Las escuelas de nivel medio superior que proliferan en casas habitación del centro de León, Guanajuato, parecen haber sido concebidas no para educar, sino para administrar una lenta agonía del pensamiento. Ocupan espacios que alguna vez albergaron una vida doméstica y los convierten en simulacros de escuela: corredores estrechos, habitaciones rebautizadas como aulas, patios donde la inteligencia bosteza bajo el peso de la rutina y la complacencia, cocheras convertidas en canchas o, si son techadas, en direcciones donde habitan "directores" sin licenciatura o con estudios en odontología o contaduría pública. Basura académica, en suma.
Allí no se enseña; se certifica. No se forma; se tramita. El conocimiento ha sido reemplazado por una burocracia del diploma. Cada escritorio parece un mostrador de oficina donde se sellan documentos para acreditar una competencia que jamás existió.
La mediocridad no aparece como un accidente sino como un principio organizador. Los profesores son reclutados con una ligereza alarmante, como si la enseñanza fuera un oficio menor que cualquiera pudiera desempeñar. Muchos llegan sin la formación intelectual necesaria, sin dominio de las disciplinas que imparten y, sobre todo, sin la convicción de que educar implica una responsabilidad pública. El resultado es una cadena de ignorancias que se reproduce a sí misma: quien apenas comprende transmite apenas comprensión.
Pero el problema no termina allí. Estas instituciones se convierten con frecuencia en refugio de estudiantes que buscan únicamente el certificado. No persiguen el conocimiento, sino el documento. No desean comprender un texto complejo, resolver un problema matemático o formular una explicación científica; desean atravesar el sistema con el mínimo esfuerzo posible. La lectura se reduce a una formalidad, las matemáticas a una molestia y las ciencias a un conjunto de palabras vacías que jamás llegan a convertirse en ideas.
Entonces surge una extraña representación educativa. Los alumnos fingen aprender. Los docentes fingen enseñar. Las autoridades fingen supervisar. Y al final todos reciben el premio de la simulación: un certificado que proclama competencias que rara vez pueden demostrarse.
Lo verdaderamente grave es que esta decadencia rebasa los muros de esas escuelas improvisadas. La democracia requiere ciudadanos capaces de leer críticamente, evaluar argumentos, distinguir evidencia de propaganda y comprender los problemas colectivos. Cuando una sociedad produce generaciones enteras incapaces de realizar esas tareas, debilita los fundamentos mismos de su vida pública.
De estas instituciones no egresan necesariamente ciudadanos preparados para participar en una deliberación democrática exigente. Con demasiada frecuencia egresan individuos acostumbrados a la apariencia antes que al conocimiento, al trámite antes que al mérito, al documento antes que a la capacidad. Son productos de una cultura donde la certificación sustituye a la educación y donde la forma devora el contenido.
Y así, en el interior de casas con arquitectura propia de "nuevos ricos", transformadas en escuelas, se consuma una silenciosa mutilación del espíritu. hay gritos y escándalos. No hay incendios ni derrumbes visibles. Hay algo más inquietante: la normalización de la ignorancia. Cada generación que atraviesa esos pasillos sin haber aprendido a leer con profundidad, a razonar con rigor o a comprender el mundo que la rodea representa una pérdida para la comunidad entera.
La tragedia no consiste únicamente en que esas escuelas sean mediocres. La tragedia consiste en que han logrado convertir la mediocridad en costumbre, y la costumbre, con el tiempo, adquiere la apariencia de la verdad.