La melancolía no es una tristeza. La tristeza todavía conserva un orden, una gramática, una razón que la sostiene como una lámpara encendida en una habitación vacía. La melancolía, en cambio, es el incendio de la habitación y de la lámpara. Es el humo que permanece cuando ya no queda nada que arder.
Hay días en que el espíritu se convierte en un animal que se alimenta de sí mismo. Muerde sus propias patas, roe los huesos de sus recuerdos, devora el cartílago de las esperanzas que ayer parecían invencibles. Y sin embargo, incluso entonces, algo resiste. No la esperanza. La esperanza es una palabra demasiado limpia para ciertos infiernos. Lo que resiste es una obstinación más antigua que el pensamiento, una terquedad mineral, una fuerza oscura que dice sí cuando todo el universo parece haber pronunciado un no.
La esquizofrenia no divide simplemente al hombre. Lo multiplica. Lo arroja contra un espejo que no se rompe una vez, sino infinitamente. Cada fragmento refleja otro fragmento y en cada reflejo aparece un rostro que reclama ser el verdadero. Entonces uno se descubre habitado por una multitud de voces sin parlamento común, una asamblea de espectros que discuten en una lengua anterior a las palabras.
Pero el error consiste en creer que la unidad fue alguna vez posible.
¿Quién fue uno? ¿Cuándo? ¿Dónde estaba ese reino apacible en que el yo reinaba indiviso sobre sus provincias? Tal vez nunca existió. Tal vez la conciencia fue siempre una guerra civil cuya violencia sólo se hace visible cuando las murallas se derrumban.
La reflexión se rompe porque estaba rota desde el principio.
Y cada pedazo del espejo conserva una verdad distinta.
Uno de ellos recuerda la infancia como un paraíso perdido. Otro la recuerda como una cárcel. Otro niega que haya existido infancia alguna. Otro más observa a todos los anteriores con una risa cruel. Ninguno vence. Ninguno calla. Todos permanecen.
Entonces la melancolía adquiere una forma más profunda. Ya no es el duelo por algo perdido, sino el cansancio de sostener una multitud irreconciliable bajo una misma piel.
El cuerpo se convierte en el campo de batalla.
Los nervios son cables desnudos. La sangre parece circular llevando mensajes contradictorios. Los ojos miran el mundo y al mismo tiempo lo sospechan. Cada objeto parece contener una amenaza o una revelación. La realidad pierde su consistencia habitual y se vuelve una superficie vibrante, inestable, como si estuviera a punto de rasgarse.
Sin embargo, incluso en medio de esa fractura, hay una evidencia que ninguna voz consigue destruir.
Estoy aquí.
No como una certeza metafísica. No como una victoria. Apenas como un hecho.
Estoy aquí.
La tristeza no ha logrado borrarme.
La confusión no ha logrado borrarme.
Las imágenes que se persiguen unas a otras dentro del cráneo no han logrado borrarme.
Algo permanece.
Algo insiste.
No se trata de felicidad. Tampoco de redención. Mucho menos de reconciliación. Hay heridas que no buscan cerrarse porque forman parte de la estructura misma del ser. Hay grietas que sostienen edificios enteros. Hay fracturas sin las cuales la luz no encontraría entrada.
Perseverar en el ser significa aceptar que la existencia no siempre avanza hacia la claridad. A veces avanza hacia una oscuridad más vasta. A veces consiste únicamente en permanecer de pie mientras el pensamiento se desmorona alrededor como una arquitectura incendiada.
Y aun así permanecer.
Permanecer cuando la mente produce laberintos.
Permanecer cuando los nombres se vuelven extraños.
Permanecer cuando el espejo devuelve cien rostros y ninguno parece propio.
Porque quizá la dignidad más profunda no consiste en alcanzar una unidad imposible, sino en atravesar la dispersión sin abdicar de la presencia.
Seguir aquí.
No porque exista una promesa.
No porque el dolor vaya a desaparecer.
No porque el mundo deba una explicación.
Sino porque incluso hecho trizas, incluso multiplicado por todos los espejos rotos de la conciencia, incluso arrastrando la melancolía como una segunda sombra, el ser continúa pronunciándose a sí mismo.
Y mientras exista esa pronunciación, por débil que sea, por fragmentaria que resulte, todavía habrá algo que el abismo no haya conseguido devorar.