Tabaquería
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Hay poemas que no se leen: se padecen. En ellos la palabra deja de ser un instrumento para nombrar el mundo y se convierte en una herida abierta por donde el mundo entra. «Derrota», de Rafael Cadenas, y «Tabaquería», de Fernando Pessoa, pertenecen a esa zona incómoda de la poesía donde el hombre se enfrenta consigo mismo sin máscaras, sin consuelos y, sobre todo, sin la posibilidad de escapar intacto.
Entre ambos poemas existe un vaso comunicante fundamental: la conciencia de la derrota como revelación. No se trata únicamente de haber fracasado frente a la sociedad, frente a los otros o frente a determinados ideales. La derrota es mucho más profunda: es el descubrimiento de la distancia entre lo que el individuo imagina ser y aquello que realmente es. En «Tabaquería», Álvaro de Campos contempla desde una habitación el movimiento indiferente del mundo y siente que su propia identidad se deshace ante él. En «Derrota», Cadenas construye una confesión igualmente descarnada: el yo enumera sus insuficiencias, sus renuncias, sus contradicciones. Ambos poemas parecen decirnos que el primer enemigo no está afuera. Está instalado en la conciencia.
Pero aquí comienza la crueldad.
Porque la poesía de Cadenas y la de Pessoa no buscan embellecer la derrota. La colocan sobre la mesa como un cuerpo todavía caliente. La obligan a respirar delante de nosotros. En «Tabaquería», la existencia se experimenta como una maquinaria absurda en la que el sujeto no encuentra lugar: quiere ser muchas cosas y termina descubriendo que no es ninguna. El famoso comienzo, «No soy nada», no funciona solamente como una declaración de nihilismo; es una detonación. El yo se golpea contra la realidad y descubre que sus sueños, sus ambiciones y sus construcciones intelectuales no pueden sostenerlo.
En «Derrota», la operación es distinta, pero la herida se abre en el mismo sitio. Cadenas no necesita levantar una arquitectura filosófica monumental: le basta con la enumeración de sus propias caídas. El poema avanza como una confesión que se desnuda progresivamente hasta dejar al sujeto sin refugio. La derrota no aparece como un acontecimiento excepcional, sino como una condición acumulada, una serie de pequeñas capitulaciones ante la vida.
Ahí están los vasos comunicantes: dos hombres frente al espejo y ningún espejo devuelve un rostro entero.
Pessoa y Cadenas convierten la introspección en una especie de cámara de tortura. El pensamiento no salva al individuo; lo multiplica. Cada conciencia contiene otras conciencias, cada deseo genera su propia negación. En «Tabaquería», Álvaro de Campos desea ser todo y termina sintiendo que no es nada. En «Derrota», el sujeto se reconoce a través de aquello que no pudo ser, no hizo o abandonó. En ambos casos, la identidad aparece no como una certeza, sino como un campo de ruinas.
Y, sin embargo, hay una diferencia decisiva en la manera en que esas ruinas son habitadas.
Pessoa dramatiza la crisis. Su poema es un escenario. Hay una ventana, una calle, una tabaquería, transeúntes, recuerdos, sueños, fantasías. El mundo exterior continúa mientras el yo se desmorona. La tabaquería permanece allí, concreta y banal, como una prueba brutal de que la realidad no necesita comprender nuestra tragedia. La vida pasa delante de la ventana mientras el sujeto se pregunta qué significa existir.
Cadenas, en cambio, concentra el escenario dentro del propio sujeto. Su poema tiene la desnudez de una confesión. No hay necesidad de grandes decorados porque el combate ocurre en la conciencia. El mundo exterior parece haberse retirado para dejar al individuo frente a su inventario de fracasos.
Por eso ambos textos pueden leerse como "poemas de la desposesión". El sujeto pierde progresivamente las imágenes con las que había construido su identidad. El poeta deja de ser aquel que domina el lenguaje y se convierte en aquel que es perseguido por él. Las palabras ya no sirven para ocultar la fractura: la hacen visible.
Aquí la perspectiva de Artaud resulta especialmente fecunda. Para Artaud, el arte debía arrancar al espectador de su comodidad, sacudirlo corporalmente, devolverlo a una zona anterior a las convenciones y a las máscaras sociales. Algo semejante sucede en estos dos poemas. Ambos destruyen la ilusión de que podemos contemplarnos desde una distancia segura. Nos obligan a entrar en la habitación del yo y a permanecer allí mientras se apagan las luces.
La poesía se convierte entonces en una forma de violencia contra las falsas seguridades.
Pero esta violencia no equivale a desesperación absoluta. Hay una paradoja: reconocer la derrota puede ser también una forma de liberación. Cuando el sujeto deja de fingir que posee una identidad sólida, que controla su destino o que ha cumplido las expectativas que se impuso, aparece una posibilidad distinta de existencia. La derrota despoja, pero el despojo puede abrir un espacio.
En «Tabaquería», esa posibilidad permanece suspendida entre el deseo de ser y la imposibilidad de realizarlo. En «Derrota», la aceptación de las propias insuficiencias tiene una tonalidad más sobria: no hay una glorificación del fracaso, pero tampoco una necesidad de maquillarlo. El poema parece comprender que quizá la verdad del individuo comienza justamente allí donde terminan sus autoengaños.
Los dos poemas, por tanto, no son simplemente confesiones de fracaso. Son máquinas de desmontar al yo. Pessoa lo descompone mediante la contradicción, la imaginación, el exceso y el vértigo metafísico. Cadenas mediante la confesión, la enumeración y el reconocimiento de sus propias limitaciones. Uno grita desde una ventana; el otro habla desde el centro desnudo de sí mismo. Pero ambos llegan a una misma zona de peligro: aquella en la que el hombre descubre que vivir consiste, en parte, en negociar continuamente con aquello que no pudo ser.
Y entonces la poesía deja de ser literatura en el sentido cómodo de la palabra.
Se vuelve respiración.
Se vuelve golpe.
Se vuelve cuerpo.
«Tabaquería» y «Derrota» colocan al lector frente a una verdad que no puede resolverse mediante una moraleja: somos también aquello que hemos perdido, aquello que no hicimos, aquello que deseamos y no alcanzamos, aquello que imaginamos ser y finalmente descubrimos que no somos. La derrota deja de ser el final de una historia y se convierte en el lugar desde donde comienza la conciencia.
Ahí se encuentran Cadenas y Pessoa.
No en la victoria.
No en la esperanza fácil.
Sino en ese instante terrible en que el hombre se queda solo frente a sí mismo, mira los restos de todas sus máscaras y comprende que quizá solamente después de haberlas perdido puede comenzar a decir: «yo».

