Thursday, August 20, 2026

La lista y el silencio


Hay algo más inquietante que una lista de enemigos: la necesidad de hacerla. Una lista supone que el mundo ha dejado de ser un espacio de discusión para convertirse en un inventario. Separa a los nuestros de los otros, a los fieles de los herejes, a quienes poseen la verdad de quienes, por el solo hecho de disentir, parecen haber cometido una falta.

En México, esta tentación no es nueva. El poder mexicano siempre ha tenido una relación ambigua con la crítica: la necesita para legitimarse y, al mismo tiempo, quisiera prescindir de ella. El antiguo régimen compraba silencios; la nueva política, con frecuencia, prefiere señalar voces. Cambian los métodos, permanece la tentación: convertir al adversario en una categoría moral.

Las listas de periodistas, intelectuales, medios y críticos supuestamente adversos al gobierno de Claudia Sheinbaum deben ser examinadas, por ello, no sólo como un episodio de la lucha política sino como un síntoma. En agosto de 2026, la controversia sobre los nuevos lineamientos de derechos de las audiencias llegó al centro del debate público: periodistas, académicos, opositores y organizaciones como Artículo 19 han advertido sobre el riesgo de que una regulación concebida para proteger a las audiencias termine favoreciendo la autocensura. El gobierno, por su parte, sostiene que busca mayor responsabilidad y transparencia de los medios y ha aceptado revisar aspectos cuestionados.

Pero una democracia no se mide por la pureza de las intenciones declaradas por sus gobernantes sino por el espacio que concede a quienes los contradicen.

La palabra opositor es peligrosa cuando deja de describir una posición política y comienza a designar una culpa. Un periodista no es opositor porque investigue al gobierno. Un intelectual no es conservador porque objete una reforma. Un ciudadano no es enemigo del pueblo porque desconfíe de quienes hablan en su nombre. La crítica no pertenece a la derecha ni a la izquierda: pertenece a la inteligencia, cuando la inteligencia conserva todavía el valor de decir no.

Y aquí aparece la paradoja mexicana.

Mientras el poder discute quién tiene derecho a hablar, en las calles se mata a quienes hablan. Según Reporteros Sin Fronteras, México fue en 2025 el segundo país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo, con nueve periodistas asesinados; la organización calificó ese año como el más mortífero de los tres últimos para la prensa mexicana. En los primeros siete meses de 2026 se habían documentado otros siete asesinatos de periodistas, varios de ellos relacionados con investigaciones sobre corrupción, crimen organizado o inseguridad.

Ante estas cifras, una lista adquiere otro significado.

Porque en un país donde un periodista puede ser asesinado por investigar al poder criminal, señalarlo desde el poder político como adversario resulta, cuando menos, una ligereza. El asesinato es el silencio absoluto; la estigmatización es su prólogo verbal. No son lo mismo, desde luego. Confundirlos sería irresponsable. Pero ambos participan de una misma atmósfera cuando la crítica comienza a ser vista como una enfermedad y no como una necesidad democrática.

El problema no es que un gobierno responda a sus críticos. Debe hacerlo. El problema comienza cuando responde intentando clasificarlos.

La llamada Cuarta Transformación llegó al poder prometiendo romper con un pasado marcado por corrupción, desigualdad, privilegios y abuso de las instituciones. Algunas de sus políticas sociales ampliaron derechos y transferencias y modificaron la relación entre el Estado y sectores históricamente marginados. Pero una transformación política no se vuelve histórica por llamarse transformación. Necesita transformar también aquello que el poder suele reproducir: la concentración de autoridad, el debilitamiento de los contrapesos, la opacidad, la impunidad, la militarización de tareas civiles y la confusión entre partido, gobierno y Estado.

El problema aparece cuando la crítica a los gobiernos anteriores se convierte en explicación universal del presente. El pasado puede explicar muchas cosas; no puede absolver indefinidamente al presente.

