Hay una violencia anterior a todas las violencias.
Antes del golpe, antes de la guerra, antes del hambre, antes de que una criatura aprenda el nombre de aquello que la destruirá, está el gesto tranquilo de dos cuerpos que deciden —o simplemente dejan que ocurra— que otro cuerpo sea arrojado aquí.
Aquí.
A esta máquina de carne.
A este matadero con escuelas, hospitales, oficinas, iglesias, cárceles y televisores.
Aquí donde cada nacimiento es presentado como una celebración, mientras en alguna habitación alguien descubre por primera vez que respirar también significa comenzar a perderlo todo.
Se dice: un hijo es una esperanza.
Yo pregunto: ¿esperanza para quién?
El niño no ha pedido la esperanza. No ha pedido el mundo. No ha pedido el cuerpo que habrá de cargar. No ha pedido la enfermedad que algún día lo encontrará, ni el miedo que aprenderá a ocultar, ni la muerte que desde el principio ya está sentada dentro de él como un animal paciente.
Y, sin embargo, lo hacemos venir.
Lo hacemos venir y después inventamos justificaciones.
Le decimos que el mundo es hermoso.
Le enseñamos flores para que no mire los cadáveres.
Le damos juguetes para que no escuche los gritos.
Le enseñamos a sonreír para que pueda entrar sin resistencia en la maquinaria.
Y cuando finalmente comprende que la vida no era aquella promesa luminosa sino una sucesión de pérdidas, le exigimos gratitud.
Gratitud por haber sido arrojado al incendio.
Hay una obscenidad particular en llamar milagro a un nacimiento sin preguntarse qué significa condenar a alguien a morir.
No hablo de la muerte como una abstracción filosófica. Hablo del cuerpo. Del cuerpo que sangra. Del cuerpo que enferma. Del cuerpo que envejece. Del cuerpo que será tocado contra su voluntad, humillado, abandonado, mutilado por el tiempo, atravesado por dolores para los cuales no existe ninguna explicación suficientemente grande.
El cuerpo del niño.
El cuerpo que todavía no existe y que, precisamente por eso, no puede consentir.
Ese silencio debería bastarnos.
Pero los adultos odian los silencios que no pueden interpretar. Necesitan llenar el vacío con sus deseos.
Quieren prolongarse.
Quieren verse reflejados.
Quieren que alguien pronuncie su apellido cuando ellos ya sean polvo.
Quieren fabricar un pequeño heredero de sus ilusiones, de sus fracasos, de sus fotografías familiares.
Y llaman amor a esa necesidad de continuar.
Pero quizá el amor verdadero comienza donde termina la necesidad de poseer.
Quizá hay una forma de amor que consiste en no llamar a nadie.
No abrir la puerta.
No pronunciar el nombre de una criatura que todavía no existe.
No obligar a una conciencia futura a atravesar este corredor de cuchillos simplemente porque nosotros, por miedo a desaparecer, queremos escuchar pasos detrás de nosotros.
Yo no me reproduje.
Y no siento vergüenza.
No hay en mí el remordimiento que se espera de quien ha rechazado la ceremonia de perpetuación. No tengo que mirar fotografías de una descendencia inexistente y preguntarme qué clase de persona habría sido aquel niño. No tengo que imaginar su rostro mientras el mundo le enseña sus dientes.
Mi orgullo no consiste en haber producido algo.
Consiste precisamente en no haber producido una víctima.
Nadie me debe un descendiente.
Ninguna criatura me debe amor porque yo haya decidido traerla aquí.
Ningún hijo tendrá que agradecerme su existencia.
Ese es, para mí, un extraño triunfo de la conciencia: haber permitido que una vida posible permaneciera en la paz de lo posible.
No hice nacer a nadie para que pudiera morir.
No fabriqué un ser humano para que atravesara el espectáculo de la pérdida y luego, al final, me devolviera una fotografía de mi propio envejecimiento.
Mi negativa no fue una ausencia.
Fue un acto.
Un acto silencioso, casi invisible, pero dirigido contra la maquinaria más antigua: la orden de continuar.
Continuar, continuar, continuar.
Reproducirse como si la reproducción fuera una ley moral.
Como si el mundo tuviera derecho a recibir nuevos cuerpos.
Como si la existencia fuera una deuda que debiéramos imponer a otros.
Pero yo digo: no.
No hay obligación de llenar la tierra.
No hay obligación de fabricar testigos.
No hay obligación de entregar carne nueva a una historia que todavía no ha aprendido a dejar de devorar carne.
Y mientras los orgullosos anuncian sus nacimientos como victorias, yo reivindico mi pequeña derrota.
No vencí a la muerte.
No vencí al sufrimiento.
No salvé el mundo.
Hice algo mucho más modesto:
no añadí una vida al inventario de aquello que puede ser destruido.
Y quizá, en este mundo que confunde el ruido con la vida, exista una dignidad feroz en el silencio.
No engendrar.
No multiplicar.
No obedecer.
Dejar intacto el vacío.
Porque hay vacíos que no son carencias.
Hay vacíos que son misericordia.
