Showing posts with label Poema. Show all posts
Showing posts with label Poema. Show all posts

Wednesday, September 23, 2026

Los vasos comunicantes entre «Derrota» y «Tabaquería»

 


 

Derrota
 
Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤes una solución)
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo
que creí que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no he cometido
que poco me ha faltado para echar a correr por la calle
que he perdido un centro que nunca tuve
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo
que no encontraré nunca quién me soporte
que fui preterido en aras de personas más miserables que yo
que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré muchas veces
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ más burlado en mi ridícula ambición
que estoy cansado de recibir consejos de otros más aletargados que yo
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ("Ud. es muy quedado, avíspese despierte")
que nunca podré viajar a la India
que he recibido favores sin dar nada a cambio
que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma
que me dejo llevar por los otros
que no tengo personalidad ni quiero tenerla
que todo el día tapo mi rebelión
que no me he ido a las guerrillas
que no he hecho nada por mi pueblo
que no soy de las FALN y me desespero por todas esas cosas y por otras
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ cuya enumeración sería interminable
que no puedo salir de mi prisión
que he sido dado de baja en todas partes por inútil
que en realidad no he podido casarme ni ir a París ni tener un día sereno
que me niego a reconocer los hechos
que siempre babeo sobre mi historia
que soy imbécil y más que imbécil de nacimiento
que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo
que no lloro cuando siento deseos de hacerlo
que llego tarde a todo
que he sido arruinado por tantas marchas y contramarchas
que ansío la inmovilidad perfecta y la prisa impecable
que no soy lo que soy ni lo que no soy
que a pesar de todo tengo un orgullo satánico aunque a ciertas horas
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤhaya sido humilde hasta igualarme a las piedras
que he vivido quince años en el mismo círculo
que me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado
que nunca usaré corbata
que no encuentro mi cuerpo
que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme,
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤbarrer todo y crear de mi indolencia, mi flotación,
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤmi extravío una frescura nueva, y obstinadamente
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤme suicido al alcance de la mano
me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome de los otros
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤy de mí hasta el día del juicio final.
 
 
Rafael Cadenas 






Tabaquería

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
De mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe
quién es
(Y si supiesen, ¿qué sabrían?),
Dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
A una calle inaccesible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
Con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
Con la muerte que mancha de humedad las paredes y hace
blancos los cabellos de los hombres,
Con el Destino que conduce la carroza de todo por el camino de
nada.
Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir,
Y no tuviese más hermandad con las cosas
Que la de una despedida, tornándose esta casa a este lado de la
calle
La hilera de vagones de un tren, y el silbido de una partida
Dentro de mi cabeza,
Y una sacudida de mis nervios y un chirriar de huesos al arrancar.
Estoy hoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.
Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo
A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
Y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.
Fallé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
El aprendizaje que me dieron,
Descendí por la ventana trasera de la casa.
Fui al campo con grandes propósitos.
Pero allí sólo encontré yerbas y árboles,
Y cuando había gente era igual a la otra.
Me retiro de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de
pensar?
¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa!
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber
tantos!
¿Genio? En este momento
Cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo,
Y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno,
No habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con
tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
No están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas—
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,
Y quién sabe si realizables,
¿Nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de nadie?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga
razón.
He soñado más que Napoleón.
He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que
Cristo.
Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
Aunque no viva en ella;
Seré siempre el que no nació para esto,
Seré siempre sólo el que tenía cualidades;
Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie
de una pared sin puerta,
Y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,
Y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
Su sol, su lluvia, el viento que me despeina,
Y lo demás que venga si viene o que tenga que venir, o que no
venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
Pero nos despertamos y él es opaco,
Nos levantamos y es ajeno,
Salimos de casa y es la tierra entera,
Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, niña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de los
chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, niña sucia, come!
¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú
los comes!
Pero yo pienso y, al quitarles el papel plateado, que es de estaño,
Arrojo todo al suelo, como tiré la vida.)
Pero queda al menos de la amargura de lo que nunca seré
La caligrafía rápida de estos versos,
Pórtico hendido hacia lo Imposible.
Pero al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
Noble al menos por el gesto amplio con que arrojo
La ropa sucia que soy, sin motivo, para el decurso de las cosas,
Y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
O diosa griega, concebida como estatua con vida,
O patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
O princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
O marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
O cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
O no sé qué moderno —no concibo bien qué—,
Todo eso, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar ¡qué
inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco
Me invoco a mí mismo y nada encuentro.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan.
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
Veo los perros que también existen,
Y todo esto me pesa como un condena al destierro,
Y todo esto es extranjero, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
En cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira,
Y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni
creído
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer
nada de eso);
Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan
la cola
Y que es cola más acá del lagarto que se retuerce.
Hice de mí lo que no supe,
Y lo que pude hacer de mí no lo hice.
Vestí un disfraz equivocado.
Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me
perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
Estaba pegada a la cara.
Cuando la arrojé y me vi en el espejo,
Ya había envejecido.
Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había
quitado.
Arrojé la mascara y dormí en el vestidor
Como un perro tolerado por la gerencia
Por ser inofensivo
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.
Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice,
Y no quedarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
Pisoteando la conciencia de estar existiendo,
Como un tapete con el que tropieza un borracho
O la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.
Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó
en ella.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida
Y con la incomodidad de una alma que mal entiende.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, yo dejaré versos.
Y un día morirá el letrero y también mis versos.
Después morirá la calle donde estuvo el letrero,
Y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros
Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las
cosas como letreros,
Siempre una cosa frente a otra,
Siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del
misterio de la superficie,
Siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa.
Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?),
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano,
Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como mi camino,
Y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,
La liberación de todas las especulaciones
Y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una
indisposición.
Después me reclino en la silla
Y sigo fumando.
Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
Tal vez sería feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.
El hombre salió de la Tabaquería (¿guarda el cambio en el bolsillo
del pantalón?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.
Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la
Tabaquería sonrió.
 