La Cuarta Transformación heredó un país herido y ha tenido que gobernarlo bajo condiciones extraordinariamente difíciles. Pero también ha cometido errores propios. La violencia no desapareció; la impunidad continuó; las desapariciones permanecieron como una de las grandes tragedias nacionales; y el poder político siguió mostrando una inclinación preocupante a reducir la complejidad de México a una batalla entre el pueblo bueno y sus adversarios.

Ese lenguaje tiene una eficacia electoral extraordinaria porque transforma los problemas en personajes. La inseguridad deja de ser un problema estructural y se convierte en culpa de los conservadores. La corrupción deja de ser una práctica institucional y se convierte en herencia del enemigo. La crítica deja de ser una función democrática y se convierte en propaganda adversaria.

Así se construye una religión política sin necesidad de templos.

Toda ortodoxia necesita herejes. Y todo poder que empieza a imaginarse como encarnación del pueblo termina considerando sospechoso a quien se atreve a contradecirlo.

Pero México no es propiedad de ningún partido, de ningún presidente ni de ninguna ideología. Tampoco pertenece a quienes gobernaron antes. El país es anterior a sus gobiernos y sobrevivirá a ellos. Ésa debería ser la primera lección de una democracia: el poder es transitorio; la libertad, no.

La prensa crítica puede equivocarse. Los periodistas pueden mentir. Los intelectuales pueden convertirse en propagandistas. Los medios pueden tener intereses económicos y políticos. Todo eso debe ser discutido, investigado y, cuando corresponda, demostrado. Pero precisamente por eso necesitamos más crítica, no menos. La respuesta a una mala información es otra información; a una mentira, una refutación; a un abuso periodístico, la ley. Nunca una lista.

Porque cuando el gobierno se arroga el derecho de determinar quién es un periodista legítimo y quién es un enemigo, deja de discutir con individuos y comienza a fabricar categorías. Y las categorías políticas tienen una historia siniestra: primero nombran, después excluyen y finalmente justifican.

No basta con que el poder diga que no censura. Tiene que crear las condiciones para que nadie tenga miedo de hablar.

La libertad de expresión no consiste en que el gobierno permita decir lo que piensa quien gobierna. Consiste precisamente en que podamos decir aquello que el gobierno preferiría no escuchar.

Quizá por eso el verdadero adversario de un gobierno democrático no sea el periodista crítico, ni el intelectual incómodo, ni el medio que publica una investigación desfavorable. Su verdadero adversario es el silencio.

México conoce demasiado bien ese silencio.

Lo ha conocido en las oficinas donde un expediente desaparece, en los pueblos donde una denuncia no prospera, en las redacciones donde una amenaza obliga a bajar el tono, en las familias que esperan inútilmente noticias de un desaparecido y en las escenas del crimen donde la palabra impunidad termina pareciendo una forma administrativa del destino.

Por eso las listas deberían preocuparnos.

No porque todo aquel que aparezca en ellas tenga razón. No porque todo crítico sea valiente. No porque todo periodista sea independiente. Sino porque una sociedad libre no necesita listas de buenos y malos ciudadanos. Necesita instituciones capaces de soportar la contradicción.

El poder verdaderamente fuerte no teme a sus críticos: los escucha, los refuta y, llegado el caso, demuestra que están equivocados.

El poder débil hace listas.

Y quizá ésta sea la paradoja final de nuestra época: mientras el gobierno proclama haber inaugurado una nueva historia, México continúa enfrentando viejos fantasmas. La corrupción, la violencia, la impunidad, el crimen organizado, el deterioro institucional y la intolerancia política no desaparecen porque cambiemos el nombre de la época. La historia no se transforma mediante consignas. Se transforma cuando el poder acepta sus límites.

Una democracia comienza allí donde termina la lista de los enemigos.

Y empieza, otra vez, con una palabra antigua, sencilla y peligrosa:

No.

 
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