Friday, June 12, 2026
La fiesta y la herida
Hay países que celebran sus victorias y países que celebran sus olvidos. México parece condenado a celebrar ambas cosas al mismo tiempo. Mientras las luces del estadio dibujaban sobre el cielo una geometría de fuegos artificiales y canciones, otra multitud, menos visible para las cámaras y más cercana a la realidad, avanzaba por las calles con el peso de sus ausencias. No llevaba banderas deportivas sino fotografías. No cantaba himnos de triunfo sino nombres. No buscaba goles sino justicia.
El fútbol, ese espejo donde las naciones contemplan una versión idealizada de sí mismas, se convirtió por unas horas en una gigantesca máscara. Detrás de ella permanecían las madres buscadoras, los maestros de la CNTE, los jubilados, los campesinos, los transportistas, los estudiantes de Ayotzinapa y los ciudadanos comunes que han aprendido a convivir con una palabra que se ha vuelto cotidiana y, por ello mismo, insoportable: impunidad.
La historia de México es también la historia de sus silencios. Cada régimen ha fabricado los suyos. Durante décadas, el poder aprendió que gobernar consistía en administrar la memoria colectiva, en decidir qué debía recordarse y qué debía olvidarse. Pero las desapariciones no se olvidan. Los asesinatos no se olvidan. Los hijos ausentes no se olvidan. La realidad puede ser desplazada por un espectáculo durante una tarde; nunca durante una generación.
Las imágenes de los operativos policiales alrededor de la inauguración mundialista evocan una contradicción profundamente mexicana. El Estado que durante años se ha mostrado incapaz de garantizar justicia para miles de víctimas aparece súbitamente eficaz cuando se trata de contener manifestaciones. La fuerza que no alcanza para proteger se vuelve suficiente para impedir el paso de quienes protestan. La ley, ausente en tantos rincones del país, reaparece de pronto en forma de escudos, vallas y uniformes.
La multitud que marchaba no representaba una ideología única. Era, precisamente, lo contrario: una suma de dolores distintos. El maestro que exige una pensión digna. La madre que busca a su hijo desaparecido. El campesino que observa cómo se vacía su comunidad. El estudiante que reclama verdad. El jubilado que siente que el tiempo de trabajo de toda una vida se ha convertido en una cifra burocrática. Entre ellos no había una doctrina común; había una experiencia compartida de abandono.
Por eso resulta insuficiente describir estas protestas como un conflicto político más. Son la expresión de un cansancio acumulado. El hartazgo no nace de un día ni de un gobierno. Se forma lentamente, como las grietas en una pared. Sin embargo, para muchos ciudadanos, los años recientes bajo los gobiernos de Morena han profundizado la percepción de que las promesas de transformación terminaron chocando contra una realidad marcada por la violencia, las desapariciones, la inseguridad y la persistencia de redes criminales que parecen desafiar continuamente la autoridad del Estado. A ello se suman acusaciones y señalamientos formulados desde distintos ámbitos políticos y judiciales de Estados Unidos contra diversos actores públicos mexicanos, circunstancias que han alimentado la desconfianza y la polarización.
La ausencia de la presidenta en la ceremonia inaugural fue interpretada de maneras distintas. Sus partidarios la explicaron como una decisión institucional o personal; sus críticos la vieron como el símbolo de una distancia creciente entre el poder y una parte de la ciudadanía. Más allá de cuál interpretación sea correcta, la polémica revela algo más profundo: la erosión de la confianza. Cuando una sociedad deja de creer en las explicaciones oficiales, cualquier ausencia se convierte en sospecha y cualquier silencio en una confesión imaginaria.
México vive una paradoja dolorosa. Nunca ha tenido tantos instrumentos democráticos y, al mismo tiempo, nunca ha parecido tan vulnerable frente a la sensación de indefensión. El problema no es solamente la violencia. Es la costumbre de la violencia. No es solamente la corrupción. Es la resignación ante la corrupción. No es solamente la injusticia. Es la expectativa de que la injusticia será la regla y no la excepción.
Mientras el estadio celebraba goles, récords y ceremonias, afuera persistía otra ceremonia más antigua: la de los ciudadanos que vuelven a tomar las calles para recordarle al poder que existen. El fútbol terminará. Las canciones se apagarán. Los reflectores buscarán otro espectáculo. Pero las fotografías de los desaparecidos seguirán ahí. Los reclamos seguirán ahí. Las preguntas seguirán ahí.
Porque la verdadera inauguración pendiente de México no es la de un Mundial. Es la de un Estado capaz de garantizar justicia. Y ninguna fiesta, por grandiosa que sea, puede sustituir esa ausencia.
