el deseo se retira.

Aquí la carne no promete trascendencia. No es caída ni ascenso: es estancia. Freud no pinta la muerte, pero la convoca. La hace visible como peso, como gravedad silenciosa. Ante estos cuerpos no hay reconciliación posible, solo una certeza áspera: vivir es ocupar un espacio que el tiempo va cerrando.

La pintura de Freud no consuela. Vigila. Quizá.

Francis Bacon (1909-1992)



No es pintura.
Es un accidente del cuerpo atrapado en un marco.
Francis Bacon no pinta hombres: los hace estallar.
Los cuerpos que aparecen aquí no están deformados, están desobedeciendo.
Han dejado de respetar la anatomía, ese catecismo para tranquilizar a los vivos.
La carne se repliega porque ya no cree en el rostro.
La boca se abre no para hablar sino porque el grito no cabe en la cabeza.
No hay psicología: hay nervios expuestos, hay huesos que recuerdan haber sido animales.
Estos cuerpos están solos, encerrados en círculos, en cubos, en jaulas sin barrotes.
Pero no están presos:
están obligados a existir.
Y eso es peor.
Aquí el hombre ya no se sostiene en su nombre.
Se desliza.
Se derrite.
Se multiplica en espasmos.
Bacon ha entendido lo que los teatros, los museos y los hospitales se niegan a aceptar:
que el cuerpo no quiere representar nada,
que el cuerpo quiere pasar,
quiere atravesar la forma como una enfermedad atraviesa la sangre.
Esto no es horror.
El horror todavía cree en el espectador.
Esto es más grave:
es verdad física.
La figura no está siendo vista:
está siendo tocada por una fuerza que no tiene lenguaje.
Y quien mire estas pinturas con la idea de comprenderlas, que se retire.
Aquí no hay símbolos.
Hay impactos.
Aquí no se entra con los ojos sino con el sistema nervioso.
Bacon ha arrancado la piel social del hombre
y debajo no ha encontrado alma,
ha encontrado carne que sufre por existir demasiado.
Eso es todo.
Y es suficiente para destruir un siglo entero de mentiras.


Study after Velázquez's Portrait of Pope Innocent X

 
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