Hay pueblos que viven pendientes del mañana. El mexicano, con frecuencia, vive en un mañana que nunca termina de llegar.
Decimos: "mañana", pero rara vez queremos decir simplemente el día siguiente. Mañana es una promesa, una posibilidad, una manera de aplazar el presente sin negarlo del todo. Cuando fijamos una fecha, creemos haber resuelto algo. En realidad, apenas hemos trasladado el problema a otro punto del calendario.
El acuerdo se convierte entonces en una especie de espejismo. Dos personas convienen en encontrarse el martes. Llega el martes y una de ellas no aparece. Se explica: surgió un inconveniente, no pudo ser, habrá que dejarlo para el jueves. El jueves tampoco. Entonces aparece una nueva fecha, y después otra. Lo que debía ser un compromiso se transforma poco a poco en una sucesión de disculpas.
Lo curioso es que nadie parece haber roto el acuerdo. Simplemente se ha pospuesto.
Y en esa pequeña palabra —posponer— se esconde uno de nuestros males cotidianos. Posponer parece menos grave que incumplir. Incumplir tiene un rostro; posponer tiene siempre una justificación. El incumplimiento hiere nuestra imagen de nosotros mismos; el aplazamiento nos permite conservarla intacta. No hemos fallado, nos decimos: sólo necesitamos un poco más de tiempo.
Pero el tiempo de uno no es solamente suyo.
Cuando alguien posterga un acuerdo, dispone también del tiempo ajeno. Hace esperar al otro, altera sus planes, le impone costos, le obliga a reorganizar su vida. Una hora perdida por quien incumple puede convertirse en un día perdido para quien esperaba. Y cuando el aplazamiento se repite, el perjuicio deja de ser accidental: se convierte en una forma de injusticia.
Hay aquí una paradoja profundamente mexicana: podemos ser extraordinariamente hospitalarios con las personas y, al mismo tiempo, extraordinariamente descuidados con su tiempo. Nos ofende que alguien nos trate con desprecio, pero no siempre advertimos que hacer esperar indefinidamente a otro también es una forma de desprecio.
La impuntualidad no consiste únicamente en llegar tarde. Existe una impuntualidad más profunda: la de la palabra.
Una palabra dada debería tener un peso. "Estaré allí", "lo entregaré el viernes", "nos veremos a las cinco", "mañana queda resuelto". Cada una de estas frases establece un pequeño pacto entre dos seres humanos. Cuando la palabra deja de obligarnos, el lenguaje pierde parte de su dignidad y el vínculo social se vuelve incierto.
Quizá por eso la impuntualidad termina produciendo algo más grave que retrasos: produce desconfianza.
El hombre que ha prometido varias veces y no ha cumplido termina rodeado de personas que ya no creen en sus fechas. Sus "mañana" dejan de significar mañana. Sus compromisos necesitan confirmación, recordatorios, llamadas, advertencias y, finalmente, vigilancia. La sociedad comienza entonces a gastar una cantidad enorme de energía en comprobar aquello que debería darse por supuesto.
Una comunidad funciona, en buena medida, gracias a la confianza. Sin ella, cada acuerdo necesita un vigilante, cada promesa un contrato y cada fecha una amenaza.
No se trata, sin embargo, de afirmar que el mexicano sea por naturaleza irresponsable. Esa explicación sería demasiado cómoda y, por ello mismo, falsa. Hay millones de mexicanos puntuales, responsables y rigurosos. El problema aparece cuando ciertas conductas se vuelven toleradas, cuando la excepción se convierte en costumbre y la costumbre termina presentándose como carácter nacional.
Decimos entonces: "así somos"
Ésta es quizá la frase más peligrosa.
Porque cuando una sociedad convierte un defecto en identidad, deja de combatirlo. La impuntualidad deja de ser una falta que debe corregirse y se transforma en una característica pintoresca. La informalidad se confunde con espontaneidad; la indulgencia con bondad; la capacidad de improvisar con capacidad de resolver. Y mientras celebramos nuestra habilidad para "sacar las cosas al final", olvidamos preguntarnos cuántas personas tuvieron que pagar el precio de ese final.
Hay una solución sencilla, aunque no fácil: devolverle consecuencias a la palabra.
Si acordamos una fecha, debemos tratarla como una obligación y no como una sugerencia. Si sabemos que no podremos cumplir, debemos decirlo antes de que llegue el día, no después. Y si el incumplimiento causa un perjuicio, debemos reconocerlo sin convertir la disculpa en una coartada.
También habría que educar desde pequeños en una idea elemental: el tiempo del otro merece el mismo respeto que el propio.
No basta con enseñar a los niños a llegar a tiempo a la escuela. Hay que enseñarles que llegar tarde significa que alguien ha tenido que esperarlos. No basta con exigir puntualidad en el trabajo. Hay que comprender que un trabajador, un cliente, un proveedor o un ciudadano también posee una vida que continúa mientras nosotros incumplimos.
Tal vez el cambio cultural comience con algo aparentemente insignificante: dejar de decir "mañana" cuando queremos decir "no sé".
La honestidad puede ser más útil que la promesa.
Es preferible decir: "No puedo comprometerme para el viernes" que prometer el viernes y llegar el lunes con una explicación. Es preferible reconocer una imposibilidad que fabricar una esperanza. Porque una negativa clara permite al otro buscar alternativas; una promesa incumplida le roba, además del tiempo, la posibilidad de decidir.
Quizá necesitamos recuperar el antiguo valor de la palabra empeñada. No como solemnidad ni como moralismo, sino como una forma elemental de respeto.
El futuro comienza, en realidad, en el momento en que pronunciamos una fecha.
Cuando decimos "el martes", estamos haciendo una pequeña apuesta contra el caos. Estamos diciendo que el tiempo puede ser compartido, que dos voluntades pueden coincidir y que la palabra humana todavía puede ordenar un fragmento de la realidad.
Cumplir un acuerdo es, por eso, algo más que llegar a tiempo.
Es decirle al otro: tu tiempo cuenta; tu confianza cuenta; tu vida cuenta.
Y quizá una sociedad empieza a ser responsable cuando descubre que el mañana no es un lugar donde podemos esconder eternamente nuestras obligaciones, sino un día que, tarde o temprano, se convierte en presente.
El mañana llega siempre.
Lo que no siempre llega es aquello que prometimos hacer en él.