 
Fernando Pessoa/Álvaro de Campos
 

 

 *

 

Hay poemas que no se leen: se padecen. En ellos la palabra deja de ser un instrumento para nombrar el mundo y se convierte en una herida abierta por donde el mundo entra. «Derrota», de Rafael Cadenas, y «Tabaquería», de Fernando Pessoa, pertenecen a esa zona incómoda de la poesía donde el hombre se enfrenta consigo mismo sin máscaras, sin consuelos y, sobre todo, sin la posibilidad de escapar intacto.

Entre ambos poemas existe un vaso comunicante fundamental: la conciencia de la derrota como revelación. No se trata únicamente de haber fracasado frente a la sociedad, frente a los otros o frente a determinados ideales. La derrota es mucho más profunda: es el descubrimiento de la distancia entre lo que el individuo imagina ser y aquello que realmente es. En «Tabaquería», Álvaro de Campos contempla desde una habitación el movimiento indiferente del mundo y siente que su propia identidad se deshace ante él. En «Derrota», Cadenas construye una confesión igualmente descarnada: el yo enumera sus insuficiencias, sus renuncias, sus contradicciones. Ambos poemas parecen decirnos que el primer enemigo no está afuera. Está instalado en la conciencia.

Pero aquí comienza la crueldad.

Porque la poesía de Cadenas y la de Pessoa no buscan embellecer la derrota. La colocan sobre la mesa como un cuerpo todavía caliente. La obligan a respirar delante de nosotros. En «Tabaquería», la existencia se experimenta como una maquinaria absurda en la que el sujeto no encuentra lugar: quiere ser muchas cosas y termina descubriendo que no es ninguna. El famoso comienzo, «No soy nada», no funciona solamente como una declaración de nihilismo; es una detonación. El yo se golpea contra la realidad y descubre que sus sueños, sus ambiciones y sus construcciones intelectuales no pueden sostenerlo.

En «Derrota», la operación es distinta, pero la herida se abre en el mismo sitio. Cadenas no necesita levantar una arquitectura filosófica monumental: le basta con la enumeración de sus propias caídas. El poema avanza como una confesión que se desnuda progresivamente hasta dejar al sujeto sin refugio. La derrota no aparece como un acontecimiento excepcional, sino como una condición acumulada, una serie de pequeñas capitulaciones ante la vida.

Ahí están los vasos comunicantes: dos hombres frente al espejo y ningún espejo devuelve un rostro entero.

