No una nación: una herida.
No una república: una excavación.
Bajo cada carretera, bajo cada sembradío, bajo cada colina donde el viento mueve las hierbas secas, parece latir una pregunta que nadie en el poder quiere escuchar demasiado tiempo: ¿dónde están?
Los muertos tienen tumbas.
Los desaparecidos tienen silencio.
Y el silencio es la más refinada de las torturas.
Durante años, la conferencia mañanera se convirtió en el escenario cotidiano donde el poder hablaba de sí mismo mientras el país se llenaba de ausencias. Allí se construyó una liturgia de palabras repetidas hasta el agotamiento, una ceremonia verbal destinada a sustituir la realidad por una narración. Pero la tierra no escucha discursos. La tierra guarda huesos.
Los críticos de Andrés Manuel López Obrador vieron en aquella tribuna una forma de indiferencia frente al sufrimiento. Mientras las masacres, los asesinatos y las desapariciones seguían acumulándose, muchas de sus respuestas fueron percibidas por las víctimas como gestos de frivolidad, desdén o incomprensión. Su doctrina de "abrazos, no balazos" fue presentada como una estrategia para enfrentar las causas profundas de la violencia; para sus detractores, en cambio, se convirtió en el símbolo de un Estado que parecía incapaz o renuente a imponer límites efectivos a organizaciones criminales cada vez más poderosas.
La tragedia fue creciendo.
Y también la distancia.
Distancia entre el lenguaje oficial y los cementerios clandestinos.
Distancia entre los informes gubernamentales y las madres que caminaban por el desierto.
Distancia entre las conferencias y las fosas.
Porque hay un momento en que las palabras dejan de ser palabras.
Se convierten en tierra.
Se convierten en sangre.
Se convierten en cuerpos.
Y después llegó la continuidad.
Claudia Sheinbaum heredó un país atravesado por la desaparición. También heredó una maquinaria política acostumbrada a responder a las críticas mediante la confrontación, la descalificación o la minimización del dolor ajeno. Sus adversarios sostienen que la crisis humanitaria de los desaparecidos no ha recibido la atención moral que exige una tragedia de semejante magnitud. Y cada gesto considerado displicente por los familiares de las víctimas ha profundizado la sensación de abandono.
Pero los gobiernos pasan.
Las madres permanecen.
Ellas son el verdadero rostro de México.
No los presidentes.
No los gobernadores.
No los partidos.
Ellas.
Mujeres que han aprendido a leer la tierra.
Mujeres que distinguen el olor de la muerte.
Mujeres que cargan picos, palas y varillas porque las instituciones que debían buscarlos llegaron tarde o nunca llegaron.
Hay algo insoportable en esa imagen.
El Estado, con todos sus presupuestos, oficinas, vehículos, fiscales, soldados, asesores y ceremonias, retrocede.
Y una madre avanza.
Una sola mujer avanza.
Con una fotografía en la mano.
Con el nombre de su hijo clavado en el pecho.
Con una fuerza nacida de la desesperación.
Artaud habría reconocido en ellas la verdad desnuda que el poder siempre intenta ocultar. Porque el sufrimiento no puede maquillarse. No puede administrarse. No puede convertirse en consigna.
La realidad termina por vengarse de quienes pretenden sustituirla con discursos.
Y la realidad mexicana tiene el rostro de una madre cavando bajo el sol.
Mientras tanto, la nación parece atrapada en una extraña enfermedad moral. Nos hemos acostumbrado a escuchar cifras tan enormes que ya no producen vértigo. Miles de asesinados. Miles de desaparecidos. Miles de familias destruidas. La repetición ha erosionado el espanto.
Pero cada desaparecido era una voz.
Cada desaparecido tenía una risa.
Cada desaparecido ocupaba un lugar en una mesa.
La barbarie comienza cuando una sociedad transforma seres humanos en estadísticas.
Y alcanza su culminación cuando el poder responde a esa estadística con suficiencia, sarcasmo o indiferencia.
Porque existe una forma de crueldad más profunda que la violencia física.
La crueldad de no escuchar.
La crueldad de no mirar.
La crueldad de obligar a las víctimas a demostrar una y otra vez que su dolor es real.
Las madres buscadoras no están exigiendo privilegios.
No están reclamando poder.
No están pidiendo homenajes.
Piden algo infinitamente más elemental.
Quieren encontrar a sus hijos.
Quieren saber dónde quedaron.
Quieren recuperar un cuerpo para poder llorarlo.
Y frente a esa demanda elemental, toda retórica política se vuelve obscena.
Toda sonrisa fuera de lugar se vuelve obscena.
Toda risa pronunciada desde el poder se vuelve obscena.
Porque un país no se mide por la fuerza de sus gobernantes.
Se mide por la manera en que trata a quienes sufren.
Y mientras una sola madre siga cavando con sus propias manos la tierra que el Estado abandonó, la historia de México seguirá escribiéndose no en los palacios ni en las conferencias, sino en esas zanjas abiertas donde la esperanza y la desesperación trabajan juntas bajo el mismo sol.