Hay momentos en que una sociedad se contempla en el espejo y descubre, no sin sorpresa, que las palabras que creía enterradas siguen respirando bajo las piedras. El pasado no vuelve: somos nosotros quienes, de pronto, volvemos a él. Eso ocurrió en Ciudad de México el pasado 11 de septiembre, cuando un grupo de manifestantes marchó por avenida Presidente Masaryk, en Polanco, y, en las inmediaciones de una sinagoga, profirió consignas contra los judíos y exhibió mensajes de boicot dirigidos contra negocios de propietarios judíos. La movilización fue presentada como una protesta de solidaridad con Palestina. Pero una cosa es denunciar las acciones de un Estado y otra, radicalmente distinta, convertir a los judíos en el objeto del odio.
La diferencia no es semántica. Es moral.
Protestar contra el gobierno de Israel, contra su política militar, contra la ocupación, contra determinadas decisiones de su ejército o contra cualquier otra política estatal pertenece al ámbito legítimo de la discusión política. Ningún Estado queda fuera de la crítica por el simple hecho de ser Estado. Pero llamar a expulsar a los judíos de México no constituye una crítica a Israel. Tampoco constituye una posición sobre Gaza. Es una generalización racial, religiosa y cultural: transformar a millones de individuos distintos entre sí en una sola figura imaginaria contra la cual descargar una hostilidad heredada.
El antisemitismo comienza precisamente allí donde la persona deja de ser persona y se convierte en ejemplar de una abstracción.
El judío de carne y hueso desaparece y en su lugar aparece el judío: una criatura imaginaria a la que se atribuyen intenciones, culpas, riquezas, conspiraciones o responsabilidades colectivas. El mecanismo es antiguo. Cambian las consignas, cambian las banderas, cambian las ideologías; permanece la necesidad de fabricar un enemigo absoluto.
Y quizá lo más inquietante de lo ocurrido en Masaryk no sea solamente el contenido de las consignas, sino el lugar y el momento elegidos.
Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, comenzó al anochecer del viernes 11 y se prolongó hasta el domingo 13 de septiembre. El 12 y el 13 fueron los dos días de la festividad. La protesta se produjo, por tanto, en el umbral de una celebración religiosa y frente a un espacio de culto. Esa coincidencia convierte el episodio en algo más que una manifestación política desafortunada: muestra cómo una causa internacional puede degradarse hasta convertirse en una agresión contra ciudadanos concretos precisamente por su pertenencia religiosa.
Hay aquí una paradoja que merece ser pensada.
Quienes dicen luchar contra la injusticia pueden reproducir una de sus formas más antiguas: la identificación de un grupo humano con una culpa colectiva. Se comienza diciendo que todos los judíos son responsables de las decisiones de Israel; mañana se podrá decir que todos los musulmanes son responsables de los actos de un grupo islamista, que todos los rusos son responsables de las decisiones del Kremlin o que todos los mexicanos son responsables de los crímenes cometidos por un gobierno mexicano. El razonamiento es idéntico: borrar la diferencia entre individuo, comunidad, Estado, gobierno y religión para producir un enemigo homogéneo.
La política se convierte entonces en superstición.
El Comité Central de la Comunidad Judía de México condenó la movilización y distinguió explícitamente entre la protesta contra las acciones de un gobierno y las expresiones dirigidas contra los judíos. La Conferencia del Episcopado Mexicano manifestó igualmente su rechazo y solidaridad con la comunidad judía. También el Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México condenó las expresiones de antisemitismo, discriminación e intolerancia registradas en Masaryk.
Estas reacciones importan porque recuerdan algo elemental: una sociedad democrática no se define solamente por permitir que sus ciudadanos marchen, protesten y griten. Se define también por la capacidad de distinguir entre la libertad y la humillación, entre la crítica y la persecución, entre la indignación política y el odio colectivo.
La libertad de expresión protege la protesta; no convierte una injuria en verdad.
Pero sería demasiado sencillo limitarse a condenar a quienes participaron en aquella marcha. El problema profundo es otro: ¿qué sucede cuando una causa justa se transforma en una religión política? Entonces desaparece la crítica y aparece la fe. Ya no se examinan los hechos: se dividen los seres humanos entre inocentes y culpables, víctimas y verdugos, buenos y malos. La complejidad resulta intolerable porque amenaza la pureza de la causa.
Toda ideología que necesita un enemigo absoluto termina pareciéndose a aquello que combate.
Por eso también debemos resistir otra tentación: utilizar el antisemitismo para impedir cualquier crítica a Israel. Eso sería tan intelectualmente deshonesto como utilizar la crítica a Israel para justificar el antisemitismo. Ambas operaciones nacen del mismo error: confundir categorías que deben permanecer separadas.
Un Estado no es un pueblo.
Un gobierno no es una religión.
Una política militar no es una identidad étnica.
Un ciudadano judío mexicano no es responsable de las decisiones del gobierno israelí, del mismo modo que un ciudadano mexicano no es responsable de cada acto cometido por el gobierno de México.
La democracia comienza allí donde aceptamos esas diferencias.