Pessoa y Cadenas convierten la introspección en una especie de cámara de tortura. El pensamiento no salva al individuo; lo multiplica. Cada conciencia contiene otras conciencias, cada deseo genera su propia negación. En «Tabaquería», Álvaro de Campos desea ser todo y termina sintiendo que no es nada. En «Derrota», el sujeto se reconoce a través de aquello que no pudo ser, no hizo o abandonó. En ambos casos, la identidad aparece no como una certeza, sino como un campo de ruinas.

Y, sin embargo, hay una diferencia decisiva en la manera en que esas ruinas son habitadas.

Pessoa dramatiza la crisis. Su poema es un escenario. Hay una ventana, una calle, una tabaquería, transeúntes, recuerdos, sueños, fantasías. El mundo exterior continúa mientras el yo se desmorona. La tabaquería permanece allí, concreta y banal, como una prueba brutal de que la realidad no necesita comprender nuestra tragedia. La vida pasa delante de la ventana mientras el sujeto se pregunta qué significa existir.

Cadenas, en cambio, concentra el escenario dentro del propio sujeto. Su poema tiene la desnudez de una confesión. No hay necesidad de grandes decorados porque el combate ocurre en la conciencia. El mundo exterior parece haberse retirado para dejar al individuo frente a su inventario de fracasos.

Por eso ambos textos pueden leerse como "poemas de la desposesión". El sujeto pierde progresivamente las imágenes con las que había construido su identidad. El poeta deja de ser aquel que domina el lenguaje y se convierte en aquel que es perseguido por él. Las palabras ya no sirven para ocultar la fractura: la hacen visible.

Aquí la perspectiva de Artaud resulta especialmente fecunda. Para Artaud, el arte debía arrancar al espectador de su comodidad, sacudirlo corporalmente, devolverlo a una zona anterior a las convenciones y a las máscaras sociales. Algo semejante sucede en estos dos poemas. Ambos destruyen la ilusión de que podemos contemplarnos desde una distancia segura. Nos obligan a entrar en la habitación del yo y a permanecer allí mientras se apagan las luces.

La poesía se convierte entonces en una forma de violencia contra las falsas seguridades.

Pero esta violencia no equivale a desesperación absoluta. Hay una paradoja: reconocer la derrota puede ser también una forma de liberación. Cuando el sujeto deja de fingir que posee una identidad sólida, que controla su destino o que ha cumplido las expectativas que se impuso, aparece una posibilidad distinta de existencia. La derrota despoja, pero el despojo puede abrir un espacio.

En «Tabaquería», esa posibilidad permanece suspendida entre el deseo de ser y la imposibilidad de realizarlo. En «Derrota», la aceptación de las propias insuficiencias tiene una tonalidad más sobria: no hay una glorificación del fracaso, pero tampoco una necesidad de maquillarlo. El poema parece comprender que quizá la verdad del individuo comienza justamente allí donde terminan sus autoengaños.

Los dos poemas, por tanto, no son simplemente confesiones de fracaso. Son máquinas de desmontar al yo. Pessoa lo descompone mediante la contradicción, la imaginación, el exceso y el vértigo metafísico. Cadenas mediante la confesión, la enumeración y el reconocimiento de sus propias limitaciones. Uno grita desde una ventana; el otro habla desde el centro desnudo de sí mismo. Pero ambos llegan a una misma zona de peligro: aquella en la que el hombre descubre que vivir consiste, en parte, en negociar continuamente con aquello que no pudo ser.

Y entonces la poesía deja de ser literatura en el sentido cómodo de la palabra.

Se vuelve respiración.

Se vuelve golpe.

Se vuelve cuerpo.

«Tabaquería» y «Derrota» colocan al lector frente a una verdad que no puede resolverse mediante una moraleja: somos también aquello que hemos perdido, aquello que no hicimos, aquello que deseamos y no alcanzamos, aquello que imaginamos ser y finalmente descubrimos que no somos. La derrota deja de ser el final de una historia y se convierte en el lugar desde donde comienza la conciencia.

Ahí se encuentran Cadenas y Pessoa.

No en la victoria.

No en la esperanza fácil.

Sino en ese instante terrible en que el hombre se queda solo frente a sí mismo, mira los restos de todas sus máscaras y comprende que quizá solamente después de haberlas perdido puede comenzar a decir: «yo».

 

 

 

 

 

 
Copyright 2009 Las mesetas del basilisco. Powered by Blogger Blogger Templates create by Deluxe Templates. WP by Masterplan