México ha construido buena parte de su identidad moderna alrededor de una idea particularmente poderosa: el país como espacio de encuentro. La historia mexicana está hecha de migraciones, exilios, mestizajes, comunidades extranjeras que encontraron aquí refugio y generaciones de hombres y mujeres que terminaron haciendo de este país su casa. La comunidad judía forma parte de esa historia mexicana y su presencia no es un accidente reciente. Instituciones, intelectuales, artistas, científicos, empresarios y ciudadanos judíos han participado durante décadas en la vida del país. La propia creación de proyectos destinados a conservar y estudiar la historia judía en México recuerda que esa presencia pertenece también a nuestra memoria colectiva.
Por eso el grito de «fuera judíos» no es solamente una agresión contra los judíos. Es una negación de México.
Porque México no es una sangre, una religión, una raza ni una ideología. México es, entre otras cosas, la posibilidad de que individuos diferentes puedan decir: ésta es también mi casa.
El odio siempre intenta reducir esa casa. Necesita menos habitantes, menos diferencias, menos memoria. Quiere convertir la pluralidad en sospecha.
Y aquí aparece la verdadera dimensión política del episodio de Masaryk. No se trata únicamente de lo que gritaron unas decenas de personas. Se trata de saber qué hacemos los demás cuando escuchamos ese grito.
El odio necesita público.
Necesita espectadores que bajen la mirada, ciudadanos que consideren que «no es para tanto», intelectuales que relativicen porque simpatizan con la causa que sirve de cobertura al prejuicio, militantes que callen porque condenar al agresor podría incomodar a los propios, y autoridades que confundan la tolerancia democrática con la indiferencia.
La historia nos ha enseñado que el lenguaje no es inocente. Una palabra repetida hasta convertirse en consigna puede preparar el terreno para una acción. Una comunidad convertida en abstracción puede dejar de ser percibida como comunidad. Y cuando una persona deja de ser vista como individuo, se vuelve mucho más fácil convertirla en objeto de desprecio.
Por eso el episodio merece ser pensado sin histeria, pero también sin complacencia.
No hay que exagerarlo para condenarlo.
No hace falta convertir a quienes participaron en monstruos para reconocer que determinadas consignas son monstruosas.
La defensa de Palestina no necesita del antisemitismo. La denuncia de las acciones del gobierno israelí no necesita el odio hacia los judíos. La solidaridad con las víctimas civiles de Gaza no se vuelve más legítima porque se insulte a una comunidad religiosa. Al contrario: cuando una causa universal comienza a excluir seres humanos por su origen o su religión, traiciona precisamente aquello que pretendía defender.
Quizá éste sea el verdadero peligro: que el odio consiga disfrazarse de justicia.
Porque el odio contemporáneo rara vez se presenta diciendo «soy odio». Prefiere vestirse con las palabras de la justicia, de la revolución, de la identidad, de la memoria o de la liberación. Se presenta como indignación moral y, precisamente por eso, resulta más difícil reconocerlo.
Pero hay una prueba sencilla.
Preguntémonos contra quién se dirige la acusación.
Si se dirige contra un gobierno, estamos ante una cuestión política.
Si se dirige contra una decisión concreta, estamos ante una discusión política.
Si se dirige contra una ideología, estamos ante una controversia intelectual.
Pero si se dirige contra una persona por ser judía, musulmana, cristiana, indígena, extranjera o cualquier otra cosa que no haya elegido como objeto de una política determinada, ya no estamos ante una crítica política.
Estamos ante el viejo fantasma de la tribu enemiga.
Y los fantasmas, cuando regresan, no regresan porque la historia los haya resucitado. Regresan porque nosotros les hemos abierto la puerta.
La lección de Masaryk debería ser sencilla: se puede defender Palestina sin odiar a los judíos; se puede criticar a Israel sin convertir a los israelíes en una categoría moral; se puede denunciar una guerra sin declarar culpable a una religión; se puede combatir una injusticia sin fabricar otra.
La dignidad humana no admite excepciones geográficas.
Si defendemos los derechos humanos únicamente cuando la víctima pertenece al grupo que nos simpatiza, no defendemos los derechos humanos: defendemos a los nuestros.
Y ése es precisamente el comienzo de toda barbarie.
Referencias
Conferencia del Episcopado Mexicano. (2026, 13 de septiembre). Iglesia católica mexicana condena marcha antisemita y se solidariza con la comunidad judía. Enlace Judío.
Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México. (2026, 13 de septiembre). Consejo Ciudadano condena expresiones antisemitas registradas en avenida Presidente Masaryk. Excélsior.
Comunidad Judía de México. (2026, 12 de septiembre). Comunidad judía mexicana condena marcha antisemita en Polanco. Enlace Judío.
Hebcal. (2026). Rosh Hashana 2026 / The Jewish New Year.
Infobae. (2026, 15 de septiembre). Crece el repudio por la marcha antisemita en CDMX.
Latinus. (2026, 12 de septiembre). Autoridades y miembros de la comunidad judía en México acusan expresiones antisemitas en marcha en Polanco durante sus celebraciones de Año Nuevo.
Tribuna Israelita. (2026, 10 de septiembre). The History Lab: un proyecto que revolucionará la historia de los judíos en México.
